Lo Que Quedo De Nosotros by Belladonna at Inkitt
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Lo que quedo de nosotros

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Summary

Huyendo de su marido abusivo, una madre soltera comienza de cero junto a su hija de seis años y termina trabajando para un millonario oscuro, arrogante e insoportable. La atracción entre ellos crece, pero él guarda un secreto tan oscuro que podría cambiarlo todo.

Status
Ongoing
Chapters
3
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capitulo 1

Capí – Alan

Me desperté, como todos los malditos días, con las mismas pesadillas de siempre. No importa cuántas veces cierre los ojos o cuántas copas me tome antes de dormir: los demonios de mi pasado no conocen el descanso ni se cansan de perseguirme.

Y como de costumbre, le gané por goleada al despertador. Ni siquiera sé para qué mierda compré ese aparato si jamás ha tenido la oportunidad de sonar.

Me levanté de la cama con el cuerpo duro como una tabla. Me puse lo primero que encontré tirado en la silla —unas camisetas gastadas y un pantalón deportivo—, me calcé los tenis y solté un silbido corto.

Al instante, un trote pesado hizo vibrar las maderas del pasillo. Dark, mi pastor alemán de cuarenta kilos, apareció en el umbral de la habitación moviendo la cola con un entusiasmo que me pareció una grosería a las cinco y media de la mañana.

—No me mires así. Hoy no estoy de humor —le advertí, pasándole la mano por la cabeza. Él solo me respondió con un ladrido ahogado y me empujó la mano con el hocico.

Cuando me acerqué a la ventana para engancharle la correa, algo en la acera de enfrente me arruinó el resto de la mañana: el cartel de «SE VENDE» ya no estaba. La estructura de madera yacía tirada sobre la hierba alta de la casa vecina.

Genial.

Justo lo que me faltaba. Más gente estúpida mudándose a este vecindario igual de estúpido.

Salí a correr.

No porque disfrute del aire fresco ni por salud, sino porque si no quemo esta rabia acumulada corriendo hasta que me ardan los pulmones, juro que reviento y le parto la cara al primero que me sonría en la calle.

Horas después, el sudor me bajaba por el cuello mientras el reloj digital de mi muñeca marcaba las 7:15. Tarde para ir a la oficina. Perfecto. Más mierda para sumarle a la montaña del día.

Apuré el paso de regreso con Dark trotando a mi costado. Justo al doblar la esquina de mi calle, un enorme camión de mudanzas amarillo estaba estacionado tapando casi la mitad de la entrada de mi garaje. Un tipo con overol azul maniobraba un sofá viejo mientras casi pisaba las flores secas del jardín ajeno.

Suspiré con pesadez, sintiendo cómo se me apretaba la mandíbula. Me metí rápido a mi casa, mirando fijamente hacia el suelo. No estaba de humor para presentaciones, ni para vecinos con sonrisas plásticas, ni para intercambiar preguntas vacías sobre el clima o a qué me dedicaba. No soy ese tipo de persona. Jamás lo he sido y no tengo la más mínima intención de empezar hoy.

Me duché a toda prisa, dejando que el agua helada me despejara la cabeza, y me embutí en el traje de oficina. Odio la corbata, pero odiaría aún más dar la impresión de que no tengo el control de mi vida.

8:00 en punto. Ya iba agarrando el maletín y las llaves del carro cuando el timbre de la puerta sonó.

No sonó una vez. Sonó tres veces seguidas, con el ritmo impaciente de alguien que cree que el mundo entero está esperando para atenderlo.

Mierda.

Nadie me visita.

Nadie me conoce en este maldito lugar. Y así exactamente es como me gusta que sean las cosas. Ya sabía perfectamente quién estaba del otro lado: los intrusos del frente.

—Sentado,, Dark. No estamos para visitas —le ordené al perro, que ya estaba oliendo la rendija inferior de la madera con las orejas erguidas.

Ajusté mi reloj, puse mi mejor cara de "lárgate de mi propiedad" y abrí la puerta de golpe, listo para soltar una grosería que hiciera huir a cualquier vendedor de biblias o encuestador desubicado. Pero la frase se me quedó atorada a mitad de la garganta.

Frente a mí no había un comerciante. Había dos mujeres.

La primera era una pelirroja de tez clara, sosteniendo una caja de cartón media desarmada entre los brazos que parecía estar a punto de vencerla.

Llevaba unos jeans ajustados y una camiseta sencilla, pero tenía unos ojos verde esmeralda deslumbrantes. Un verde jodidamente molesto de tan claro. A su lado, agarrada firmemente de su mano, había una niña de no más de seis años, con una paleta azul pegada a la mejilla y una expresión de aburrimiento absoluto.

—Buenos días —soltó la pelirroja. Su voz era suave y firme, aunque sus brazos temblaban ligeramente por el peso de la caja—. Somos las nuevas vecinas. Yo soy Kattia, y ella es mi hija...

—Kaytlin —interrumpió la pequeña, mirándome de arriba abajo sin el menor disimulo—. Mamá, te dije que el señor del frente parecía un villano de dibujos animados. Y tiene cara de enojado.

La mujer ahogó una risita instantánea, aunque intentó disimularla de inmediato con una tos falsa mientras las mejillas se le encendían.

—Kaytlin, por favor, comportamiento —la reprendió suavemente, antes de volver a mirarme. Sostuvo la firmeza en su postura, aunque pude notar cómo sus ojos recorrieron mi traje por una fracción de segundo—. Sentimos molestar tan temprano, pero el chofer del camión dejó esta caja de herramientas en tu entrada por error y...

—No compro nada, no firmo nada y no hago favores —la interrumpí en seco, manteniendo la puerta abierta apenas lo suficiente para que no pasaran—. Bienvenidas al barrio. Que tengan un buen día.

Hice el ademán de cerrar de un portazo, pero Kattia reaccionó con una rapidez absurda: metió la punta de su bota contra el marco de la puerta. Un movimiento audaz. Y bastante estúpido si consideras que al otro lado de la madera había un pastor alemán de cuarenta kilos observándola fijamente.

—Oye, 'simpático' —dijo ella, elevando la barbilla. La sonrisa amable desapareció por completo de su rostro, reemplazada por un fuego helado bastante interesante—. Solo traía tu correspondencia, que venía pegada con cinta a mi caja. No vine a pedirte matrimonio ni a pedirte azúcar.

Sin pedir permiso, me lanzó un sobre arrugado directamente al pecho. Lo atrapé en el aire por puro instinto antes de que cayera al suelo.

Nos quedamos en silencio durante dos segundos eternos. Ella sosteniéndome la mirada sin parpadear un solo milisegundo; yo intentando procesar cómo una mujer con cara de no romper un plato en su vida acababa de hablarme como si fuera mi jefa.

—Gracias —dije, masticando la palabra como si estuviera tragando vidrio molido.

—De nada —respondió ella con una sonrisa falsa perfectamente ensayada—. Que tengas un día tan encantador como tu personalidad.

Dio media vuelta sobre sus talones, tomando a la pequeña de la mano para regresar a su casa.

—Mamá, ¿el perro muerde? —escuché que preguntaba la niña con voz clara mientras cruzaban la calle hacia la mudanza.

—No, mi amor. El perro parece educado —contestó Kattia sin mirar atrás—. El que muerde es el dueño.

Apreté los dientes tanto que sentí un chasquido en la mandíbula. Punto para la pelirroja.

Me quedé helado un segundo viéndola caminar de espaldas. Tenía un cuerpo espectacular, no lo iba a negar. Unas curvas peligrosas que llamarían la atención de cualquiera. Pero no. Ni de chiste.

Está buena. Jodidamente atractiva. Pero no. Tiene ese aire de mujer que ya viene con un camión de equipaje emocional, y no del tipo que me interesa gestionar.

Tiene una hija.

Peor aún, capaz tiene un exmarido psicópata o un drama acumulado. Y yo no tengo espacio para eso en mi vida. Ni ganas. Los niños me incomodan; no sé lidiar con criaturas que gritan, ensucian y te miran como si esperaran que te conviertas en su héroe. Así que por más que me llame la atención ese cuerpo... paso por completo.

Cerré la puerta de un golpe seco. Y con ella, sepulté cualquier posibilidad de volver a cruzar palabra con la vecina del frente.

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Compelling Plot

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Great Character

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Strong Dialog

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