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Cherry pie.

Summary

Él es tan dulce y astuto que podría hacer llorar a un hombre. No se usó IA para esto pero si el traductor. Una disculpa por eso, pero hay palabras en español que aún no domino o la conjugación de verbos.

Status
1mo ago
Chapters
14
Rating
5.0 (1 review)
Age Rating
18+

Prólogo


Cuando Louis tenía apenas siete años, su abuelo le dio una de las lecciones más importantes que recibiría en toda su vida.


Todo comenzó como tantas otras tardes, cuando Eric lograba hacerse un hueco entre sus pacientes para visitarlo.


Louis estaba sentado en una de las sillas de la cocina, balanceando las piernas bajo la mesa mientras sonreía para sí mismo, convencido de que aquella partida ya era suya.


—Apuesto cinco centavos.


Levantó la moneda con la mano izquierda; la derecha permanecía ocupada sosteniendo lo que, según él, era la mejor mano del mundo.


Eric acomodó sus propias cartas y alzó una mano.


—Espera, cherry pie. Antes quiero enseñarte algo. Mira tus cartas.


Louis obedeció.


Entonces su abuelo levantó un pequeño espejo frente a él.


—Ahora mírate.


Louis inclinó la cabeza. Mirándose así mismo.


—Ah... qué linda sonrisa.


Eric soltó una risa por lo bajo. Poco sorprendido.


—Ajá. ¿Y qué le está diciendo esa sonrisa a cualquiera que vea tus cartas?


Louis frunció apenas el ceño.


—¿Que son excelentes?


—Exactamente.


Bajó el espejo y tomó sus propias cartas.


—Ahora mírame a mí. Observa mi cara.


Eric revisó su mano e hizo una pequeña mueca de disgusto.


Louis lo estudió durante unos segundos.


—No estás feliz.


—¿Y eso qué significa?


—Que no tienes un buen mazo.


—Ajá.


Eric empujó una moneda de cinco libras al centro de la mesa.


—Aquí tienes tus cinco... y veinticinco más.


Los ojos de Louis brillaron.


—¿Tanto?


—Podrías retirarte ahora mismo.


Su ofrecimiento parecía genuino.


Louis negó con firmeza.


—No. Yo tengo un buen mazo y tú no. Voy.


Empujó todas sus monedas hacia el centro con una enorme sonrisa y reveló sus cartas.


—Cincos y nueves.


—Lo lamento.


Eric abrió lentamente las suyas.


—Tres reinas. Perdiste.


Louis se quedó inmóvil.


Su abuelo soltó una carcajada y aplaudió divertido.


—Pero... tú no estabas feliz.


—Te hice creer que no estaba feliz.


—Eso es engañar. Engañaste a tu cherry pie.


—Más bien te embauqué.


Mientras volvía a repartir las cartas, Louis seguía observándolo con el ceño fruncido.


—¿Y los demás saben hacer eso?


Eric sonrió con paciencia.


—Louis... la expresión de una persona no siempre refleja lo que lleva en el corazón.


Como todo lo que salía de boca de su abuelo, Louis se tomó aquella frase demasiado en serio.


Desde ese día empezó a fijarse en las expresiones de todo el mundo.


Su madre pensaba que era una etapa divertida. Decía que su hijo era demasiado noble para dejarse engañar.


Eric sabía que no era una etapa.


Sin que Louis se diera cuenta, comenzó a enseñarle el lenguaje de los gestos, las microexpresiones, las dudas escondidas detrás de una sonrisa y el miedo disfrazado de seguridad. Le enseñó a leer a las personas.


Y, casi como un juego entre abuelo y nieto, también le enseñó a contar cartas.


Convencido de que el chico solo usaría ese conocimiento para hacerles trampa a sus amigos.


Pero Louis era su nieto.


Claro que no iba a limitarse a eso.


Años después, sin permitir que su cara de bebé se interpusiera entre él y un buen casino, consiguió entrar al primero de su vida gracias a Tony y a sus milagrosas identificaciones falsas.


Ser omega ayudaba más de lo que la gente imaginaba.


En la entrada, mientras el guardia revisaba los documentos, Louis se tomó del brazo de un alfa que acababa de llegar y le regaló una sonrisa encantadora.


Un omega bonito como él era difícil de rechazar.


Entraron juntos.


Y aunque aquellos hombres no eran sus amigos ni los jugadores de los pequeños casinos clandestinos cerca de la escuela, Louis supo dominar la mesa desde la primera mano.


Cuando el reloj marcó la medianoche, salió con su primer botín.


Diez mil libras.


Cuando le preguntaron cómo lo había conseguido, simplemente se encogió de hombros.


—Supongo que fue suerte de principiante.


Quizá sí.


Quizá no.


Porque volvió a hacerlo una vez.


Y otra.


Y otra más.


Hasta que, como ocurre con todo lo bueno, llegó el día en que la suerte dejó de parecer suerte.


Louis vio las señales.


No podía fingir que no.


Las sintió antes incluso de entenderlas: las miradas demasiado largas de los guardias, el crupier observándolo más de la cuenta, las camareras cruzándose en su camino una y otra vez.


Alguien lo había notado.


Lo sentía en la sangre y aun así, no se marchó.


Decidió quedarse.


Por la adrenalina, el peligro o porque era un completo idiota.


Ni él mismo sabría responder cuál de las tres era la correcta.


Como cada noche, cuando reunió las diez mil libras en fichas, se levantó con una sonrisa educada.


—Ha sido un placer. Les deseo mejor suerte la próxima vez.


Tomó las fichas.


Entonces una mano se posó sobre su hombro.


Y una presencia apareció detrás de él.


Louis giró lentamente.


Unos ojos cafés se clavaron en los suyos.


—Señor... ¿podría acompañarnos?


Sintió que el estómago se le hundía.


Pero una vez que estás en la fiesta... tienes que bailar.


Si iban a atraparlo, al menos pensaba divertirse un poco.


—¿Podría decirme cuál es la razón?


El guardia pareció sorprendido por la calma del muchacho.


Bajó la voz.


—Escucha, niño. Te vimos haciendo trampa. Será mejor que te vayas antes de que llamemos a la policía... o a tus padres.


—Disculpa.


Louis conocía esa voz.


Se giró de inmediato.


Eric.


Su abuelo sonreía con todos los dientes, aunque sus ojos no sonreían en absoluto.


Luego miró al guardia.


—¿Hay algún problema con mi nieto?


La mano desapareció del hombro de Louis como si quemara.


Sin pensarlo dos veces, el chico se colocó junto a su abuelo y dedicó al guardia una sonrisa descaradamente victoriosa.


El hombre tragó saliva.


—N-Ninguno, señor.


—Bueno, abuelo... la verdad es que...


Louis decidió alargar un poco el sufrimiento del pobre hombre.


Aquella noche descubrió dos verdades incómodas.


La primera: le gustaba tener a los alfas —y, en realidad, a cualquier persona— en la palma de la mano. Le gustaba el poder.


La segunda: su abuelo no era, ni de lejos, el hombre que él creía conocer.


Era mucho más inteligente y muchísimo más peligroso.


Pero todo aprendiz está destinado a superar a su maestro algún día.


¿No?



KT.


Personajes:


Harry Styles. Alfa. Jugador de hockey. 25 años. Aroma a café. Británico. Amo esta era.





Louis Tomlinson. Omega. Aroma a caramelo. 23 años. Británico. Me enamoré de él a los 16 cuando vi esta imagen.





Laurent Alexander Tomlinson. Cinco años. Alfa. Huele lo mismo que Louis porque es un niño. Francés.





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