Prologo.
La neblina cubría toda la calle. Se podía escuchar la nieve crujir bajo los tenis de Volker.
Pf, pf, pf.
Era como el sonido de un algodón de azúcar hundiéndose bajo sus pies.
Después de tiritar dentro de su sudadera la cual era más delgada que una carne seca refrigerada, pudo cubrirse bajo la parada.
Contando las monedas que tenía se dio cuenta de que, si iba en bus, no tendría dinero suficiente para su única comida del día.
Así que retomó el camino bajo la nieve y sus orejas se empezaron a enrojecer al igual que su nariz.
«¿Cómo mierda seguiré con esto?».
Necesitaba conseguir otro trabajo, pedir ayuda, casarse con alguna anciana millonaria o ir con una bruja. Pero también sabía que ninguna de las opciones anteriores lo sacaría del pozo.
El ruido del semáforo cortó sus pensamientos. Atravesó la calle hasta llegar a la esquina contraria, donde estaba la tienda de conveniencia más concurrida del vecindario.
Volker entró en silencio, se sacudió el polvo blanco después de decir buenos días y tomó el uniforme, como lo hacía desde los diecisiete años.
Lo más difícil para él no era estar parado ocho horas y atender gente. Era resistir el aroma de diferentes chuches, comidas y bebidas…
Él llevaba comiendo el mismo sándwich por meses.
Las horas pasaron y el estómago de Volker empezaba a gruñir, pero seguía pensando si debía gastar sus pocos ahorros en el almuerzo o en conservar su vida y pagar la cuota de esa noche.
Irónicamente comer también significaba conservar su vida…
Trrr.
El reloj dio las tres de la tarde y por fin podía tomarse un descanso.
Viendo por la ventana pensaba que si salía se congelaría. Pero afortunadamente el Dios del sol se compadeció de él y salió justo para que pudiera hacer fotosíntesis.
«Si compro un sándwich me queda lo justo para pagar la cuota de esta noche».
Suspiró y soltó una vaharada de vapor mientras se rascaba la cabeza con frustración.
—¡Joder! —Pateó una lata de café que rodó hasta unos tenis que ya conocía.
El joven alzó la mirada lentamente hasta toparse con un hombre cubierto de manchas y cicatrices en la cara, dónde la grasa que colgaba debajo aparentaba ser el cuello.
—Pero mírate; delgado y pálido como un fideo barato —el señor empezó a morder sus propias uñas mirando con superioridad desde arriba.
Tomó del cuello al muchacho hasta arrastrarlo a un callejón.
—Tráeme algo de comer y le diré al jefe que te disminuya la cuota —el mal aliento chocaba contra las mejillas de Volker.
—¿Qué?
El hombre golpeó la pared.
—¡Obedece! Entra y regresa con unos fideos —amenazó arrugando el entrecejo.
Después de unos minutos el chico regresó con un bol de plástico sobre sus manos. Sin bajar la mirada.
El aroma del caldo era una combinación de condimentos y conservadores que a cualquiera le vendría de maravilla.
Como respirar un poco de esperanza en el día…
Las luces de los carros empezaban a alumbrar la tienda y los ojos sumidos de Volker, asustaban a los estudiantes que pasaban después de salir del colegio.
—Trabajaré duro para entrar en una buena universidad —susurró una estudiante al oído de su amiga—. Mira al pobre cajero…
El pelinegro estaba acostumbrado a escuchar ese tipo de palabras cuándo alguien lo miraba. Ni siquiera él podía evitar pensarlo cada vez que se veía al espejo.
Camino hasta llegar al puente que separa una de las mejores zonas de la ciudad de la colonia vieja.
Se detuvo ante la distancia que aparentaba ser infinita. Dejando que los carros pasaran a una velocidad que levantaba sus cabellos.
Era poca la gente que se atrevía a caminar en las orillas.
Ese tramo era siempre lo más difícil porque el frío se intensificaba con los carros que pasaban a lado…
Pero había algo que le gustaba al joven cajero: el mar.
La inmensidad del mar se extendía bajo el cimiento que soportaba las vidas de muchas personas a diario. Para Volker era gratificante sentir la brisa sobre su cuello, después de haberlo doblado todo el día.
Pero ese mismo y simple disfrute lo hizo resbalar con la poca nieve que había en la acera.
De no ser porque se encontró con el señor que todos los días compraba cigarrillos en la tienda, habría caído y lo más seguro que levantarse le habría costado un par de minutos.
—Ten cuidado —advirtió el hombre sin detenerse más tiempo.
Un suspiro de confusión salió del cuerpo escuálido. Se preguntaba porque ese señor siempre tenía una cara tan aburrida, pero actuaba como un buen hombre.
Volteó los ojos con desinterés y empezó a correr… Se trataba de su técnica maestra para no sentir frío.
Antes de dar la vuelta y llegar al edificio dónde se estaba quedando, su mente tuvo una visión divina.
—¡Cabrones de mierda!
Recordó lo de la mañana. Seguro que los matones estarían en la puerta esperándolo para recibir el pago.
La fuerza que aplicaba en el puño hizo que sus huesos se vieran incluso más que las venas.
Aunque tenía para pagar esa noche, no podía evitar la sed bestial de esos tipos por golpearlo, eran como perros esperando su snack nocturno antes de dormir.
No servía de nada tener el dinero si de igual manera lo golpearían por mero placer.
Logró contener su enojo y camino de regreso sin tener un lugar a dónde ir.
Admiraba la noche, dejando que su mente trabajara entre sus recuerdos para encontrar a alguien que pudiera darle posada.
—Ja.
Después de unos minutos el único sonido que salió de su boca fue un lamentable “Ja”.
Una risa irónica e inevitable después de recordar que no tenía a nadie que pudiera tenderle la mano.
«¿Acaso soy un perro callejero ahora?».
Los pensamientos empezaron a llegar como una tormenta.
Su pecho se convertía poco a poco en una piedra imposible de cargar.
¿Cómo era posible que un humano sintiera que su propio cuerpo estaba en contra de sí? ¿Qué tipo de castigo era ese?
¿Había cometido un crimen atroz en su vida pasada?
No tuvo tiempo para quejarse más.
—¡Ahí está! —gritó un hombre que sostenía un bate.
Los demás giraron sus cabezas como un resorte y los ojos feroces se fijaron en Volker.
—¡Atrápenlo!
Las piernas largas de Volker recibían la ráfaga del viento.
El corazón palpitaba al nivel de la adrenalina que sentía, sus pies estaban cerca de tropezar a cada segundo por la velocidad a la que iba y sus manos se estiraban anhelando que una puerta apareciera de pronto.
Una puerta que pudiera transportarlo a otro universo…
Un universo que le permitiera huir de aquella realidad.
La desesperación se convirtió en torpeza y la adrenalina terminó por absorber toda la energía que podía tener alguien que solo había comido un sándwich.
Track
La caída fue seca y los demás hombres fueron frenando alzando el polvo de la calle.
—¿Querías escapar maldito? —el joven al frente sonreía mostrando el colmillo—, ¡¿eh?!
Volker se apoyaba en el asfalto dejando que la sangre de las rodillas manchara el pantalón ya desgastado.
—¡Ja! —la risa burlona encubría el temblor de sus manos—. Se acaba de romper mi pantalón ¿miras?... ¡¿Me lo vas a pagar o qué?! —Volker mantuvo estable su voz.
No hubo respuesta, ni siquiera un insulto.
Bastó que el líder alzará el dedo índice para que el resto empezará a tirar golpe tras golpe al pelinegro.
El cual no lloraba… Solo soltaba risas cargadas de burla falsa.
—¿Qué pasa? —preguntó el líder—. ¿No lloras?, ¡¿por qué no lloras?!
Volker aprovechó la cólera del matón y le arrancó el piercing que tenía en la ceja antes de salir corriendo.
Aun corriendo mantenía la mano apretada, aferrándose a un billete roto.
«Lo pegaré y estará como nuevo».
Después de varias cuadras, logró escabullirse entre unas calles estrechas que nunca había visto.
Aunque la colonia era de un estilo bastante frío y viejo, eran esas calles las que conservaban la belleza de la mejor época en la zona —aunque ahora, considerado un estilo viejo—.
De pronto unas pisadas a su espalda lo hicieron estremecerse.
—Carajo, pensé…
No terminó de hablar y soltó un suspiro tendido.
El gato ronroneaba mientras rodeaba su pierna.
—¿Quieres comida? —preguntó rascando su propia cabeza—, pues yo también…
Mirando un par de veces a su alrededor, se recargo sobre la pared de ladrillos húmedos y se dejó caer hasta que sus piernas sintieran el piso frio.
Meu
La bola de pelos negra dejó de ronronear y se tumbó a un lado, aceptando a Volker como su nuevo compañero.
—¿Crees que soy un vago que tienes que cuidar? —preguntó el pelinegro acariciando al animal.
Una gota de sangre que pendía de su ceja cayó sobre la piel fría.
—Pues cuídame.
La luz salió cuándo sus párpados empezaron a sentirse pesados.
Para otros empezaba el día y para el de piel pálida apenas terminaba…








