Cenizas De Una Corona by mallory at Inkitt
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Cenizas de una corona

Summary

En un continente gobernado por la Corona y dividido entre antiguas Grandes Casas, la paz lleva tanto tiempo reinando que muchos han olvidado el verdadero precio de la guerra. Los nobles viven atados por el honor, la política y el peso de sus apellidos. Los dragones son considerados armas de la Corona. Y el misterioso Don de los Reyes, un poder ancestral heredado por la Familia Real y una rama de los Targaryen, mantiene un frágil equilibrio que ha perdurado durante generaciones. Malechy Targaryen, uno de los generales más brillantes del reino y portador del Coro Armígero, solo conoce una forma de vivir: luchar por un reino que nunca parece necesitarlo. Mientras la nobleza celebra banquetes y negocia alianzas, él comienza a descubrir señales de que alguien está moviendo piezas desde las sombras. Muy lejos de los castillos, Bel sobrevive cumpliendo encargos para una organización criminal dirigida por Mason, el hombre que controla su vida desde que era una niña. Su único refugio es Shyrha, una dragona salvaje cuyo vínculo con ella desafía todo lo que el mundo cree posible. Su sueño no es conquistar reinos ni buscar venganza. Solo quiere ser libre. Cuando conspiraciones, asesinatos y viejos secretos empiezan a sacudir el continente, sus destinos terminan cruzándose. Lo que comienza como un simple encuentro entre dos desconocidos acabará poniendo en duda el origen del poder..

Genre
Fantasy
Author
mallory
Status
1mo ago
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Prólogo

Después de la Guerra de los Ocho, una contienda que estuvo a punto de destruir el mundo conocido, las Ocho Grandes Casas habían jurado lealtad a una única Corona. Ciudades enteras habían ardido bajo el fuego de los dragones. Ejércitos habían marchado bajo sus sombras y linajes completos habían desaparecido entre las llamas.

La guerra terminó.

Los reinos se reconstruyeron.

La Corona sobrevivió.

Pero los tratados, los matrimonios políticos y las alianzas cuidadosamente conservadas nunca consiguieron borrar del todo las viejas rivalidades.

Los dragones seguían dominando los cielos.

Los nobles seguían luchando por influencia.

Y el poder continuaba perteneciendo a quienes fueran capaces de conservarlo.

Entonces murió el duque Viserys Targaryen.



***

Aquella mañana, el castillo permanecía extrañamente silencioso.

La lluvia golpeaba con suavidad los altos ventanales mientras los sirvientes atravesaban los corredores con la cabeza baja y voces apenas audibles. Los soldados permanecían inmóviles junto a las paredes. En algún punto de la fortaleza, los médicos entraban y salían de las habitaciones con una urgencia que nadie se atrevía a explicar en voz alta.

Todavía no habían sonado las campanas.

Aún no existía un anuncio oficial.

Pero todos lo sabían.

El duque Viserys Targaryen estaba muriendo.

Su habitación olía a medicinas, sangre y cera consumida. El anciano duque permanecía inmóvil bajo las pesadas mantas, respirando con dificultad.

A su lado estaba Hubert.

El primogénito.

El heredero.

El hombre que, quisiera o no, se convertiría en el nuevo duque de la Casa Targaryen.

Más allá de las ventanas, una enorme sombra atravesó las nubes.

Vhagar.

La antigua dragona había permanecido cerca del castillo desde que la enfermedad de Viserys había empeorado.

Durante años se había considerado irrompible el vínculo entre un jinete y su dragón.

Sin embargo, aquella mañana Vhagar se había negado a entrar en la fortaleza.

Había permanecido afuera.

Observando.

Esperando.

Y cuando Viserys finalmente exhaló su último aliento, el silencio que siguió pareció extenderse por todo el castillo.

El duque estaba muerto.

La sucesión había comenzado.

Y nadie comprendía todavía lo que aquella muerte pondría en movimiento.

***

Horas después, las campanas comenzaron a sonar.

La ceremonia de cremación se celebró bajo una lluvia persistente. Las Ocho Grandes Casas se encontraban presentes, junto al rey Eduard y su hijo, el príncipe Tobias.

Señores, damas, caballeros y jinetes de dragón se habían reunido bajo un cielo gris. Las capas oscuras y las armaduras ceremoniales brillaban bajo el agua.

En el centro del patio se encontraba Hubert.

Vestía la armadura ceremonial de su casa: acero negro con detalles carmesí y dorados. Mantenía el rostro sereno y las manos detrás de la espalda mientras recibía las condolencias de cada noble.

Algunos eran sinceros.

Otros medían cuidadosamente cada palabra.

Ahora no estaban presentando sus respetos solamente ante el hijo de Viserys.

Lo hacían ante el nuevo duque.

Hubert respondía con breves inclinaciones de cabeza, agradeciendo cada gesto.

Pero, una y otra vez, sus ojos se dirigían hacia las puertas principales.

Esperaba a alguien.

Malechy.

Su hermano menor.

El estratega brillante de la Casa Targaryen. El jinete del dragon Rāgna. El hombre que durante toda su vida había parecido empeñado en desafiar cualquier expectativa que se colocara sobre sus hombros.



No estaba allí.

La ceremonia estaba llegando a su fin cuando Hubert creyó distinguir una figura al borde de la multitud.

Un hombre permanecía apartado de los demás.

Hubert entrecerró los ojos.

Malechy.

Pero apenas tuvo tiempo de reconocerlo.

La figura desapareció entre los asistentes.

Ni siquiera se había acercado al féretro.

Ni siquiera había ofrecido una despedida apropiada.

Hubert apretó la mandíbula.

No sabía qué le dolía más: la ausencia de su hermano o el hecho de que, en el fondo, todavía hubiera esperado que apareciera.

El rey Eduard se aproximó poco después acompañado por el príncipe Tobias.

Todos los nobles guardaron silencio.

Eduard se detuvo ante el cuerpo de Viserys y apoyó una mano sobre su pecho en un último gesto de respeto.

Después se acercó a Hubert.

-Mis condolencias, duque Targaryen. Tu padre fue un gran hombre y un leal aliado de la Corona.

Hubert inclinó ligeramente la cabeza.

-Gracias, Su Majestad. Lo extrañaremos.

Tobias observó el féretro durante unos segundos.

-Recuerdo cuando nos llevó a conoceros por primera vez -dijo-. Eras muy joven, pero incluso entonces había algo en ti que imponía respeto.

Una sombra de sonrisa cruzó brevemente el rostro de Hubert.

-Malechy también era joven.

Tobias soltó una pequeña exhalación, casi una risa.

-Sí. Aunque él parecía más interesado en escalar las murallas del castillo que en aprender protocolo.

La sonrisa de Hubert desapareció lentamente.

-Algunas cosas nunca cambian.

Eduard lo observó durante unos instantes antes de hablar de nuevo.

-Tu hermano decidió no aparecer.

Hubert miró hacia las puertas.

Un gesto de irritación endureció sus facciones.

-Así parece.

No añadió nada más.

No hacía falta.

La ceremonia terminó poco después.

***

Cuando cayó la tarde, Hubert se dirigió al puente principal de piedra.

El cielo se había teñido de colores oscuros.

A lo lejos, Vhagar permanecía inmóvil.

La enorme dragona observaba el cielo mientras dejaba escapar gruñidos bajos, profundos, casi dolorosos.

Eleanor se acercó lentamente.

-Aquí estabas... Está anocheciendo, mi amor.

Hubert no respondió.

Ella se colocó a su lado y siguió su mirada.

-¿En qué piensa mi lord?

Hubert tardó en responder.

-En mi padre.



Su voz era baja.

-En todo lo que hizo por nuestra casa. En todo lo que sacrificó. Y ahora... ni siquiera en su muerte podemos mantenernos unidos.

Eleanor tomó su mano.

-Malechy tiene treinta y un años, Hubert. No es un niño.

Hubert soltó el aire lentamente.

-Ni siquiera se atrevió a presentarse adecuadamente en el funeral. Lo vi durante dos segundos y desapareció. Ni siquiera sé para qué fue.

-Hubert...

El tono de Eleanor lo hizo callar.

Él sabía que ella tenía razón.

Malechy era un hombre adulto. Un guerrero. Un estratega. Un jinete de dragón.

No necesitaba que su hermano mayor lo persiguiera como si todavía fuera un niño.

Aun así, la ausencia seguía doliendo.

-¿Qué pasará con Vhagar ahora? -preguntó Eleanor.

Hubert volvió la mirada hacia la antigua dragona.

-No lo sé.

Hubo un silencio.

-Ha estado con nuestra familia durante generaciones. Pero los dragones no son animales domésticos. Tienen voluntad propia.

Eleanor siguió observando a Vhagar.

-¿Crees que elegirá otro jinete?

Hubert negó lentamente con la cabeza.

-Es imposible saberlo.

Vhagar había sido orgullosa incluso antes de que la memoria humana pudiera recordar su nombre.

Y aquella noche estaba de duelo.

De repente, la dragona extendió sus enormes alas.

El movimiento fue pesado.

Doloroso.

Un rugido atravesó el valle.

No fue un rugido de guerra.

Fue un grito de pérdida.

Hubert y Eleanor contemplaron cómo Vhagar se elevaba hacia el cielo y comenzaba a alejarse.

Cada golpe de sus alas la llevaba más lejos.

Hasta que su silueta se convirtió en una sombra contra el horizonte.

-Ella... no volverá, ¿no? -susurró Eleanor.

Hubert permaneció inmóvil.

-No.

Los dragones no siempre regresaban después de perder a sus jinetes.

Cada uno afrontaba el duelo de una manera diferente.

Y Vhagar era demasiado antigua para obedecer a un destino impuesto por los hombres.

Había perdido a Viserys.

Ahora elegía marcharse.



***

Cuatro meses después.

El Consejo Real era un campo de batalla sin espadas.

Las Ocho Grandes Casas se encontraban reunidas alrededor de una enorme mesa de madera oscura. El rey Eduard presidía la reunión, con el príncipe Tobias a su lado.

Hubert ocupaba el lugar destinado a la Casa Targaryen.

Ya no era simplemente el hijo mayor de Viserys.

Era el duque.

Las discusiones habían comenzado hacía horas.

Fronteras.

Comercio.

Conflictos entre territorios.

Movimientos de tropas.

Nadie dejaba hablar a nadie.

Las voces se superponían hasta convertir la sala en un caos.

Finalmente, Eduard se puso de pie y golpeó la mesa con el puño.

El estruendo hizo callar a todos.

-¡Basta!

El silencio cayó sobre la sala.

El rey recorrió con la mirada a cada uno de los presentes.

-Estamos aquí para discutir asuntos del reino, no para comportarnos como niños incapaces de escucharse. El futuro de estas tierras está en juego.

Lord Hightower fue uno de los primeros en intervenir.

-Majestad, debemos hablar de los problemas en las montañas orientales. Las rutas comerciales están sufriendo pérdidas y las incursiones atribuidas a los Arryn son cada vez más frecuentes.

Lord Arryn se incorporó de inmediato.

-¿Incursiones? Esos hombres llevan generaciones defendiendo las fronteras. ¿Ahora pretenden llamarlos criminales porque interfieren con sus intereses?

-Nadie ha dicho eso -intervino Lady Tyrell-. Pero la prosperidad del reino depende de que las rutas permanezcan abiertas.

Lord Lannister soltó una risa seca.

-La prosperidad depende de algo más sencillo: poder pagar a los soldados que mantienen esas rutas abiertas.

La discusión volvió a encenderse.

Cada casa defendía sus propios intereses.

Los Targaryen eran la principal potencia militar.

Los Fenney representaban la diplomacia y la estabilidad política.

Los Baratheon poseían el mayor ejército permanente.

Los Stark controlaban los territorios del norte y eran conocidos por su resistencia y sentido del deber.

Los Velaryon dominaban los grandes puertos y el comercio marítimo.

Los Tyrell poseían las tierras más fértiles.

Los Lannister controlaban enormes riquezas minerales y financieras.

Los Arryn dominaban las fortalezas naturales de las montañas orientales y protegían celosamente su independencia.

Ocho casas.

Ocho intereses.

Una sola Corona.



La puerta del salón se abrió.

Nadie anunció al recién llegado.

Malechy entró como si la reunión no llevara horas en curso.

Alto, de hombros anchos y vestido completamente de negro, llevaba el cabello rubio oscuro ligeramente desordenado. Sus ojos azules recorrieron la sala con una calma casi insolente.

No pidió disculpas.

No saludó.

Simplemente se dirigió hacia una de las paredes y se apoyó contra ella.

Hubert lo siguió con la mirada.

Otra vez tarde.

Malechy cruzó los brazos y permaneció en silencio, observando el debate como si los nobles fueran actores representando una obra que ya conocía.

Una pequeña sonrisa apareció en la comisura de sus labios.

Hubert tuvo que contener un suspiro.

Finalmente, habló.

-Podemos proponer una expedición. La Casa Targaryen está más que preparada para asumir esa misión.

Algunos nobles guardaron silencio.

Otros asintieron.

Malechy se separó lentamente de la pared.

-¿Una expedición?

Su tono era tranquilo.

Demasiado tranquilo.

-Qué idea tan aventurera.

Se acercó a la mesa.

-Tiene ventajas. Podemos conocer mejor las tierras más allá de nuestras fronteras. Podríamos encontrar nuevas rutas comerciales, recursos e incluso posibles aliados.

Hizo una pausa.

Su expresión cambió ligeramente.

-Pero también podemos perder hombres.

Los murmullos se apagaron.

-No sabemos qué encontraremos. No conocemos el terreno. No sabemos qué fuerzas existen allí ni qué intención tienen.

El rey Eduard lo observó atentamente.

-Son argumentos válidos, lord Malechy. Pero con una planificación adecuada y un comandante competente...

La mirada del rey se desplazó hacia Hubert.

Malechy lo notó.

-Hay una alternativa.

Hubert levantó la mirada.

-¿Cuál?

-Diplomacia.

Hubert soltó una breve risa incrédula.

-¿Diplomacia?

La sala quedó en silencio.

-Me sorprende que justamente tú propongas eso -continuó Hubert-. Cuando, si dependiera de ti, clavarías cada puta cabeza en una lanza de cualquier hombre que se cruzara en tu camino.

Algunos nobles intercambiaron miradas.

Malechy no se alteró.

Solo arqueó una ceja.

-Me estás entendiendo mal.

Su voz permaneció calmada.

-No estoy diciendo que debamos someternos.

Se volvió hacia los demás nobles.

-Estoy diciendo que podemos establecer alianzas, abrir rutas comerciales y conocer sus intereses antes de enviar ejércitos.

Eduard apoyó una mano sobre la mesa.

-¿Y quién representaría al reino?

Antes de que Malechy pudiera responder, Hubert intervino.

-Los dragones.

La mirada de ambos hermanos se cruzó.

-Un jinete de dragón impone presencia -continuó Hubert-. También sirve como advertencia. Si enviamos una delegación acompañada por un dragón, entenderán que hablamos desde una posición de fuerza.

Malechy lo miró con evidente molestia.

El rey, percibiendo la tensión, decidió cortar la discusión.

-Lo estudiaremos más adelante.

Se puso de pie.

-La reunión queda pospuesta.

***

Malechy se encontraba afuera del salón, apoyado contra una baranda de piedra, cuando escuchó pasos detrás de él.

Hubert.

-¿Qué mierda fue eso? -preguntó el duque en voz baja.

Malechy giró apenas la cabeza.

Una sonrisa seca apareció en su rostro.

-Cuidado con tu lenguaje. No querrás que los sirvientes escuchen semejantes palabras de labios de un duque.

Hubert apretó la mandíbula.

-No juegues conmigo.

Malechy dejó escapar una pequeña risa.

-Fue un debate.

-Intentaste contradecirme delante de todas las casas.

-Porque no estoy de acuerdo contigo.

Hubert miró alrededor. Algunos sirvientes y soldados transitaban por los corredores.

Entonces bajó la voz y habló en Alto Valyrio.

-Skorkydoso ao sagon, ñuha kepa. (Cuidado con tus palabras, hermano.)

Malechy cambió inmediatamente de actitud.

Sus ojos recorrieron el corredor antes de responder.

-Bēlion hae sīr, ziry syt gaomio. (Los muros tienen oídos, las palabras tienen peso.)

Hubert apoyó ambas manos sobre la baranda.

-¿Por qué rechazaste la expedición? Estás más que calificado para dirigirla.

Malechy permaneció en silencio unos segundos.

-No la rechacé porque no pueda hacerlo.

Miró hacia el horizonte.

-Precisamente porque puedo.

Hubert frunció el ceño.

-No entiendo.

-Si triunfo, algunos dirán que soy demasiado poderoso. Si fracaso, dirán que destruí hombres y dañé el nombre de nuestra casa.

Su expresión permaneció fría.

-En ambos casos, pierdo.

Hubert respiró hondo.

-Tenemos alianzas. Ocho Grandes Casas y el rey. Como duque no puedo pensar solamente en nuestra casa. Tu rechazo dará que hablar, sobre todo entre los Lannister.

Malechy soltó una risa amarga.

-Siempre pensando en lo que dirán.

-Es estrategia.

-No. Es miedo.

Hubert lo miró con furia.

-¿Qué te molesta, Malechy?

El otro se acercó.

-Que me molesta?,no.. A ti te molesta? que en el fondo, sabes que tengo razón?

Malechy hablaba bajo, sin necesidad de elevar la voz.

-No necesitas demostrarle nada a nadie. Ni al rey. Ni a las Grandes Casas. Ni a mí.

Hubert guardó silencio.

Malechy dio un paso atrás.

-Eres el duque. Tus decisiones importan más cuando nadie está mirando que cuando todos lo hacen.

Se dio la vuelta.

Pero Hubert volvió a hablar.

-¿Por qué no fuiste a su funeral?

Malechy se detuvo.

Su espalda quedó inmóvil durante unos segundos.

Finalmente giró la cabeza.

-¿Otra vez con eso?

-Nunca me diste una respuesta clara.

La expresión de Malechy se endureció.

-Ya pasaron cuatro meses.

Hubert no respondió.

Malechy lo miró directamente.

-¿Quieres saber por qué no fui?

Su voz no tenía tristeza.

No había nostalgia.

Solo cansancio.

-Porque no tenía nada que hacer allí.

Hubert pareció desconcertado.

Malechy continuó:

-Estoy donde estoy por mí mismo. No por padre. No por ti. Por mí.

Dio otro paso hacia su hermano.

-Su muerte no cambió nada.

Hubert tragó saliva.

-Era nuestro padre.

-Y está muerto.

La respuesta fue seca.

-Te guste o no.

Malechy se dio la vuelta.

-Y otra cosa..vete a la mierda, Hubert.

Comenzó a alejarse.

-Tengo que entrenar a los nuevos soldados.

Hubert permaneció quieto, observándolo desaparecer por el corredor.

-Mierda... -murmuró para sí-. Eso salió bien.

***

Muy lejos del reino, más allá de las fronteras conocidas, existía un valle oculto entre montañas.

Allí no llegaban los ejércitos.

No llegaban los nobles.

No llegaban las órdenes de la Corona.

Solo el viento.

Los árboles.

Y una joven dragona.

Shyrha levantó la cabeza.

Sus ojos violetas recorrieron el bosque mientras aspiraba lentamente el aire. Sus escamas tenían tonalidades profundas, cambiantes bajo la luz, y su cuerpo aún conservaba la fuerza juvenil de una criatura que todavía estaba creciendo.

No era un animal domesticado.

Era un dragón.

Orgulloso, inteligente y completamente consciente de su propia fuerza.

Entre los árboles apareció una joven.

Bel llevaba una capucha oscura que ocultaba parte de su rostro.

En cada mano sostenía un enorme conejo recién cazado.



Los arrojó frente a Shyrha.

La dragona se abalanzó sobre ellos.

Bel observó en silencio.

Después sacó una daga de debajo de la capa.

La hoja todavía estaba manchada de sangre.

La limpió lentamente.

Durante un instante, se quedó mirando el metal.

Y entonces llegaron los recuerdos.

Imágenes fragmentadas.

Sangre.

Miedo.

Una vida que había intentado enterrar.

Y una criatura herida que había encontrado mucho tiempo atrás.

Shyrha.

La primera vez que se vieron, la dragona estaba herida y desconfiaba de los humanos. Bel también había aprendido demasiado pronto que confiar podía ser peligroso.

Pero ambas estaban solas.

Ambas habían conocido el dolor.

Y, con el tiempo, habían construido algo que no podía explicarse con palabras.

Una alianza.

Una confianza.

Un vínculo.

Bel cerró los dedos alrededor de la daga haciendo que estos empiecen a sangrar..

Shyrha se acercó y rozó suavemente su hocico contra ella.

El contacto la sacó de sus recuerdos.

Bel soltó el aire y sonrió apenas.

-Ya está.

Apoyó una mano sobre las escamas de la dragona.

Por unos segundos, el valle volvió a sentirse seguro.

Entonces Shyrha levantó la cabeza.

Sus pupilas se estrecharon.

Un olor extraño había llegado con el viento.

Un movimiento cruzó el cielo.

Un cuervo descendió sobre una rama cercana.

Bel dejó de sonreír.

Su mano regresó lentamente hacia la daga.

El cuervo la observó.

Después graznó.

-Skorī dāria. (Hora de trabajar.)

La expresión de Bel cambió.

El mensaje solo podía significar una cosa.

Mason la había encontrado.

Y el mundo que había intentado mantener lejos del valle acababa de volver a llamar a su puerta.

FIN DEL PRÓLOGO

Espero que les haya buscado me gustaria leer sus comentarios nos vemos pronto!🤗

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