Acto I-Siniestro
—Silencio, Sel. Nos van a oír.
—¡Hago lo que puedo, Nyra!
La pequeña mano de mi hermana se apresuró a cubrir mi boca apenas respondí.
El espacio bajo la cama en la que nos ocultábamos era demasiado reducido para mover un músculo sin ser descubiertas.
Era de noche en el Palacio, mi corazón latía raudo en mi pecho y no podía contener las emociones que afloraban en mi pequeño interior. Era algo que mi hermana siempre me decía: le recordaba a una cría de perro. Era imposible para mí ocultar mis emociones porque mi cuerpo siempre me traicionaba.
En aquella ocasión, no podía ocultar mi entusiasmo, mi cuerpo decidía comunicarlo con risas nerviosas y una enorme sonrisa en mi rostro.
—¿Dónde están mis niñas? —canturreó nuestro padre en el pasillo fuera de su habitación, lo que me hizo emitir un pequeño chillido de entusiasmo.
Nyralith me tiró del pelo como castigo y me forzó a mirarla, poniendo un dedo en sus labios para mandarme callar.
—He oído una pequeña ratita por aquí, amor —la voz de nuestra madre reflejaba la enorme sonrisa que también curvaba sus labios—. ¡Sal, ratón! ¡La cocina no está en esta ala!
Mi hermana me rodeó con los brazos y me apretó contra ella, cubriendo mi rostro con su cuerpo para silenciarme.
Su fuerza me quitaba el aire, y de pronto, no podía respirar.
—Shhh —murmuró contra mi cabello—. Piensa en que estamos ganando tiempo más allá de nuestra hora de dormir.
Tenía razón, aquello era por un bien superior. La hora de dormir había pasado hacía treinta minutos, y nuestros padres aun nos estaban buscando.
Pero yo no podía respirar.
Intenté mover mi cabeza a un lado para permitir el paso del aire a mis pulmones, pero mi hermana me apretó con más fuerza.
Me estaba mareando.
—¿Ratón? —escuché a mi padre llamarme, estaban dentro de la habitación.
—¡Para de moverte! —musitó mi hermana contra mi oído.
No me había percatado de que estaba revolviéndome entre sus brazos de forma frenética, mi cuerpo actuando de manera instintiva.
—¡Sel! —insistió mi hermana.
Y entonces, una mano rodeó mi tobillo y me arrastró fuera de la cama. Con mi hermana aun rodeando mi cuerpo mientras yo me ahogaba contra su pecho.
—¡Nyralith Hellprince! ¡Suelta a tu hermana!
La voz de mi madre llamó la atención de mi padre y, en cuestión de segundos, me arrancó de los brazos de mi hermana y nos puso en pie de nuevo.
Tomé una bocanada de aire que llenó mis pulmones hasta el máximo y tosí con fuerza.
Cuando mi vista volvió a enfocarse, mi madre estaba arrodillada frente a mí con el rostro contraído de preocupación.
—Ratón, ¿estás bien? Respira.
—Estoy bien —respondí con esa pequeña vocecilla débil que no podía evitar que me saliera después de jugar con mi hermana.
—¡Estábamos jugando al escondite! —escuché a Nyralith reprochar a Dorian.
Incluso a los ocho años, mi hermana ya tenía un carácter que representaba a la perfección a su Arcana. En ocasiones resultaba terrorífica.
—Debes tener cuidado, hija —trató de intervenir mi madre—. Casi la ahogas.
—¡Estaba delatándome!
—¡Era un juego, Nyralith! —rugió mi padre, dedicándole una mirada furiosa— ¡Tienes que aprender a jugar con cuidado! Acabarás haciendo daño a tu hermana algún día si sigues así.
Los juegos con mi hermana siempre terminaban así. Desde que habíamos regresado del Infierno, mi hermana no había sido la misma. Y sospechaba que mis padres se habían dado cuenta también de aquello.
No sabía qué era exactamente lo que había sucedido, pero la pequeña mente de Nyralith no volvió a ser la misma.
Me abracé a mi madre mientras ella acariciaba mi espalda con cariño. Yo no lloraba. Nunca lo hacía.
Nyralith odiaba verme llorar y se aseguraba de hacerme entender que había peores cosas por las que hacerlo.
—Controla tu fuerza —insistió mi padre.
—Ella no controla sus emociones y no le dices nada —me dedicó una mirada que me hizo encogerme contra mi madre.
“Amo a mi hermana, no debería reaccionar así. La quiero.”
—Sus emociones no te han puesto en peligro. Tus acciones sí.
—¡Algún día sus emociones me harán daño a mí también!
Sus palabras solían ser hirientes cuando se enfadaba. Odiaba ver a Nyralith enfadada, sobre todo cuando era culpa mía.
—Perdón, Nyra —intervine—. Intentaré estar más quieta la próxima vez.
Pero ese día nunca llegó. Jamás fui capaz de ocultar mi ansia, ni siquiera al crecer.
Y quizás mi hermana tuviera razón porque, veinte años después, mis emociones estaban a punto de hacer que todo se tambaleara a mi alrededor.








