SOLO ME PUEDE PASAR A MÍ

Estoy en un vehículo y siento su traqueteo.
Acabo de ser secuestrado por unos hombres de negro en la salida de mis horas en la biblioteca. No veo nada. No oigo nada. No puedo gritar. Solo siento el frío de las esposas en mis muñecas y tobillos.
Esto solo podría pasarme a mí. A Eren “Murphy” Yeager. Todo lo malo que puede ocurrir, me ocurre a mí.
Para ser un secuestro, mi corazón no late con la fuerza que recuerda al miedo y no estoy buscando la forma de quitarme la venda de los ojos; late con fuerza de anticipación.
No es como una persona que acaba de perder su libertad debería sentirse, lo sé. Pero mantener la calma es mi mejor opción ahora mismo si quiero al menos seguir con vida. Intento concentrarme en el traqueteo del vehículo que, tras un tiempo que no he sido capaz de contar, se detiene.
Unas manos me toman en brazos con brusquedad, como si fuese un saco de patatas. No están frías, pero tampoco calientes. Parecen estar protegidas por guantes.
Durante los minutos en los que me llevan a cuestas, me pregunto qué pasará conmigo. Me pregunto si mis amigos se habrán dado cuenta de que no llego al cine, si mis padres pondrán una denuncia por persona desaparecida o si saldré en las noticias.
El camino se me hace eterno al no poder ver donde me llevan y no poder oir si hablan. Es entonces que soy lanzado a un colchón. Una de esas personas me quita la venda de los ojos y los tapones que me han puesto en los oídos. El pañuelo en mi boca está babeado mientras me acostumbro a volver a tener visión. La persona que tengo delante tiene la cara oculta por un pasamontañas y me sujeta con fuerza de la mandíbula cuando habla.
—Tu vida en este agujero es lo que vas a tener de valor. —Su voz es profunda y algo distorsionada por la tela que oculta su rostro—. Si quieres que tu corazón siga latiendo, acatarás lo siguiente sin rechistar: cuando te suelte las muñecas y tobillos, te pondrás lo que hay en ese armario, jovencita. Mi señor no tolera ni una sola réplica.
Abro los ojos como platos, la sorpresa plasmada en mi rostro. ¿Jovencita? ¿Creen que soy una chica por mi cabello largo?
Me suelta la cara de forma brusca, moviéndola con furia. Me quita las esposas y al salir, da un portazo. Escucho el cerrojo ser echado.
Miro a mi alrededor. Un viejo colchón, una manta raída, un armario de cedro y una ventana con barrotes de hierro macizo. Camino hacia el armario, tomando aire antes de abrirlo. La única prenda en interior es un vestido de sirvienta negro. A su lado, un delantal blanco con un lazo y unas medias negras con unos lazos blancos.
Esto tiene que ser una jodida cámara oculta.
Alargo la mano para rozar la tela del vestido negro. Está fría, es seda y parece haber sido colgada poco antes de que me encerraran aquí. Miro el conjunto de nuevo antes de comprobar que la puerta sigue cerrada.
¿Por qué rayos creen que soy una chica? ¿No ven que no tengo pechos? Me toco el pecho, donde mi corazón sigue latiendo de forma calmada. No me asusta esto. Si lo que ese “señor” quiere es a una chica asustadiza, no la va a encontrar en ningún lado.
Me quito la camiseta y los pantalones vaqueros con lentitud, intentando buscarle la explicación a esta situación en la que me han arrastrado.
¿Un ajuste de cuentas de un mafioso? ¿Un pervertido? ¿Un fetichista?
El vestido me queda algo estrecho; la falda me cubre hasta la mitad de los muslos y el encaje blanco resalta con mi piel morena. El pecho se ajusta demasiado a mis pectorales y el collar que va a conjunto es elástico. Las medias me cortan la circulación de las rodillas cuando me las pongo.
Cuando me estoy peleando con el delantal para atarlo a mi espalda, el cerrojo se abre. No miro quién ha entrado; sigo peleándome con las cintas blancas para que se queden en su lugar. El roce de unos dedos fríos en los míos me hace soltar las cintas al instante.
—Espero que esto no vuelva a repetirse —sentencia esa persona a mi espalda. El nudo del lazo a mi espalda baja es hecho y se separa de mí—. Hoy lo dejaré pasar, mocosa. Tendrás que aprender a hacer esto en tiempo récord. Date la vuelta.
Obedezco y me encuentro cara a cara con un hombre de unos treinta o cuarenta años, pero que me llega a la barbilla. A pesar de su altura, impone respeto. Uno que, para su mala suerte, está por descubrir que yo no le tengo en lo más mínimo. Me cruzo de brazos, resaltando mis brazos y pectorales.
La mordaza sigue obligándome a respirar con dificultad, pero mis ojos no le tienen miedo. Da un paso adelante, quizás intentando intimidarme, pero no lo consigue.
Le observo a través del flequillo. Este tipo no es un matón de tres al cuarto. Va impecable, sin una mota de polvo, y se mueve con una precisión que me pone los pelos de punta.
Mantengo la mirada fija en la suya mientras la mordaza me obliga a respirar de forma pesada por la nariz. Aprovecho que se acerca para fijarme en los detalles: no lleva armas a la vista, pero su postura es la de alguien que sabe pelear. Si cree que ha traído a una chica indefensa a su terreno, está muy equivocado. Dejo que sus dedos fríos rocen mi barbilla y, en lugar de apartarme, le sostengo el envite visual con una frialdad que no se espera. Estoy registrando cada centímetro de su cara y de esta habitación; si quiere jugar a las casitas, voy a aprender todas las reglas antes de romperlas.
—Vaya, parece que voy a tener que hacerme a la idea de que no eres una mocosa, sino un mocoso —dice, analizándome de arriba abajo sin soltar mi cara—. Aunque el negro resalta tu ira más de lo que había esperado. Si crees que porque he cometido un error de logística voy a soltarte, estás equivocado. Vas a servirme por el resto de tus días.
Evitar que la sorpresa se colara en mis facciones es imposible y mi cara se tensa. Quiero decir algo al respecto, pero el pañuelo me impide hablar. Su mano me empuja hasta que choco contra el armario y me sujeta por el cuello. La respiración se me dificulta.
—Quieres llevarme la contraria, lo veo en tus ojos —declara, sus dedos apretando el cuello—. Pero que te quede claro, las normas aquí las pongo yo. No hablarás a menos que yo te lo exija, acatarás todas y cada una de mis órdenes y, por encima de todo, me llamarás amo. ¿He sido claro?
Me quedo completamente quieto. A pesar de que el aire me falta y mis pulmones empiezan a arder, dejo de resistirme físicamente. No intento apartar su mano ni busco aire desesperadamente; simplemente me quedo ahí, apoyado contra el armario, mirándole directamente a los ojos con una fijeza sobrenatural.
No asiento. No me muevo. Me limito a observarle con una frialdad absoluta, dejando que el silencio hable por mí. Mi mirada recorre su rostro con una mezcla de curiosidad y un desprecio tan profundo que no necesita insultos. Es un pulso psicológico: él tiene la fuerza física, pero yo tengo el control de mi miedo. Le reto con la mirada a que apriete más, a que intente quebrarme de verdad, porque ambos sabemos que un “amo” no es nada si su “siervo” le mira como si fuera una mancha de barro en el zapato.
La tensión en la habitación se vuelve tan espesa que casi se puede cortar, y yo no pienso ser el primero en parpadear.El agarre en el cuello se hace más profundo y empiezo a ver chispas por la falta de oxígeno volar a su alrededor.
—¿Ha quedado claro? —Repite la pregunta con un tono más grave y yo sigo sin aceptar sus términos. Voy a darle guerra. Prefiero luchar a arrodillarme ante este idiota—. Estás atrapado aquí, mocoso. Hemos cortado cualquier contacto al exterior contigo; solo te queda obedecer.
Mis ojos quieren seguir luchando en su contra, pero mi cerebro está perdiendo oxígeno y en cualquier momento puedo desfallecer. Tragándome el orgullo que me queda después de estar llevando un vestido, asiento lentamente. Al ver mi movimiento, suelta el agarre y caigo de rodillas. El cemento me golpea las rótulas y suelto un quejido; solo espero no haberme roto un hueso. La libertad de poder “respirar” de nuevo es interrumpida por su mano al agarrarme del cabello para que le mire desde abajo. Sus ojos son dos cuchillas afiladas mientras arranca el pañuelo de la boca.
—Tu nombre, ahora.
—E… Eren —balbuceo, recuperando el aire. Me quedo mirándole fijamente, analizando cada arruga de expresión alrededor de sus ojos fríos mientras su mano sigue enredada en mi pelo—. Ya tienes mi nombre. ¿Ahora qué? ¿Vas a obligarme a fregar suelos con esta falda o te vas a dar cuenta de una vez de que te has equivocado de persona?
Hago una pausa, dejando que el silencio pese en la habitación. No hay miedo en mi voz, solo una curiosidad cargada de veneno. No me muevo, no intento zafarme; simplemente espero, demostrándole que estar de rodillas no significa estar derrotado.
No me contesta, solo sigue apretando mi cabello con fuerza por unos segundos hasta que lo suelta con desprecio.
—Eren, ¿eh? Un nombre interesante para un mocoso insolente como tú. Y no, no vas a limpiar. Y tampoco te voy a soltar, ya lo he dicho. Tu rabia me parece interesante y la voy a usar. Tu papel en esta casa es servirme, Eren.
—Tienes pinta de alguien que tiene mucha gente que le limpia hasta el jodido culo, ¿así que para qué quieres a alguien más?
Me quedo en silencio tras soltar la pulla, observando su reacción. No ha sido un insulto vacío; estoy intentando entender qué busca realmente. Si quisiera una sirvienta, habría buscado a alguien sumiso, no a un tipo de dieciocho años con ganas de pelea.
—No me quieres para limpiar —suelto en un susurro, mientras me paso el dorso de la mano por la boca para quitarme el rastro de la mordaza—. ¿Qué es esto, un experimento? ¿Un fetiche raro?
Trato de ponerme en pie con dignidad, aunque la falda corta me haga sentir ridículo. Noto que mi corazón, que antes latía con anticipación, ahora lo hace con una desconfianza amarga. Este tío es un depredador, y yo acabo de entrar en su jaula con un traje de seda.
—Tienes razón en algo, mocoso —dice, acortando la distancia y agarrando mi mandíbula con fuerza. Me obliga a agacharme y su rostro está a milímetros del mío—. No te quiero para que limpies o cocines. Tu papel es meramente ser mi juguete personal y este será tu traje de ahora en adelante. ¿Quieres seguir viviendo? Aprende a respetar a tu amo de una vez antes de que decida que mereces vivir en la pobreza.








