El dolor
A su lado, Ronald Ricci emitió un quejido bajo, un sonido casi imperceptible, y se aferró con más fuerza a la cintura de Tom, hundiendo la nariz entre sus omóplatos. Tom sonrió en la penumbra. Se dio la vuelta despacio, intentando no perturbar el descanso del hombre con el que compartía su vida desde hacía una década.
—Cinco minutos más, doctor —susurró Ronald con la voz ronca por el sueño, sin abrir los ojos—. La clínica pediátrica no va a colapsar si llegas a las ocho y cinco.
—Los niños madrugan más que tú, Ronnie —respondió Tom con tono suave, recorriendo con los dedos la mandíbula de su esposo.
Ronald abrió por fin los ojos. Eran verdes, brillantes y llenos de una calidez que a Tom todavía le aceleraba el corazón como el primer día. Ronald era un hombre metódico, el contador principal de una de las firmas financieras más importantes de Islandia, alguien que pasaba el día entero rodeado de números fríos y balances fiscales. Pero en la intimidad de esa cama, era simplemente el centro del mundo de Tom.
Ronald se estiró, besó la frente de Tom y luego le dio un beso corto en los labios, de esos que sabían a costumbre, a hogar y a paz.
—Está bien, me levanto. Alguien tiene que preparar el café de verdad en esta casa —bromeó Ronald, destapándose de golpe, lo que provocó una risa ligera en Tom.
Quince minutos después, la cocina estaba inundada por el aroma a granos tostados y pan caliente. Tom ya vestía sus pantalones oscuros y una camisa azul claro, listos para recibir el estetoscopio. Ronald, por su parte, llevaba un pantalón de vestir gris y una camisa blanca impecable, aunque todavía no se había anudado la corbata.
Tom se apoyó contra la encimera, observando cómo Ronald vertía la leche en las tazas. Había una armonía perfecta en sus movimientos.
—Hoy tengo la auditoría de la corporación médica —comentó Ronald, deslizando una taza hacia Tom—. Si todo sale bien, cerraremos el trimestre antes de lo previsto. Lo que significa que tendré el fin de semana libre.
—Eso sería un milagro —dijo Tom, dando un sorbo al café caliente—. Últimamente pasas más tiempo con las calculadoras que conmigo.
—Por eso mismo he estado pensando en algo —Ronald se sentó a la mesa y miró a Tom con una seriedad que de inmediato se transformó en una sonrisa ilusionada—. Ayer pasé por el refugio que está cerca de la oficina.
Tom dejó la taza a un lado, intuyendo por dónde venía la conversación.
—Ronnie, apenas tenemos tiempo para respirar.
—Escúchame, mi vida. Había un cachorro de labrador, de esos color arena. Es un desastre, no para de morderse la cola. Pero cuando me acerqué a la reja, se sentó y me miró como diciendo: "Sácame de aquí". Creo que la familia debe crecer. Nos hace falta un poco de caos en esta casa. Un perro nos obligaría a caminar por el parque, a desconectar del trabajo.
Tom miró los ojos entusiasmados de su esposo. Ronald siempre había sido el más centrado, el que ponía los pies en la tierra, pero cuando se trataba de afecto, su corazón era enorme. Tom se acercó, se sentó en el regazo de Ronald y le rodeó el cuello con los brazos.
—¿Un labrador? —preguntó Tom, fingiendo severidad.
—Un labrador. Prometo sacarlo a pasear todas las mañanas.
—Eso dices ahora, pero terminaré siendo yo quien limpie la alfombra a las tres de la madrugada.
—Es un trato —Ronald sonrió, sellando la promesa con un beso largo, profundo, de esos que transmitían una seguridad absoluta. Se sentía como si el tiempo no pudiera tocarlos, como si el mundo exterior fuera incapaz de romper la burbuja que habían construido—. La familia debe crecer, mi vida. Tú cuidas a los hijos de otros todo el día. Ya va siendo hora de que tengamos algo propio que cuidar juntos.
—Está bien. El viernes por la tarde iremos a buscarlo —cedió Tom, sintiendo una oleada de felicidad pura en el pecho.
El viaje en auto hacia la clínica fue tranquilo. Ronald conducía su sedán negro mientras la radio local tocaba una melodía suave de fondo. Islandia mostraba una mañana despejada, algo poco común, con un sol brillante que hacía que el paisaje pareciera sacado de una pintura.
Al detenerse frente a la entrada de la clínica infantil, Ronald se estiró para alcanzar la mochila de Tom en el asiento trasero. Al entregársela, no lo soltó de inmediato. Lo sostuvo de la mano.
—Que tengas un buen día, doctor Gioker. No dejes que los niños te contagien la gripe.
—Y tú no dejes que los números te vuelvan loco, señor Ricci —respondió Tom con una sonrisa radiante.
Se inclinó y le dio un beso de despedida. Un beso rutinario, rápido, el tipo de beso que das dando por sentado que habrá miles más después de ese. Tom bajó del auto, cerró la puerta y caminó hacia la entrada de la clínica. Antes de cruzar las puertas de vidrio, se giró y saludó con la mano. Ronald le tocó la bocina dos veces de forma juguetona y avanzó por la avenida principal, desapareciendo entre el tráfico matutino.
Esa fue la última vez que lo vio sonreír.
La mañana en la clínica transcurrió con el ajetreo habitual. El doctor Tom Gioker era el pediatra más querido del centro médico. Tenía una paciencia infinita y una habilidad mágica para calmar los llantos de los bebés. En su consultorio no había caras serias; las paredes estaban decoradas con dibujos de animales y del techo colgaban planetas de colores.
A las diez de la mañana, Tom recibía a su cuarto paciente del día: un pequeño de cuatro años llamado Lukas, que venía por una revisión de garganta. El niño estaba asustado y se aferraba a la chaqueta de su madre, negándose a abrir la boca.
—A ver, Lukas —dijo Tom, agachándose para quedar a la altura del niño y sacando un abatelenguas de madera que tenía dibujada la cara de un oso—. Resulta que este osito me dijo un secreto. Dijo que dentro de tu boca hay un castillo escondido, pero las puertas están cerradas. ¿Me dejas ver si los caballeros están durmiendo?
El niño miró el juguete, luego miró a Tom, cuyos ojos brillaban con una bondad genuina. Lentamente, Lukas abrió la boca soltando una pequeña risa.
—¡Ahí están! Todo se ve perfecto en este castillo —exclamó Tom con entusiasmo, ganándose una enorme sonrisa del niño y un suspiro de alivio de la madre—. Eres un campeón. Toma una pegatina de astronauta.
La madre le agradeció de corazón mientras salían del consultorio. Tom anotó los datos en la computadora, sintiendo esa satisfacción cálida que siempre le daba su profesión. Amaba su trabajo. Amaba su vida. Pensó en el perro que adoptarían el viernes y en la cena que prepararía esa noche para celebrar el éxito de la auditoría de Ronald. Todo era perfecto. El universo parecía estar en un equilibrio absoluto.
Entonces, a las once y cuarto, el teléfono personal de Tom vibró sobre el escritorio.
Vio la pantalla. No era el número de Ronald, sino un número desconocido. Extrañado, deslizó el dedo para contestar.
—¿Hola? ¿Hablo con el doctor Tom Gioker? —La voz al otro lado era femenina, profesional, pero cargada de una tensión que hizo que a Tom se le helara la sangre de inmediato.
—Sí, soy yo. ¿Quién habla?
—Doctor Gioker, le llamamos desde el Hospital Central de Reikiavik. Su esposo, Ronald Ricci, acaba de ingresar a la sala de emergencias.
El corazón de Tom dio un vuelco violento. El aire se volvió pesado en sus pulmones.
—¿Qué? ¿Qué pasó? Él... él estaba en su oficina.
—Hubo un accidente automovilístico importante en la autopista central hace una hora. Un camión de carga perdió el control. El vehículo de su esposo fue el más afectado. Necesitamos que venga de inmediato.
—Voy para allá —alcanzó a decir Tom con una voz que ya no parecía la suya. Un temblor incontrolable se apoderó de sus manos.
Dejó caer el teléfono sobre el escritorio. No se despidió de la enfermera, no se quitó la bata médica, no recogió sus cosas. Salió corriendo del consultorio como si su propia vida dependiera de ello. El hospital central quedaba a escasas calles de la clínica, una distancia corta que en ese momento se sintió como un desierto infinito.
Tom corrió por las aceras, esquivando a los peatones. El viento frío de Islandia le golpeaba la cara, pero él solo podía escuchar los latidos ensordecedores de su propio corazón y las palabras de Ronald flotando en su mente: "La familia debe crecer, mi vida".
"Por favor, no. Por favor, Dios, no", suplicaba en silencio, con la garganta seca. "Él es fuerte. Ronald es fuerte. Solo debe ser una fractura. Estará bien. Yo soy médico, puedo ayudarlo".
Entró a la sala de urgencias del hospital jadeando, con la bata desalineada y el sudor corriéndole por la frente. El ambiente olía a desinfectante y a desesperación. Se acercó al mostrador principal, golpeando el mueble con desespero.
—¡Ronald Ricci! —gritó, llamando la atención de los presentes—. Mi esposo, lo trajeron en una ambulancia por un accidente. Soy el doctor Gioker. ¿Dónde está? ¡Díganme dónde está!
La recepcionista miró la pantalla y su rostro cambió instantáneamente a una expresión de profunda lástima. Se levantó de su silla sin decir una palabra y le hizo una seña a un médico que salía de los pasillos internos, acompañado por una mujer con uniforme de la policía local.
El médico, un hombre de mediana edad con ojeras profundas, se acercó a Tom. La mujer policía se quitó la gorra y la sostuvo contra su pecho. Ese simple gesto destruyó la última pizca de esperanza que Tom albergaba.
—¿Doctor Gioker? —preguntó el médico con voz grave y pausada.
—Dígame dónde está mi esposo —exigió Tom. Su voz ya no era un grito, era un ruego quebrado, la súplica de un hombre que se asomaba al abismo—. Déjeme entrar a verlo. Puedo ayudar en la cirugía. Conozco a los cirujanos de este hospital...
El médico colocó una mano firme pero compasiva en el hombro de Tom, obligándolo a detenerse.
—Doctor Gioker... lo lamento mucho. Hicimos todo lo humanamente posible.
El mundo se detuvo. El sonido ambiental del hospital desapareció, reemplazado por un pitido agudo y doloroso en los oídos de Tom.
—No... —susurró Tom, dando un paso atrás, intentando zafarse del agarre—. No, usted no entiende. Hablé con él hace unas horas. Desayunamos juntos. Íbamos a adoptar un perro el viernes. Él me llevó a la clínica. Está confundido de persona, revise bien los papeles. El auto es negro, él es contador...
—El impacto del camión fue directo del lado del conductor —intervino la oficial de policía, con los ojos empañados por la empatía—. El rescate tardó demasiado en sacarlo de los fierros. El señor Ricci llegó aquí con un paro cardiorrespiratorio debido a un trauma interno masivo.
—Su esposo falleció hace veinte minutos, doctor —concluyó el médico, bajando la mirada—. No sufrió al final, se lo aseguro. Perdió el conocimiento casi de inmediato en el lugar del accidente. Lo lamento en el alma.
Las piernas de Tom perdieron toda la fuerza. No hubo una transición, simplemente se derrumbó sobre el suelo de baldosas frías del hospital. Las rodillas impactaron contra el piso, pero no sintió dolor físico. El dolor que se expandió por su pecho era una fuerza destructiva que le desgarraba el alma desde adentro, un vacío tan negro y pesado que le impedía respirar.
Apoyó las manos en el suelo, agachando la cabeza. La bata médica, el símbolo de su vida dedicada a salvar a otros, ahora se sentía como una burla cruel.
—¡No! ¡Ronnie! ¡No me dejes! —el grito salió desde lo más profundo de sus entrañas, un llanto desgarrador que ecoó por toda la sala de espera. Los pacientes y enfermeras se giraron, apartando la mirada ante el espectáculo de un hombre rompiéndose en mil pedazos.
Las lágrimas comenzaron a caer, empapando el suelo. Tom se llevó las manos al pecho, apretando su camisa justo donde horas antes Ronald había apoyado su cabeza. El dolor era físico; sentía como si le hubieran arrancado el corazón del cuerpo sin anestesia.
Recordó el último beso en el auto. La última sonrisa. Las palabras de Ronald: "La familia debe crecer". Ahora no había familia. No había viernes de adopción. No había cena de celebración. Todo el futuro brillante que habían planeado esa misma mañana se había evaporado en un segundo, dejando solo un silencio frío y una soledad devastadora.
Tom se abrazó a sí mismo en el suelo, llorando sin consuelo, completamente destruido en medio del hospital, mientras el sol de la primavera islandesa seguía brillando afuera, totalmente indiferente a su tragedia.
🧝♂️✨️¡Mis Chickis! Comenzamos una nueva historia, y en un mundo totalmente diferente. ¿Creen que será dark o tan dulce, que nos dé diabetes? Gracias por estar, mis bebés y, no olviden dejar muchos comentarios y pulgares arriba. Recuerden que publicamos en #Inkitt #Wattap #Noveltoon✨️🧝♂️








