Capítulo 1
Un protagonista más: el hogar de los Carluccio
Es por todos sabido que en cualquier familia, por muy unida que esta sea y por mucha confianza que haya entre sus miembros, siempre existen grandes secretos que se ocultan los unos a los otros: padres que ocultan secretos a los hijos; hijos que ocultan secretos a los padres; abuelos que ocultan secretos a sus nietos... Y los Carluccio no eran la excepción.
Apretujado entre otros edificios más altos estaba el hogar de los Carluccio, en Cranberry Street, cerca del río Hudson, en pleno barrio de Brooklyn; una casa de ladrillo rojo de dos alturas, con una buhardilla, un pequeño jardín y una puerta verde.
Al cruzar la cancela de la verja metálica que marcaba el linde de la casa con la acera de la calle, llegabas al pequeño jardín bien cuidado, con un gran sauce en su centro cuyas ramas caían hacia abajo dando buena sombra y fresco en verano. Los parterres siempre estaban floridos casi todo el año y era raro no encontrarse con el abuelo Pietro Carluccio sentado en su silla de ruedas tomando el sol o cuidando de las flores. Él, junto a su nuera Fiorella, eran los encargados de tener el jardín siempre bien cuidado.
A pesar de estar postrado en una silla de ruedas, debido a un accidente de coche, don Pietro Carluccio gozaba de gran vitalidad y buena salud; y no necesitaba de nadie para moverse por el jardín, por la casa o por la calle. Se manejaba muy bien él solo y se pasaba el día cuidando el jardín o peleándose con la vieja Whitewater, una anciana loca cuya única afición era envenenar gatos y luego lanzarlos a la calzada de Willow Street y ver cómo eran despanzurrados por los coches que transitaban por la calle.
Hubo un tiempo en que el abuelo Pietro tuvo un gatito llamado Misifú, que tuvo la mala suerte de caer en las garras de la Whitewater, y acabó envenenado y aplastado por las ruedas de un enorme camión que acertó a pasar por ahí. Desde ese día la guerra entre los dos ancianos se volvió enconada y a muerte.
No había día en que el abuelo Pietro no la intentara atropellar con su silla de ruedas; y, de hecho, una vez lo logró, enviando a la vieja dos días al hospital con traumatismos varios.
Claro, que sacar al viejo Pietro del calabozo y que no lo tuvieran encerrado detrás las rejas un par de días, con silla de ruedas incluida, fue un auténtico calvario para Salvatore y Vittorio Carluccio, sus dos hijos.
Si eras invitado a traspasar la puerta verde y entrar en la casa, (que es lo más probable, pues es bien sabido en el barrio que los Carluccio son todo hospitalidad y amabilidad), entrabas en un amplio recibidor con un perchero de pie para los abrigos y sombreros a la izquierda nada más entrar, situado detrás de la puerta.
Después del perchero había un gran aparador antiguo cubierto con un mármol y un espejo encima, colgado de la pared.
Normalmente unos candelabros, fotos familiares y un jarrón con flores del jardín ocupaban el aparador; pero en Navidad, la época en la que transcurre esta historia, eran reemplazados por un nacimiento con el niño Jesús, María y José y unos pastores rindiendo pleitesía al recién nacido.
Después del aparador una puerta conducía al antiguo garaje que, desde hacía unos años, después del accidente de coche que había postrado al abuelo en la silla de ruedas y había segado la vida de la abuela Margaret, se había transformado y acondicionado en el dormitorio del anciano.
Al garaje se le habían añadido paredes aislantes, la puerta basculante que permitía la entrada de coches se había convertido en una gran ventana que daba al jardín, y se había añadido un baño acondicionado para el abuelo y su silla de ruedas.
Una amplia cama, un armario y un par de mesitas de noche componían el mobiliario.
Sobre una de las mesitas de noche había un niño Jesús en su pesebre y un rosario que pertenecieron a la abuela Margaret, junto a una foto de ella. En la otra, una foto del abuelo y la abuela el día de su boda, y otra del abuelo vestido de legionario.
El abuelo Pietro fue, siendo muy joven, legionario del Tercio Extranjero francés, y combatió en el norte de África durante la Guerra de Argelia; fue héroe de guerra y recibió varias condecoraciones.
Ahora, las medallas, desgastadas por el tiempo, descansaban en un cajón de la mesita de noche y los únicos recuerdos de aquella época eran la foto sobre la mesita, otra foto escondida en la cartera del abuelo que siempre llevaba encima y, dentro el armario, una chaqueta de legionario, agujereada, ajada por los años y con rastros de sangre; un uniforme que perteneció a su cuñado, el hermano de su esposa Margaret, muerto en combate.
Todos esos recuerdos escondían un gran secreto, que el abuelo contaría a su nieto Daniel más adelante.
Volviendo al recibidor, junto a la puerta de entrada, según entrabas a la derecha, frente al aparador, había una pequeña mesita con fotografías familiares y donde el abuelo, en Navidad, colocaba sus tres muñecos vestidos de rojo: un reno, un Santa Claus y un muñeco de nieve, que eran accionados por un sensor de movimiento. En cuanto pasaba alguien por delante, al entrar o salir de la casa, los muñequitos comenzaban a agitar sus caderas y las manos, y se lanzaban a cantar sincronizadamente:
♫♫ We wish you a Merry Christmas
We wish you a Merry Christmas
We wish you a Merry Christmas
and a Happy New Year. ♫♫
Como la casa de los Carluccio era un continuo entrar y salir de gente, los Tres Tenores, como así llamaba la familia a los tres terroríficos muñequitos, se pasaban todo el santo día meneando caderas y cantando, ante la algarabía del abuelo y el desespero del resto de la familia, que no sabían cómo deshacerse de las piezas tan queridas por el anciano.
Junto a la mesita había un par de sillas y un diván y, después, la puerta que daba a la cocina desde donde reinaba Fiorella Carluccio con mano firme y enérgica.
Por muchos años que pasaran, todos los que alguna vez habían visitado a los Carluccio siempre recordarían con cariño la cálida cocina de su casa; aquellos sonidos y olores tan particulares cuando Fiorella preparaba la comida; unos recuerdos que evocaban amor, alimento, confort y seguridad.
Cuando era pequeño, el hijo de Fiorella correteaba por la amplia cocina mientras ella preparaba la comida o la cena; jugaba bajo la mesa o permanecía sentado en un rincón leyendo cuentos, siempre procurando no estorbar a su madre ni ponerla de los nervios ya que sabía por experiencia que, cuando la ponía al borde de la histeria, ella lo arreglaba con un sartenazo sin ningún miramiento y sin ningún tipo de remordimiento; y el chiquillo era enviado a dormir con un chichón de más y sin atreverse a rechistar so pena de recibir otro sartenazo.
La cocina era amplia y espaciosa, cálida y limpia.
Completamente amueblada y con una mesa redonda en el centro rodeada de sillas, allí era donde los Carluccio se reunían para comer y contar sus cosas después de un arduo día de trabajo o estudio.
Fiorella era una mujer de cincuenta y dos años que, a pesar de las incipientes arrugas en su rostro y las canas en su corto cabello moreno, se conservaba joven y hermosa. De rostro amable pero enérgico, había llevado todo el peso de la casa y la educación de su hijo con mano firme.
Ahora, su hijo era mayor y había llegado el momento de descansar un poco. Sin embargo, Fiorella ocultaba un gran secreto a su familia; y sus ojos, normalmente chispeantes y alegres, ahora estaban tristes y apagados. En su última revisión semestral al ginecólogo le habían detectado algo que la había llenado de preocupación, desasosiego y miedo, y no sabía cómo anunciarlo a su familia.
Al fondo de la cocina una puerta abría hacia una gran sala desde donde Salvatore Carluccio y su hijo Daniello llevaban la empresa familiar de contabilidad. Una sala repleta de ordenadores y estanterías a rebosar de carpetas, papeles, archivadores y libros, donde trabajaban largas horas y, en tiempos de declaraciones de renta o cuando alguno de sus clientes iba a ser objeto de alguna auditoría por parte de hacienda, noches enteras.
Saliendo de la cocina hacia el recibidor, enfrente te encontrabas con las escaleras que subían a los pisos superiores; y, a la derecha, el amplio y confortable comedor.
Aunque faltaban dos semanas para la cena de Navidad, Fiorella ya había preparado y adornado la mesa, y un árbol lucía alto y esplendoroso decorado con oropel, luces multicolores y adornos navideños, junto a la chimenea siempre dispuesta a ser encendida para caldear el comedor.
Si subías los dos tramos de escaleras y llegabas al piso superior te encontrabas en un descansillo amplio de donde partía otra escalera más pequeña hacia la buhardilla; las paredes estaban adornadas con fotos familiares y había una pequeña mesita con un jarrón con flores del jardín y un par de sillones antiguos tapizados en tela roja.
A la izquierda se encontraba la habitación de matrimonio, amplia y confortable. Tenía su propio aseo y vestidor y una amplia cama antigua con mesitas de noche. En la pared de enfrente había un tocador que utilizaba diariamente Fiorella para acicalarse; y, a la izquierda, junto a la ventana que daba al jardín, un confortable sillón y una mesita baja donde había un antiguo tocadiscos y varios discos de vinilo de Frank Sinatra y Elvis Presley.
Aquel era el lugar predilecto de Salvatore Carluccio cuando finalizaba su arduo día de trabajo.
Cuando salía del despacho o cuando volvía de visitar a algunos clientes, Salvatore compartía la cena con la familia y luego subía, se duchaba, se vestía con el pijama y el batín, se calzaba las pantuflas y se recostaba en su sillón predilecto con una copa de brandy en la mano mientras escuchaba la música de Frank Sinatra o Elvis, sus cantantes favoritos.
Salvatore Carluccio estaba a punto de cumplir los sesenta, y últimamente aquello lo tenía deprimido y de muy mal humor. Y más aún cuando veía a su esposa, a la que amaba con locura, que se conservaba joven y hermosa. Y él, cada día más calvo y achacoso. Se sentía muy poca cosa en comparación a Fiorella y aquello lo hundía más en la desesperación, pues temía perderla. Y aun así, a pesar de amar a su esposa con locura, Salvatore le escondía un secreto en la oscuridad de la caja fuerte de su despacho que podría poner en peligro su matrimonio: era una pulsera de oro con estrellas de plata que colgaban de minúsculas cadenitas.
Aquella joya, aquel regalo de Navidad, no era para su esposa Fiorella.
En el descansillo y frente a las escaleras se encontraba el baño y, a la derecha, la habitación que un día perteneció al viejo Pietro y la abuela Margaret, hasta que sobrevino el accidente y él se vio postrado en su silla de ruedas.
Ahora, aquella habitación permanecía desocupada y se utilizaba únicamente como habitación para los ocasionales invitados.
El último rincón por detallar es la buhardilla, al final de las escaleras, la habitación ocupada por Daniello, o Daniel (con acento en la “a”) como le llamaban todos, el único hijo y el mayor orgullo de los Carluccio. Y es que, realmente, no hay mucho que contar. Se podría pensar que aunque Daniel tuviera su habitación en una buhardilla, esta se parecería al dormitorio ocupado por un joven de veinticinco años; pero nada más lejos de la realidad.
La buhardilla tenía el aspecto de... una buhardilla.
Se componía de una cama y un armario que vomitaba vaqueros rotos, camisetas agujereadas, zapatillas deportivas sucias y desgastadas y chándales desvencijados, y una estantería colgada, solitaria, de una vacía pared, con la colección completa de Los Cinco, de Enid Blyton; libros de literatura infantil con las hojas amarillentas y gastadas por el tiempo.
Si el resto de la casa estaba decorada con tonos alegres y elegantes, que conferían a la atmósfera del hogar una sensación de paz, alegría y bienestar, la habitación de Daniel era triste y gris.
Pero todo aquello tenía su explicación; y era el gran secreto que el hijo de los Carluccio escondía muy dentro de sí.
El joven trabajaba con su padre en la oficina de contabilidad que tenían junto a la cocina de la casa. Idolatraba a Salvatore y amaba a su madre con locura y, con su familia, Daniel era extremadamente extrovertido, feliz y alegre. Pero, lejos de ella, Daniel era introvertido y serio. Aunque amable y bueno, y que generalmente caía bien a los que lo trataban aunque fuera por trabajo, Daniel no tenía amigos y prefería estar solo o con su familia.
Al igual que el resto de los Carluccio, tenía unas profundas convicciones religiosas y todos los domingos por la mañana, junto con su familia, asistía a misa en la parroquia de San Genaro, y luego comían juntos en casa los días de lluvia; o en el parque sentados sobre el césped bajo el sol los días de frío; o bajo la sombra de los árboles los días de calor.
Como se pasaba la mayor parte del tiempo en casa, o bien en su buhardilla, o en la cocina, o en el despacho, o haciendo deporte, siempre iba vestido con chándales y con zapatillas deportivas gastadas y descoloridas por el uso y el tiempo. Bajo unas largas pelambreras mal cortadas y mal cuidadas y bajo una espesa barba y bigotes poblados y peor arreglados, brillaban unos profundos ojos color miel heredados de su madre, que chispeaban vida.
Era lo único que se podía ver de su rostro: los ojos; y su nariz angulosa heredada del abuelo Pietro, que surgía de entre los pelos que cubrían su rostro como una roca en medio de una espesa maleza.
Aunque siempre bien aseado, Daniel no cuidaba de su aspecto, ni siquiera tenía ropa de vestir en su desordenado armario; sólo vaqueros, chándales, alguna camisa y uno o dos pantalones que su madre le había comprado y que se había puesto en contadas ocasiones obligado por su familia.
No llevaba anillos ni pulseras y la única joya que portaba era un colgante con un crucifijo de oro que le regaló el tío Vitto el día de su Primera Comunión que descansaba sobre el mullido pelo de su pecho.
Normalmente, (algo a lo que ya estaba acostumbrado), cuando paseaba por la calle, los transeúntes que venían de frente y no lo conocían cambiaban inmediatamente de acera para no cruzarse con aquella mole de pelos en chándal, y no le quitaban el ojo de encima hasta que estaba ya lo bastante lejos, temerosos de que los asaltara y los atracara, tal era su aspecto hosco y desgreñado.
Y, aunque no cuidaba de su aspecto, Daniel cada mañana se levantaba antes de que el sol asomara por el horizonte, se enfundaba en su chándal y corría hasta el Brooklyn War Memorial y hacía ejercicios de estiramientos, abdominales y flexiones sobre el césped, como decenas de personas igual que él, y luego volvía corriendo a casa para ducharse y ponerse a trabajar largas horas en la oficina junto a la cocina.
En realidad, Daniel se sentía muy feliz por cómo era su vida: amaba a su familia y disfrutaba con su trabajo; lo que es más, trabajaba junto a su padre, la persona más importante en su vida.
Sí, todo parecía perfecto; incluso su novia Sofía era perfecta: guapa, simpática y agradable.
Realmente, Daniel no podía desear nada más para ser más feliz.
Todo era asquerosamente perfecto en su vida, sin ningún problema de salud ni familiar que resquebrajara la perfecta burbuja en la que vivía, y creía tener bien sujetas las riendas de su vida.
Salvo por un nimio problema sin importancia.
Le gustaban los hombres.
Daniel había sido consciente de ello desde chico, desde que su padre le regalase el primer libro de Los Cinco: Los Cinco y el Tesoro de la Isla, donde tres hermanos, Julian, Dick y Ana, fueron por primera vez a casa de sus tíos, a Villa Kirrin, de vacaciones y donde conocieron a su prima Georgina (el primer personaje trans que el chico recordara, ya que odiaba ser una chica y quería ser tratada como un chico. Incluso se vestía con ropas de chico y se hacía llamar George) y a su fiel perro Tim. A partir de ahí corrieron multitud de aventuras narradas a lo largo de una veintena de libros que Daniel leyó con avidez a sus diez años.
A esa corta edad Daniel descubrió que el personaje que más le llamaba la atención era Julian, el hermano mayor: un chico de trece años valiente, valeroso, fuerte y simpático, y jefe del grupo en sus aventuras. Daniel se sintió fuertemente atraído por ese personaje y fue con él con quien tuvo su primer sueño romántico y sexual.
Daniel, por ese entonces, ya sabía lo que era un maricón y lo que significaba serlo.
Lo había visto en la tele; lo había oído en casa; lo había oído en el colegio; había oído en misa y en las clases de religión el pecado que representaba ser homosexual. Lo había oído de sus padres. Había oído sobre la enfermedad mortal que mataba a los gais llamada SIDA.
Nadie pudo imaginar el terror que sintió el pobre chaval, de apenas diez años recién cumplidos, cuando se descubrió a sí mismo, cuando descubrió su realidad a una edad tan precoz.
Después de esa noche, después de ese sueño, Daniel no volvió a ser el mismo.
Se convirtió en un chico reservado y solitario, temeroso de que alguien llegara a descubrir su homosexualidad; temiendo a cada momento que su padre, que tan orgulloso estaba de él y a quien tanto quería, se diera cuenta.
Pero eso no fue lo peor. Su tragedia llegó cuando, a los catorce años, en su incipiente adolescencia, un alumno nuevo, Taylor Hunter, comenzó a estudiar en su instituto. En cuanto entró en la clase y los ojos de Daniel se clavaron en él, algo dentro del muchacho se agitó: un fuego helado que le hizo sudar y temblar como si la temperatura hubiera bajado cien grados de repente.
Un ataque de ansiedad que hizo que el corazón le empezara a palpitar a toda velocidad y a dar brincos. Un millón de mariposas comenzaron a revolotear por su estómago cuando oyó la voz del chico recién llegado al saludar a la clase y presentarse, y le sonó como música celestial. Cada movimiento al andar, cada parpadeo le parecía un regalo de Dios a sus sentidos. Y cuando sonreía, ¡oh Dios, cuando sonreía!; Daniel creía enloquecer.
Y Daniel se sintió feliz; y gastó mucho rollo de papel higiénico cuando, por las noches en la cama, fantaseaba con Taylor Hunter.
Fantasías donde había muchos besos, toqueteos y cosas mucho más excitantes que implicaban lenguas, manos y pollas metidas en todo agujero posible, hasta que se quedaba extasiado, jadeante, sin resuello, con la mano entumecida y con el cuerpo convertido en gelatina bajo las sábanas; y después, al dormirse, soñaba con él; y deseaba que se hiciera de día para correr al colegio tan sólo para verle, aunque fuera de lejos, y oírlo hablar, aunque fuera a hurtadillas, y verlo jugar a fútbol americano, e imaginar historias románticas con él. Y en su casa, su tema de conversación favorito era: Taylor Hunter hoy ha hecho dos touchdown... Hoy Taylor Hunter ha conseguido tres field goal... Taylor Hunter seguro que jugará en la NFL... Taylor Hunter es el mejor jugador que ha tenido nunca el equipo de nuestro colegio...
Taylor Hunter se convirtió durante mucho tiempo en el centro gravitatorio en el que giraba la vida del chico... Hasta que un día, Samantha Jones se cruzó en el camino de ambos.
Cuando aquella mañana de primavera Daniel, al llegar al instituto, descubrió a la chica rubia, capitana de las animadoras, cogida de la mano de Taylor y cómo detrás de un árbol ambos se besaban y se metían mano, el chico creyó morirse.
Al llegar a casa Daniel corrió escaleras arriba, sin saludar a nadie, se encerró en su buhardilla y se pasó varios días enfermo y llorando, sumido en la más terrible de las depresiones.
A partir de ese día, ir al colegio se convirtió en un suplicio para él y se volvió más taciturno y más serio.
Cuando llegaba a casa prácticamente no saludaba a nadie, ante el asombro y preocupación de sus padres, y se volvía a encerrar en su habitación y permanecía horas y horas mirando al techo, solo deseando morir.
Y su depresión se agravó aún más con el accidente en el que perdió la vida la abuela Margaret y confinó al abuelo en su silla de ruedas. Y su madre, que por aquel entonces tenía que lidiar con un reciente aborto, el accidente de coche de sus suegros, y la profunda tristeza en la que también había entrado su hermana, la tía Lily, poco pudo hacer para ayudar a su hijo, y cuánto más éste se negaba a contar nada.
Aquel episodio de depresión le duró a Daniel más de un año, donde lo pasó realmente mal, al igual que sus padres, que veían cómo su hijo se hundía en un pozo sin fondo del que no sabían cómo sacarlo.
Pero, poco a poco, Daniel recobró su carácter optimista, y se fue reponiendo y, al cabo de un año, al volver del colegio, en vez de encerrarse en su habitación a contemplar el techo, se encerraba en el despacho de su padre, y le ayudaba en los papeleos y en las cuentas, y pronto estuvo al tanto de lo que era una inspección de hacienda, una auditoría, un balance de cuentas, pagarés o fondos de inversión y a manejar los diferentes programas de ordenador.
En poco tiempo, Daniel se convirtió en pieza fundamental para su padre en el trabajo, y el chico decidió dejar los estudios, ante el disgusto de Salvatore, que esperaba que el joven ingresara en la universidad y se hiciera economista.
―Papá ―le dijo Daniel en cierta ocasión―. He aprendido contigo muchísimo más de lo que voy a aprender en la universidad para llevar este negocio. Además, me necesitas aquí. ¿Es que acaso no quieres que trabaje contigo?
Aquello bastó para convencer a Salvatore, que adoraba a su hijo tanto como su hijo lo adoraba a él y, a los dieciocho años, al graduarse en el instituto, Daniel pasó a trabajar con su padre en el negocio familiar.
Pero el dejar los estudios no fue el único cambio que hizo Daniel en su vida.
Seguía siendo homosexual, y tenía que ocultarlo fuera como fuera.
Daniel tenía la estúpida creencia, debido a su juventud, a su terror y a su falta de información, que el prototipo de hombre gay era que todos tenían un gusto exquisito a la hora de vestir; que eran amanerados, que siempre estaban a la moda, y que utilizaban cremas para el cuerpo y para el rostro, y que se depilaban todo el cuerpo como lo hacen las mujeres.
Tenía a los gais estereotipados.
Así que, en un arrebato de idiotez e inmadurez, Daniel vació su habitación de todo aquello que podía sugerir que era homosexual y lo tiró a la basura: discos, posters, libros (menos la colección de Los Cinco), ropa, revistas, juguetes... todo. Vació su habitación de toda cosa personal y en su armario sólo quedaron chándales, vaqueros y zapatillas deportivas.
Dejó de preocuparse por su aspecto y, a los quince años, cuando su depresión estaba en pleno apogeo, decidió ocultar su rostro debajo una maraña de cabellos largos y mal cortados y una espesa barba y bigote peor arreglados; y como los Carluccio son bastante peludos (para muestra el abuelo Pietro), en pocos meses Daniel se convirtió en un espeso matojo de pelos con piernas, ante el espanto de su familia.
―¡Oh, Dios mío! ―clamó una vez su mamá Fiorella―. ¡Mi hijo se ha convertido en el hijo de Chewbacca!
Pero a lo que más temía Daniel era volverse a enamorar; volver a sufrir el inmenso tormento que le produjo su amor platónico por Taylor Hunter.
Un amor estúpido, sí, pero para un adolescente, un amor que no olvidaría jamás; por lo que podría haber sido, y no fue.
Por ese motivo, Daniel desconectó de todo contacto humano que no fuera con su familia; procuraba que sus tratos en el trabajo, cuando tenía que hacer alguna visita o recoger papeles o facturas de las empresas de las que llevaban la contabilidad, fueran rápidos y concisos; porque lo que más temía Daniel, lo que más pavor le causaba y que le produciría pesadillas recurrentes el resto de su vida, era volver a encontrarse con un Taylor Hunter del que se enamorara perdidamente, y que no fuera correspondido.
Daniel aprendió a ocultar su homosexualidad desde la niñez y aquello se convirtió en algo innato, como el respirar: se comportaba como un auténtico heterosexual y nadie pareció sospechar nunca de su inclinación sexual. Lo ocultó tan dentro de sí que hasta lo olvidaba a veces.
Incluso tenía novia y estaban comprometidos para casarse.
Aunque su relación con Sofía parecía haber sido un accidente, con el tiempo descubrió que había sido una jugarreta del destino.
La conoció dos años antes del comienzo de esta historia, cuando hacienda amenazó a la empresa constructora de don Cosme Castorini, donde ella trabajaba, con hacerles una auditoría. Aterrorizado, don Cosme llamó a Salvatore para que le ayudara a poner en regla todos sus papeles así que este envió a Daniel. Sofía Colucci era la secretaria de don Cosme y, junto con Daniel, pasaron días enteros revisando y cotejando papeles y facturas y cuentas y, así, entablaron una gran amistad.
La joven le contó que había llegado hacía unos meses procedente de Nápoles, y don Cosme le había dado trabajo recomendada por un pariente lejano que ella tenía viviendo en Nueva York.
Al finalizar la auditoría, comenzaron a salir juntos como amigos; pero, un día, Salvatore la conoció por accidente y enseguida le agradó la muchacha y Daniel supo que su padre se había hecho la ilusión de que la dicharachera y alegre joven se convirtiera en su novia.
El gran sueño de Salvatore era ver a Daniel casado y con hijos pululando por la casa.
Y Daniel no quiso defraudarle, y se hicieron novios y se prometieron para casarse.
Por supuesto, Daniel no estaba enamorado de Sofía, pero la quería. Y pensó que con quién mejor que casarse si no con una buena amiga.
Por eso Daniel estaba convencido que su vida ya estaba resuelta: se casaría con Sofía, tendrían hijos, haría feliz a su familia y, con el tiempo, continuaría con el negocio familiar y tendría un hogar.
Creía tener su vida sustentada por poderosos cimientos de hormigón; pero lo que no sabía Daniel, en aquellos días, era que esos cimientos realmente eran de barro, y estaban a punto de desmoronarse.
Así son los habitantes de la pequeña casa de ladrillo rojo, con ventanas y puertas de color verde, y con un pequeño y cuidado jardín. Las Navidades se estaban acercando y todos trataban de parecer felices. Pero aquellas Navidades iban a ser diferentes para todos ellos; más diferentes de lo que nunca hubieran imaginado.









❤️
Que triste que hayas tenido que pasar por algo como eso, a mis 39 años siempre e pensado que todos tenemos el derecho de disfrutar de nuestra sexualidad sin restricciones, nunca e visto que nosotros los heterosexuales tengamos que dar explicaciones de nuestros gustos, entonces porque tendrían que darlas ustedes.Espero que aunque un poco tarde puedas vivir tu vida tranquilo y sintiéndote orgulloso de quién eres sin tener que ocultarte y que hayas encontrado ese maravilloso amor que todos tenemos el derecho de vivir aunque sea una vez en la vida
Eran otros tiempos, y sí, encontré mi amor. De hecho, el 21 de Noviembre cumplimos 25 años en pareja. Si lo bueno se hace esperar....¡¡¡¡Gracias!!!!