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Catwoman: El Juego del Pingüino

Summary

Oswald Cobblepot ha descubierto la identidad de Catwoman. Con esta información en su poder, Selina deberá someterse a los caprichos del alcalde de Gótica.

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1
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n/a
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18+

#1: La Mansión del Alcalde

Selina Kyle, más conocida como Catwoman, se encontraba sumamente nerviosa. Ella era una ágil ladrona, que se vivía jactando de que nunca había sido atrapada; hasta ahora.

—“Conozco tu secreto —recordó la frase escrita en el reverso de una foto de ella, quitándose la máscara—. Espera mi llamada”.

Todo por un tonto descuido.

Catwoman se encontraba en una enorme y lujosa habitación, donde había una gran cama con techo y cortinas a sus lados. Las ventanas eran enormes, dejando entrar bastante de la luz de la Luna. Podría parecer muy tonto tener ventanas tan grandes, pero los vidrios de estas estaban blindados. Selina aspiró profundamente, sintiendo el perfume silvestres que se imponía en el ambiente. Su pie izquierdo empezaba a golpear repetidamente el suelo con su tacón, delatando aún más su nerviosismo.

Finalmente la puerta se abrió, dejando entrar al dueño de la mansión.

—Espero no hayas tenido que esperar mucho, querida —habló el Alcalde de Ciudad Gótica: Oswald Cobblepot.

—Claro que no, señor Alcalde —afirmó la fémina, con una sonrisa falsa pero muy bien ensayada.

—Has sido muy útil estas semanas, Selina —afirmó el varón, caminando a la pequeña nevera de su habitación—. La información que recolectaste de mis rivales políticos, y las joyas que le robaste a Black Mask son muy valiosas.

—Soy feliz de servirle —dijo la mujer, mientras veía al varón preparar dos tragos.

—Y yo feliz de que mi inversión haya dado frutos. Fue difícil conseguir que mis espías descubrieran tu identidad, pero con tus atracos me has devuelto lo que debí pagarles.

—Entonces, ¿mi deuda esta saldada?

—Tú eres una inversión; no una deuda, Selina.

Oswald sonrió pues disfrutaba de llamar a Catwoman por su nombre real. Sentía que el hecho de hacerlo le daba poder sobre la mujer.

—Ahora, si tu pregunta es si voy a dejar de usar tus servicios, la respuesta es: No. Aún tengo planes para ti.

Oswald sujetaba en cada mano un Martini Seco, y en su rostro se dejaba ver sus brillantes dientes blancos. El político camino hacia la ladrona, y le extendió el vaso sin dejarle de sonreír.

—Ven querida, hablemos de negocios.

Oswald era un hombre de baja estatura, pues apenas llegaba al metro cincuenta —aquello hacía que su rostro quedará a la altura de los senos de la fémina—. Su figura era más bien rechoncha, como la típica imagen del viejo burgués. Su nariz afilada y prominente, sumado a su gracioso caminar —debido a un defecto de nacimiento— le habían hecho ganar el apodo de: El Pingüino. Eso, y que siempre vestía con trajes elegantes con los colores del mismo animal.

Por su parte, Catwoman media un metro setenta y su cabello negro le llegaba hasta la espalda baja. Tenía un par de pechos grandes y firmes, una cintura diminuto y amplias caderas que terminaban en un trasero grande y repingon, seguido de largas y contorneadas piernas. Su figura era resaltada por el traje de licra tan ajustado, el cual Selina usaba por dos motivos: primero para lograr sacar de concentración a sus enemigos, y segundo porque le gustaba presumir su cuerpo.

—Ven, Selina —dijo Cobblepot al sentarse en su cama, golpeando levemente el espacio a su lado con su palma—. Siéntate a mi lado.

—Prefiero estar parada, si no le importa —respondió la mujer, tratando de disimular el asco que aquel hombre le provocaba.

—Sí me importa —afirmó Oswald, sin borrar su sonrisa pero con una mirada furiosa—. Siéntate.

Ante aquella última frase, que más había sonado a orden que a petición, Catwoman cedió y se sentó al lado del varón

—Cómo te decía —continuó Oswald—, quiero que hagas más trabajos para mi. No te digo que vaya a llamarte todos los días, pero lo haré cuando sea necesario.

—Lo entiendo —dijo Selina.

—Claro que lo entiendes. Eres una gatita lista —afirmó Cobblepot, dándole un sorbo a su trago—. El tiempo es dinero, Selina. Eso los dos lo sabemos, y por eso no me gusta perder el tiempo. Al igual que tú, el tiempo es una inversión. Por eso, iré directo al punto.

Oswald apoyó su mano derecha en la cara interna del muslo de Selina, la cual se erizo al sentir aquel tacto.

—Conozco tu pasado como prostituta, Selina Kyle. De hecho, el proxeneta para el cual trabajabas estaba bajo mi mando. Así que quiero que revivas esos viejos tiempos.

Catwoman se puso de pie de forma inmediata, sumamente indignada.

—Yo no soy una prostituta —afirmó con fuerza.

—Ya no, eso lo sé. Y no tengo planeado que vuelvas a serlo, no de forma total. Solo quiero que seas mi prostituta personal.

—¿Crees que aceptaré esa mierda? —preguntó entre dientes, lista para tirarle el Martini encima.

—¿Qué opción tienes? —preguntó El Pingüino—. Aún tengo muchas copias de tus fotos. Ni siquiera debo mover los dedos para que esa evidencia llegué a la policía, por no mencionar a las familias mafiosas que quedan.

Selina tragó saliva. Sabía bien que con todos aquellos enemigos que se había hecho después de tantos robos buscarían matarla. Si sabían su identidad, no habría lugar en la Tierra donde pudiera esconderse.

—Así que tienes dos opciones —afirmó Oswald—: puedes negarte, irte y tu identidad saldrá en todos lados. O puedes aceptar. Si eliges lo segundo pasarás un buen rato, incluso te pagaré por esto, y te volveré a llamar para otros robos.

—Y para que sea tu puta —afirmó con desprecio la mujer.

—Así es. ¿No te dije que eras muy lista? —preguntó con ironía.

—Aceptó —dijo Selina, totalmente derrotada y con sus ojos verdes amenazando con llorar.

—Muy bien, gran elección —afirmó Oswald, bebiendo más de su Martini—. Ahora, quiero que te termines tu trago y empieces con un baile nudista.

Catwoman apretó los dientes y cerro con fuerza los ojos, deseando partirle la cara a aquel hombre que tenía frente a ella. Resignada y derrotada, se bebió todo el Martini de un trago largo —armándose de valor— para luego dejar la copa sobre una pequeña mesa de luz. Selina respiró profundamente y se apartó, parándose con las piernas separadas. Llevó sus manos a su espalda y empezó a bajar el zíper de esta mientras sus caderas se contoneaban de un lado hacia el otro. La cremallera término en la espalda baja de la fémina, revelando el inicio de su trasero. Con movimientos lentos, saco sus brazos del ajustado leotardo morado, y posó uno de estos sobre sus grandes senos para cubrir la parte más íntima de estos. Su uniforme cayó por su plano abdomen, y la felina jugó con este mientras lo hacía descender más. Se detuvo justo por encima de su pubis, mientras su brazo derecho iba abandonando sus senos hasta dejarlos descubiertos. Finalmente descendió su traje por sus contorneadas piernas, hasta que quedó completamente desnuda.

—Muy bien, Selina. Muy bien. Ahora, ven gateando hasta aquí.

Catwoman apretó los dientes pero obedeció. Se arrodilló en el suelo para luego apoyar sus manos en este, y empezar a gatear hacia Oswald. El político observaba con gran lascivia y soberbia como aquella mujer obedecía cada una de sus órdenes. Selina finalmente llegó a quedar entre las piernas del varón, donde se notaba un bulto en el pantalón. Tratando de disimular su asco, le bajó la cremallera y movió a un costado la ropa interior, dejando salir un miembro ya erecto. Oswald no era especialmente dotado, de hecho sus quince centímetros entraban en el rango de lo normal, aunque su miembro si era bastante grueso y con venas muy marcadas.

—Te gusta, ¿verdad? —preguntó con soberbia el mayor.

—“Batman la tiene más grande” —respondió en sus pensamientos—. Claro que si, alcalde Cobblepot.

—Muy bien. Porque quiero que le des muchos besos apasionados.

Selina tragó saliva y finalmente se atrevió a hacer lo que tanto quería evitar. Le dio un beso en el glande, el cual a pesar de la erección seguía parcialmente cubierto por el prepucio. La mujer fue abriendo sus labios para empezar a engullir aquel falo hasta la base.

—Ahg —gimió Pingüino—. Eres directa, gatita. Se nota que estabas desesperada por tenerlo en tu boca.

—“Estoy desesperada por acabar”.

Catwoman apoyó sus manos en las piernas del Pingüino y empezó a mover su cabeza con fuerza y rapidez. Ella no quería realizar ningún juego previó ni sacar a relucir sus habilidades; simplemente quería hacer acabar rápido a aquel cerdo. Oswald apretó las sábanas mientras gemía por el placer que la felina le estaba dando, observando con siniestro deleite los movimientos de esta. Catwoman mantenía los ojos cerrados mientras sus carnosos labios apretaban todo el contorno de aquel pene, sintiendo cada una de aquellas venas que lo recorrían. Para apresurar el orgasmo de su contrario, retiro parte de aquel pene de su boca y metió su lengua dentro del prepucio para empezar a frotarla por todo el contorno de aquel glande, llenándolo de saliva —al igual que al resto del falo—. Sin embargo no duró mucho así, pues Cobblepot la tomó con firmeza del cabello y le volvió a hundir su miembro hasta la garganta. Tras esto, empezó a manejar el mismo la cabeza de la mujer como si de una muñeca sexual se tratase. La boca de Selina iba de adelante hacia atrás con rapidez y fuerza, provocando que el glande de Oswald golpeara contra la campanilla de su garganta en cada embestida. El político emitía gemidos animalísticos mientras se follaba sin contemplación la boca, y parte de la garganta, de la sensual ladrona. De pronto, El Pingüino se hundió por completo en la garganta de Catwoman, y se quedó allí mientras largaba su primera descarga de cálido semen.

Oswald se separó de forma brusca, básicamente empujando la cabeza de Selina. La femina se apoyó en sus brazos mientras recuperaba el aire, sintiéndose mareada por los frenéticos movimientos de su cabeza. Para acompañar aquel mareo, se encontraban las náuseas que le provocaba saber que había tenido que tenido que tragar el semen de Oswald Cobblepot.

—Acuéstate boca abajo en mi cama —ordenó el varón mientras se empezaba a desvestir.

Selina respiró profundamente y obedeció la orden dada. Mientras abría sus piernas, vio al alcalde de Gótica retirar sus últimas prendas. El Pingüino era bajo de estatura y sumamente obeso, con barriga prominente y pechos caídos, además de extrañamente lampiño. Los cuerpos de ambos daban un gran contraste entre la exuberante belleza femenina, y la fealdad que una vida llena de gula te otorgaba. Aquella imagen no hizo más que asquear más a la fémina. En Cobblepot venía reflejado lo peor de los vicios humanos.

—Nada como un buen pescado para la cena —dijo Oswald mientras se acostaba entre las piernas de la fémina.

Selina tuvo el fuerte deseó de partirle la nariz por aquel chiste de mal gusto, pero sabía que no podía hacerlo. Oswald apoyó sus manos en las piernas de la mujer y le dio una larga lamida a la vagina que tenía por delante. La áspera lengua del político se frotó contra los labios vaginales de la ladrona, separándolos lentamente. Catwoman sintió el cálido aliento golpear contra su sexo mientras aquella lengua se enterraba hasta lo más hondo. La prominente nariz del hombre se frotaba contra el clítoris de Selina, al mismo tiempo que su lengua recorría todo el interior de manera errática. Oswald clavó sus dedos en los muslos de la ladrona, la cual apretaba las sábanas y cerraba los ojos del asco y la impotencia que sentía.

Para su suerte —o desgracia—, Oswald sacó su rostro de entre las piernas de Selina. El varón se apoyó en sus rodillas y tomó su pene con su mano derecha. Con una sonrisa extraña, donde dejaba a entrever sus dientes, dirigió su miembro y lo enterró en el interior de la fémina. Selina hizo una mueca de dolor y asco, aunque el dolor era más emocional que físico. Pingüino se recostó sobre Catwoman, quedando su rostro entre los generosos pechos de la mujer. El hombre empezó a mover sus caderas con fuerza, soltando gemidos roncos y ahogados. El mafioso mordía y chupaba con fuerza los senos de la ladrona, cubriendo estos con su saliva. Con sus manos apretujaba los costados de aquello pechos, mientras con su boca actuaba cual perro hambriento devorando un plato comida.

—Se más cariñosa y gime más fuerte —ordenó Oswald—. O me pondré rudo con tus tetas.

Catwoman rodeó con sus piernas las caderas del Pingüino, el cual volvió a sumergirse entre los pechos de esta. Las manos de la ladrona se posaron sobre la espalda del político y se aferró a esta mientras gemía de forma exagerada. El grueso miembro del varón no dejaba de embestir con ferocidad a la intimidad de la fémina, cuyas paredes vaginales se contraían sobre aquel intruso. Lágrimas caían de sus ojos por la humillación y el dolor al que estaba siendo sometida. Sentía que su cuerpo ya no le pertenecía; que era un simple muñeca sin voluntad. Sentía que su dignidad había sido robada y su alma profanada. Pero sabía que debía soportar, por lo que acallaba su llanto con sus gemidos. Por su parte, Oswald le daba largas lamidas y llenaba de saliva los generosos pechos de la mujer. Catwoman no pudo evitar soltar un gritó de dolor cuando los dientes de Pingüino se clavaron con más fuerza sobre su pecho izquierdo, provocándole un leve sangrado.

Oswald elevó el torso, apartándose parcialmente de Selina.

—Tranquila, gatita. Ya casi termino contigo.

Las manos del varón se cerraron con algo de fuerza sobre el cuello de la mujer, dificultándole la entrada de aire. Los ojos de Selina se llenaron de desesperación y sujetó de los brazos al alcalde, aunque sin lograr nada. El miembro del varón se deslizaba con brusquedad dentro de la cálida y húmeda vagina de su prostituta. Las frenéticas caderas de este golpeaban con ferocidad el cuerpo de la fémina, provocando que los grandes pechos de esta rebotaran de forma veloz. Oswald finalmente soltó un sonido ronco y eyaculó dentro de la vagina de Catwoman, la cual pudo sentir aquel cálido y asqueroso líquido en su interior. El hombre se le salió de encima y se recostó boca abajo mientras Selina se ponía en posición fetal y tosía con fuerza, tratando de recuperar el aire.

—Ah, eso si fue un buen servicio —dijo Oswald mientras se encendía un puro.

—Eres un bastardo —dijo Selina, dándole la espalda.

—Sí, eso lo sé —dijo antes de darle una larga calada a su cigarro—. Ahora vístete y lárgate.

—No me dijiste que me morderías, me asfixiarías o que me acabarías dentro.

—Y lo volveré a hacer las veces que me den ganas si no quieres ir presa, ¿entendido? —preguntó con molestia.

—Entendido, señor alcalde —dijo con resignación la mujer.

—Perfecto —exclamó Cobblepot mientras sacaba un fajo de billetes de su mesa de luz—. Ahora toma tu paga, vístete y vete. Te llamaré cuando quiera cojerte y que robes algo.

Selina tomó el dinero y se empezó a vestir lo más rápido que pudo, todo ante la atenta mirada de aquel que la había sometido a tan aberrante humillación. Sin voltear hacia atrás, salió por una ventana para perderse en la oscura noche de Gótica.

Sin voltear hacia atrás, salió por una ventana para perderse en la oscura noche de Gótica

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