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Flor de ceniza

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Summary

Exiliada del bosque que alguna vez llamó hogar, Fiore emprende un viaje para descubrir el mundo y recuperar aquello que le fue arrebatado. En el camino conocerá a Rou, un joven mago tan enigmático como imperfecto, con quien compartirá una travesía donde los secretos, la magia y los sentimientos pondrán a prueba todo aquello en lo que ambos creen.

Status
1mo ago
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

La dríada del bosque

Fiore había soñado siempre con el día de la germinación. El momento en que una única flor brotaba entre las enredaderas que formaban el cabello de toda dríada. Un regalo del dios Vheras, amo del bosque. Un evento que ocurría al cumplir los dieciséis años.

Pero aquello nunca ocurrió con Fiore. El botón floral que había nacido entre las enredaderas de su cabello permanecía inmóvil, marchito, como si el tiempo se hubiera detenido para él. Ninguna flor había llegado a abrir sus pétalos.

No era de extrañar que las otras dríadas la vieran como alguna clase de fenómeno. Un ser rechazado por Vheras porque, ¿qué otra razón había para aquel desdichado suceso?

Era una mañana de primavera cuando Fiore veía al resto de las dríadas ir y venir, caminando entre el laberinto de árboles que era el bosque, con sus hermosas flores en sus cabellos. Ariore, que de sus finas raíces largas había germinado una rosa, era la más hermosa de todas; Virea, de ojos como la miel, poseía una gerbera amarilla; Sylen, arrogante y vanidosa, había sido bendecida con un tulipán. Las tres encabezaban la lista de popularidad y nobleza, pues en la cultura del bosque de Vheras la flor que germinaba en los cabellos enraizados de las dríadas también indicaba su nivel social. Dignas de nobleza, o siervas de Vheras.

—No te distraigas —dijo la dríada anciana junto a Fiore, sin levantar la vista de las raíces que ambas arrancaban—. No les prestes atención. Concéntrate.

Fiore bajó la mirada y continuó su labor, cuidando de no maltratar las flores blancas que crecían alrededor de Vacum, el árbol más grande de todo el bosque, cuyas raíces —se decía— lo cubrían todo. Con cuidado, acomodó otra raíz en el cuenco de piedra a su lado. Allí todo era de piedra: cada herramienta, cada objeto, porque la madera era, bueno, sagrada.

—Hemos terminado —dijo la anciana al cabo de un tiempo. Su cabello se había vuelto café con los años, y su piel, antes blanca, era ya de un gris claro—. Llévalas con Sinore.

Fiore tomó el cuenco y se marchó a toda prisa. Al pasar junto a Sylen, esta le dedicó una sonrisa torcida.

—Cuidado, sierva —dijo, sin molestarse en bajar la voz—. No querrás marchitar también esas raíces.

Risas burlonas la siguieron un buen trecho. Fiore apretó el cuenco contra su pecho y aceleró el paso, preguntándose, no por primera vez, qué clase de vida le esperaba sin una flor que decidiera su lugar en el mundo. Las ancianas habían decidido que, hasta no saberlo, sería una sierva de Vheras. Nada más.

El taller de Sinore era una choza en forma de arco, hecha naturalmente de las raíces de dos árboles entrelazados. Fiore entró con los ojos húmedos, aunque procuró que no se le notara.

—Anda, niña, entra —dijo Sinore en cuanto la vio, sin reparar en las lágrimas que Fiore apenas lograba contener—. Deja eso por allí.

Fiore dejó el cuenco sobre el tronco que servía de mesa. Sinore hizo un ademán con la mano, dándole a entender que podía marcharse. Ella asintió sin decir nada y dio media vuelta para salir. Pero en lugar de volver a sus deberes, se internó en el bosque, buscando un lugar donde nadie pudiera verla. Lo encontró cerca de un arroyo, flanqueado por árboles y un suelo cubierto de flores silvestres. Se sentó, abrazó sus rodillas y dejó que los pensamientos que llevaba conteniendo todo el día salieran por fin.

El problema no era servir a Vheras, ¿verdad? Había cierta nobleza en ello, le habían dicho las ancianas siempre. Entonces, ¿por qué se sentía tan vacía, tan sola? Se apresuró a alejar esa idea de su mente: una dríada nunca debía rechazar a Vheras, sin importar qué. Se decía que ser sierva del amo del bosque era un trabajo tan noble como el de una líder, quienes guiaban y enriquecían las plantas con el poder de sus flores.

Mientras estaba perdida en sus pensamientos, Fiore sintió una corriente de viento que llegaba desde el interior del bosque, extraña, solitaria, corriendo en una sola dirección mientras las hojas de los árboles a su alrededor permanecían quietas, como si el viento las evitara a propósito. Fiore ladeó la cabeza. Se suponía que el viento lo cubría todo. Quizá había cosas del mundo que aún no conocía.

Curiosa —siempre había sido demasiado curiosa, decían las ancianas—, extendió la mano hacia aquel río invisible. Al contacto, un escalofrío recorrió su cuerpo entero, y sus ojos, verdes como las hojas jóvenes de Vacum, se llenaron de imágenes que no eran suyas: un bosque en llamas, flores ardiendo, gritos que reconocía sin haberlos escuchado antes. El olor a ceniza y madera quemada era tan real que Fiore sintió que algo dentro de ella también se quemaba, aunque no sabría explicar qué.

En medio de aquel caos se alzaba una figura hecha de negrura pura, de ojos brillantes, inmóvil, observando. No podía verle el rostro, pero de algún modo supo que sonreía. Como un artista frente a su mejor obra. Fiore cayó de rodillas, expulsada de la visión con la misma violencia con que había entrado en ella, y no volvió a abrir los ojos hasta que el mundo se apagó por completo.

Cuando despertó, el anochecer ya estaba cerca. Se levantó de golpe, con el corazón latiéndole en la garganta, y giró la cabeza hacia donde había sentido la corriente de viento. Ya no estaba allí. ¿Habría sido una visión enviada por el propio Vheras? Se llevó una mano al pecho, donde el escalofrío del contacto todavía parecía vivir bajo su piel, como una astilla que no terminaba de asentarse.

No se detuvo a pensarlo más. Corrió de vuelta a la aldea sin siquiera sacudirse la tierra del vestido. Cuando llegó, se paró en seco. Por instinto, se escondió tras un árbol y asomó apenas la cabeza.

Las dríadas —sus compañeras, las mismas que se habían reído de ella esa misma mañana— corrían perseguidas por seres extraños, vestidos con ropas relucientes que tintineaban a cada paso, cargando herramientas alargadas atadas a la cintura. No tenían cabello enraizado ni piel blanca ni flor alguna. No eran dríadas. Y aun así las sometían con facilidad, metiéndolas en cajas hechas de un material brillante que Fiore no supo nombrar.

—¡Camina, rápido! —gritó uno de ellos, empujando a una dríada de manos atadas.

Era Ariore. Tenía el rostro cubierto de lágrimas y el cuerpo temblaba tanto que parecía a punto de desvanecerse. Detrás de ella había más dríadas capturadas, atadas y encerradas ya en esas cajas. Todas, excepto las ancianas, que estaban puestas de rodillas en una hilera —una docena—, con los rostros no de miedo, sino de un desafío que Fiore jamás les había visto antes.

Entonces apareció él.

Una figura vestida de blanco y dorado, cabello oscuro, con algo brillante colgando de su cuello, caminó hacia las ancianas con la seguridad de quien ya es dueño de todo lo que pisa. El viento ondeaba sus ropas con una majestuosidad que a Fiore le pareció obscena, dado lo que estaba ocurriendo a su alrededor. Con un gesto casi perezoso de la mano, sin siquiera mirar, hizo que las raíces bajo los pies de dos dríadas que intentaban huir se enroscaran sobre sí mismas y las derribaran. No fue magia de fuerza ni de guerra. Fue apenas un ademán, como quien aparta una mosca, y aun así bastó.

—Ancianas —dijo con tono adusto—, agradezco mucho su ofrenda.

—Nunca serás dueño del bosque, humano —respondió una de ellas, sin bajar la mirada.

Humano. Así se llamaban.

El humano se inclinó apenas hacia la anciana que había hablado. Saore, la líder de todas.

—No estoy aquí por el bosque —dijo con una sonrisa dibujada en el rostro—, sino por sus frutos.

Señaló hacia las dríadas capturadas.

Saore intentó ponerse de pie. Uno de los humanos, detrás de ella, la golpeó con su herramienta, y la anciana cayó.

Fiore lo entendió todo de golpe, como si llevara toda la vida sabiéndolo sin saberlo: de niña había escuchado, por casualidad, que los cabellos enraizados de las dríadas tenían propiedades curativas. Eso era lo que buscaban. Y si era así, ellas iban a—

Unas manos la tomaron por la espalda antes de que pudiera terminar el pensamiento. Fiore chilló, intentó zafarse, pero la fuerza del humano que la sujetaba era imposible de vencer.

—Mire lo que he encontrado, maestro Souflikar —dijo, casi divertido.

El llamado Souflikar se acercó, ladeando la cabeza como quien examina algo curioso. La tomó del mentón y observó el botón cerrado en su cabello enraizado.

—¿Ninguna flor aún, dríada? —murmuró el humano—. Ponla con las otras.

Un proyectil cruzó el aire y se hundió en la cabeza del humano que sujetaba a Fiore. Este cayó, con los ojos abiertos de par en par. Souflikar se giró de golpe. Fiore hizo lo mismo.

Saore, de algún modo, se había puesto en pie de nuevo. Por ley de Vheras, ninguna dríada tenía permitido derramar sangre en el bosque —pero, ¿qué sucedía cuando había que proteger a sus propios frutos? Del suelo brotaron raíces que agrietaron la tierra al emerger; a pesar de sus cientos de años, Saore aún era capaz de aquello. Las raíces se quebraron en espinas, disparadas hacia Souflikar.

Él no sonrió esta vez. Levantó una mano, y el objeto en su cuello ardió con una luz que Fiore sintió en los dientes. Las espinas se detuvieron en el aire, temblaron un instante, como si algo invisible las masticara desde dentro, y volvieron sobre sus pasos en un solo estallido, más rápidas de lo que habían salido.

Saore no pareció sorprendida. Volvió la mirada hacia Fiore.

—¡Corre, niña! —alcanzó a decir, justo antes de que las espinas se hundieran en ella.

Fiore vio caer a Saore al suelo. Vio a las demás ancianas intentar levantarse y ser neutralizadas de inmediato. Y por un instante —uno solo, pero que se sintió eterno— no pudo moverse. Las piernas no le respondían, el pecho le dolía como si algo se lo hubiera arrancado, y en su cabeza no había ni un solo pensamiento coherente, solo el cuerpo de Saore cayendo, una y otra vez, como si el tiempo se hubiera atascado en ese único segundo.

Fue el grito de otra dríada capturada lo que la hizo reaccionar. Corrió. Sus piernas se movieron por instinto, aunque el resto de ella seguía atrapado en aquel instante. Se atrevió a mirar atrás una vez, hacia las dríadas capturadas que la observaban suplicantes, envueltas en miedo. No podía detenerse. No cuando Saore había dado todo lo que tenía por darle esa oportunidad.

Escuchó pasos fuertes detrás de ella. Varios humanos la seguían, herramientas en alto, sonrisas macabras en el rostro. Sabía que eran más rápidos. Tropezó, cayó, y al volverse hacia ellos —lista para lo que fuera a pasar— un nuevo conjunto de raíces brotó desde los árboles y atrapó a uno de sus perseguidores por los brazos.

—¿Estás bien, niña?

Sinore estaba de pie, con los puños apretados y el rostro encendido de furia, mientras los otros dos humanos avanzaban hacia ella. Fiore no podía creer, ni siquiera en ese instante, que una dríada fuese capaz de sentir algo así: ira, furia pura.

—Las dríadas no estamos hechas para pelear, ¿lo sabes? —dijo Sinore, sin dejar de mirar a los humanos—. Usar los árboles para esto es sacrilegio. Vete de aquí. Ahora. Mientras puedas, vete y no vuelvas.

—Sinore...

—¡Vete, ya!

Fiore obedeció. De eso se trataba su vida, después de todo: obedecer. Se levantó y corrió sin mirar atrás esta vez, aunque el ruido a sus espaldas le dijo todo lo que necesitaba saber. Sinore tenía razón. Las dríadas no habían sido hechas para pelear.

De algún modo lo supo: los humanos habían matado a Sinore también, o quizá solo la habían capturado, lo cual —pensó, mientras corría— podía ser aún peor.

Corrió hasta que las lágrimas le nublaron la vista, hasta que sus piernas dejaron de sentirse suyas, hasta que ya no reconoció los árboles, ni los arroyos, ni una sola piedra del camino. Corrió hasta que el bosque —el único hogar que había conocido— se convirtió en un completo desconocido.

Y en algún lugar detrás de ella, entre los gritos que aún resonaban en su cabeza, algo la observaba sonriendo. Como si todo aquello —el bosque, el miedo, la propia Fiore— fuera, desde el principio, parte de su obra.

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