PRÓLOGO
En los ojos de un médico, el consultorio en primera intención es un espacio en donde se ayudará a recuperar la salud de un paciente. Un ambiente asimétrico ocupado por la ciencia con bata, términos técnicos y protocolos, por un lado, y la vulnerabilidad en cuerpos buscando respuestas.
Al pasar el tiempo, mientras lo cotidiano, los pacientes y las historias de vida, van esculpiendo el quehacer médico, una de las vías que esa asimetría puede seguir, es difuminarse y la distancia se disuelve de forma silenciosa.
Es ahí, en la cercanía de la silla de al lado, donde el médico deja de ser un simple recolector de síntomas para convertirse en quien recibe, las verdades más crudas y ocultas de una sociedad y al tiempo comprendes que detrás de cualquier diagnóstico clínico, las etiologías y en este caso un virus, nunca es aislado, siempre viaja transportándose en microfisuras de un sistema cultural arraigado que dicta quien tiene el poder y, quien debe callar.
Anteriormente, en la Silla de al lado compartí las crónicas cotidianas de lo que implicaba acompañar el impacto del diagnóstico del Virus de la Inmunodeficiencia Humana (VIH) y ahora, en Sabor a café: el VIH y la sumisión impuesta, escrito sin grandes aspiraciones, pero dejando ver muchas de esas fisuras vistas en una radiografía de choque de fuerzas.
A través de este relato, que se teje entre pasillos de hospital, informes forenses camuflados y un enigma biológico que desafía a los libros de texto, hago el intento de desnudar las dos caras de una misma moneda de libre circulación en muchos países del mundo. Por un lado, tiene grabada la fragilidad y el autoritarismo de un agresor, mientras que en el otro se encuentra la resistencia desesperada de las víctimas.
No solo es la historia de dos mujeres, madre e hija unidas por algo que aun no comprendo ¿un guion transgeneracional, un ADN colectivo, constelaciones familiares? Aquí no hay romanticismo, ni médico héroe. Aquí hay, frustración esa que muchos médicos experimentan, al querer caminar por las micro fisuras de las etiologías, pero no pueden. Médicos que por ejemplo, se encuentra con el hecho de no poder derribar las puertas de un hogar donde se violentan derechos fundamentales; la impotencia ante un sistema burocrático que a veces llega tarde; y la confirmación clínica de que, aunque la intervención legal y psiquiátrica logre rescatar el futuro de las nuevas generaciones, las cicatrices de la culpa patriarcal pueden quedar soldadas para siempre en el alma de una madre.
Cada capítulo de esta obra fue vivido, y hoy, años después al caer la tarde, en la intimidad del hogar decide reaparecer tras el sorbo lento de una taza de café. Reaparece no solo, como nostalgia de una labor médica a tiempo completo, reaparece de la misma forma en que se entrega cruda, directa y real, por que la sumisión sigue imponiéndose, porque quizás algún victimario que cree siempre controla a su victima pueda verse en los ojos de otros, por que quizás un infiel, nunca pensó que podía llevar el VIH a su pareja en casa, o una víctima, jamás pensó que si tiene las fuerzas que necesita.
Aquí queda el reflejo de que los médicos, no somos superhéroes, y que en silencio, analizamos las letras entre líneas de nuestro propio rol en el mundo, y asimilamos el peso de la realidad a sorbos lentos, como quien busca en una taza de café con pan el calor necesario para sanar la opresión en el pecho.







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