Capítulo 1
Zarek
Nunca me ha gustado el ruido. Tampoco me gustan las personas, y mucho menos me gusta que me toquen. Si le preguntaras a mi hermano Zilek, él diría que lo mío es una especie de arrogancia o un complejo de autosuficiencia absoluta, pero no tiene nada que ver con eso. Es una cuestión de supervivencia básica. El contacto no deseado me eriza la piel, la charla vacía me agota y las aglomeraciones solo logran recordarme lo desordenado que es el mundo exterior.
Soy diferente. Zilek, por el contrario, es un salvaje. Somos el día y la noche, dos polos opuestos moldeados bajo el mismo apellido pero sin un solo rasgo de carácter en común. Él es brusco, impulsivo, sucio en su manera de interactuar con el espacio y va por la vida de forma completamente desorganizada, tropezando con sus propios pies y esperando que el impacto arregle las cosas. Yo necesito estructura. Necesito que los bordes de mi realidad sean rectos, afilados y predecibles.
Por eso llevo mis AirPods puestos. No estoy escuchando música la mayor parte del tiempo; la cancelación de ruido activada es más que suficiente. Funcionan como un escudo invisible. La gente ve los plásticos blancos en mis oídos y asume que estoy en mi propio mundo, lo que evita de manera maravillosamente eficaz que se me acerquen, me saluden o intenten contarme cosas que sencillamente no me importan. No me mal interpreten: no es que le guarde un rencor activo a la humanidad, es solo que no soy comunicativo. No tengo el chip de la interacción casual. No sé ni quiero aprender a sostener una conversación vacía sobre el clima o sobre lo pesada que está la semana.
A esta hora de la mañana, la facultad de Filosofía y Letras en Brish está prácticamente desolada. La bruma matutina aún flota sobre los jardines internos y el aire huele a hierba húmeda y a concreto frío. Si me lo preguntaran, admitiría sin ningún tipo de vergüenza que soy de ese porcentaje ridículamente bajo de alumnos a los que les apasiona la puntualidad. La impuntualidad me parece una falta de respeto hacia el tiempo ajeno, pero, sobre todo, una muestra de falta de control sobre uno mismo.
No me gusta lo complicado. La vida ya tiene demasiadas capas de fricción como para añadirle drama innecesario. Mi primera clase, Literatura Inglesa, inicia exactamente a las ocho de la mañana. Yo estoy despierto desde las cinco. No necesito poner tres alarmas en el teléfono ni programar tonos estridentes; tengo una especie de reloj interno, una alerta biológica implacable que no me permite despertar tarde bajo ninguna circunstancia. Ha sido así desde que tenía trece años.
Quizás, si soy honesto conmigo mismo en la soledad de mis pensamientos, pensé que sería más fácil encajar en el mundo si me volvía impecablemente responsable. Cuando eres el hijo menor y ves el desastre que dejas a tu paso, entiendes rápido qué papel debes jugar. No me gusta complicar la vida de mis padres; con que Zilek lo haga a diario es más que suficiente para agotar la paciencia de cualquier matrimonio. Yo debo ser el hijo correcto. El hijo que saca buenas notas, el que jamás llega a casa con olor a alcohol, el que no da problemas, el que responde con un tono educado y mantiene su habitación en perfecto orden.
Esa autoexigencia, sin embargo, tiene un costo. Me vuelve meticuloso hasta el punto de la neurosis. Me vuelve menos social, más distante. Pero prefiero mil veces que me etiqueten de frío a dececcionar a mis padres. Porque así soy. Soy un libro cerrado, y siempre lo he sido. No dejo que las personas atraviesen los muros que he construido a mi alrededor; no permito que nadie atisbe mi verdadera cara, la realidad de lo que llevo dentro o los pensamientos que a veces me atormentan la cabeza cuando la casa se queda en silencio.
A fin de cuentas, soy un hombre que sabe manejar los dramas. Los compartimento, los analizo y los guardo bajo llave.
Como por ejemplo mis fines de semana. Mi paciencia sabatina se reduce a tener que soportar al idiota del amigo de mi hermano, un sujeto que parece un delincuente por donde se le mire. Zilek tiene esa extraña relación de hermandad simbiótica con ese tipo que se hace llamar Damon. Un nombre ridículo, si me lo preguntan; parece sacado de una novela barata de mala calidad. La cuestión es que este amigo de Zilek tiene la molesta costumbre de pasarse casi todos los fines de semana en mi casa, instalado en nuestro sillón o tirado en el patio como si fuera un miembro legítimo de la familia.
Es un tipo insoportable. Un salvaje de dos metros de estatura, cubierto de tinta desde el cuello hasta los nudillos, con el cabello negro largo cayéndole por los hombros y esa descarada pinta de maleante que parece gritarle al mundo que no le importa romper nada. Lo peor de todo no es su presencia física, que de por sí ocupa demasiado espacio, sino el hecho de que mi madre lo adora. Lo trata como a un hijo más únicamente porque ha estado pegado a Zilek desde que tenían doce años.
Exactamente eso: llevan once años de amistad. Damon ha hablado, comido y compartido más con mi hermano de lo que yo he compartido con Zilek en toda mi vida. Conocen los secretos del otro, sus peleas, sus tonterías. Para mi familia, Damon es solo “el chico de al lado que tuvo una infancia difícil”. Para mí, es un sujeto insostenible, peligroso, ruidoso y de modos brutales, de quien prefiero mantener la mayor distancia posible. Un parásito con cara de pocos amigos al que no tolero tener en mi campo de visión.
Ajusto la correa de mi mochila sobre el hombro y camino por el pasillo de baldosas claras hacia el aula 104. Al cruzar el marco de la puerta, la baja densidad de estudiantes me permite ubicarla de inmediato.
Mía me ondea la mano desde la tercera fila, con una sonrisa amplia que desentona por completo con la sombría atmósfera matutina de la universidad. Mía ha sido mi mejor amiga desde la preparatoria. Con el tiempo, la gente que nos ve de lejos suele asumir que salimos o que hay algo romántico entre nosotros debido a lo cercanos que somos, pero no hay nada más alejado de la realidad. Mía es como la hermana que nunca tuve. Tenemos la misma edad, compartimos clases, pero ella es... bueno, ya saben, mucho más libre.
¿A quién pretendo engañar? Mía es idéntica a mi hermano. Es una salvaje en potencia, impetuosa y caótica, solo que con un toque más de responsabilidad académica que le impide reprobar las materias.
—¿Dónde estabas? —pregunta en cuanto me acerco a su pupitre y dejo caer mi mochila en la silla contigua—. ¿Acabas de llegar?
—Estaba en la cafetería buscando mi dosis de cafeína —respondo con tono neutro, mostrando el vaso de papel térmico que sostengo en la mano derecha.
Mía asiente, apartando un mechón de su cabello rizado mientras sus ojos recorren mi rostro con esa insistencia analítica que a veces me irrita.
—Ven aquí —dice, dando un pequeño golpe sobre la mesa antes de soltar la pregunta que sé que ha estado reteniendo en la garganta desde que cruzó la puerta de la facultad—: ¿Y tu hermano?
Ahí está. Ese es otro punto en mi lista de complicaciones cotidianas. Mía está enamorada hasta las trancas de Zilek, pero él no le presta ni la más mínima atención. Mi hermano va en tercer año, tiene veintitrés y ve a Mía exactamente como lo que se supone que es: una extensión de mí, una hermana menor a la que despeina la cabeza cuando la ve y a la que le pide que no haga ruido cuando está de resaca. O bueno, eso es lo que él dice de dientes para afuera. Aunque la verdad es que, en más de una ocasión, lo he pillado mirándola de una forma que no es precisamente la manera en que un hombre mira a una hermana. Hay una tensión extraña ahí, un código no escrito que ninguno de los dos se atreve a romper, pero que a mí solo me añade más ruido a la cabeza.
—Zilek sigue durmiendo —le digo a Mía mientras me quito los AirPods y los guardo con cuidado en su estuche estanco—. Salió anoche. Ya conoces su agenda.
Mía pone mala cara, fingiendo desinterés mientras saca sus cuadernos, pero sé perfectamente que la respuesta le ha escocido.
—Seguro estaba con Damon —murmura ella con una mueca, acomodándose en su asiento.
—Seguro —asiento, sintiendo una leve punzada de fastidio en la nuca al solo escuchar ese nombre pronunciado a primera hora del día—. Siempre están juntos haciendo estupideces.
Abro mi cuaderno de notas, alineo mi bolígrafo paralelamente al borde del escritorio y respiro hondo. El aula empieza a llenarse lentamente con el murmullo de otros estudiantes, rompimiento paulatino de mi valioso silencio. Me obligo a enfocar la mirada en el pizarrón blanco, tratando de expulsar la imagen de mi casa, de mi hermano y, sobre todo, de los ojos azules y burlones de Damon Cross que tanto me molesta cruzarme los fines de semana.
Tengo una clase que atender, un promedio que mantener y una fachada de hijo perfecto que sostener. El resto del mundo, con todo su caos y sus personas ruidosas, puede quedarse al otro lado de la puerta.
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Al salir de la clase de Literatura Inglesa, Mía y yo nos dirigimos directamente hacia la cafetería principal. A esta hora de la mañana, el lugar estaba completamente abarrotado de estudiantes, una marea humana ruidosa y caótica que se desplazaba sin ningún tipo de orden por el amplio salón. Era, en definitiva, una escena que me desagradaba profundamente. Odio las multitudes. Sí… lo sé, puedo sonar extremadamente quisquilloso cuando hablo de estas cosas, pero es que sencillamente no soporto el ruido masivo. Me molesta el desorden, la falta de espacio personal y las personas que parecen incapaces de controlarse a sí mismas, haciendo un alarde innecesario de su mala educación mientras gritan por encima del murmullo general o se empujan sin ofrecer una disculpa.
Mía, ajena a la tensión que se acumula en mis hombros cada vez que pisamos un espacio sobrepoblado, se apodera de mi brazo con firmeza. Me empuja casi a rastras entre las filas de sillas hasta guiarnos hacia una de las mesas mejor ubicadas, peligrosamente cerca de donde se sientan los que ella suele llamar «los populares» de la facultad. Mía es una coqueta sin remedio, lo lleva en la sangre. Mientras caminamos, noto cómo varios chicos de las mesas cercanas la miran con un interés evidente, casi sin disimulo. Y no los culpo. Mía es preciosa. Tiene esa clase de belleza angelical y ligera que atrae las miradas de forma automática; sus ojos marrones, cálidos y expresivos, combinados con su cabello castaño cayendo en ondas suaves, le dan un aura de inocencia que contrasta radicalmente con su personalidad impredecible y salvaje.
Se sienta frente a mí, sonríe con picardía y se enrosca un mechón de cabello en uno de sus dedos mientras observa el panorama del salón. Yo solo puedo sacudir la cabeza en señal de negación, soltando un leve suspiro de resignación mientras abro la mochila y saco mis apuntes perfectamente alineados para ponerlos sobre la mesa.
—¿Sabías que Sofía, mi amiga, me preguntó por ti otra vez? —suelta Mía de la nada, apoyando los codos sobre el marco de madera y mirándome fijamente.
Frunzo el ceño de inmediato, haciendo un esfuerzo mental por recordar la cara de la persona a la que se refiere. Sofía es la amiga con la que Mía pasa el tiempo cuando yo no estoy disponible o cuando me encierro en la biblioteca. Y aunque los tres compartimos algunas clases generales en el edificio principal, apenas he cruzado un par de palabras formales con ella en todo el semestre.
En lugar de engancharme en su conversación, abro mi cuaderno por la página marcada, tomo el bolígrafo y le hago a Mía una pregunta directa sobre la estructura del ensayo de literatura que debemos entregar la próxima semana. Mía gira los ojos hacia el techo con un gesto exagerado al notar que evado deliberadamente su intento de propuesta para unirme con su amiga.
—Está bien, está bien, no diré nada más —dice levantando las manos en señal de rendición, aunque conserva una sonrisa burlona en los labios—. Sé perfectamente que no te gusta que me involucre en tu vida privada... pero de verdad le gustas a Sofía, Zarek. No es broma.
—Mía —la nombro en un tono bajo, seco y de clara advertencia, clavando la mirada en la suya para que deje de una vez su intento fallido por buscarme pareja—. Sabes perfectamente que no quiero una novia. No ahora. Simplemente no me interesa.
Ella me observa durante un par de segundos, midiendo la firmeza de mi voz, y finalmente se encoge de hombros, dejando caer los brazos sobre la mesa.
—Está bien, lo siento —dice, dando el tema por cerrado antes de cambiar el chip por completo—. ¿Qué vas a querer de comer? Voy a la barra.
Niego con la cabeza sin despegar la vista de mis hojas manuscritas.
—Solo café. Con un expreso doble tengo suficiente.
Mía cruza los brazos de inmediato y me dedica una mirada reprobatoria, arrugando la nariz.
—No puedes solo tomar café y pasar horas de estudio, Zarek. Te va a dar una úlcera antes de llegar a los veinte. Tienes que comer algo sólido.
—Estoy bien, comeré algo luego en casa —digo en tono plano, zanjando cualquier posibilidad de debate sobre mi dieta.
Ella asiente de mala gana, sabiendo que insistir sobre mi falta de apetito a estas horas es una batalla perdida, se levanta de la silla y se abre paso entre la multitud en dirección al mostrador para buscar su comida y mi café.
Me quedo solo en la mesa, rodeado por el bullicio insoportable de la cafetería. Ajusto la posición de mi cuaderno, tomo una respiración profunda y me obligo a concentrarme en la primera línea de mis apuntes, levantando de nuevo esos muros invisibles que me protegen del resto del mundo.
Con la mesa libre por unos minutos, el sonido ambiente de la cafetería parece elevarse de golpe. Risas estruendosas dos mesas más allá, el chocar constante de las tazas de cerámica contra las bandejas de plástico y el murmullo incesante de decenas de conversaciones cruzadas se convierten en un dolor de cabeza en potencia. Me llevo una mano a la nuca, frotando la base del cuello mientras intento mantener la vista fija en las notas sobre Literatura Inglesa. La caligrafía es pulcra, uniforme, sin una sola tachadura; una representación visual de la necesidad casi clínica que tengo de mantener cada aspecto de mi vida bajo control.
A mi derecha, un grupo de estudiantes de semestres superiores habla a gritos sobre una fiesta que tuvo lugar el fin de semana. No necesito prestar atención para escuchar los detalles: alcohol, música alta, peleas en el estacionamiento y lagunas mentales. El tipo de ambiente desintegrado en el que mi hermano Zilek y su inseparable amigo Damon se mueven como peces en el agua. La sola asociación mental me produce un chasquido molesto en la lengua. Damon. Siempre termina apareciendo en mi cabeza de una forma u otra, como una mancha de tinta molesta en un folio en blanco.
Mía regresa un par de minutos después sosteniendo una bandeja de plástico con una destreza admirable entre la multitud. Deja caer sobre la mesa un sándwich envuelto en papel brillante, una manzana roja y el vaso térmico con mi café expreso. El olor amargo y concentrado de la cafeína es lo único positivo en este lugar en los últimos veinte minutos.
—Tu dosis de veneno amargo —dice Mía mientras se acomoda en la silla de enfrente y desenvuelve su almuerzo con entusiasmo—. Deberías al menos darle un mordisco a la manzana, Zarek. Pareces un fantasma victoriano cuando te obsesionas con los exámenes.
—Los fantasmas victoriano no tienen que presentar ensayos de tres mil palabras sobre poesía del siglo XVIII el viernes —respondo, tomando el vaso de café con ambas manos y dejando que el calor traspase el cartón hasta mis palmas—. Gracias por el café.
—De nada. Pero sigo pensando que tu estilo de vida es insostenible —comenta ella antes de darle un mordisco a su sándwich. Habla mientras mecánicamente revisa las notificaciones de su teléfono sobre la mesa—. Oye, hablando de desastres insostenibles... tu hermano me mandó un mensaje hace diez minutos.
El nombre de Zilek vuelve a flotar en la mesa. Doy un sorbo corto al café, sintiendo el líquido amargo bajar por mi garganta antes de responder.
—¿Qué quiere? Si es para que le busque sus apuntes del semestre pasado, dile que los quemé.
Mía suelta una risita corta, niega con la cabeza y bloquea la pantalla de su celular.
—No, nada de eso. Solo estaba preguntando si seguíamos en el campus o si habíamos salido ya de clase. Parece que va a pasar por el edificio de deportes más tarde.
—Lo que significa que probablemente se levantó hace media hora, omitió todas sus clases de la mañana y ahora busca a alguien que le pague el almuerzo —deduzco con tono plano, sin una gota de sorpresa.
—Sabes que no es tan malo —intenta defenderlo Mía, aunque la ligera inclinación de su cabeza la delata.
—Mía, Zilek es un desastre andante —le recuerdo, mirándola fijamente a los ojos marrones que de pronto parecen evitar la mía—. Y el hecho de que pase veinticuatro horas al día pegado a Damon solo empeora las cosas por diez. Son una sociedad destructiva.
Mía se queda en silencio durante un par de segundos, jugando con el envoltorio de plástico de su comida. Sé exactamente lo que pasa por su cabeza. Para ella, Zilek no es solo el chico irresponsable de veintitrés años que vive en la habitación de al lado en mi casa; es la personificación de todo lo que ella encuentra fascinante y peligroso. La atracción de Mía hacia mi hermano es un tren en marcha que llevo meses viendo venir, y aunque he intentado mantenerme al margen para no complicar nuestra amistad, la situación se vuelve cada vez más ridícula.
—Damon no es tan terrible cuando lo conoces —suelta ella de pronto, en un tono que pretende ser casual pero que me resulta profundamente molesto.
Levanto la mirada de mis apuntes de golpe, arrugando levemente la frente.
—¿Perdón? ¿Damon? ¿El mismo Damon que tiene el cuerpo cubierto de tatuajes de dudoso gusto, mide dos metros, parece un delincuente de poca monta y se mete en peleas de bar cada tres días?
—Bueno, sí, es imponente y tiene cara de que te va a golpear si lo miras mal —admite Mía, encogiéndose de hombros—, pero ha sido como un hermano para Zilek desde que eran niños. Tu mamá lo adora, Zarek. Siempre le prepara de comer cuando va a la casa.
—Mi madre adora a cualquiera que pase más de diez minutos en la cocina sin romper nada —corrijo con severidad—. Y el hecho de que Damon lleve once años rondando por mi casa como un parásito no lo hace parte de la familia. Es un insolente. No respeta el espacio de nadie, habla demasiado alto, deja sus cosas tiradas en la sala y vive como si el mundo le debiera algo.
—Te altera demasiado la sola mención de su nombre —señala Mía con una sonrisa astuta, apoyando la barbilla sobre la palma de su mano—. En serio, Zarek, llevas años tratándolo como si fuera la peste bubónica. A veces creo que te molesta simplemente porque no puedes encasillarlo en tus esquemas perfectos. Él es puro caos y tú eres... bueno, tú.
—Me molesta porque es un salvaje incómodo —sentencio, dando otro sorbo al café para dar por concluida la discusión sobre el sujeto—. No hay más misterio en eso. Prefiero las cosas ordenadas y a las personas educadas. Él no es ninguna de las dos cosas.
Mía suspira, sabiendo que he levantado el muro de nuevo y que no sacará nada más de mí al respecto. Volvemos al silencio relativo de nuestra mesa mientras ella termina de comer y yo avanzo un par de párrafos en el esquema de mi ensayo. A pesar de la multitud que sigue rugiendo a nuestro alrededor, me obligo a aislarme mentalmente, usando el sonido de mi bolígrafo rasgando el papel como un ancla para no perder la paciencia.
Diez minutos más tarde, el teléfono de Mía vuelve a sonar, esta vez con una vibración prolongada sobre la superficie de la mesa. Ella lo toma de inmediato y contesta sin ocultar la rapidez de sus movimientos.
—¿Hola? —escucho que dice, mientras su postura se endereza automáticamente—. Ah, hola, Zilek... Sí, estamos en la cafetería principal... No, Zarek está repasando sus apuntes, como siempre... ¿Ahora?
Mía me dedica una mirada rápida, un gesto entre culpable y nerviosa que me pone en alerta de inmediato.
—Dice que está afuera con Damon —me informa, tapando el micrófono del teléfono con la mano—. Que vienen hacia acá a buscarnos para ir a comer algo fuera del campus.
Siento cómo la mandíbula se me tensa instintivamente.
—Dile que no —respondo sin dudarlo un segundo, cerrando el cuaderno de un golpe seco—. Tengo clase de nuevo a la una y no voy a perder el tiempo dando vueltas con ellos.
—Zarek, por favor —suplica Mía en un susurro cargado de intención, señalando el teléfono—. Es solo una hora. Además, tu hermano ya está entrando.
Levanto la vista instintivamente hacia las puertas de cristal de la cafetería principal. Y ahí están. La marea de estudiantes que abarrota la entrada parece abrirse casi de forma involuntaria cuando la figura de dos metros de Damon Cross cruza el umbral, flanqueado por mi hermano Zilek.
Damon lleva el cabello negro largo rozándole los hombros, despeinado de esa manera estudiada que parece no requerir esfuerzo alguno. Su chaqueta de cuero gastada deja ver el cuello cubierto de tinta que sube hasta la base de la mandíbula, y sus ojos azules, helados y penetrantes, recorren el recinto con una indiferencia absoluta hacia las miradas de los demás. A su lado, Zilek viene riéndose de alguna estupidez, cargando su mochila sobre un solo hombro con la desprolijidad que lo caracteriza.
Mía levanta la mano para hacerles una señal, y en cuanto los ojos azules de Damon se fijan en nuestra mesa, una curva lenta y descarada se dibuja en sus labios.
Respiro hondo, guardando mi cuaderno y mi bolígrafo en la mochila con movimientos calculados para no perder la compostura. El silencio tranquilo de mi mañana ha terminado oficialmente, y la presencia del idiota amigo de mi hermano está a punto de arruinar el resto de mi día.









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