Conociendo supuesto beta
Londres, siglo XIX...
Jack era un omega de treinta y tres años al que nunca le había llegado el celo. Su condición fue revelada cuando tenía ocho años, después de que su madre, cegada por una traición, lo vendiera por unas cuantas monedas a un aristócrata alfa. Obviamente, aquella no fue la única vez. Era abusado y explotado por su propia madre, a quien no le importaba si Jack era omega, beta o alfa; para ella, no era más que carne para vender.
Jack amaba a su madre. Quería hacerla feliz, así que siempre intentaba no llorar ni hacer ruido. En aquel entonces, su cuerpo se obligó a madurar antes de lo previsto, convirtiéndolo en un omega defectuoso. Sin embargo, Jack estaba feliz con su condición. Nunca se quejó de ella, pues, cuando llegaba algún cliente extravagante para violarlo, su autolubricación hacía que la penetración no le lastimara tanto y, con su voz, podía convencer a cualquiera de ser un poco más amable, darle una propina extra o incluso obsequios elegantes, como libros, hojas de papel, tinta y caramelos.
Gracias al cielo, al no presentar un celo normal, tampoco desprendía aroma y, por lo tanto, nunca tuvo que temer ser marcado.
Fue cuando tenía doce años que su vida cambió.
Aquella noche, un hombre misterioso llegó a la casa y su madre, al verlo, enloqueció. Lo llamó solo para decirle que realmente lo odiaba, que lo detestaba, y amenazó con matarlo. Estaba completamente fuera de sí, pues el hombre que había llegado era el padre de Jack, quien había ido a buscarlo para sacarlo de aquel infierno.
La omega hirió a Jack atravesándole el vientre con un afilado cuchillo y, creyendo que había matado a su propio hijo, terminó quitándose la vida.
El pobre chico deliró durante varios días. Incluso algunos doctores pensaban que era mejor darlo por muerto, pero su padre, que ahora era un famoso escritor, no se rindió e hizo todo lo posible por salvarle la vida.
Ahora, a sus treinta y tres años, Jack pasaba perfectamente por un elegante beta. Su padre había muerto apenas dos años después de rescatarlo, sin llegar a saber que su hijo era un omega. Así es, la única razón por la que aquel hombre lo había ayudado era porque pensaba que era un alfa. Los doctores tampoco descubrieron su condición, ya que aún era un niño. ¿Quién habría podido imaginarlo?
Su padre veía en él a un potencial alfa que algún día continuaría con el apellido familiar. Menos mal que el pobre anciano murió antes de conocer la verdad, dejándole una significativa herencia a su único hijo.
Aun así, Jack no estaba del todo bien.
Tenía episodios de auténtica demencia en los que, si alguna persona se le acercaba con intenciones sexuales, explotaba de rabia y miedo. Atacaba ferozmente al alfa, beta u omega que hubiera intentado propasarse con él. Incluso había dejado a algunos gravemente heridos.
Siempre que eso ocurría, el omega huía del lugar arrepentido. Nunca había recibido una reprimenda por aquellos incidentes, pues quienes terminaban lastimados se sentían demasiado humillados como para denunciar lo ocurrido.
Aquel día, Jack estaba escribiendo un nuevo libro cuando la policía fue a buscarlo. Al parecer, una de sus víctimas lo había reconocido y ahora lo estaba demandando por todo lo que tenía, buscando una reparación del daño y alegando que Jack lo había atacado sin motivo.
El hombre de cabellos plateados se dejó arrestar sin oponer resistencia. Esperaba que todo pudiera resolverse rápidamente.
Fue llevado a una celda junto con varios betas y alfas delincuentes. De todos ellos, el mejor vestido y el de mejores modales seguía siendo el pobre Jack.
Los policías pensaban que, al tratarse de un hombre de sociedad, los delincuentes seguramente le darían una lección, como era bien sabido que ocurría en esos lugares.
Grande fue su sorpresa cuando, al regresar, encontraron a todos los presos riendo a carcajadas. El sujeto en cuestión les estaba contando algún chiste o una anécdota especialmente divertida.
-¿Jack? Ya llegó el abogado de la parte contraria. Te busca; quieren llegar a un acuerdo -gruñó de mal humor uno de los policías.
-Bueno, muchachos, espero que algún día pueda invitarlos a una taza de té para continuar con esta plática. Con su permiso.
Jack hizo una elegante reverencia, se quitó el sombrero y se alejó guiado por el policía que lo había esposado.
-Es aquí. Tienes quince minutos -dijo el agente con tono amenazante.
En la sala se encontraba una persona a la que Jack identificó como un joven omega, hijo de un par de profesores, que lo acusaba de haber intentado abusar de él.
Jack lo observó fijamente, ladeando un poco la cabeza.
«Bueno... esto será divertido», pensó.
Después desvió la mirada hacia el abogado y, esta vez, sí quedó verdaderamente sorprendido.
Era un alfa joven, de poco más de veinte años, enorme. Medía fácilmente más de un metro ochenta. Tenía el cabello anaranjado, la piel clara y unos llamativos ojos azules, como nunca antes había visto.
«Amazing...»
-Buenas tardes, caballeros -saludó Jack con cortesía.
El omega de mayor edad caminó hasta la mesa donde ambos lo esperaban y tomó asiento frente a ellos.
-Tengo entendido que vienen a ofrecerme un trato y desean que pague una compensación por daños físicos y morales.
-Así es, señor Jack. Usted fue visto por varios testigos intentando abusar de mi cliente en la vía pública durante la mañana de ayer. Eso es imperdonable. Es un asco de beta. Si fuera por mí, pediría prisión para usted; sin embargo, mi cliente es bondadoso y desea otorgarle el perdón.
Habló el alfa con una voz potente, orgullosa y ligeramente agresiva.
-¿Ayer, dice? Veamos, buen caballero...
Jack fingió pensar durante unos segundos.
-Ahora recuerdo.
El omega sonrió.
-Ahora entiendo. ¿No eras tú el chico que intentó llevarme a un callejón para asaltarme? Pero no estabas solo. Ibas acompañado de una amiga, una señorita muy atractiva. Lo recuerdo bien: alta, esbelta, joven...
El omega que se encontraba al lado del abogado se puso nervioso.
-¡Por supuesto que no! ¡Estaba solo! -exclamó casi gritando-. Debes estar confundiéndome. Tú me engañaste. Me dijiste que eras un alfa. Usaste tu fuerza de beta para someterme. Tus feromonas fueron demasiado para mí. Me obligaste a hacer cosas... ¡Me dio muchísima vergüenza haber sido atacado de esa manera!
-Ya entiendo. Claro que le dio vergüenza, joven. Ser atacado por mí no debe de ser algo fácil de admitir. Y no lo niego, señor.
Jack pasó de mirar al muchacho a dirigir su atención hacia el imponente alfa.
-Sí, ataqué a este joven. Le di una fuerte lección con mi bastón.
El abogado tensó visiblemente la mandíbula.
-Después de que él y su amiga me robaron la cartera, intentaron quitarme el resto de mis pertenencias. Por eso lo golpeé. ¿Acaso a eso no se le llama defensa propia?
-¡Mientes! ¡Yo estaba solo! ¡Soy un omega y te aprovechaste de eso! ¡Incluso intentaste abusar de mí!
Jack dejó escapar un largo suspiro.
-Me gustan las mentiras, muchacho. Hablo en serio, me encantan. Pero la tuya resulta poco convincente. ¿Por qué no intentas inventar una mejor? Vamos... no me hagas perder el tiempo y compláceme un poco.
El alfa había escuchado suficiente.
Cuando vio que aquel supuesto delincuente estiraba la mano para sujetar a su cliente por el cuello, intervino de inmediato y atrapó con firmeza la muñeca de Jack.
-No permitiré que intimides a una víctima en mi presencia.
Gruñó con evidente molestia mientras ejercía fuerza sobre el brazo del omega hasta obligarlo a soltarlo.
-Lo siento. Fue muy poco educado de mi parte.
Jack volvió a sonreír, aunque esta vez su expresión resultó aún más inquietante.
-Pero, ¿por qué no continúan? Cuéntenme... ¿qué más le hice a este joven omega?
La sonrisa burlona que aquel hombre mantenía mientras Hércules enumeraba cada delito y citaba artículos de la ley que respaldaban la denuncia resultaba profundamente irritante. Era como si Jack estuviera jugando con ambos.
-Mi cliente busca una compensación de ciento cincuenta mil libras.
-Magnífico...
Murmuró Jack sin apartar la vista del omega sentado frente a él.
-Una cosa más. ¿Dice que, siendo beta, logré someterlo?
-Eso ha quedado claro desde el principio -intervino el alfa-. Betas como usted, que abusan de omegas más débiles, son basura.
A pesar de aquellas palabras, Jack continuó observando únicamente al joven, con una sonrisa tan amable como siniestra.
-Entonces... ¿estás en celo?
El muchacho se sonrojó y, casi por reflejo, liberó una pequeña cantidad de feromonas junto con su dulce aroma.
-N-no... Ya casi termina...
-¿Y de verdad crees que tu aroma de zorra fue suficiente para provocarme y atacarte?
-Si no va a aceptar la oferta, señor, nosotros nos retiramos.
Hércules se puso de pie, dando por terminada la reunión.
-Un momento, señor. Me disculpo. No era mi intención ofender al presente.
Jack hizo una pequeña inclinación de cabeza.
-Solo necesitaba aclarar ciertas cosas. ¿No lo ve? Esto ha dejado de ser divertido, porque este joven lo está engañando a usted.
El hombre de cabello anaranjado no creía una sola palabra de aquel sujeto.
Ya se había topado con personas así.
Seguramente intentaría decir que todo era culpa del omega por salir durante el celo o que los omegas no tenían derechos, que solo eran fábricas para traer hijos al mundo.
Muchos alfas y betas pensaban de esa forma, pero él se había hecho abogado precisamente para defender a los más débiles, incluidos los omegas.
-Solo dices mentiras, sucia rata. Vámonos de aquí. Deja al...
-Omega -respondió Jack con rapidez-. Así es, sir... Yo soy un omega. ¿Sorpresa?
El abogado y el joven lo miraron completamente sorprendidos. Jack seguía sentado con una sonrisa tranquila.
-¡No es cierto, estás mintiendo! ¡Tú no tienes aroma! ¡Morstan lo comprobó! -exclamó el muchacho.
-¿Así se llama tu amiguita alfa? -preguntó Jack.
-¡Sí!... -respondió el joven sin pensar.
En cuanto se escuchó a sí mismo, se tensó de inmediato. Hércules lo observó con creciente desconfianza.
-Q-Quiero decir... no es así. Lo que pasa es que... bueno, sí, Morstan estaba ahí, pero no por lo que usted cree. Ella estaba ahí por casualidad. ¡Yo soy la víctima aquí! De haber sido un omega, habrías reaccionado a sus feromonas. No eres un omega, estás mintiendo. Así que dame el dinero y deja de inventar historias.
-Qué contradicción la suya, señor. Primero me dice que estaba solo y ahora resulta que la señorita Morstan, una alfa y amiga suya, sí estaba presente... aunque "por casualidad". ¿Liberando feromonas, quizá?
Jack se llevó una mano a la barbilla, fingiendo reflexionar. Después abrió lentamente los ojos y observó al joven con una sonrisa elegante.
-Debería quitarse el saco. Está sudando mucho. Debe de ser el calor del verano.
Hizo una pequeña pausa antes de continuar.
-Permítanme explicarles, caballeros. Es cierto que no reaccioné a las feromonas de esa alfa, pero sí las percibí, y debo admitir que su aroma es bastante potente. Cualquier omega como usted, o cualquier otro, caería rendido a sus pies, como vi que ocurrió aquel día. Seguramente los presentes pensaron que ese era mi aroma. Después de todo, nadie imaginaría que una dama tan bella y delicada pudiera ser un alfa.
Hércules seguía analizando la situación.
¿Cómo era posible que aquel hombre afirmara ser un omega?
Tal vez estuviera mintiendo... pero también era evidente que su cliente le había ocultado información importante.
-¡Mientes, mientes, mientes! ¡Eres un maldito beta de mierda! ¡Un omega de tu edad no podría tener lo que tienes sin un alfa!
-¿Y cómo sabe usted lo que tengo o dejo de tener, sir? ¿Acaso soy digno de semejante investigación? Vaya... me siento halagado.
Jack sonrió con cortesía.
-Nunca dije que fuera un omega perfecto. Quizá el aroma y las feromonas de alfas débiles no me afectan como al resto, pero, por mi condición, tampoco reacciono al celo de otro omega. No soy más fuerte que usted. Si logré vencerlos fue porque ambos son bastante torpes y, además, todavía son jóvenes. Yo, en cambio, me mantengo en excelentes condiciones. Podría decirse que estoy en mi edad de oro.
Su sonrisa se volvió apenas un poco más afilada.
-Tristemente, aunque quisiera, no soy un beta. También puedo ser sometido... aunque no por alguien tan débil como ella. Se necesita algo mucho más... cautivador.
El abogado estaba harto. Debía demostrar, de una vez por todas, quién estaba diciendo la verdad. Sin mediar palabra, comenzó a liberar sus feromonas.
El omega que permanecía a su lado dio un salto hacia atrás, asustado. Aquel aroma era tan dominante que comenzó a temblar y a sudar sin poder controlarse.
En cambio, Jack permanecía completamente tranquilo.
A esas alturas, Hércules sabía que incluso muchos betas se sentían intimidados por sus feromonas. Sin embargo, Jack ni siquiera parecía inmutarse. De hecho, observaba atentamente al joven omega, casi como si disfrutara verlo sometido por el aroma del alfa.
-Querido... qué espectáculo. Pero deberías detenerte; vas a hacer que el pobre se orine en los pantalones.
El abogado comprobó que Jack no había sufrido el menor cambio en su actitud serena y que seguía sin desprender aroma alguno. Poco a poco relajó sus feromonas y se acercó al omega, que permanecía sentado en el suelo.
-Dime la verdad. ¿Fuiste a mi despacho llorando y suplicándome ayuda sabiendo que todo lo que me contabas era mentira?
El joven estaba aterrorizado. A esas alturas ya no podía seguir mintiendo; todo su instinto de omega pedía misericordia.
-N-no fue idea mía... Fue de mi alfa, señor. Si no lo hacía, ella iba a golpearme. Debe entenderme... Por favor, discúlpeme. Yo no quería...
El omega lloraba desconsoladamente mientras desprendía un aroma dulce y empalagoso.
Hércules permaneció serio. Después dirigió nuevamente la mirada hacia Jack. Todavía tenía dudas sobre él, pero debía hacer lo correcto.
-Puede retirarse, señor Jack. No procederemos con la denuncia. Yo hablaré con los policías.
-Agradezco su comprensión, señor... ¿Cuál me dijo que era su nombre?
El abogado seguía molesto. No solo porque su propio cliente le había mentido, sino porque aquel sujeto le parecía demasiado extraño. Todo su instinto le decía que ese hombre era un aliado de la maldad.
-Hércules de Olimpo -respondió de mala gana.
-¿Acaso es usted hijo del licenciado Zeus de Olimpo? Qué curioso... Nunca lo había visto.
Jack se puso de pie y acomodó cuidadosamente sus guantes.
-Aun así, señor de Olimpo, fue un gusto conocerlo, aunque no haya sido en las mejores circunstancias.
El hombre de cabello plateado sonrió y caminó lentamente hacia la salida. Al pasar junto al alfa, sacó una pequeña tarjeta del bolsillo de su chaleco y se la entregó.
-Trabajo en un encantador restaurante-bar. El negocio lleva muchos años en la ciudad. Si algún día desea buscarme, pregunte por Jack Ripper Smith. La primera taza de té corre por cuenta de la casa.
Dicho esto, Jack comenzó a dirigirse hacia la salida.
Su corazón latía con fuerza.
Podía disimularlo muy bien, pero se encontraba completamente húmedo y excitado. Después de sentir las feromonas de aquel alfa, todo su cuerpo había reaccionado. El corazón parecía querer salírsele del pecho y estaba tan alterado que agradecía marcharse cuanto antes; de lo contrario, temía terminar lanzándose sobre aquel abogado.
-Señor Jack.
La voz de Hércules lo detuvo antes de que cruzara la puerta.
-¿Por qué mencionó que era un omega hasta el final? Nos habría ahorrado mucho tiempo a todos.
Jack sonrió sin perder la compostura.
-Oh, bueno, sir. Me disculpo por eso. No es la primera acusación falsa que recibo, ni creo que sea la última. Pero me gusta jugar con mis presas. Verlas seguras de sí mismas, llenas de esperanza, antes de contemplar cómo caen en la desesperación es... magnífico.
Abrió la puerta lentamente.
-Esa es la razón por la que cada día resulta tan esplendoroso. De lo contrario, terminaría asesinando prostitutas y políticos por todo Londres.
En ese momento entró Brunilda, una alfa con un importante puesto como detective, y vio a Jack junto a la puerta.
-Señor Jack, puede retirarse -dijo ella-. Ya aclaré todo con los oficiales. Disculpe al señor Hércules; acaba de graduarse y este es uno de sus primeros casos. Su intención no era importunarlo. Mande saludos al señor y a la señora Edén de la estación de Scotland Yard.
Jack continuó su camino.
-No se preocupe, señorita Brunilda. Está bien. El señor Hércules es muy interesante y amable. Hace un momento me dijo que podía retirarme, ya que astutamente descubrió que todo había sido una mentira. Bueno... pronto será la hora del té y yo nunca me la pierdo, así que, con su permiso.
Con esas palabras, Jack salió del lugar, extasiado y feliz de haber conocido a un alfa tan excepcional. Todo su cuerpo había temblado bajo las feromonas de aquel abogado. Era un hecho que lo habían aterrado en la misma medida en que lo habían emocionado.
Continuará...





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