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El harén de mi padre — Historia para adultos

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Summary

Relato erótico prohibido de deseo clandestino entre un hombre maduro y jóvenes modelos. Una historia caliente de pasión intensa, seducción oscura y tentación salvaje donde el pecado se vuelve inevitable. Esta historia erótica +18 es una exploración psicológica del morbo, la admiración y la pérdida gradual de límites. Narrada con un estilo cinematográfico, sensual y decadente, cada capítulo se sumerge en miradas, silencios, respiraciones contenidas y contradicciones internas. No hay apología de relaciones desiguales: esto es ficción adulta sobre personajes complejos que evolucionan emocionalmente mientras exploran sus deseos más oscuros. El consentimiento, la tensión psicológica y el cambio emocional son el corazón de cada escena. ⚠️ ADVERTENCIA: Esta obra es una ficción para mayores de 18 años. Contiene escenas explícitas de sexo consentido entre adultos, lenguaje adulto, dinámicas de dominación/sumisión, diferencia de edad y situaciones que exploran el deseo en contextos transgresores. No se intenta hacer apología de ninguna conducta, ni se promueven relaciones desiguales en la vida real. Todo lo narrado es fantasía entre personajes ficticios que actúan con libertad y evolución emocional. Si eres menor de edad, por favor no leas esta historia. 🔞

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Cena con diferencia de edad.

El agua caía con la precisión de una caricia ensayada. Davinia dejó que el chorro caliente le golpeara la nuca, deslizándose por la espalda como una promesa líquida. La escena, vista a través del vidrio empañado de la ducha, era una coreografía íntima: su cuerpo delgado y atlético se tensaba y relajaba bajo el influjo del calor. Las manos, con movimientos lentos, casi rituales, repartían espuma sobre la piel. Recorrió sus hombros torneados, la curva firme de sus brazos, descendió por un vientre plano que contrastaba con la turgencia de sus pechos pequeños y perfectos. Sus dedos delinearon cada vértebra de una espalda definida, hecha para la luz, antes de perderse en la suavidad tensa de sus glúteos y el vértice estilizado de sus piernas. Era la típica flaca, sí, pero de una sensualidad cincelada, casi cruel. Al enjuagarse, el cabello rubio con raíces oscuras se le pegó a la cara, enmarcando un rostro de princesa de película antigua, de esas que esconden pensamientos impropios tras unos ojos verdes hermosos y una nariz perfectamente paradita, 20 años de pura belleza. 


Apoyó los antebrazos en los azulejos fríos y dejó escapar un suspiro. Modelar era un trámite, una piel que se ponía y se quitaba. Le gustaba la pose, pero no el silencio. Lo suyo era otro escenario, uno de píxeles y algoritmos donde su belleza era la moneda y su mente, la banca. Había empezado a construir reinos digitales para otras, mujeres que sin su toque se marchitaban en el anonimato. Duplicar seguidores, triplicar la interacción, traducir un escote o una mirada a compromiso puro. Eso sí la excitaba. Esa sensación de poder silencioso, de arquitecta de deseos ajenos, le llenaba un vacío que las pasarelas no alcanzaban ni a rozar.


Afuera, el mundo de Eber con sus 45 años era más de asfalto y motores que de filtros. Sus brazos, aún bombeados por la sesión en el gimnasio, tensaban las mangas de la camisa mientras conducía de regreso. El rostro, surcado por líneas de experiencia y alguna cicatriz de juventud, no era atractivo; no en el sentido clásico. Pero había una autoridad tallada en su mandíbula y en su porte que volvía irrelevante cualquier falta de armonía facial. Los abdominales, marcados como un mapa bajo la tela, eran el testimonio de una disciplina que no conocía el descanso. Su mujer lo había abandonado cuando Davinia era apenas un bulto que lloraba. Lo dejó sin una explicación, solo con el peso de una criatura y un vacío en la cama. Desde ese día, Eber se convirtió en una máquina. Remisero al principio, patrón después. Su propia flota de autos, un encargado de confianza, y ahora, de golpe, el tiempo. Ese tiempo que sobraba y pesaba, como un motor funcionando en punto muerto en un cuerpo que seguía necesitando carretera.


La casa era un silencio limpio y ordenado. Al entrar, sus ojos tardaron un segundo en ajustarse y encontrarla. Davinia estaba tirada boca abajo en el sofá del living, un portátil abierto frente a sus antebrazos apoyados. Vestía un conjunto de ropa interior negro de dos piezas, diseño sencillo, tirantes finos y triángulos de tela que apenas contenían lo justo. La espalda desnuda era una isla de piel suave bajo la luz de la pantalla, y la curva de sus caderas marcaba el inicio de unas piernas que se doblaban perezosamente en el aire.


— Llegaste —dijo ella sin girarse, sus dedos tecleando algo.


— Llegué —la voz de Eber era un ruido familiar, una vibración baja que llenaba la casa.


Se acercó, dejó las llaves en la mesa ratona y le dio un beso en la coronilla. El aroma a jabón y a ese perfume que se ponía incluso para estar en casa lo envolvió. Estaba acostumbrado a verla así. Él mismo la crio sin pudor, sin tabúes bobos sobre el cuerpo. Le enseñó que su piel era suya y de nadie más. Para Eber, Davinia era la estampa viva de la belleza, su mayor obra, pero sus ojos la recorrían con la misma admiración desprovista de dueño con la que se mira un cuadro. Era hermosa, pero no la veía como mujer. Era su hija, su punto cardinal, su única patria emocional.


— Papi, te sobra tiempo —ronroneó ella, girando la cabeza y apoyando la mejilla en sus manos, mirándolo con esos ojos verdes que brillaban con calculada inocencia—. Te vas a tener que conseguir una novia.


Eber soltó un resoplido que pretendía ser risa.

— Ya lo hemos hablado, nena. Estoy bien solo. Te tengo a vos. ¿Para qué quiero más?


Davinia se incorporó lentamente, girando en el sofá hasta quedar sentada como una gata. Se recogió el pelo húmedo sobre un hombro y lo miró con una fijeza incómoda, como si quisiera leerle los pensamientos que él no se atrevía a formular.

— No —dijo, y su tono, aunque suave, era inapelable—. Los hombres fuertes deben tener una mujer que los acompañe.


Era una frase que ella repetía como un mantra. Para Davinia, su padre era la encarnación de la fortaleza, un tipo con decisión, un guerrero silencioso que se había fajado solo en una selva de cemento y metal. Pero, en su épica personal, había cometido un error táctico: se había olvidado de él. Había volcado toda esa fuerza en criarla, en construir ese negocio, y ahora era un león enjaulado con todo el tiempo del mundo para lamerse las cicatrices.


Eber, incómodo con la conversación que le escarbaba en un hambre que prefería ignorar, le restó importancia con un gesto vago.

— Voy a bañarme —murmuró, desviando la mirada—. Ah, me olvidaba. Esta noche viene a cenar Joaquín.


Al darse la vuelta, no vio la respuesta inmediata de ella. La mención de Joaquín, el amigo incondicional, el que lo bancó cuando el mundo se le vino abajo con la partida de su mujer, provocó que a Davinia se le corriera algo por dentro. No era una idea completa, aún, sino la sombra de una posibilidad que se arrastraba, un espermatozoide de plan en el útero de su mente.


A las nueve en punto, el timbre taladró el silencio de la casa. Davinia, ahora enfundada en un vestido corto que era un golpe de verano en tela color crema y que dejaba ver la totalidad de sus piernas torneadas, abrió la puerta.


— ¡Davinia! —exclamó Joaquín desde el umbral, con una sonrisa que le comía la cara. Tenía la misma edad que Eber, pero la vida se había repartido de forma diferente en sus genes. Su rostro, de facciones correctas y una mirada pícara de ojos claros, era atractivo, casi cinematográfico. Sin embargo, la genética y la buena vida le habían pasado factura por debajo del cuello: una prominente barriga de cervecero tensaba la camisa que llevaba. Nunca se casó. Dueño de una constructora, había hecho de la soltería un deporte y de las mujeres un campo de entrenamiento. Era querible y confiable como amigo, y un absoluto desastre como prospecto de pareja.


— Estás hermosa —dijo él, entrando y dándole un beso en la mejilla, su mirada barriendo su figura sin disimulo ni malicia, como un halago automático.


— Ya sé —respondió ella con una sonrisa torcida y un brillo en los ojos—. Me lo dicen todo el tiempo, pero no me canso de escucharlo.


Ambos rieron. Había entre ellos la confianza de quien te ha visto gatear, una familiaridad que permitía la broma y el doble sentido sin consecuencias. Joaquín era un libro que ella ya se sabía de memoria.


Un ruido de pasos firmes anunció a Eber. El saludo entre los dos amigos fue un choque de manos y un abrazo de esos que cuentan historias de borracheras, peleas y secretos de juventud. Eran dos robles de diferente especie.

Pero el ritual fue interrumpido por un nuevo llamado al timbre. Davinia, con una sonrisa que ya no ocultaba nada, solo anunciaba, fue hacia la puerta. La abrió y, mirando hacia atrás, hacia los dos hombres, entonó un triunfal:

— Pasa.


Y entonces entró ella. Los ojos de Eber y Joaquín convergieron en la figura como atraídos por una corriente magnética, sin disimulo, como quien ve un milagro pequeño e inesperado. Davinia hizo la presentación con un placer evidente.

— Ella es Felicity.


Felicity era su nombre, dichosa, y su presencia redefinía el concepto. Una cabellera pelirroja natural, de rizos definidos que le pasaban los hombros, enmarcaba un rostro de proporciones perfectas, casi artificiales en su simetría. Los labios, gruesos y naturalmente carnosos, estaban entreabiertos. Pero era su cuerpo la declaración de principios: piernas torneadas, cintura de avispa, y, eclipsando todo lo demás, unos pechos descomunales que el vestido elegante contenía con la tensión de un dique a punto de ceder. Era una obra de arte barroca, un exceso de la naturaleza.


— Joaquín —dijo Davinia, señalando al amigo de su padre y rompiendo el hechizo inicial—, es amigo de mi padre, pero no confíes en él.


La risa de Felicity sonó como un carrillón pequeño, nervioso. La de Joaquín fue un ladrido fuerte. En esa broma, el hombre ya había captado la maniobra. Miró a Davinia y ella le devolvió una mirada de inteligencia pura y dura. Aquella mujer era un regalo envenenado para que su amigo volviera a saborear la vida. Un plan con tacones y vestido escotado.


— Y él —continuó Davinia, tomando del brazo a Eber—, es mi padre. El hombre más confiable del mundo.


Eber, aún aturdido, murmuró un saludo formal. Sus sentidos, anestesiados por años de celibato emocional, no terminaban de procesar la maniobra de su hija. Solo veía una invitada nueva, una amiga, un rostro bonito. La trama se le escapaba.


Ya en la mesa, la cena transcurría con la fluidez forzada de un río que intenta domesticar una crecida. Felicity estaba envarada, su belleza monumental repentinamente acomplejada en ese ambiente doméstico. No entendía del todo. Davinia se había acercado a ella hacía un mes, con la promesa de manejar sus redes, y los resultados habían sido mágicos, sus seguidores se habían duplicado. Pero esta cena… era otra cosa. El tintineo del vino llenando las copas era el único reloj en esa noche, y no dejaba de sonar.

— ¿Y de dónde se conocen? —preguntó Eber, intentando romper un hielo que solo él sentía.


— De los desfiles —se apresuró a decir Davinia, pero fue interrumpida por la voz más queda de Felicity.

— Yo ya no desfilo —sus ojos verdes se clavaron en el mantel, en una retirada íntima.

— Claro —retomó Davinia, señalando sin piedad hacia el escote de su amiga—. Felicity tiene dos grandes problemas. Los diseñadores no la contratan porque sus pechos son demasiado grandes. El modelaje de pasarela es una dictadura de medidas.


Eber, picado por la curiosidad, frunció el ceño.

— ¿Y eso qué tiene que ver?


— Que prefieren ropa que cuelgue de perchas, no de curvas reales —sentenció Davinia, y su mirada se encontró con la de Felicity, una mirada de complicidad que la pelirroja devolvió con gratitud—. Por eso prefiero las redes sociales. Ahí no hay prejuicios. Cualquiera con talento puede mostrarlo. Y ella —dijo, apuntando a Felicity— tiene mucho que mostrar.


Felicity se animó, su voz ganó un poco de terreno.

— Sí, gracias a Davinia ahora hago publicidades en redes. Es otra cosa. La gente quiere ver gente real.


Joaquín, que se aburría sin acción, se levantó de golpe haciendo rechinar la silla. Fue al equipo de música, puso algo rítmico y suave, un bolero electrónico, y extendió las manos hacia los presentes.

— Bueno, ahora a bajar la comida. Esto es aburrido.


— ¡Buena idea! —Davinia se puso de pie de un salto y se lanzó a bailar con él, un baile cercano, de amistad y provocación fingida, sus figuras recortándose contra la luz tenue del comedor.


Eber y Felicity se miraron. La presión no dicha de los otros dos los envolvía como un lazo. La incomodidad se había transmutado en algo nuevo, una expectativa que llenaba el espacio entre ellos. El hombre fue el primero en moverse. Se puso de pie, sintiendo el músculo responder bajo la ropa, y le tendió una mano, una invitación tallada en autoridad serena. Felicity la tomó.


Las manos de Eber en la cintura de ella eran una presencia firme. Empezaron a moverse, rígidos al principio. Él, cuadrado. Ella, contenida. Pero el vino disolvía las barreras. De a poco, el espacio entre sus cuerpos se fue reduciendo, centímetro a centímetro de conversación trivial que nadie escuchaba. Fue entonces cuando Davinia, en una pausa estratégica de su baile con Joaquín, se deslizó hasta su padre. Apoyó una mano en su espalda y, poniéndose de puntillas, le susurró al oído en un susurro que solo él pudo oír:

— Es una buena chica. La conozco hace más de un año. Pero cuando toma alcohol... pierde el control.


La espina dorsal de Eber se electrificó. Entendió. Tarde, pero entendió. ¿Por qué Davinia no dejaba de llenar las copas? Ellos no eran así. Su hija, su pequeña estratega, le había tendido una trampa de seda, vino y buenas intenciones. El corazón, ese músculo olvidado, comenzó a latirle con una fuerza nueva, bombeando una mezcla de vértigo, pánico y una excitación tan primaria que le dolió. El vino le ardía en las venas. Y Felicity... Felicity era el perfume mismo de la tentación.


El baile cambió. Los cuerpos se pegaron. Ya no se movían, se mecían. Una mano de ella subió por su brazo duro, palpando la definición del bíceps. Las miradas se encontraron. En los ojos verdes de la pelirroja, Eber vio su propio deseo reflejado, amplificado. Las bocas estaban tan cerca que compartían el mismo aliento cálido y dulzón.

— ¿Me decís dónde está el baño? —la voz de Felicity fue un hilo. Su respiración era agitada—. El vino me pegó mal... ¿me acompañás?


Era una pregunta que no pedía respuesta, sino que daba una orden velada. Eber asintió, mudo. La guió por el pasillo en penumbras, una mano en su espalda baja sintiendo el calor que emanaba. Al llegar a la puerta del baño, ella se detuvo. Se giró hacia él y, sin darle tiempo a reaccionar, se abalanzó sobre sus labios. Fue un beso torpe, cargado de urgencia, un desborde de alcohol y una necesidad genuina que dejó a Eber sin aire. Tal como Davinia había profetizado: perdía el control.


Eber sintió cómo el mundo se estrechaba a ese contacto. Diez años. Diez años de sequía. Algo se rompió dentro de él, un dique de cemento y soledad. Respondió al beso con una hambre que ni él sabía que albergaba. Sus manos, como entes propios, subieron al rostro de ella, lo sostuvieron con fuerza mientras la besaba más hondo. Pero en su cabeza, una brújula de puro instinto cambió de dirección. Sin dejar de besarla, empujó su cuerpo hacia atrás, giró en el pasillo y, sin decir palabra, guió a la mujer hacia su habitación. Ella lo siguió, dócil y fogosa.


Ya dentro, en la penumbra del dormitorio, Eber la separó un instante. La miró con una intensidad casi dolorosa. Las manos le temblaban ligeramente, no por la edad, sino por el hambre, cuando empezó a desnudarla. Primero, las tiras del vestido. Las bajó con una lentitud ceremonial, dejando al descubierto la clavícula, la promesa de una piel blanca y salpicada de pecas pálidas. La tela bajó, cediendo, y la vio aparecer: primero el torso, la cintura que se estrechaba como una copa, y luego, liberados del yugo, los pechos. Eran colosales, de una perfección abrumadora, coronados por areolas de un rosa pálido que se tensaban al contacto con el aire. Eber contuvo la respiración. La tela se deslizó por sus piernas como una caricia líquida y Felicity quedó expuesta, solo una pieza de encaje minúscula separándola de la desnudez total. Él también se deshizo de esa última barrera.


Se alejó un paso para verla. Era una estatua de carne y deseo. Los rizos pelirrojos derramados sobre los hombros. Los pechos, tan desproporcionados y tan perfectos, desafiantes. La cintura se ceñía a una curva abrupta que explotaba en unas caderas de mujer plena y esas piernas torneadas que prometían el cielo. Eber se sintió un explorador frente a un paisaje nuevo, un hombre que creía haber visto todo enfrentado al misterio de la creación misma. Diez años de soledad eran el peaje para este instante.


La empujó sobre la cama sin más preámbulos. El colchón gimió. Él se deshizo de su propia ropa con la misma premura brusca. Su cuerpo, una máquina de ángulos y músculos duros, cubrió el de ella. Le abrió las piernas con la suave pero firme presión de sus manos, colocándose entre ellas. No hubo necesidad de preámbulos. Estaba increíblemente mojada, caliente y lista. Empujó con suavidad, dejándose sentir, y se deslizó dentro de ella con una facilidad abrumadora.

— ¡Ahhh! —el primer grito de Felicity fue una mezcla de sorpresa, placer y un dolor sordo, antiguo. Él se quedó quieto, saboreando el calor que lo estrechaba.


— Qué apretada que estás —jadeó Eber contra su oído, su voz una vibración ronca.

— No... —respondió ella entre jadeos, los ojos apretados—, vos la tenés muy grande.


La respuesta le llegó a la ingle. Eber, sin dejar de moverse con una cadencia lenta y profunda, buscó sus pechos. Sus manos, ásperas y grandes, los apresaron, sintiendo cómo la carne firme se desbordaba entre sus dedos. Apretó y sintió cómo las paredes de ella lo apretaban a su vez, un espasmo involuntario. Empujó hasta la empuñadura. Felicity sintió que la partían al medio, un relámpago de plenitud que nunca antes había conocido. Eber empezó a moverse más fuerte. El sonido de sus testículos golpeando el cuerpo de ella marcaba un ritmo salvaje, una percusión de piel contra piel. Fue entonces cuando ella se quebró. Un orgasmo repentino y brutal la atravesó, arrancándole un alarido que se coló por debajo de la puerta.


En el comedor, Davinia y Joaquín detuvieron su baile. Sus ojos se encontraron y una sonrisa cómplice se dibujó en sus rostros. Brindaron sin decir palabra, el cristal de las copas chocando con una nota aguda. "Funcionó", articularon en silencio los labios de ella, y el brillo de su mirada era el de un general contemplando su victoria.


Eber no había terminado. Ni cerca. Su cuerpo era un motor al que le acababan de abrir la inyección. La tomó de la cadera y, con un movimiento firme que no admitió réplica, le dio la vuelta. La puso en cuatro patas sobre la cama, un paisaje de curvas ofrecidas. La penetró de nuevo por detrás, una estocada que arrancó un nuevo grito a Felicity. Ahora los pechos de ella, liberados, rebotaban con cada embestida, un oleaje violento e hipnótico. El sudor perlaba la espalda de Eber, resbalando por el mapa de sus músculos. Él la tomaba de las caderas con la fuerza de quien sujeta un timón en una tormenta, marcando el ritmo de una galerna.


Luego, se encontraron boca arriba, con ella cabalgándolo. Las manos de él subían por su torso como raíces buscando el tronco, aplastando sus pechos contra su rostro para lamerlos, morderlos con suavidad. Después, la tumbó de lado. La pierna de ella sobre su hombro, un ángulo imposible que la hacía jadear sin control mientras él, despacio, giraba las caderas, barriendo cada terminación nerviosa en su interior. Se buscaban en la penumbra, un caos de sábanas y gemidos, de bocas que se devoraban con desesperación y manos que se aferraban como si el otro fuera a desaparecer.


El final fue una explosión compartida. Un segundo orgasmo de Felicity, aún más violento que el primero, que la dejó temblando, con un grito ronco atrapado en la garganta. Y Eber, sintiendo esas contracciones, se vació dentro de ella en un espasmo profundo, un rugido gutural escapando de su pecho, diez años de estoicismo hechos añicos. Quedaron entrelazados, un solo ser de miembros sudorosos y respiraciones agitadas, intentando recuperar el aire que se habían robado el uno al otro. Las paredes, los espejos, la casa entera, eran testigos mudos de una resurrección.


En el comedor, ya en calma, el eco de aquel último grito aún flotaba. Joaquín, recostado contra el respaldo del sofá, con los ojos perdidos en el techo, soltó un suspiro cargado de envidia y buen humor.

— Después de escuchar a estos dos... me dieron ganas a mí también.


Davinia, que terminaba su copa de vino con una parsimonia felina, soltó una risa corta. Se puso de pie y lo miró con una mezcla de cariño y superioridad.

— Te vas a quedar con las ganas. Es hora de que te vayas a tu casa.


Joaquín se levantó sin protestar, derrotado. Se despidió con un beso en la mejilla y una palmada en el hombro. Davinia cerró la puerta y apoyó la espalda contra ella, sonriendo para sí misma. Le caía muy bien Joaquín. Era divertido, leal a su manera. Pero era un mujeriego, una veleta. Y ella, aunque supiera que quizás no sería la única, quería un hombre que le asegurara lo único que le aterraba: el abandono. Un hombre como su padre, que se queda. Alguien que, frente a la tormenta, no saliera corriendo. Alguien fuerte.


Su reflexión sobre la lealtad fue interrumpida por un nuevo sonido. Del cuarto de su padre, el silencio se quebró otra vez en un gemido agudo, seguido del inconfundible ritmo cadencioso de una cama.

— Comenzó otra ronda —murmuró para sí, con una sonrisa que era pura fascinación y una pizca de orgullo.


Caminó hacia su habitación, dejando que la sinfonía de aquel acoplamiento recién estrenado la envolviera como una nana prohibida. Esa noche, se fue a dormir al compás de los golpes y los jadeos lejanos, arrullada por la certeza de que, por primera vez en mucho tiempo, la casa ya no olía a soledad, sino a vida. Y, sobre todo, a poder.



Continuara...

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