Tina Spicy Hot Dog by PumpkinNoir at Inkitt
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Tina Spicy Hot Dog

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Summary

Tina, cerdita gordita, orgullosa de su panza y sus curvas, tiene un carrito de panchos en el barrio. Es coqueta, ruidosa y le encanta provocar. Gaspar es una iguana grande, callada, intelectual, jardinero de sangre fría que siempre anda al sol. Ella lo empieza a tentar con salsas picantes, miradas y juegos. Él, que parece de hielo, le saca un lado salvaje que nadie imaginaba. Entre panchos, jardines, transpiración y culos al aire terminan cojiendo en todos lados, se enamoran y se quedan juntos laburando y garchando como si no hubiera mañana.

Status
Complete
Chapters
11
Rating
n/a
Age Rating
18+

Salsa picante y sombra fresca

El sol del mediodía caía con todo sobre Barrio Las Alondras. No era un sol de postal. Era un sol argentino de enero, de esos que te aplastan la nuca, te hacen brillar la frente y te obligan a buscar sombra como si fuera un bien de lujo. El asfalto de la plaza chisporroteaba. Los perros se tiraban debajo de los bancos. Hasta las plantas del cantero parecían rendidas. Pero a Tina no le importaba un carajo.

Ella estaba en su salsa. Literalmente.

Desde su carrito de panchos —un carrito viejo pero bien cuidado, con toldo rayado rojo y blanco y una calcomanía medio descascarada que decía “Tina’s Hot Dogs – Con Amor y Mucha Mostaza”— repartía sonrisas, chismes y salsas especiales como si el calor fuera un simple detalle decorativo. Vestía su delantal fucsia con estampado de chanchitos felices, el mismo que usaba casi todos los días, y debajo una remera blanca ajustada que dejaba ver sin vergüenza su panza redonda, suave, orgullosa. La tela se le pegaba a la piel por el sudor. Se le marcaban los pezones gordos y oscuros cada vez que levantaba los brazos para atender. No usaba corpiño. Nunca usaba. Decía que el calor ya era suficiente tortura como para agregarle alambres.

—¡A ver, el de mostaza y chucrut! —gritó con voz alegre, casi cantando, mientras le guiñaba un ojo al cliente de siempre, un tipo de bigote que venía todos los mediodías—. Y no te hagas el tímido, que hoy la mostaza está más espesa que nunca.

El tipo se rió, le pasó el billete y se fue. Tina se limpió las manos en el delantal y miró la fila. Había gente. Siempre había. El barrio la quería. No solo por los panchos —que eran buenos, hay que decirlo—, sino porque Tina era un personaje. Gordita, coqueta, de risa fácil y lengua afilada. Sabía quién estaba de novio, quién se había peleado con la señora, quién debía plata en el almacén. Y no tenía problema en tirar la data entre un pancho y otro.

—¡Y vos, galán, probá el picante, que hoy me salió ardiente! —le dijo a un muchacho de veinte años que no sabía si reírse o sudar del calor. El pibe se puso colorado hasta las orejas. Tina se rio con ganas, haciendo que le temblara la panza.

Pero entre toda esa gente que pasaba apurada, que compraba, que se iba, había uno que siempre, siempre, le hacía ruido en la panza. Y no eran los panchos.

Gaspar.

Una iguana grande. De esas que uno ve y piensa “este tipo no es de acá, es de otro planeta”. Movimientos lentos, casi ceremoniosos. Piel verde grisácea curtida por el sol, escamas que brillaban cuando se inclinaba. Camisa de lino blanca, siempre abierta hasta el pecho, dejando ver el torso plano y fuerte. Pantalón cargo color tierra. Y esa mirada… esa mirada perdida que parecía estar siempre meditando sobre el universo, o sobre las plantas, o sobre algo que el resto de los mortales no alcanzaba a entender.

Él no decía mucho. Casi nunca. Solo pasaba frente al carrito a la misma hora, todos los días, compraba un pancho simple —mayonesa, lechuga, nada más— y se sentaba en el cantero frente a la plaza, exactamente en el mismo lugar donde había arreglado las flores unas semanas atrás. Se comía el pancho con calma, mirando el horizonte, y después se iba caminando lento hacia quien sabe dónde.

Tina lo miraba mientras limpiaba la plancha. Ese bicho raro le generaba una mezcla rara. Intrigaba. Despertaba. Le hacía ruido en lugares que no tenían nada que ver con el hambre.

Una tarde, cuando el sol ya empezaba a bajar un poco y la fila se había aflojado, decidió tirar un anzuelo. No podía más.

—Che, Gaspi —dijo mientras le entregaba el pedido, rozándole los dedos a propósito—. ¿Nunca te tentaste con algo más… sabrosón?

Él la miró lento. Como si la pregunta tuviera que viajar por un túnel largo antes de llegar a su cerebro. Parpadeó una vez. Después otra.

—Estoy bien así, gracias.

La voz era grave, seca, pero no fría. Más bien… controlada.

Tina no se rindió. Se apoyó un poco más en el mostrador del carrito, haciendo que se le hundiera la tela de la remera entre los pechos y se le marcara más la panza.

—¿Y si un día venís a comer algo que no esté en el menú? —preguntó, bajando la voz un tono, casi como un secreto—. Tengo cosas especiales. Para clientes… selectos.

Esa vez, la iguana alzó una ceja. Lenta. Su lengua bífida salió apenas a humedecerse los labios. Un movimiento casi involuntario. Tina lo notó. Se le erizó la piel de los brazos a pesar del calor.

Gaspar no respondió. Solo la miró un segundo más de lo habitual. Después tomó el pancho, inclinó ligeramente la cabeza en un gesto que podía ser agradecimiento o despedida, y se fue.

Tina se quedó parada, con la plancha humeando y el delantal manchado de mostaza. Se quedó recaliente. Pero no de bronca. De intriga. De esa picazón dulce que te sube desde el bajo vientre cuando alguien te deja con la palabra a medias.

Porque en ese gesto, en esa mirada, en esa lengua que salió un segundo de más… algo le dijo que Gaspar no era tan frío como parecía.

Esa noche Tina no pudo dormir bien. Dio vueltas en la cama. Se tocó un rato, pensando en escamas, en manos grandes, en esa voz grave. Se vino suave, sin apuro, y después se quedó mirando el techo con una sonrisa tonta.

Al día siguiente, Gaspar volvió.

Pidió doble pancho.

Y con picante.

Tina se quedó mirándolo mientras le preparaba el pedido. Él no dijo nada. Solo esperó, con esa calma de siempre. Cuando le entregó los dos panchos envueltos en papel, Gaspar le sostuvo la mirada un segundo más largo.

—Hoy sí —dijo nada más.

Y se fue a sentarse al cantero.

Tina se quedó con el corazón latiéndole fuerte contra la remera sudada. Se mordió el labio. Se acomodó el delantal. Y pensó, mientras veía a la iguana comer despacio bajo el sol:

“Este bicho… me va a hacer mierda.”

Y por primera vez en mucho tiempo, la idea no le asustó.

Le gustó.

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Good Writing

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Great Character

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Strong Dialog

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