Capítulo 1: Sueño
A altas horas de la noche, en los pasillos silenciosos de un asilo para ancianos, un enfermero realizaba su ronda cuando escuchó algo caer cerca. Alerta, se dirigió hacia el lugar de donde provenía el ruido. Cerca de los baños, notó unas pisadas húmedas.
—Otra vez... —murmuró, cansado.
Al abrir la puerta del baño, encontró a un anciano sentado en la taza del inodoro. Llevaba un pijama delgado, su cuerpo era escuálido, la cabeza calva, la barba blanca caía sin fuerza, y sus ojos apagados miraban al vacío.
—Señor Rodríguez... esta es la quinta vez esta noche —dijo el enfermero, a medio tono de regaño.
El viejo apenas movió los labios.
—Lo lamento... estaba hablando con... con... —balbuceó, hasta que olvidó lo que iba a decir.
El enfermero suspiró y exhaló con resignación.
—Está bien, termine rápido y volvamos a la cama, ¿de acuerdo?
—Sí, jovencito —respondió el anciano, con voz ronca.
El enfermero se recostó contra la pared junto a la puerta, esperando en silencio. Pasaron unos minutos. Finalmente, el anciano salió del baño.
—¿Se lavó las manos? —preguntó el enfermero, cansado.
El viejo regresó al lavabo, se enjuagó las manos y también la cara, secándose con una toalla.
—¿Descargó el inodoro? —insistió el enfermero.
El anciano volvió a entrar, jaló la cadena y salió.
—¿Dejó todo ordenado?
El viejo estaba a punto de regresar al baño cuando el enfermero lo detuvo con un gesto.
—¿Sabe qué? No importa... me encargaré de eso mañana. Es hora de dormir.
Tomándolo del brazo con suavidad, lo llevó de regreso a su habitación. Lo ayudó a recostarse y lo arropó con cuidado.
—Espero que esta sea la última vez que se levante hoy —murmuró.
El anciano no respondió. Cerró los ojos y pareció quedarse dormido. Sin embargo, el sonido sordo de un reloj comenzó a incomodarlo. Una sensación extraña recorrió su cuerpo: primero debilidad... luego una calma inesperada. Una paz que no sentía desde hacía muchos años.








