Cap piloto: El Nivel 29
El mundo se había vuelto perezoso.
Cuando la humanidad desarrolló superpoderes, todos pensaron que llegaríamos a una era de oro. Se equivocaban. La gente no usaba sus habilidades para salvar el planeta o combatir el mal; las usaban para estacionar sin pagar, calentar el café del desayuno con telequinesis o terminar los trámites del banco en cinco segundos. Los héroes ya no eran símbolos de justicia; eran una marca registrada, una casta de intocables que hacían lo que querían con la excusa de tener un número alto en su registro de poder.
Y en el fondo de esa cadena alimenticia estaba yo: Steve, un tipo común y corriente de veintiún años con un nivel de poder de 29.
Para que se den una idea, el nivel 29 apenas sirve para levantar una caja pesada sin romperte la espalda o encender una bombilla si estás muy concentrado. En este mundo, yo era básicamente invisibilidad social.
Hasta que llegó el día del evento.
La ciudad entera estaba paralizada. Danger Man, el superhéroe más importante, fuerte e indiscutible del planeta —un tipo con un nivel absurdo de 600, capaz de romper todos los huesos de tu cuerpo con solo chasquear los dedos—, había convocado a una conferencia de prensa masiva. El motivo sacudió a los medios: iba a elegir a su ayudante personal. Buscaba a alguien "importante y justo".
Las calles estaban abarrotadas de aspirantes con niveles de tres cifras, tipos musculosos, genios tácticos y egocéntricos con capas relucientes que querían robarse cámara. Yo fui casi por inercia, arrastrando los pies y parándome en la última fila, convencido de que aquello era un circo mediático.
Pero el destino, o una broma muy pesada del universo, tenía otros planes.
Cuando Danger Man subió al estrado, con ese traje oscuro que despedía una vibra intimidante, miró a través de la multitud de héroes engreídos. El nombre "Danger Man" siempre me había parecido ridículo —sonaba a dibujo animado de mal presupuesto—, pero él lo usaba con total seriedad, recordándole a todos el peligro mortal que representaba.
Y entonces, pasó.
Señaló directamente hacia el fondo. Hacia mí.
—Tú. El del fondo. Sube —ordenó con una voz que hizo temblar el cemento.
No hubo pruebas físicas, ni exámenes de aptitud, ni entrevistas formales. Danger Man me contrató ahí mismo, sin decir su nombre real, sin dar explicaciones y tratándome como si me conociera de toda la vida.
Horas más tarde, ya nos encontrábamos en las instalaciones privadas de su base de operaciones. El despacho olía a ozono, café frío y a millones de dólares en tecnología que yo solo había visto en publicidades callejeras. El silencio era tan espeso que se podía cortar con un cuchillo. Yo seguía con el uniforme de calle, temblando un poco, rodeado de pantallas gigantes y trofeos de batallas que habían destruido ciudades enteras.
Danger Man se quitó el casco, me miró con unos ojos cansados pero afilados como navajas, y me arrojó un manojo de llaves junto con una carpeta repleta de mis nuevas responsabilidades.
—Te estarás preguntando por qué hice todo esto, ¿no? —dijo, apoyando la cadera contra el borde de un escritorio de cristal blindado—. Parece estúpido, ¿verdad? Un tipo con el nivel 600, el ser más poderoso que existe sobre la Tierra, pidiendo un compañero que apenas roza el nivel 29. No necesito protección. No necesito ayuda en una pelea.
Me quedé mudo, sosteniendo las llaves con torpeza.
—Entonces... ¿por qué yo? —logré murmurar, tragando saliva y armándome de un valor que no sabía que tenía—. Eres el tipo más fuerte del planeta. Nivel 600. Puedes hacer volar un meteorito a puros golpes. ¿Para qué querés un compañero? ¿Por qué romper la tradición de trabajar solo ahora?
Danger Man suspiró, se cruzó de brazos y esbozó una sonrisa torcida, una mueca que no auguraba nada bueno.
—Es simple, Steve. La ficción nos mintió a todos —respondió con una seriedad pasmosa—. Crecimos leyendo cómics y viendo películas donde el héroe solitario lo puede todo. ¿Y qué pasa en la realidad? Los tipos que intentan hacerse los fuertes terminan muertos, o peor aún, consumidos por una soledad absoluta, volviéndose unos sociópatas amargados que a la larga terminan pasándose al bando de los villanos.
Hizo una pausa, me apuntó con el dedo índice y soltó la verdadera razón, esa que los medios jamás admitirían:
—Además, la industria exige show. Un tipo solo flotando en el cielo ya aburre. Necesito un compañero para que el circo mediático siga facturando y las acciones de mi marca no caigan. Y te elegí a vos porque las cámaras aman la dinámica del contraste: el dios intocable y el don nadie.
Abrí los ojos como platos.
—O sea que soy básicamente un accesorio de marketing.
—Exacto. Pero vas a ganar más plata de la que tu familia vio en tres generaciones, así que no pongas esa cara —respondió con una sonrisa cínica—. Y hablando de marketing, necesitamos solucionar un pequeño detalle urgente antes de salir a la luz pública mañana.
Danger Man caminó hacia una terminal holográfica y la encendió con un movimiento de muñeca. En el aire flotó el perfil oficial que la Agencia de Héroes estaba preparando para mí. En la sección de "Nombre de Héroe", el casillero estaba en blanco.
—No podés salir a patrullar con los medios llamándote "Steve, el del nivel 29". Necesitamos un nombre ganchero. Algo épico. Algo que venda loncheras y videojuegos —dijo mientras tecleaba algo en el panel—. ¿Qué se te ocurre? ¿Centurión? ¿Sombra de Acero? ¿El Vengador Cósmico?
Negué con la cabeza, sintiendo que todo aquello era un chiste de mal gusto.
—Suenan todos a nombres de heladería cara o a banda de rock sinfónico frustrada. No soy nada de eso. Soy un tipo común.
Danger Man me miró fijamente durante unos segundos, evaluándome. Después se encogió de hombros, con esa actitud de que le importaba todo tres rábanos, y dio un golpe suave en la pantalla.
—Bueno, que le den a los nombres pomposos. A partir de hoy, comercialmente vas a ser la Generación S.
Me quedé tildado.
—¿Generación S? ¿De qué? ¿De superhéroe? ¿De salvador?
—¿De qué hablás? De Steve, idiota —contestó con total naturalidad—. Tu nombre empieza con S. Así que es la Generación S. Podría haber sido peor: imaginate si te hubieras llamado Negro; en este mundo de patrocinadores corporativos políticamente correctos y absurdos, te habrían encasquetado "Generación Negra" y los publicistas se habrían suicidado en vivo por televisión. Así que agradecé que te llamas Steve.
Me quedé en silencio, procesando el raciocinio más cínico, perezoso y a la vez extrañamente pragmático que había escuchado en mi vida.
—Bueno... supongo que tiene lógica —murmuré, mirando el logotipo que ya empezaba a renderizarse en las pantallas gigantes con mi nuevo apodo.
—Perfecto. Mañana a las ocho de la mañana arranca el show, Generación S —dijo Danger Man, dándose la vuelta y caminando hacia los dormitorios privados de la base—. Andá a elegir una habitación. Vas a necesitar dormir bien, porque a partir de mañana el mundo real se va a dar cuenta de que el tipo más poderoso del planeta acaba de contratar al peor asistente de la historia. Y créeme, eso va a desatar el fin del mundo.
El eco de la puerta deslizándose al cerrarse lo dejó en su espacio privado, pero la charla no había terminado del todo. Volvió a asomar la cabeza por el marco, cruzándose de brazos con esa expresión de hastío crónico que lo caracterizaba.
—Una cosa más, Generación S —dijo, señalándome con la barbilla—. Mañana, antes de salir a las cámaras, te voy a dar una clase rápida sobre cómo ser un héroe. Aunque sea una estupidez porque literalmente todo el planeta tiene superpoderes, hay que mantener las formas para el público.
Me quedé parpadeando, sosteniendo el manojo de llaves.
—Pero... ¿para qué? Si todos saben que hay gente con poderes.
—No es para vos, idiota. Es para el rating —respondió con total franqueza—. A la gente le encantan las mentiras reconfortantes. Les gusta creer que un héroe nace del esfuerzo puro, del sudor y de las lágrimas, cuando la realidad es muy distinta.
Danger Man se adentró de nuevo en la sala y se apoyó contra el escritorio, con la mirada de pronto ensombrecida, clavada en el vacío. Su tono cambió, perdiendo el cinismo burdo por un segundo para volverse pesado, casi amargo.
—Yo soy lo más importante de esta ecuación, Steve, porque sé exactamente de dónde salió cada gramo de poder que tengo. La fuerza bruta, los músculos de acero, la inteligencia táctica... nada de eso viene de regalo, y mucho menos del entrenamiento feliz en un gimnasio. Casi siempre nace de la ciencia oscura, de la experimentación clandestina o del maltrato más miserable. Yo pasé por ese infierno para llegar a ser lo que soy. Y vos, ahora que vas a estar a mi lado, vas a tener que seguir las reglas del circo. Aunque parezca ridículo en un mundo donde todos vuelan, vas a tener que ocultar tu identidad secreta.
Lo miré, boquiabierto.
—¿Ocultar mi identidad? Pero si vivo en un departamento de dos ambientes donde mi vecino me ve sacar la basura usando telequinesis para no agacharme... ¿A quién le importa quién soy?
—A los patrocinadores, Steve. A la marca —sentenció con frialdad, dándose media vuelta definitivamente—. Mañana te conseguimos una máscara ridícula.
No pasaron ni diez minutos de esa charla cuando las pantallas gigantes del centro de comando estallaron en luces rojas parpadeantes. Una alarma estridente cortó el aire.
Un aviso de emergencia irrumpió en los monitores principales: un grupo de delincuentes altamente armados, con niveles de poder rondando el 100 —muy por encima del mío, pero una hormiga al lado del 600 de Danger Man—, acababa de copar el Banco Central de la metrópoli. La amenaza era inminente, planeaban vaciar las bóvedas a razón de un millón por segundo y no les importaba la destrucción.
Danger Man suspiró, rascándose la nuca como si le hubieran asignado una tarea de oficina aburrida.
—Bueno, parece que hay que facturar. Quedate acá, Generación S. Voy a pasar yo primero a hacer el show, y después te aviso para que salgas a la foto con los camarógrafos.
Entendí perfectamente mi rol de florero, así que me crucé de brazos y me quedé esperando frente a las pantallas, viendo cómo despegaba con un estruendo sónico que hizo vibrar los cimientos de la base.
A pocas cuadras de allí, el banco era un caos de sirenas y rehenes tirados en el suelo. Los delincuentes, engreídos por su nivel 100, se jactaban mientras cargaban bolsas con millones en efectivo digital e impreso.
—¡Nadie nos va a parar! ¡Con este nivel destrozamos a cualquiera! —gritaba el líder con una sonrisa psicópata.
El techo de cristal estalló en mil pedazos.
Danger Man cayó en el centro del hall principal sin hacer ruido, de pie, con la capa ondeando levemente por la corriente de aire. Los atracadores no dudaron: tres de ellos dispararon rayos láser de alta potencia directo a su pecho, mientras otros dos se le lanzaron a los golpes con una fuerza capaz de descarrilar un tren.
El impacto dio de lleno en Danger Man. El humo se disipó. Él seguía ahí, parado, con las manos en los bolsillos, completamente intacto. Ni un rasguño. Ni una marca en el traje. Los rayos láser se habían disipado contra su piel como si fueran simples chispas de encendedor.
El líder delataba una mueca de terror puro en el rostro.
Con la paciencia agotada y una cara de aburrimiento total, Danger Man decidió acabar con esto rápido. Uno de los delincuentes intentó abalanzarse para destrozarle la cara a golpes; Danger Man simplemente levantó la mano con desgana, atrapó el puño del sujeto en el aire y, sin inmutarse, apretó.
Crack.
El sonido de los huesos moliéndose bajo su presión sobrepasó el eco de las alarmas. El delincuente soltó un grito inhumano, desgarrador, mientras su mano quedaba reducida a una masa blanda y deforme. Antes de que pudiera caer, Danger Man lo tomó del cabello con violencia y le propinó un golpe directo al rostro con tal brutalidad que el cráneo del sujeto crujió, destrozando su mandíbula y dejando su rostro completamente irreconocible, colgando sin vida.
Viendo aquello, el segundo atracador intentó huir despavorido hacia la salida trasera, corriendo con las manos temblando. Grave error.
Danger Man alzó vuelo dentro del mismo edificio en una fracción de segundo e interceptó al criminal en el aire. Con una velocidad aterradora, le propinó una patada lateral tan violenta que la espalda del sujeto cedió con un chasquido seco. El tipo cayó al suelo vomitando sangre, retorciéndose y aullando de dolor con la columna fracturada en dos, paralizado para siempre.
Quedaba el último, el líder, que intentaba escapar arrastrándose hacia la calle principal.
Una sombra se posó sobre él. Danger Man apareció frente a su camino sin que nadie lo viera moverse, lo tomó fuertemente del cuello con una sola mano y lo levantó del suelo.
El delincuente, ahogándose, pataleaba en el aire, suplicando piedad entre lágrimas y mocos.
—Por favor... por favor, no me mates... te doy todo... —balbuceaba.
Danger Man no dijo una sola palabra. Con una calma sádica, comenzó a aplastar el cuello del hombre lentamente, midiendo la fuerza exacta. Se escuchaba cómo la tráquea se comprimía, cómo el aire intentaba inútilmente escapar, hasta que un chorro espeso de sangre brotó de la boca del atracador, salpicando el impecable traje oscuro del héroe más fuerte del mundo. A Danger Man no le importó lo más mínimo; para él, aquello no era una ejecución dramática ni un acto de justicia, sino simplemente sacar la basura.
Cuando el cuerpo dejó de moverse y los ojos del criminal quedaron blancos y vacíos, Danger Man abrió la mano con total desdén. Dejó caer el cadáver pesadamente contra el asfalto de la calle, justo frente a la entrada del banco, donde un charco de sangre comenzó a expandirse. No hubo respeto por la vida, ni discursos sobre la ley.
Afuera, la situación ya era un caos mediático. Apenas a unos metros, los camiones de exteriores de los canales de noticias, los periodistas con micrófonos y las cámaras apostadas transmitían en directo cada segundo del operativo. Los camarógrafos enfocaban el cuerpo sin vida tirado en la calle como si se tratara de un desecho cualquiera, mientras los cronistas gritaban eufóricos intentando capturar una declaración del ídolo global. Pero a Danger Man las cámaras y los flashes le importaban poco en ese instante; caminó por encima de los escombros con una fría indiferencia, ignorando los gritos de la prensa y subiéndose directamente a su vehículo de transporte para volver a la base.
Mientras tanto, a varias cuadras de allí, Steve seguía en las instalaciones de la base de operaciones.
Aislado en la sala de comandos y entretenido configurando el perfil holográfico de la Generación S o intentando ajustar los controles de su nuevo uniforme con una torpeza total, Steve no tenía la menor idea del nivel de brutalidad que acababa de desatar su jefe. Para él, todo seguía siendo una especie de trámite administrativo bizarro, una transición cómoda entre su vida de don nadie con nivel 29 y el absurdo circo corporativo que estaba a punto de empezar.
No sabía del cuerpo tirado en la calle, ni de los noticieros colapsando la señal, ni de la verdadera y aterradora cara del monstruo para el que ahora trabajaba.








