Prólogo
El frío del quirófano no era una temperatura; era una presencia que se metía debajo de la piel.Boca arriba, inmovilizada sobre la fría camilla de acero mediante correas de sujeción que le cortaban la circulación, el Sujeto G-59 yacía atrapada en una bata de hospital demasiado grande. Sus labios, agrietados y sangrantes por un corte reciente, se contraían en un tic espasmódico. No había gritos, no había palabras; su respiración era un fuelle desbocado y sus ojos, abiertos de par en par, recorrían el techo de baldosas blancas en una súplica muda, buscando una salida que no existía en esa caja de titanio.
A su alrededor, la calma de los científicos rozaba la crueldad absoluta. Con movimientos metódicos, casi aburridores, disponían los instrumentos quirúrgicos sobre una bandeja auxiliar.Uno de ellos, sin prisa, sostuvo una jeringa de émbolo grueso. En su interior, un líquido negro, denso y viscoso como petróleo crudo, se deslizaba pesadamente contra el cristal.
—Reporte de comportamiento: Sujeto G-59 presenta taquicardia severa y signos de pánico disociativo. Iniciando administración de fase crítica —anotó el investigador principal, con voz monótona.
La punta de la aguja descendió con una lentitud exasperante hacia la piel translúcida del cuello. La niña forcejeó con lo poco que le permitían las amarras, un temblor inútil que quebraba su estructura ósea contra el metal.
El pinchazo fue seco. Y entonces, el infierno.El líquido negro entró como fuego líquido en el torrente sanguíneo. En menos de tres segundos, un dolor tan absoluto y primario estalló en cada terminación nerviosa, arrancándole un grito desgarrador, una agonía tan pura que quebró la voz de la niña hasta convertirla en un estertor metálico. Las venas de su cuello y sus brazos se abultaron bajo la piel, oscureciéndose como raíces podridas, mientras una espuma rosada y espesa empezaba a brotar de su boca abierta en una mueca de sufrimiento inhumano.
—Se nos va. Presión arterial en cero. Perdimos al sujeto —informó otro técnico, mirando los monitores parpadear en rojo.
Los latidos se apagaron en el ecualizador. Silencio. La línea verde se volvió plana.Con un gesto de fastidio, los científicos desataron las correas. El cuerpo inerte cayó pesadamente sobre la camilla, un desperdicio biológico más.
—Registren otro fallo en el lote. Limpien la zona —ordenó el líder, dándole la espalda para caminar hacia la consola.
Ninguno vio el parpadeo.En un paroxismo espasmódico, la niña se incorporó de golpe. Sus ojos ya no eran humanos; eran dos pozos de negrura absoluta, desprovistos de alma, repletos de una furia ciega y hambrienta. Antes de que el científico alcanzara a girar el rostro, el Sujeto G-59 se le echó encima con la velocidad de una bestia rabiosa.El primer grito humano cortó el aire, seguido inmediatamente por el sonido de carne desgarrándose y un salpicón denso de sangre que pintó las paredes blancas de carmesí. Las alarmas generales estallaron, un ulular ensordecedor que tiñó todo el complejo de luces estroboscópicas rojas. Los guardias armados irrumpieron por la compuerta blindada segundos después, disparando a ciegas contra las sombras, solo para ser masacrados en cuestión de instantes por una sombra veloz que trepaba por los ductos y despedazaba el metal con las manos desnudas.El edificio entero era ahora un matadero. Y en medio del caos, aprovechando la brecha en la seguridad, la niña se lanzó de cabeza a través de una ventana reforzada, rompiendo el cristal hacia el vacío del acantilado, donde las aguas negras y turbulentas de las tuberías industriales la tragaron de inmediato.
—El Sujeto G-59 se ha fugado —resonaba la alerta automatizada en los altavoces destrozados de la central—. Código rojo. Hay que recuperarlo a cualquier precio.
A kilómetros de distancia, en las entrañas oscuras de Aethel, la capital de Geish, el callejón trasero de un bar clandestino apestaba a humedad y óxido.
La mujer salió a la parte trasera exhalando una bocanada de humo denso. Su complexión era imponente, un muro de músculos esculpidos en las fuerzas especiales que denotaba una fuerza descomunal incluso en el descanso. Iba a dar otra calada cuando sus ojos se detuvieron en el bulto acurrucado junto a los contenedores de basura.Se acercó con pasos pesados, observando a la niña empapada, temblando con los labios rotos y sangrando.
—Ey... Pequeña. ¿Cómo te llamas? ¿Dónde están tus padres? —preguntó con voz grave, intentando mantener la guardia.
No hubo respuesta. Solo unos ojos negros y vacíos que la miraban sin ver, cargados de un sufrimiento que desafiaba la lógica. La militar frunció el ceño, sintiendo un escalofrío en la nuca; aquello no era una niña perdida. Era algo roto, algo monstruoso que intentaba contener una marea.
Cuando la mujer intentó tocar su hombro, el cuerpo de la niña se convulsionó en un forcejeo violento, un último intento de defensa antes de que el agotamiento absoluto, el estrés y los residuos de la droga le apagaran las luces. Sus ojos se cerraron y cayó desmayada sobre el pavimento sucio. Con un suspiro pesado y una mezcla de rabia y resignación, la mujer se inclinó, la levantó en brazos como si no pesara nada y se la llevó hacia la oscuridad.
Los años pasaron, comprimiendo el tiempo bajo capas de cemento y neón.
Frente al espejo empañado de un modesto departamento, Greta, convertida ya en una joven adulta, sostenía el uniforme gastado de cajera de supermercado. Tenía la mirada completamente petrificada, fija en el reflejo. Con la yema de los dedos trazaba una vez más la cicatriz irregular que le cruzaba los labios, una marca indeleble que le recordaba de dónde venía y qué clase de monstruo habitaba todavía bajo su piel.
BEEP. BEEP. BEEP.
El sonido estridente de la alarma la sacudió de golpe, rompiendo el trance con la violencia de un latigazo. Greta parpadeó, respiró hondo para enterrar los fantasmas y se puso la chaqueta con movimientos mecánicos.Salió al pasillo, cerrando la puerta a sus espaldas con un clic seco. A un lado, sobre una pequeña mesa de madera, descansaba un portarretratos polvoriento. En la fotografía, capturada años atrás bajo la luz cálida de un bioma olvidado, una Greta adolescente sonreía de verdad, con los ojos llenos de vida, mientras sostenía una caña de pesca junto a la mujer de hombros titánicos que la había acogido, ambas riendo a carcajadas bajo el sol.
Una estampa cálida, un refugio perfecto que prometía un final feliz... y que, sin embargo, no era más que la frágil tregua antes de que el mundo volviera a arder.







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Si duda alguna está lectura con apenas el prólogo me está atrapando!!!