Capítulo 125: Entre Risas y Lágrimas de Felicidad
La casa me recibió con un silencio denso, casi antinatural. No era la quietud pacífica de la noche a la que estaba acostumbrado, sino un vacío pesado que parecía absorber el sonido, tragándose el eco de mis propios pasos sobre la madera del recibidor. Todos dormían, ajenos a la corriente subterránea que me recorría el cuerpo. La confesión a Marleen no era un recuerdo lejano; era una vibración persistente en mi pecho, un zumbido en mis oídos. Las palabras, crudas y sinceras, se sentían como si acabaran de salir de mi boca, dejando un rastro de alivio ardiente y una incertidumbre helada.
En la penumbra de mi cuarto, me dejé caer en la cama sin siquiera quitarme la ropa. El techo parecía un lienzo en blanco donde se proyectaba la escena una y otra vez. Su rostro, sus ojos, el momento de tensión antes de que las palabras brotaran. No había un pensamiento claro, no una pregunta concisa como “¿hice lo correcto?“. Era algo más caótico. Un torbellino de imágenes y sensaciones: el calor de su mano, el sabor del café, el alivio de la honestidad y el terror punzante de sus consecuencias. Era la calma que precede a la tormenta, y yo estaba en el ojo del huracán, esperando.
Desperté en esa misma quietud, pero la luz del sol la había vuelto frágil, casi dolorosa. La casa estaba vacía. Un sol pálido se colaba por las cortinas, iluminando motas de polvo que danzaban en un aire inmóvil. Una nota en la mesa de la cocina confirmaba mis sospechas: se habían ido temprano a comprar cosas para la bebé. Su ausencia dejó un hueco que magnificaba el mío. En ese silencio absoluto, donde solo se oía el zumbido de la nevera, el fantasma de mi ansiedad encontró un nuevo anfitrión. Y entonces, otro nombre se abrió paso entre la niebla: Kanae.
Pensé en ella, probablemente sola en su propia casa silenciosa, lidiando con los escombros afilados que su padre había dejado tras de sí. El recuerdo de la noche del tequila me golpeó con una claridad inesperada: la desesperación en sus ojos, el olor acre del alcohol, la fragilidad de su cuerpo temblando entre mis brazos. Ir a verla no era una obligación, no era un deber de “novio”. Era un impulso visceral, la certeza de que mi promesa de no abandonarla significaba algo, especialmente ahora.
Me puse una chaqueta y salí a la calle. El aire de la mañana era fresco y olía a asfalto húmedo. La ciudad despertaba con pereza: el sonido lejano de una sirena, el ruido metálico de la cortina de una tienda al levantarse, un par de palomas peleando por una miga de pan. Mientras caminaba, los detalles del mundo exterior parecían anclajes para mi mente a la deriva. La imagen de la sonrisa frágil de Kanae se superponía a las grietas de las aceras. Me preocupaba que esa soledad densa, tan parecida a la que yo sentía en ese mismo instante, la empujara a buscar escapes que solo ahondarían sus heridas. Me preguntaba si habría hablado con su madre, si esa brecha entre ellas había comenzado a sanar o si seguía siendo un abismo infranqueable. Cada paso hacia su casa se sentía como un acto de voluntad, una forma de asegurarme de que ella no se dejara llevar por la corriente. No se trataba de salvarla, sino de estar a su lado mientras aprendía a nadar.
Llegué a su puerta y toqué. El sonido pareció hueco, absorbido por la madera. Ninguna respuesta. Apoyé la oreja en la puerta, pero solo percibí el silencio. Toqué de nuevo, más fuerte esta vez, tres golpes rotundos que resonaron en la quietud de la mañana. Esperé, conteniendo la respiración, sintiendo el latido de mi corazón en la garganta.
Finalmente, la puerta se abrió con un crujido suave y me encontré con una visión que desarmó por completo la maraña de seriedad en mi cabeza. Allí estaba Kanae, envuelta en un pijama rosa de una sola pieza con la capucha de un osito. Su cabello, normalmente impecable, era un caos adorable, aplastado por un lado y apuntando hacia el cielo por el otro, como si hubiera perdido una épica batalla contra la almohada. Y en sus pies, unas pantuflas de peluche con forma de conejitos que parecían ridículamente cómodas. Era tan absurdamente tierna que una risa se escapó de mi pecho antes de que pudiera detenerla.
La risa brotó, primero como un murmullo ahogado y luego como una carcajada abierta y sincera. Kanae frunció el ceño. Sin sus lentes, entrecerró los ojos para enfocar mi figura, su expresión era la de un gatito recién despertado y profundamente confundido.
—¿Zeven? —su voz era un susurro somnoliento, rasposo y adorable.
En el instante en que me reconoció, un rubor intenso floreció en su rostro, una marea carmesí que subió desde su cuello hasta las raíces de su cabello. Sus ojos se abrieron de par en par, una mezcla perfecta de pánico y vergüenza. Su boca se abrió y se cerró un par de veces, tartamudeando algo ininteligible antes de rendirse. En un acto reflejo, puramente instintivo, me cerró la puerta en la cara. El suave clic de la madera solo hizo que mi risa se intensificara, doblándome ligeramente por la mitad. Era la cosa más Kanae que podía haber hecho.
Esperé afuera, con la sonrisa pegada a los labios mientras mi risa se calmaba y se convertía en jadeos silenciosos. Unos minutos que se sintieron como una pequeña eternidad después, la puerta se abrió de nuevo. La transformación era completa. Ahora llevaba unos jeans de mezclilla y una playera blanca básica. Su cabello estaba peinado, cayendo en cascada sobre sus hombros, y sus lentes descansaban en el puente de su nariz. Era la Kanae que todos conocían, la estudiante aplicada y serena. Pero el rubor persistente en sus mejillas y la forma en que sus ojos evitaban los míos, fijándose en un punto imaginario sobre mi hombro, la delataban.
—Hola, Kanae —dije, tratando de que mi voz sonara lo más casual posible.
—Hola, Zeven —respondió, su voz apenas audible—. ¿Qué haces aquí tan temprano?
—Estaba cerca. Solo quería ver cómo estabas.
Sus ojos finalmente encontraron los míos, y vi un destello de sorpresa genuina. —¿Ah, sí? Eso es... inesperado.
—Bueno, no necesitamos una razón especial para vernos, ¿o sí?
Esa frase pareció romper el hielo. Una pequeña sonrisa tiró de las comisuras de sus labios, aunque el sonrojo no desapareció del todo.
—¿Quieres... pasar? —preguntó, casi en un susurro—. Podríamos... charlar.
—Me encantaría.
Me hizo un gesto para que entrara. La casa estaba silenciosa y olía a limpio, con una nota muy sutil de té de hierbas. Me dirigí al sofá, el mismo donde la había consolado semanas atrás, y me senté. Kanae desapareció en la cocina y el sonido del agua llenando una tetera rompió el silencio. Regresó poco después con dos tazas humeantes cuyo aroma a manzanilla llenó la sala. Me pasó una y se sentó en el otro extremo del sofá, dejando un espacio prudente entre nosotros.
Y entonces, el silencio cayó de nuevo. Pero esta vez era diferente al de mi casa. No era un silencio vacío, sino uno cargado de una timidez familiar, casi nostálgica. A pesar de todo lo que habíamos vivido, de las batallas libradas y las cicatrices ganadas, estar a solas con ella de esta manera nos devolvía al principio de todo. Yo volvía a ser el chico torpe que se escondía en los libros, que ensayaba conversaciones en su cabeza y nunca las decía. Y en su postura, en cómo se aferraba a su taza con ambas manos como si fuera un salvavidas, vi a la chica que apenas se atrevía a levantar la vista. Éramos dos veteranos de nuestras propias guerras personales, y aun así, sentados en un sofá, volvíamos a ser dos novatos asustados por la simple presencia del otro.
La comprensión me golpeó con tanta fuerza, la ironía era tan dulce, que una pequeña risa se me escapó, un sonido ahogado que intenté disimular como una tos.
Kanae me miró, sorprendida al principio, con el ceño ligeramente fruncido. Luego, una sonrisa de entendimiento se dibujó lentamente en su rostro. Probablemente pensaba en lo raro que era yo, riéndome de la nada en medio de un silencio sepulcral.
—¿De qué te ríes? —preguntó, y su propia diversión coloreaba su voz, haciéndola sonar como campanillas.
—Te pregunto lo mismo —respondí, y mi risa creció al ver cómo la suya empezaba a brotar.
—Es que... a veces pienso en cómo éramos antes —admití, mi voz suavizándose mientras la nostalgia me invadía—. Y me doy cuenta de lo mucho que hemos cambiado.
Kanae soltó otra risa, esta vez más sonora y libre, un sonido que pareció limpiar el aire de toda tensión. —Justo estaba pensando en algo parecido. Es increíble... y un poco ridículo.
Y con esa admisión, algo se rompió. Una presa invisible cedió. La risa comenzó a fluir entre nosotros, primero suave, luego en cascada. Cada carcajada suya alimentaba la mía y viceversa, un ciclo de alegría que se retroalimentaba y crecía hasta llenar cada rincón de la habitación, rebotando en las paredes. Era como la vez de los “quesatacos”, un humor nacido no de un chiste, sino de una conexión profunda, un bálsamo instantáneo para heridas que no necesitábamos nombrar.
Pronto, estábamos riendo tan fuerte que las lágrimas comenzaron a brotar, a rodar por nuestras mejillas. No eran lágrimas de tristeza, sino de pura y abrumadora felicidad. Me dolía el estómago, los músculos de mi abdomen protestaban y apenas podía respirar, pero me sentía increíblemente ligero, como si cada carcajada me quitara un kilo de peso del alma. Miré a Kanae; tenía el rostro encendido, los ojos cerrados con fuerza mientras reía, y surcos brillantes de lágrimas en sus mejillas sonrojadas. Se tapaba la boca con una mano, pero el sonido de su alegría era incontenible.
No decíamos nada, pero lo entendíamos todo. En medio de nuestros respectivos infiernos personales, del abandono, de las presiones y de las confesiones aterradoras, habíamos encontrado este refugio, este momento de gracia absurda y perfecta. Y mientras nuestras risas se entrelazaban hasta convertirse en un solo sonido, supe que mientras pudiéramos hacer esto, mientras pudiéramos encontrar esta alegría en medio del caos, íbamos a estar bien. Juntos.

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