Más que disfrutarlo
El sol de media mañana recortaba la silueta de Valery contra el espejo del gimnasio. Sus dedos ajustaron la colchoneta con precisión casi ritual. El movimiento hizo que la tela del short de lycra color vino se tensara sobre sus nalgas duras, paraditas, ese rasgo que siempre atraía miradas furtivas en la calle. Inspiró hondo, sintiendo cómo el aire acondicionado le secaba el sudor del cuello. Las ondas de su cabello rubio oscuro, recogidas en una cola alta, dejaban ver la línea fina de su mandíbula.
Flexionó el torso. Su cintura, definida como un talle de guitarra, giraba mientras las piernas estilizadas se elevaban en una tijera perfecta. La camiseta blanca con ribetes rojos se le pegaba a la espalda, transparentando la tensión de cada músculo. Cerró los ojos celestes, buscando ese vacío mental que tanto le costaba alcanzar, cuando el celular vibró contra el piso de madera. La pantalla se iluminó.
—Abuelo: Hoy al mediodía, te espero para almorzar.
Valery parpadeó, tomó aire. ¿El abuelo? El hombre no llamaba; convocaba. Y esas convocatorias no traían buenos recuerdos. Eran ecos de funerales, de lecturas de testamentos ajenos, de silencios tensos en Navidades multitudinarias. Apagó la pantalla sin responder y se incorporó con esa languidez felina que tanto practicaba. Frente al espejo, se acomodó el short celeste de tiro alto, notando el contraste con sus zapatillas blancas impecables. Algo en el estómago se le tensó. No era hambre.
A esa misma hora, Scarlett estaba descalza sobre la alfombra mullida del probador. La luz cenital del shopping le daba de lleno, dibujando un halo alrededor de su cabellera rubia con ondas suaves que le pasaban los hombros. Se sacó la blusa blanca corta con un movimiento fluido, dejando ver el borde de encaje de su corpiño. Sus pechos, grandes como melones, se movieron con un vaivén que desafió la estructura de la prenda. La vendedora, del otro lado de la cortina, carraspeó.
—¿Todo bien, señorita?
—Perfecto —mintió Scarlett, observando su reflejo. Se giró de perfil. La cintura fina se curvaba hacia unas caderas que sostenían el short de mezclilla azul deshilachado como si fuera una segunda piel. Sus piernas largas terminaban en unas zapatillas azules con detalles rojos. Sonrió, pero era una sonrisa vacía, de esas que se ensayan para fotos. Tomó el celular para ver la hora y ahí estaba el mensaje. Lo leyó dos veces. Su sonrisa se borró. "¿Qué carajo quiere ahora?".
Las dos crecieron entre apellidos ilustres y ausencias. Pablo Ezequiel Lara era viudo. Con su mujer, habían parido un imperio: ocho hijos, más de cuarenta nietos esparcidos por el mundo. Un empresario de esos que salen en revistas económicas con cara de pocos amigos. A todos los hizo estudiar; a los hijos, a los nietos. Valery y Scarlett eran las más chicas, las que llegaron al final de la cadena, cuando el viejo ya estaba cansado de criar. Eran primas, pero la naturaleza, caprichosa, les había dado un aire tan parecido que todos las confundían con hermanas. Mismo óvalo de cara, misma altura, misma forma de caminar. La diferencia: una irradiaba luz dorada y pecas suaves; la otra, un fulgor más denso, con curvas que hipnotizaban.
Scarlett salió del shopping sin comprar nada. Valery dejó las pesas a medio usar. El mediodía caía como una guillotina.
La casona de Pablo Ezequiel Lara se levantaba al final de un boulevard arbolado, un caserón de estilo colonial con rejas negras y enredaderas que parecían arañar las paredes. Valery llegó primero. Se bajó de su deportivo rojo con el motor aún vibrando, sintiendo la gravilla crujir bajo sus zapatillas. Unos segundos después, un convertible descapotable estacionó detrás con un rugido.
Scarlett bajó, el viento aún jugando con su cabello. Se vieron a la distancia. Una corriente eléctrica, muda, cruzó el jardín. Corrieron al encuentro, chocando en un abrazo que olía a perfume dulce y a nervios. Scarlett apretó la espalda de Valery, sintiendo la camiseta tibia por el sol.
—Te juro que vi tu auto y pensé que era un espejo —dijo Scarlett, apartándose apenas para mirarla de arriba abajo—. Hasta nos vestimos casi igual.
Valery sonrió, con esa amplitud que le iluminaba los ojos celestes. Señaló su propia camiseta blanca con ribetes rojos y luego el short celeste, comparándolo con la blusa corta de Scarlett y el short azul deshilachado.
—Cambiá nuestras zapatillas y somos la misma persona. Las tuyas azules con rojo, las mías blancas. Es ridículo.
Scarlett soltó una risa nerviosa, bajando la voz.
—¿Vos sabés qué quiere el abuelo?
Valery alzó los hombros, ese gesto de incertidumbre juvenil que tanto contrastaba con el entorno solemne. No llegó a responder. La pesada puerta de roble se abrió sin crujir, como si estuviera aceitada por la sumisión. Un mayordomo de edad avanzada, espalda recta y traje oscuro, las observó con una máscara de cortesía impenetrable.
—El señor Pablo Ezequiel Lara las espera.
Las primas se miraron. En ese cruce de pupilas, celeste contra verde, hubo una chispa de solidaridad y miedo. Siguieron al hombre mayor por un pasillo alfombrado, bajo la atenta mirada de retratos familiares que parecían juzgarlas desde las paredes.
El comedor era un museo del poder. La mesa de caoba pulida era lo bastante larga para treinta comensales, pero solo tres cubiertos brillaban en un extremo. Pablo Ezequiel Lara presidía la escena. Sesenta años curtidos, calvicie incipiente, manos gruesas de venas marcadas. No era atractivo, pero su aura era asfixiante: transmitía autoridad, experiencia y una seguridad tan sólida que doblaba voluntades.
Cuatro sirvientas uniformadas rodeaban la mesa como estatuas. Ni un gesto, ni una respiración audible.
—Hola, abuelo —saludaron las chicas al unísono, forzando una alegría que les sonó a plástico. Sus sonrisas amplias, tan parecidas, chocaron contra la adustez del hombre.
Pablo esbozó una mueca que podía ser una sonrisa o una amenaza.
—Vamos a comer.
La comida fue un desfile de platos servidos en silencio. El tintineo de los cubiertos contra la porcelana marcaba un ritmo fúnebre. Valery pinchó una verdura y la sostuvo en el aire, sin hambre. Scarlett miraba el perfil del abuelo: mandíbula apretada, mirada fija en un punto inexistente. El ambiente no era solo sombrío; era denso, como si el oxígeno estuviera siendo reemplazado por plomo. Algo se estaba cocinando bajo la superficie, y no era el postre. Pablo parecía enojado, un enojo frío, contenido, que tensaba los músculos de su cuello cada vez que las miraba.
Finalmente, dejó los cubiertos con un golpe seco.
—Váyanse —ordenó sin alzar la voz—. Tengo que hablar con mis nietas.
El mayordomo y las cuatro sirvientas desaparecieron como espectros, la puerta cerrándose con un clic definitivo. El silencio que quedó era peor que el ruido. Pablo se recostó en el respaldo de su silla, su expresión mutando hacia una seriedad que helaba la sangre.
—Son una decepción para la familia. Solo gastan dinero.
Las palabras cayeron como piedras en un pozo vacío. Scarlett sintió un ardor en las mejillas. Valery apretó la servilleta sobre su regazo.
—Abuelo, nosotros… —intentó articular Valery, pero una mano alzada la interrumpió, tajante.
—Nuestra familia es numerosa, pero todos exitosos en lo que hacen —continuó Pablo, la voz ronca rebotando en las paredes—. Ustedes solo están de fiesta. Gastan dinero en ropa que no necesitan. Las dos tienen más de un auto deportivo, y no saben manejar corectamente. Si no mejoran, las dejaré sin herencia.
El miedo fue un animal físico que se les enroscó en el pecho.
—No, por favor —susurró Scarlett, su voz quebrada, perdiendo toda pose de modelo de shopping. "No se puede vivir sin dinero", pensó Valery, las palabras atropellándose en su cerebro.
—No lo hagas, abuelo —rogó Valery, inclinándose hacia adelante, sus ojos celestes nublados por la súplica.
Pablo las observó con frialdad. No había compasión, solo el cálculo de un jugador de ajedrez.
—Es fácil suplicar. Pero en esta familia somos personas de acción. ¿Qué harían para seguir teniendo la vida que tienen?
—Lo que sea —dijeron las dos al unísono, sin pensarlo, un juramento visceral nacido del pánico a la intemperie económica.
Pablo sonrió. Fue un lento estiramiento de labios que no llegó a los ojos. Un escalofrío recorrió las piernas estilizadas de Valery.
—Bueno, entonces desnúdense. Ahora.
La orden flotó en el ambiente prohibido, grotesco. Las primas se miraron, los rostros paralizados en una máscara de incredulidad. El tictac de un reloj antiguo empezó a martillar en la pared. Scarlett sintió un temblor interno, una contradicción que le quemaba el pecho: asco, miedo y, en el fondo oscuro de su ser, una chispa de morbo. Valery bajó la mirada a sus zapatillas blancas. Su abuelo les pedía que se desnudaran. Era la humillación más absoluta. Pero quedarse sin dinero… era una muerte en vida de mármol y seda.
Valery se levantó primero. Sus dedos, habitualmente seguros, temblaron al rozar el dobladillo de su camiseta blanca. La tomó de la nuca y tiró hacia arriba. La tela se deslizó por su torso delgado, revelando la cintura definida y un corpiño deportivo color nude que contuvo apenas la respiración de Scarlett, quien seguía cada movimiento con admiración involuntaria. Scarlett se puso de pie y la imitó, desabrochando el botón metálico de su blusa. La prenda se abrió, dejando a la vista el sostén que luchaba contra la gravedad de sus pechos generosos. Un suspiro entrecortado escapó de sus labios.
Valery desabrochó su short de mezclilla celeste. La cremallera bajó con un ruido áspero en la sala silenciosa. Se lo quitó despacio, pasándolo por sus piernas estilizadas, quedando en un hilo dental a juego. Scarlett hizo lo mismo, sus caderas curvilíneas meciéndose para liberarse del short azul deshilachado. Sus nalgas redondas quedaron expuestas apenas cubiertas por un triángulo mínimo de tela. Ambas, en ropa interior frente a un monstruo frío que no se movía, parecían dos estatuas griegas condenadas al sacrificio.
Pablo no pestañeaba. Su mirada era un bisturí.
—Todo —gruñó.
Scarlett se soltó el corpiño en la espalda con un gesto experto. Los tirantes se aflojaron, la tela cayó y sus pechos, como dos melones perfectos, rebotaron ligeramente con una libertad obscena. La piel erizada contrastaba con la suavidad de sus curvas. Valery se quitó la parte superior del conjunto deportivo, revelando sus senos pequeños y erguidos, de pezones rosados que se endurecieron al contacto con el aire denso de la sala. La última prenda cayó. Las dos primas estaban completamente desnudas frente al patriarca, sus cuerpos brillando con un sudor frío y antinatural.
El silencio ahora era un zumbido. La atmósfera incómoda y psicológicamente asfixiante las envolvía. Pablo se mantenía como un ídolo oscuro, sin moverse de su asiento.
—Ahora dense amor.
La frase rebotó. "Amor". Su abuelo quería verlas. Valery recordó los boliches, los besos con Scarlett para excitar a los hombres, las manos ajenas que aplaudían. Pero esto era distinto. No había público cómplice, solo un juez verdugo. El morbo de la situación le retorció las entrañas, pero sintió, a su pesar, un calor húmedo naciendo en su bajo vientre. Scarlett se mordió el labio inferior. Deseo prohibido. El pensamiento golpeó su mente y la avergonzó, porque era verdad.
Valery tomó la iniciativa, cerrando la distancia. Su mano fría subió por el hombro de Scarlett hasta su cuello, sintiendo el pulso acelerado bajo la piel. Acercó sus labios con una ternura desarmante, un beso suave, casi casto, que contrastaba con la orden perversa. Scarlett respondió, sus bocas sellándose en un gesto que era a la vez disculpa y provocación. Pero el roce de la lengua de Valery cambió el mapa. La ternura mutó a hambre. El beso se volvió salvaje, dientes chocando, saliva compartida, una danza desesperada de lenguas húmedas que llenó la sala de sonidos succionantes.
Scarlett gimió, rompiendo el contacto con un hilo de baba. Bajó su boca ardiente al cuello de Valery, lamiendo la sal de su piel, chupando el pulso acelerado. Descendió. Sus manos apretaron las caderas de Valery mientras sus labios encontraban sus senos. La lengua de Scarlett dibujó círculos en el pezón rosado, sintiéndolo compactarse en su boca. Valery arqueó la espalda, soltando un jadeo entrecortado. Sus pechos eran sensibles, y Scarlett mamaba con una devoción sucia que les erizaba la piel a ambas. Siguió bajando, su boca recorriendo la panza plana de Valery, el ombligo, el hueso de la cadera. Cuando Scarlett llegó a la entrepierna, se arrodilló. El aroma de su prima la envolvió: un perfume íntimo, almizclado, que le aceleró el corazón. Sin pensarlo más, sacó su lengua y probó. Era la primera vez, pero el sabor salino y la textura suave le explotaron en el paladar. Le gustaba. La excitaba. La lamida fue larga, dividiendo los pliegues, y el gemido que soltó Valery fue obsceno.
Valery, con los ojos vidriosos, no quería ser menos. Necesitaba probar. Empujó a Scarlett. El cuerpo curvilíneo cayó de espaldas sobre la alfombra persa, un golpe sordo que quebró la quietud. Sin darle tiempo, Valery se puso a horcajadas sobre su cara, sintiendo la nariz de su prima hundirse en su intimidad mojada. Una descarga eléctrica la sacudió. Agachó la cabeza y se encontró con el sexo de Scarlett, una flor abierta, húmeda, que la esperaba. Formaron un 69 perfecto, un Yin y Yang del deseo.
Valery comenzó su tarea. Su lengua exploró los labios hinchados de Scarlett, apartando la suavidad para encontrar el punto más duro. Mientras, sus manos no podían dejar quietos esos pechos enormes que colgaban hacia los costados. Los apretaba, los amasaba, pellizcaba los pezones gruesos hasta que Scarlett gemía contra su entrepierna, la vibración de su voz enloqueciendo a Valery. Los jadeos llenaban el comedor, una sinfonía húmeda de succiones y lenguas trabajando. El sudor perlaba las piernas estilizadas de Valery, que se movían rítmicamente, frotando su sexo contra la boca ansiosa de su prima. Las nalgas duras y paraditas de Valery se contraían con cada lamida que recibía.
Scarlett, desde abajo, la sujetaba por los muslos, clavando los dedos en la carne firme. Su lengua penetraba, salía, dibujaba ochos que llevaban a Valery al borde del delirio. A su vez, la boca de Valery succionaba con avaricia, su cabeza moviéndose de un lado a otro, su cabello rubio oscuro deshecho y pegoteado a las mejillas. Las caderas curvilíneas de Scarlett se alzaban buscando más fricción, un vaivén descontrolado. La escena era un cuadro de lujuria prohibida, de pieles bronceadas enredadas sobre el rojo oscuro de la alfombra.
Se olvidaron de la herencia, del mundo. Se olvidaron de Pablo. Solo existían la lengua y el gemido, la carne y el sudor. El placer se acumulaba como una marea, una tensión insoportable en la base del estómago. Los movimientos se volvieron frenéticos, espasmódicos. Valery apretó la cabeza de Scarlett contra su entrepierna y explotó, un grito mudo escapando de su garganta, sus piernas temblando sobre las mejillas de su prima. Al mismo tiempo, Scarlett sintió cómo el cuerpo de Valery se tensaba y, con un último pellizco en el clítoris, se dejó ir en una ola de espasmos que le contrajeron el vientre. Llegaron juntas, un largo gemido dual que vibró en la madera antigua del caserón.
En la bruma del orgasmo, un sonido ajeno las despertó. Aplausos. Lentos, rítmicos, sarcásticos. Las primas se separaron torpemente, el cuerpo dolorido, los labios hinchados, los rostros manchados de rubor y fluidos. Giraron la cabeza. Pablo Ezequiel Lara seguía en su silla, sin haberse movido un centímetro. Una cámara de teléfono en su mano derecha apuntaba hacia ellas. El clic del obturador fue el certificado de su humillación y de su placer.
—Tienen futuro en la familia —dictaminó con voz arenosa, guardando el celular en su bolsillo interno. Sus ojos recorrían la escena sin lujuria visible, solo con un cálculo frío de posesión—. Desde mañana, comenzarán a trabajar como mis secretarias.
Las palabras las golpearon en la confusión. Valery buscó aire, su pecho agitado. Scarlett se incorporó, tapándose los pechos con un brazo, sintiendo el reguero frío del placer ajeno escurriéndole por los muslos. El horror, la vergüenza y una alarma enloquecida deberían haberlas dominado. Pero no fue eso lo que las dejó en silencio, mirando al viejo con los ojos muy abiertos.
Se vistieron en un mutismo aturdido, recogiendo las prendas del suelo. Al salir del comedor, el pasillo les pareció más largo, los retratos más acusadores. No hablaron hasta llegar a la puerta de entrada, donde la luz del exterior era una bofetada de realidad.
Valery apoyó la frente en la madera fría de la salida. Sentía el sabor de Scarlett en la lengua, y le gustaba. Eso era lo terrible.
Scarlett, abrochándose la blusa con torpeza, la miró de reojo. La respiración aún no se le normalizaba. Su cuerpo vibraba. Un pensamiento atroz cruzó su conciencia y se instaló allí: estaban confundidas, pero no por lo que pidió su abuelo. Lo que las desarmaba, lo que les aceleraba el pulso, era la certeza de que habían disfrutado hacer lo que les pidió. Más que disfrutarlo. Lo habían deseado.
Continuara...






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