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—Mi amor, voy a comprar. ¿Querés que te traiga algo?
Shotaro, que dormía la siesta con Sohee acurrucado en su pecho, se removió en las sábanas y abrió los ojos con dificultad. Su cara estaba hinchada, culpa del sueño tan profundo.
—¿A dónde vas? —preguntó Shotaro, y su voz sonó ronca.
Sungchan estaba sentado en la cama, a la altura de la cadera de Shotaro. Se inclinó un poco y acarició la nuca de su omega con sus dedos, justo en el lugar donde estaba su marca.
—A comprar, tengo que hacer la cena y me faltan algunas cosas. ¿Querés que te traiga algo? —volvió a insistir, esta vez más despacio para que pudiera escucharlo bien.
Shotaro asintió, abrazando a su bebé, y cerró los ojos para volver a dormir.
—Un chocolate.
Sungchan asintió, besó su cabeza y los tapó bien, asegurándose de que no tuvieran frío. Todavía era verano, pero el aire acondicionado estuvo prendido toda la tarde y podrían resfriarse.
—Bueno, en quince minutos vuelvo.
—Eso espero —murmuró Shotaro, volviendo a hundir la cara en la almohada. Se acomodó de manera que Sohee quedara protegido contra su pecho, dando por finalizada la conversación.
Quería reprocharle que había roto la tranquilidad del nido solo para dejarlo. Shotaro tenía pocos meses de haber pasado por su primer parto y le irritaba de forma profunda que Sungchan se alejara de él, incluso si era por algo tan casual. Pero no tenía ganas de discutir.
—No te pongás así conmigo —murmuró Sungchan, notando la situación—. Solo salgo a comprar y vuelvo. Quiero cocinarte el ramen que te gusta.
Shotaro suspiró, esta vez más tranquilo. Tenía ganas de comer ramen desde hace días, por lo que escuchar eso lo convenció un poco.
—Bueno. Andá rápido y volvé.
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Sungchan estaba vestido con una remera y un short de casa, pero no se cambió.
«Es rápido» pensó, agarrando las llaves y bajando del departamento.
Cruzó la esquina e ingresó al minimercado, que estaba bastante vacío para la hora que era. Se dirigió al pasillo en el que estaban los productos asiáticos importados, y buscó con la mirada la salsa que quería, pero no la encontró por ningún lado.
Notó que había una empleada a un par de metros, por lo que se acercó para pedir ayuda.
—Hola, perdón —habló Sungchan, llamando la atención de la mujer—. Estaba buscando una salsa que es de soja con yuzu, pero no la encuentro. ¿Se habrá terminado?
La empleada lo miró por un par de segundos, como si estuviera analizando algo, y luego sonrió con amabilidad. Pero no era una sonrisa profesional.
—Sí, perdón. No quedamos sin ese producto —hizo una pequeña pausa, inclinando un poco la cabeza—. Pero ¿quizás podría recomendarte algo mejor?
Sungchan desvió la mirada, un poco estresado. No quería perder el tiempo, porque necesitaba esa salsa. Si era otra, Shotaro notaría la diferencia, y no quería darle otra razón para estar de mal humor después de dejarlo con el bebé en la cama.
«¿Ya qué?» pensó Sungchan, pasando una mano por su cabello. «Veo si hay otra parecida. Falta que se enoje porque no le pongo nada al ramen.»
—Bueno, dale.
La empleada se acercó un poco más y señaló una estantería cercana.
—Tenemos esta, es de la misma marca pero con un toque de limón. Es muy rica —sonrió de nuevo, y siguió hablando—. Pero si querés, puedo fijarme si tenemos algo en el depósito.
—Por favor.
Antes de darse la vuelta, la empleada lo miró un segundo de más. Sungchan bajó la mirada, y revisó su teléfono para matar el tiempo. Shotaro no le mandó mensajes ni lo llamó, por lo que pudo respirar tranquilo.
Cuando la mujer volvió, traía la salsa en la mano, y la alzó con triunfo.
—Había una de más, la encontré casi de milagro —comentó, un poco divertida—. Quizás estaba destinada a ser tuya.
—Ah, buenísimo —dijo Sungchan, aliviado—. Gracias.
—No es nada. Cualquier cosa que necesités, ya sabés donde encontrarme.
Sungchan solo asintió, pero no volvió a agradecerle. El tono y su lenguaje corporal lo incomodaron, pero no le prestó tanta atención. Lo único que tenía en la cabeza era que tenía que volver rápido, antes de que Shotaro se enojara y tuviera que volver a ofrecerle todo su sueldo mensual para que lo perdone.
Agarró varios chocolates blancos, unos mochis de frutilla, pagó y se fue corriendo.
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Cuando Sungchan entró al departamento, Shotaro ya estaba de pie en el living. Estaba despeinado. Llevaba una remera de Sungchan como pijama, que solo cubría sus muslos, y a Sohee en brazos.
—Veinte minutos, Jung Sungchan —dijo Shotaro, su tono serio. El menor suspiró, cerrando la puerta por detrás.
—Perdón, mi amor. Pero la empleada tuvo que buscar la salsa en el depósito y tardó un poco —respondió Sungchan con calma, dejando la bolsa sobre la mesa para acercarse a su pareja—. ¿Tenés hambre?
Shotaro desvió la mirada, pero asintió. Sohee se removió, incómodo, y empezó a lloriquear. Ya había tomado el pecho, por lo que probablemente solo quería atención.
—¿Qué pasa, bebé? —murmuró Shotaro, suavizando su tono. Acarició su cabecita y lo meció, intentando que se calme.
Funcionó, porque Sohee volvió a quedarse dormido. Entonces, Sungchan dejó de insistir y se dirigió a la cocina.
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Casi una semana después, un viernes por la tarde, Sungchan regresó al minimercado de la esquina, esta vez acompañado por su omega y cachorro. El clima había mejorado un poco, así que salieron a caminar, pero Shotaro quería repetir los mochis de frutilla que había probado, por lo que ahí estaban.
—Ya vengo, quiero ver el otro pasillo —murmuró Shotaro, ojeando al fondo—. Voy rápido. ¿Me tenés al bebé?
Sungchan asintió, recibiendo a su hijo. Sohee lo miró con sus ojos grandes, pero sonrió con alegría. Era un omega, así que tenía un gran apego a su papá alfa.
—Dale, mi amor. Yo voy a ver por acá.
Shotaro solo asintió, alejándose un momento. Mientras, Sungchan caminaba con Sohee en brazos, que tocaba su cara con curiosidad.
Se paró a ver el estante que tenía productos importados de otros países, cuando sintió que alguien se paraba a su lado. Sohee se tensó, ocultó la cabecita en el cuello de su papá y apretó la manito contra su camisa, como si quisiera protegerlo.
—Hola, ¿de nuevo por acá?
Sungchan parpadeó, volteando hacia el costado. Asintió por cortesía, pero no sonrió.
—Hola, sí. Vine con mi familia.
La empleada sonrió, pero esta vez era diferente. Más forzada.
—Ah, qué lindo. ¿Es tu hijo?
—Sí —respondió Sungchan, y su tono fue suficiente para terminar con cualquier intento de seguir la conversación.
Sohee gimoteó, intentando llamar la atención de su papá. Estaba incómodo, ya que no le gustaban los desconocidos, menos si se acercaban a alguno de sus papás.
Cuando la empleada estaba por irse, Shotaro volvió con la intención de mostrarle a Sungchan los dulces que había encontrado, pero se le borró la sonrisa al verlo tan cerca de una mujer. Frunció el ceño y tomó a Sohee, que extendió sus bracitos hacia él.
—¿Qué pasa? —preguntó, dirigiéndose a Sungchan con molestia.
—Nada, mi amor. Dame, yo te llevo eso.
Pero Shotaro no reaccionó. Solo miró a la empleada con mala cara, así que ella suspiró con frustración.
—Disculpen. Me retiro.
Sungchan se despidió por educación, cosa que irritó muchísimo más a Shotaro. Quería explotar ahí mismo, pero no era tan impulsivo. Por ahora.
—¿Quién era esa? —dijo, sin intentar disimular la amargura que sentía. Su voz tenía un filo cortante que Sungchan conocía bastante bien. Y no le gustó.
—Es la empleada que me atendió la otra vez, Taro —habló con calma, intentando explicar lo que había pasado—. Solo vino a saludar.
—¿Ah, sí? ¿Y por qué mi hijo está llorando?
Sungchan pasó una mano por su rostro.
—No sé, sabés que se pone así por cualquier cosa. Pero no pasó nada. Solo hablamos dos segundos.
Shotaro apretó la mandíbula. Lo miró con enojo, ajustó el agarre en su hijo y se dio la vuelta para irse a la caja.
Sungchan lo siguió con cuidado y pagó. Agarró las bolsas, que no eran tan pesadas, pero Shotaro no volvió a hablarle en todo el camino.
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Sungchan cocinó, y cenaron en silencio. Después, Shotaro se sentó en el sillón, alimentó a su bebé y Sungchan lo acostó en su habitación. Era chiquito, así que se la pasaba durmiendo.
Cuando volvió, Shotaro ya se había levantado y estaba comiendo los mochis de frutilla que le había comprado. Sungchan pensó que se veía precioso, pero todavía tenía algo por resolver.
Se acercó y lo abrazó por la espalda, apoyando la mejilla en su cuello.
—Mi amor, ¿podemos hablar? —susurró, besando su hombro con suavidad.
—¿Qué pasa? —preguntó Shotaro, un poco más calmado que antes. Al menos ya no estaba a la defensiva.
—¿Todavía estás enojado conmigo?
Shotaro se tensó de nuevo.
—Te odio. No quiero que salgas nunca más.
—Pero no hice nada, Taro.
—No me interesa. Todo el mundo te mira, te coquetea, y parece que te gusta.
Sungchan besó su mejilla, negando con la cabeza. Pero recordó algunas cosas del pasado, y decidió reclamar.
—No es así, Shotaro. Pero ¿te parece justo pelearme por esto, cuando yo tuve que aclararle a más de tres tipos que era tu pareja? ¿O ya te olvidaste de eso?
Shotaro parpadeó, incrédulo.
—¿Qué tiene que ver una cosa con la otra? ¡No es lo mismo!
—El alfa del piso de arriba que creía que eras soltero y esperabas un bebé solo, el de la panadería, el...
—¡Ya! —chilló Shotaro, golpeando las manos de Sungchan, que estaban enredadas sobre su vientre.
Sungchan rio contra su cuello, aunque en realidad ya se había molestado un poco. También era bastante celoso, y no le gustaba que jodieran a su omega. Menos intentando coquetearle con su hijo presente, como ya había pasado.
—Bueno. Como no querés hablar, entonces tendré que quedarme encerrado para siempre, así dejamos de pelear. Pero vos también, porque sino no es justo.
Shotaro rodó los ojos.
—Seguí haciéndote el gracioso y te juro que escondo la llave del departamento para que no salgas nunca más. También te voy a romper el teléfono.
—Está bien, mi amor. Hacé lo que quieras.
Shotaro no respondió. Estaba harto de discutir, y Sungchan ya había cedido, por lo que solo se acurrucó en el abrazo.
—Estoy cansado.
«Siempre terminamos igual» pensó Sungchan, reprimiendo un suspiro. Pero alzó a su pareja y lo llevó a su habitación para acostarlo en la cama que compartían.
Mientras veía a Shotaro dormir, realmente consideró tirar su copia de la llave. Le encantaría poder cumplir cada capricho que tenía, pero era imposible, por lo que solo suspiró.
Sabía que esto era temporal. El cansancio y la sensibilidad de Shotaro no durarían para siempre, solo era una etapa más después del parto. Pero él estaría ahí, afirmándole su amor las veces que fueran necesarias.








