Capítulo 1: La Ultima Reina Visigoda

Egilona recorrió los pasillos que antaño habían sido su palacio real. Su reino había caído en manos del Califato Omeya, y su título no era más que un mero adorno. Los visigodos habían sucumbido ante los musulmanes, e Hispania era ahora una de las tierras conquistadas por el islam. Esta era su nueva realidad, y debía aceptarla.
Su esposo, el rey Rodrigo, había caído en la batalla de Guadalete. Traicionado por los nobles, el valiente rey visigodo no fue capaz de detener la amenaza sarracena que había sido invitada por sus enemigos.
Toledo, la gloriosa capital del Reino Visigodo, había abierto sus puertas desde adentro, por viles traidores sin patria ni honor.
Ya nada de eso importaba. Su reino había caído hacía ya algunos años. Su nueva vida distaba mucho de la que alguna vez tuvo como reina de los visigodos.
Numerosos pasos empezaron a escucharse en el pasillo. Pronto tres soldados se presentaron frente a la joven reina sin reino. Eran altos y de piel morena, con barbas frondas y rasgos árabes.
—Te estábamos buscando, Egilona. Ven con nosotros.
Ella se giró para encararlos, con el corazón encogido al verlos. Sus ojos oscuros la observaron con una lujuria nada disimulada al acercarse.
Los tres soldados rodearon a la reina y la guiaron durante el camino, más por control que por necesidad. Al tenerlos cerca se podía apreciar sus rasgos masculinos y toscos. Incluso bajo sus ropas y armaduras se notaba que portaban físicos fuertes, como los de todo guerrero dedicado a la batalla. A pesar de ser ya una cruel rutina, Egilona no podía evitar sentirse abrumada por la presencia de aquellos hombres.
—¿Adónde me lleváis?
— No seas impaciente, reina —exclamó burlón uno de los hombres al usar aquel título monárquico—. Usted ya sabe a dónde vamos. Ya nos acompañó allí antes. No tardaremos en llegar.
Los soldados observaban a la mujer, con ojos cargados de deseo y lujuria hacia su figura. Egilona sintió un escalofrío recorrer su columna vertebral al escuchar el tono burlón del soldado al referirse a ella como “reina”. Era un recordatorio cruel de que su título ahora no era más que un eco vacío de un glorioso pasado. Tragó saliva nerviosamente cuando mencionó adónde la llevaban, sabiendo muy bien qué destino le guardaba en esa habitación.
Finalmente llegaron a la habitación real, donde tiempo antes Egilona y Rodrigo habían compartido lecho nupcial. Pero ahora, aquellos hombres manchaban ese recuerdo con su presencia. El que parecía el líder la tomó suavemente de la cintura y el atrajo hacia su cuerpo, tomándola también del mentón para que lo viera.
—Aquí estamos, reina. Donde la obligamos a ser nuestra hembra cuando conquistamos esta tierra. Y donde usted se ha entregado a nosotros desde entonces, casi todas las noches.
El cuerpo de Egilona se estremeció al sentir esas manos fuertes sujetándola, y ese cuerpo musculado invadiendo su espacio personal. Esos profundos ojos oscuros la taladraban mientras era obligada a mirarlos, llenos de arrogancia y lujuria.
—Sí... Conozco demasiado bien este lugar.
El árabe la besó, con una lujuria desmedida y sin una pizca de amor o respeto. Su lengua invadió la boca de la visigoda mientras sus dos compañeros empezaban a desatar los cordones de su vestido. Ella ya sabía bien lo que aquellos tres hombres le harían, como ya lo habían hecho otras veces. Correspondió al beso a regañadientes, sintiendo náuseas ante la exploración invasiva de su boca. Sus manos se cerraron en puños, clavándose las uñas en las palmas. Deseaba gritar y luchar contra ellos. Pero, ¿de qué serviría? Estaba completamente a merced.
El vestido de Egilona cayó al suelo, revelando su cuerpo pálido y bien formado. Los lujuriosos hombres no tardaron en quitarse sus prendas, revelando físicos fuertes, con cuerpos velludos y sudados. Un fuerte olor almizclado y masculino emanaba de ellos. Sus miembros eran de gran tamaño y grosor, como los de los más fieros sementales.
El hedor intenso y primitivo de la excitación masculina golpeó a Egilona como un puño. La reina se sintió tan vulnerable e indefensa, expuesta sin ropa alguna frente a esos brutos lujuriosos. El líder la tomó del rostro y le acarició los labios con su dedo pulgar.
—De rodillas, Egilona. Comienza chupando y masajeando nuestras pollas como sólo tú sabes hacerlo.
Una oleada de repugnancia y humillación le recorrió el cuerpo al escuchar sus palabras groseras. Aun así, sabía demasiado bien lo que se esperaba de ella. Lentamente, Egilona se arrodilló sobre la alfombra, sintiéndose pequeña y vulnerable entre aquellos gigantescos machos. Miró hacia arriba, contemplando sus imponentes vergas, ya completamente erectas.
—Muy bien, majestuosos señores. Como ordenéis.
Los varones sonrieron complacidos ante la obediencia de la goda. La observaban con ojos cargados de lujuria y depravación. No veían en ella a una reina, ni siquiera a una mujer. Sólo la veían como a una esclava sexual para satisfacer sus deseos. Y sus miembros palpitantes apuntaban directamente a su rostro, a la espera de que ella cumpliese con su trabajo. Con renuente resignación, Egilona extendió sus delicadas manos para tomar aquellos miembros horribles y venosos, calientes al tacto. Su estómago se revolvió al pensar en lo que estaba a punto de hacer, pero sabía que no tenía opción.
—¿Disfrutas sirviendo a estas grandes pollas, reina?
Mientras dos de los soldados tenían sus pollas sujetas por Egilona, el líder de estos restregó su miembro sobre el rostro de la reina para impregnarla con su aroma y su calor.
—Sabemos que te encanta limpiarnos las pollas con tu boca, así que las mantuvimos sin lavar estos días.
La visigoda arrugó la nariz con asco al sentir aquel miembro sudoroso y sucio frotarse contra su rostro, dejando un rastro pegajoso. El penetrante hedor a sexo añejo y masculinidad pura incluso la hizo lagrimear. Mantuvó su mirada baja, evitando sus ojos lascivos mientras envolvía cautelosamente sus dedos alrededor de los otros dos ejes hinchados y palpitantes.
—Por supuesto que disfruto sirviendo a sus magníficas pollas, nobles señores.
—Bien dicho, goda, bien dicho.
El líder la tomó del rostro y la forzó a alzar la mirada. Los ojos llorosos de la reina se toparon con los ojos de aquellos cerdos lujuriosos. }
—Quiero que nos mires mientras chupas nuestras pollas. Abre bien la boca.
La caída reina goda tragó saliva con dificultad, sintiendo como su corazón latía desbocado. La repulsión y el miedo se mezclaban, pero sabía que no tenía otra opción que acatar sus órdenes si quería evitar más castigos. Lentamente, separó sus labios pintados, exponiendo la húmeda cavidad bucal a aquellos brutales conquistadores.
El líder la sujetó de la nuca y lentamente le fue metiendo su polla. Aquel miembro sucio y sudado poseía no sólo un tamaño titánico sino también un sabor fuerte e invasivo. Los árabes se divertían viendo las muecas y la dificultad de la reina para manejar aquella polla que invadía su boca y garganta. Sus ojos se llenaron de lágrimas a medida que aquel enorme miembro se adentraba y descendía por su garganta, amenazando con ahogarla. Toses convulsivas sacudieron su cuerpo mientras luchaba por respirar por la nariz, aspirando así aún más intensamente el hediondo aroma de aquella piel sin lavar. Las mejillas le ardían y los músculos de su cuello se tensaban, esforzándose por adaptarse a una tamaña intrusión. Finalmente, el rostro de la reina impactó contra la pelvis del varón. El abundante vello púbico del conquistador se frotaba contra la nariz de la mujer.
—Ah, muy bien —gimió obsceno el moro—. Está claro que eres la reina de las chupapollas.
Lágrimas de degradación resbalaban por las mejillas de Egilona. La sensación de estar completamente dominada y usada como un simple juguete sexual para el placer de los conquistadores le hacía sentir enferma. Pero no tenía más remedio que seguir adelante, tragándose su orgullo junto a aquellas vergas.
El varón comenzó a mover sus caderas de adelante hacia atrás, aumentando de a poco la velocidad. Al mismo tiempo, los otros dos soldados tomaron las manos de Egilona para que los masturbase más rápido. Disfrutaban de ver a la bella reina humillada y sometida ante sus deseos lascivos. Los ojos de la reina se abrían con horror conforme su boca era degradada. El varón gemía con fuerza mientras su miembro golpeaba más y más la garganta de la mujer. Pero pronto otro de los hombres la jaló del cabello, sacándole la polla del líder de la boca solo para meterle la suya.
—En nuestras conquistas, nos hemos follado a muchas mujeres; romanas, judías, egipcias, africanas... pero ninguna eran tan putas como las visigodas. Ustedes son las más lujuriosas entre todas las cristianas.
Jadeando y atragantada, Egilona apenas pudo tomar aire cuando un miembro empapado en saliva salió de su boca solo para que fuera reemplazado por otro de inmediato. Sus insultos raciales la hicieron sentir aún más degradada y ultrajada, como si su identidad y origen se hubieran convertido en sinónimo de puta en sus mentes retorcidas.
Los hombres se iban turnando en la boca de la reina. Aquellas enormes pollas sucias y mal olientes se follaban sin piedad el rostro de la joven doncella, ensuciando hasta lo más puro de su ser.
—Apenas matamos a sus hombres en la batalla y las mujeres godas ya nos esperaban con las piernas abiertas, rogando por nuestras pollas y por tener a nuestros hijos. Se han vuelto nuestras putas favoritas.
Las duras palabras de los soldados resonaban en los oídos de la reina ultrajada, haciéndola sentir un profundo dolor y vergüenza. Sabía que muchos de su pueblo habían caído en la decadencia y el pecado después de la conquista, pero oírlo hablar tan claramente...
Las lágrimas corrían por su rostro mientras continuaba sirviendo a sus sucios miembros, sintiéndose completamente contaminada y utilizada.
—Por favor —intentó hablar, cuando su boca fue liberada—, no hablen así de mi gente...
Entre risas, los hombres le dieron varias bofetadas a la mujer. El líder la tomó del cabello y la guio hasta sus testículos peludos, haciéndola que los lamiera. Egilona sollozó, pero pasó su lengua de forma obediente, llenando su boca de aquel sabor acre.
—Esa es la verdad. Tú eres una prueba de ello. Mírate, limpiando las pollas de los mismos hombres que derribaron a tu querido Rodrigo de su caballo y le dieron muerte. Los hombres visigodos eran débiles, por eso sus mujeres ahora pertenecen a los fuertes hombres musulmanes. Alá así lo quiso.
Los crueles guerreros limpiaron sus pollas en la boca de Egilona, hasta que estas quedaron brillantes por la saliva de la reina. Pero aún emanaban un aroma acre, fuerte y masculino, como si fuesen potentes feromonas que invadían las fosas nasales de la mujer goda. El líder la tomó del rostro y la observó con una mezcla de desprecio y deseo.
—Quiero escucharte agradecernos por matar a Rodrigo, y por mostrarte el placer que solo las fuertes pollas musulmanas pueden darte. Dilo.
Egilona tragó saliva con dificultad, sintiendo aún el sabor acre de sus miembros en la boca. La humillación y la rabia bullían en su interior, pero sabía que negarse significaría solo más abusos. Con voz temblorosa y llena de amargura, pronunció las odiosas palabras que le exigían:
—Gracias por derrotar a nuestro débil rey Rodrigo y mostrarme el verdadero poder de sus viriles cuerpos islámicos.
Los hombres la tomaron del suelo y la arrojaron sobre la cama. Entre risas la pusieron de costado mientras separaban sus piernas. Sus manos callosas acariciaban con gran habilidad el cuerpo de la mujer. Uno empezó a lamer los pliegues de su vagina, otro metió su rostro entre las nalgas de Egilo para pasar lentamente su lengua por estas, y el tercero se dedicó a sus pechos. Una serie de gemidos ahogados escaparon de la reina cuando esas lenguas cálidas y expertas exploraron sus zonas más íntimas. Se sentía tan vulnerable y expuesta, tumbada en mi propia cama mientras aquellos bárbaros se daban un festín con mi cuerpo.
Las lenguas de aquellos salvajes demostraron ser brutalmente hábiles. El clítoris de Egilona no tardo en ser atacado y succionado, mientras el segundo soldado la penetraba analmente con la lengua, dilatando aquel orificio para lo que vendría después. El tercero masajeaba sus pechos, lamiendo de forma lenta y erótica los pezones duros de la reina.
Odiaba admitir que una parte suya, aquella que ya se había rendido y resignado, disfrutaba de las habilidades de aquellos bárbaros. Las caricias obscenas en sus senos, combinadas con la estimulación oral en sus intimidades, comenzaron a avivar un fuego prohibido en su vientre. Poco importaba estar en la cama que alguna vez había compartido con el difunto Rodrigo. Poco importaba la memoria de su rey, cuando su cuerpo liberaba su verdadera naturaleza.
Los musulmanes reían entre ellos, pues sabían de cómo Egilona disfrutaba de aquellas estimulaciones. Eso solo les hizo intensificar sus acciones. El primero jugaba más fuerte con el clítoris de la reina, mientras metía dos dedos en su vagina. El segundo hundió complemente el rostro en el culo de la goda, lamiendo sin pudor su ano hasta lo más profundo que llegaba su lengua. El tercero junto los pechos de la reina para llevarse ambos pezones a la boca, lamiendo en forma circular sobre estos. Gemidos escandalosos brotaban incontenibles de la visigoda a medida que aquellas lenguas ágiles y traviesas la arrastraban hacia abismos de placer prohibido.
Los varones disfrutaban de torturar de aquella manera a la reina. La obligaban a sentir un placer insoportable, a agradecerles por haber asesinado a su rey y someterla a su voluntad, la hacían gemir en honor a ellos sobre la cama que una vez compartieron con Rodrigo, y donde vez tras vez le arrancaban fuertes orgasmos con sus bocas y sus pollas. Habían convertido a la noble reina en una sucia puta al servicio de ellos.
Pronto, los soldados se posicionaron para penetrarla. El líder hizo que Egilona se sentase encima suyo para penetrarla. Primero colocó su miembro duro y largo en la entrada de aquella vagina, frotándolo de arriba abajo varias veces para lubricarlo con los fluidos de la mujer antes de enterrarse profundamente dentro de ella de una sola estocada. La sostenía de los glúteos mientras la movía lentamente, pero con fuerza. Sus ojos se cruzaron, y el musulmán sonriente al notar la lujuria brotando de la mirada atormentada de la visigoda. Egilona era incapaz de disumular los lascivos gemidos que le arrancaban sus crueles amantes. El enorme falo del arabe golpeaba directamente contra el punto G de la reina, volviéndola loca de placer en cada embestida.
El segundo hombre frotó su miembro entre los glúteos de la visigoda, la tomó de la cintura y comenzó a hundirlo lentamente en su ano. Ya desde la primera vez que la sometieron, hacía muchas lunas, que le habían arrebatado su virginidad anal. El culo de Eginola no sólo se había acostumbrado a ser usado por aquellos machos viriles, sino que ella no podía evitar sentir un morboso placer cada que su recto era nuevamente sometido.
Un chillido agudo escapó de su garganta al sentir como el horrible falo del segundo soldado se deslizaba en su apretado culo, invadiendo aquel pasaje vedado. A pesar del dolor inicial, su cuerpo traidor se relajó, permitiéndole al arabe penetrarla hasta lo más hondo. Dos enormes vergas pulsando dentro de la reina, estirándola, llenándola por completo... era demasiado. Cerró los ojos con fuerza, mordiendo su labio inferior para ahogar mis gemidos. A pesar de todo, no podía negar lo mucho que su cuerpo ansiaba esto. Ser tomada por aquellos machos dominantes; ser reclamada como premio de guerra.
Los dos guerreros embestían sin piedad el cuerpo de Egilona, obligándola a disfrutar cada momento por sus pollas de sementales y su feroz habilidad para usarlas. El tercero frotó su miembro por el rostro de la reina antes de metérsela de nueva cuenta en la boca. Sus ojos se fijaron en el otro, y el árabe disfrutaba de ver ese conflicto entre vergüenza y lujuria en la mirada de la visigoda. Esa lenta aceptación silenciosa de su nuevo rol.
Con lágrimas corriendo por sus mejillas, comenzó a chupar aquella enorme verga que le violaba la boca, sintiendo cómo se endurecía aún más contra su lengua. Mi mente se debatía entre la repulsión y una macabra fascinación por la fuerza y potencia de aquellos hombres que la habían conquistado. Sus protestas se disolvían en gemidos estrangulados y jadeos erráticos a medida que los tres colosales falos la penetraban de forma implacable.
Los hombres embestían con una fuerza y ferocidad pocas veces vista. Nalgueaban a la reina y abofeteaban sus pechos hasta que estos quedaron rojos. La sometían a un placer tan intenso que ni Rodrigo la había hecho sentir. Penetraban hasta lo más profundo de aquella mujer, arrancándole gemidos y orgasmos por igual.
Los hombres continúan su asalto salvaje, ignorando súplicas y sollozos. Cada poderosa embestida de sus caderas la llenaban hasta el borde con sus enormes miembros palpitantes. Los obscenos sonidos de carne chocando con carne invadían la habitación, junto con sus propios gemidos humillantes.
—P-Por favor... es demasiado... ¡Ahhh! No puedo... ¡Oh Dios! No puedo soportarlo...
—Oh, ah, Egilona... eres la reina de todas las putas. Tú si sabes atender a las pollas de hombres de verdad.
—¿Amas nuestras pollas, ¿verdad? Amas ser una puta cristiana al servicio de las pollas musulmanas.
La reina ultrajada se estremeció ante sus palabras, sintiendo una mezcla de vergüenza y un oscuro placer prohibido. Era cierto que había aprendido a disfrutar esta nueva realidad. Ser usada como un objeto de placer por aquellos hombres fuertes y dominantes era algo de perversamente excitante.
—N-No... yo...
— Admítelo, zorra. Aclama la verdad. ¡Amas ser una puta cristiana al servicio de nuestras pollas y lo sabes!
Los hombres comenzaron a embestir con mayor fuerza, sometiendo completamente aquel cuerpo caliente y lujurioso a sus deseos más oscuros. Egilona, a pesar de toda resistencia, no podía negar lo mucho que su cuerpo ansiaba esto. Ser usado como un juguete sexual por aquellos machos dominantes, sentir sus enormes miembros invadir cada uno de sus agujeros... era una agonía exquisita. Una parte oscura de su ser había llegado a disfrutar este papel impuro de puta cristiana al servicio de sus amos árabes.
—¡Sí, sí! —confesó, entregada a la humillante naturaleza de su ser—. Amo ser vuestra puta, amo vuestras enormes pollas musulmanas... ¡Me encanta servir como un juguete para su placer! ¡Usadme, llenadme!
Los hombres festejaron al escuchar como la reina se quebraba. Aquello fue el motivador para embestirla más rápido, hasta que sus miembros palpitantes no aguantaron. Fuertes órganos golpearon el interior de Eginola. Su ano, su boca y su útero fueron rebalsados por el semen de sus amos musulmanes.
—Me siento tan llena, tan marcada por su esencia... Gracias, nobles señores, por compartir su divina bendición conmigo.
Los vigorosos guerreros se apartaron un momento para recuperar el aliento, pero pronto voltearon hacia la reina.
—No agradezcas tan pronto, reinita. Nuestras pollas siguen duras, y aún tenemos varias cargas de semen para ti.
Los varones cambiaron de posición, y movieron también a la joven reina. Su cuerpo estaba agotado y sensible después de la intensa sesión anterior, pero sabía que su sumisión a esos bravos conquistadores aún no había terminado. La fueron colocando en diferentes posiciones: de rodillas, boca abajo, montándolos. Y Egilosa se mantuvo siempre lista para recibir sus pollas palpitantes en sus tres agujeros hambrientos.
Los tres varones parecían inagotables. Durante horas penetraron sin descanso a la reina. Cada uno usa su boca, su ano y su vagina. Cada uno se corrió dentro de cada agujero de Eginola, y le recordaban constantemente quien era ella para ellos.
—Eres la reina de todas las putas.
—Vamos a llenarte hasta dejarte embarazada.
—Tu vientre cristiano dará a luz a fuertes guerreros musulmanes que saldrán a fornicar y embarazar a más putas cristianas como tú.
Cuando el cuarto chorro de esperma caliente inunda su matriz, el vientre de la reina quedó ligeramente hinchado por las anteriores descargas de los otros soldados. Había quedado llena y saturada. Marcada por dentro y por fuera como propiedad de esos hombres. Jadeando y con voz entrecortada, exclamó como muestra de su sumisión:
—S-Sí, soy tu puta, la madre de sus hijos... Lléname por completo, plantad tu semilla en mi matriz... Quiero llevar a sus hijos en mi vientre.
Los hombres finalmente quedaron satisfechos y agotados. Observaron a la mujer tumbada en la cama y completamente cubierta por el semen y el sudor. Se sintieron orgullosos de su hazaña.
—Nos vemos en unos días, Eginola.
La reina yacía allí, totalmente exhausta y usada, su hermoso cuerpo cubierto con la evidencia pegajosa de sus actividades. Con un profundo suspiro, se incorporó laboriosamente, sintiendo cómo el semen se desbordaba de sus bien usados agujeros. Miró a los hombres y sintió su corazón pesado con la carga de su nueva realidad.









