My Prince by Sykes_ss at Inkitt
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My prince

Summary

Los reyes solo desean la felicidad de su pequeño príncipe...será posible que puedan darle un buen esposo?

Genre
Erotica
Author
Sykes_ss
Status
Complete
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
18+

Ni Marilu ni Antonio podían comprender, por más que lo intentaran, por qué cada pretendiente que elegían con tanto cuidado terminaba huyendo o reaccionando de la peor manera posible. Los reyes Pérez, soberanos de un reino próspero pero tradicional, habían puesto todas sus esperanzas en encontrar la pareja ideal para su único hijo: el príncipe Sergio, a quien en privado llamaban cariñosamente Checo.

Desde su nacimiento, Checo había sido una sorpresa. Nació con anatomía femenina interna y externa —vagina, útero, y más tarde, el desarrollo de senos prominentes y caderas anchas—, algo que los médicos de corte atribuyeron a un «capricho divino» o a alguna rara condición. Para Marilu y Antonio no fue una tragedia; al contrario, lo vieron como una oportunidad estratégica en un mundo donde las alianzas matrimoniales eran tan importantes como las batallas. «Tendrá lo mejor de ambos mundos», solía decir Antonio en voz baja, soñando con tratados y herederos.

Pero conforme Checo crecía, se hicieron evidentes otras particularidades que nadie en el reino sabía nombrar. Simplemente decían que era «especial», «delicado», «de temperamento singular».

A los tres años ya mostraba diferencias claras. Mientras otros niños chapoteaban en la papilla o devoraban frutas blandas, Checo apartaba con asco cualquier alimento gelatinoso o con textura viscosa. «¡No! ¡Es como comer babosas!», gritaba, cubriéndose la boca con las manitas. Las texturas lo ponían al borde del llanto; prefería galletas duras, pan tostado o zanahorias crujientes que pudiera morder con fuerza.

Sus palabras salían escasas y entrecortadas. Podía pasar horas sin hablar, pero si alguien le preguntaba por flores, su rostro se iluminaba.

—Mamá, el girasol tiene pétalos amarillos como el sol de mediodía. Tiene cientos de florecitas chiquitas en el centro, ¿sabías? Se llaman florecillas del disco. Y se mueve con el sol, se llama heliotropismo —explicaba con una precisión asombrosa, mientras sus deditos trazaban círculos en el aire como si dibujara el movimiento.

Era cuidadoso hasta el extremo con su espacio. Si alguien se sentaba demasiado cerca, si un sirviente le rozaba el brazo al pasar un plato, o si Marilu intentaba peinarlo más de lo necesario, su cuerpo entero se tensaba.

—No me toques tanto, por favor. Duele aquí —decía, señalando su propio hombro con gesto serio—. Es como si me pincharan con agujas calientes.

Y lloraba con facilidad, pero no por capricho: un ruido fuerte, una voz elevada, una luz demasiado brillante en el salón del trono… todo podía hacerlo derrumbarse en un mar de lágrimas silenciosas o en gritos agudos que resonaban por los pasillos.

La adolescencia llegó como una tormenta. Su cuerpo cambió de forma acelerada: senos grandes que le dolían al rozar la ropa, caderas anchas que le dificultaban sentarse en ciertas sillas antiguas del castillo, menstruación que llegó de golpe a los doce años y lo dejó aterrado.

Los primeros períodos fueron un infierno sensorial. La sangre le parecía caliente y pegajosa, el olor metálico lo mareaba, los productos absorbentes le irritaban la piel como si fueran arena mojada. Los cólicos se sentían como cuchillos girando dentro, y la hinchazón le hacía sentir que su cuerpo no le pertenecía.

—¿Por qué tengo que sangrar? —preguntó una tarde, acurrucado en su habitación con las rodillas contra el pecho, balanceándose suavemente—. Duele mucho… y huele raro… y la tela me raspa… y todo es demasiado.

Marilu intentaba consolarlo, pero sus abrazos, antes bienvenidos, ahora lo sobrecargaban.

—Hijo mío, es normal… es parte de ser… —empezaba, pero Checo se apartaba bruscamente.

—No me abraces ahora, mamá. Todo duele más cuando me tocan.

Los pretendientes empezaron a llegar a los quince años. Al principio, con ilusión. Las jóvenes nobles (y algún que otro caballero) se deslumbraban con su belleza delicada: cabello largo y oscuro, ojos grandes y expresivos, voz suave pero aguda. Pero al conocerlo de verdad, las cosas se torcían.

La primera, lady Valeria, una muchacha de carácter fuerte y ambicioso, duró apenas tres encuentros.

Durante una cena formal, Checo se negó a probar el pudín de almendras que le sirvieron.

—Es blando… es asqueroso… no puedo —dijo en voz baja, apartando el plato con brusquedad.

Valeria, que ya llevaba dos copas de vino, perdió la paciencia.

—¿Pero qué te pasa? ¡Es solo comida! ¿Vas a ser así toda la vida? ¡Pareces un niño malcriado! —le espetó, alzando la voz.

El salón quedó en silencio. Checo se quedó rígido, los ojos muy abiertos. Luego empezó a temblar. Las lágrimas brotaron sin control.

—Perdón… perdón… perdón… —repetía en un susurro entrecortado, tapándose los oídos—. Perdón… no quería… perdón…

Marilu se levantó de golpe, el rostro encendido.

—¡Basta, Valeria!

La segunda, lady Catalina, aguantó un poco más. Pero durante un paseo por los jardines, cuando Checo se detuvo de repente porque el roce de la manga de su vestido contra su piel le producía escalofríos insoportables, Catalina explotó.

—¡Deja de hacer eso! ¡Deja de ser tan raro! —le gritó, y en un impulso de frustración lo tomó por los hombros y lo sacudió.

Checo soltó un grito agudo, como el de un animal herido, y cayó de rodillas cubriéndose la cabeza.

—¡No me toques! ¡No me toques! ¡Duele! ¡Duele todo! —sollozaba, meciéndose.

Antonio tuvo que intervenir, apartando a Catalina con firmeza mientras Marilu se arrodillaba junto a su hijo, sin tocarlo, solo hablando bajito.

—Tranquilo, mi amor… ya se fue… respira… cuenta las flores en tu cabeza… uno, dos, tres girasoles…

Esa noche, en la cámara real, Marilu lloraba en silencio mientras Antonio paseaba de un lado a otro.

—¿Cuándo llegará alguien que lo entienda, Antonio? ¿Alguien que vea lo hermoso que es su mundo, aunque sea diferente? —preguntó con voz rota.

Antonio se detuvo frente a la ventana, mirando las estrellas.

—No lo sé, mi reina. Pero no vamos a rendirnos. Checo merece alguien que no intente cambiarlo… alguien que quiera aprender sus flores, que respete su espacio, que entienda que sus lágrimas no son debilidad, sino que su cuerpo y su mente sienten el mundo con una intensidad que nosotros apenas imaginamos.

Marilu se limpió las lágrimas y asintió.

—Entonces seguiremos buscando. Pero esta vez… con más cuidado. Con alguien que sepa escuchar antes de juzgar.

En la habitación contigua, Checo estaba acostado en su cama, rodeado de girasoles secos que había recogido esa mañana. Los tocaba con delicadeza, uno por uno, murmurando sus nombres científicos como si fueran una oración.

—Helianthus annuus… Helianthus annuus…

°••°•°•°•°•

Los meses siguientes fueron un lento desgaste para la familia real Pérez. Mientras en los corredores del castillo intentaban mantener la calma, el mundo exterior se cerraba poco a poco alrededor de ellos como una jaula de hierro forjado.

Las antiguas rutas comerciales, esas que durante generaciones habían llevado seda, especias y —en secreto— ciertos cargamentos menos confesables hacia el norte y el este, empezaron a fallar. Los caminos del sur se volvieron intransitables por las lluvias perpetuas y los asaltos de bandidos que nadie parecía capaz de contener. Los puertos del oeste, antes aliados fieles, ahora cobraban peajes exorbitantes o simplemente se negaban a recibir los barcos del reino con la excusa de «inspecciones sanitarias». Cada carta que llegaba a la mesa de Antonio traía malas noticias: un tratado roto aquí, un socio que se retiraba allá. Y en cada salón de nobles, en cada mesa de banquetes, el nombre de Checo se mencionaba ya no con curiosidad, sino con una mezcla de lástima y desdén.

«El príncipe… peculiar», decían en voz baja.

«Dicen que llora por nada.»

«Que no soporta que lo toquen.»

«Que es… incontrolable.»

Los pretendientes dejaron de llegar. Las invitaciones a bailes y torneos se volvieron escasas. Las familias nobles que antes hacían fila por una audiencia ahora enviaban excusas educadas. El silencio era más cruel que los insultos.


Una tarde de finales de otoño, con el cielo gris plomo y el viento arrastrando hojas secas por los patios, Antonio encontró a Marilu en la pequeña sala de los mapas, esa que usaban cuando todavía creían que podían controlar el destino de su reino con tinta y pergamino.

Ella estaba de pie frente a la ventana, con los brazos cruzados tan fuerte que los nudillos se le ponían blancos.

—No podemos seguir así —dijo Antonio sin preámbulo, dejando sobre la mesa una pila de cartas atadas con una cinta naranja.

Marilu ni siquiera se giró.

—¿Y qué propones? ¿Que lo encerremos en una torre como en los cuentos viejos? ¿Que digamos que está enfermo y lo escondamos?

Antonio suspiró y se acercó despacio.

—Hay una carta que ha llegado tres veces en los últimos dos meses. De los Países Bajos. De Jos y Sophie Verstappen.

Marilu soltó una risa corta y amarga.

—Precisamente la que menos quiero leer.

—Insisten, Marilu. Dicen que su hijo Max estaría encantado de conocer a Checo. Que no les importan los rumores. Que solo quieren una visita formal.

Ella se dio la vuelta por fin. Sus ojos estaban rojos, no de llorar, sino de la rabia contenida que llevaba semanas acumulando.

—¿Y tú les crees? ¿A esa familia? Todo el continente habla de ese muchacho, Antonio. Dicen que es grosero, que grita a los sirvientes, que ha levantado la mano contra su propia madre más de una vez. Que cuando pierde en los juegos o en las justas destroza todo lo que encuentra a su paso. ¿De verdad quieres que ese… salvaje se acerque a nuestro hijo?

Antonio se sentó pesadamente en la silla de roble tallado.

—También hablaban de Checo. Decían que era débil. Que era un niño malcriado. Que nunca sería capaz de gobernar ni siquiera una aldea. Y míralo ahora: sabe más de botánica que todos los jardineros reales juntos. Puede nombrar cada variedad de rosa que hay en los jardines sin equivocarse. Siente el mundo con una intensidad que nosotros no comprendemos… pero eso no lo hace menos valioso.

Marilu apretó los labios hasta que se volvieron una línea fina.

—Es diferente.

—¿Lo es? —preguntó él con suavidad—. Los rumores siempre crecen cuando alguien no encaja en el molde. Cuando alguien es demasiado… auténtico. Nosotros lo sabemos mejor que nadie.

Hubo un silencio largo. Solo se oía el crepitar del fuego en la chimenea y el lejano golpeteo de la lluvia contra los vitrales.

—¿Y si es verdad? —susurró ella al fin—. ¿Y si ese Max Verstappen es todo lo que dicen? ¿Y si llega aquí y le grita a Checo? ¿Y si lo toca con rabia? Mi hijo no lo soportaría, Antonio. Se rompería.

Antonio se levantó y se acercó a ella, sin tocarla, solo quedándose a una distancia respetuosa.

—Entonces lo vigilaremos. Estaremos presentes en cada encuentro. Pondremos condiciones. Pero… ¿y si no es cierto? ¿Y si detrás de los rumores hay un muchacho que también ha sido juzgado por no ser como los demás esperan? Alguien que tal vez… entienda lo que es cargar con un cuerpo y una mente que no siguen las reglas del resto.

Marilu cerró los ojos.

—No sé si tengo fuerzas para otra decepción.

—Ni yo —admitió él—. Pero tampoco las tengo para ver cómo nuestro hijo se va apagando poco a poco porque el mundo decide que no merece amor.

Ella respiró hondo, temblorosa.

—Está bien —dijo al fin, casi inaudible—. Escribe la carta. Aceptamos la visita. Pero con condiciones claras: nada de encuentros a solas, nada de presión, y si en algún momento Checo dice que no… se termina. Sin discusiones.

Antonio asintió lentamente.

—Así será.

Esa misma noche, bajo la luz temblorosa de una lámpara de aceite, Antonio redactó la carta con su mejor caligrafía. Palabras medidas, corteses, pero firmes. Invitaban al príncipe Max Verstappen a visitar el reino durante la semana de la Fiesta de las Luces, en diciembre. Sería recibido con todos los honores… y con todas las precauciones.

Cuando terminó, dobló el pergamino, lo selló con el lacre dorado de los Pérez y lo dejó sobre la mesa. Luego subió las escaleras hasta la habitación de Checo.

Lo encontró sentado en el suelo, con las piernas cruzadas, rodeado de pequeños tarros de cristal donde había colocado diferentes tipos de semillas. Las clasificaba por tamaño, color y textura, murmurando para sí mismo.

—Estas son de caléndula… más pequeñas, pero más resistentes al frío… estas de lavanda necesitan más sol…

Antonio se quedó en la puerta, sin entrar del todo.

—Hijo.

Checo levantó la vista, pero no dejó de mover las semillas entre sus dedos.

—¿Qué?

—Pronto va a venir alguien a conocerte. Un príncipe de muy lejos. Se llama Max.

Checo frunció el ceño ligeramente.

—¿Va a querer tocarme?

—No si tú no quieres. Mamá y yo estaremos contigo todo el tiempo. Y si algo no te gusta… solo nos lo dices y se va.

Checo se quedó callado un rato largo. Luego tomó una semilla de girasol entre el pulgar y el índice, la miró como si contuviera un secreto.

—¿Le gustan las flores?

Antonio sonrió con tristeza y esperanza al mismo tiempo.

—No lo sé todavía. Pero tal vez… tal vez podamos enseñarle.

Checo no respondió. Solo siguió ordenando sus semillas, una por una, en filas perfectas.

Y en el silencio de la habitación, mientras la lluvia seguía cayendo afuera, el reino contuvo el aliento, esperando que esta vez —solo esta vez— los rumores no tuvieran razón.

°•°•°•°•°

La semana de la Fiesta de las Luces llegó envuelta en una niebla helada que parecía haberse instalado solo para hacer más dramática la llegada del príncipe de los Países Bajos. El castillo entero estaba iluminado con antorchas y faroles de papel que colgaban de los arcos y los balcones, proyectando un resplandor anaranjado y tembloroso sobre la nieve fina que empezaba a cuajar en los jardines.

Marilu, Antonio y Checo esperaban en el pórtico principal, bajo el techo de piedra tallada. El frío mordía los dedos y las orejas, pero nadie se movía. Checo estaba de pie entre sus padres, con las manos metidas dentro de las mangas anchas de su abrigo de lana azul oscuro, balanceándose ligeramente de adelante hacia atrás. Sus botas rozaban el suelo una y otra vez, un tic nervioso que hacía crujir la grava fina. No miraba a nadie; sus ojos estaban fijos en los patrones que formaban las luces reflejadas en los charcos helados del patio.

Un sonido lejano de cascos y ruedas sobre piedra anunció la llegada antes de que el carruaje apareciera. Era negro, lacado hasta brillar como obsidiana, con el escudo de los Verstappen —un león rampante dorado sobre campo naranja— grabado en las puertas. Los caballos echaban nubes de vapor por los ollares. Cuando se detuvo con un último traqueteo, el silencio que siguió fue casi ensordecedor.

La puerta se abrió y descendió primero una mujer de mediana edad, envuelta en pieles blancas y grises. Sophie Verstappen. Su cabello castaño estaba recogido en un moño bajo, y sus mejillas estaban sonrosadas por el viaje y el frío. Sonrió con una calidez que parecía genuina, hizo una reverencia profunda y elegante.

—Majestades —dijo con voz clara y suave, con ese acento del norte que alargaba ligeramente las vocales—. Es un honor inmenso ser recibidos en su hogar. Gracias por aceptar nuestra visita.

Marilu y Antonio devolvieron la reverencia al mismo tiempo, inclinándose con la cortesía que exigía el protocolo entre reinos iguales.

—Reina Sophie —respondió Marilu, con una sonrisa tensa pero educada—. La bienvenida es nuestra. Pasen, por favor, el frío está calando los huesos.

Entonces bajó él.

Max Verstappen era más alto de lo que las descripciones decían. Rubio, con el cabello un poco revuelto por el viento del viaje, ojos de un azul muy claro que parecían hielo recién formado. Llevaba un abrigo largo de lana negra con cuello alto y botones plateados. Cuando puso un pie en el suelo, se quedó un segundo quieto, como si evaluara el terreno. Luego alzó la vista.

Marilu lo miró directamente a los ojos en ese instante.

Y lo que vio la dejó sin aliento.

No había arrogancia. No había frialdad. Solo… nervios. Las mejillas de Max estaban muy rojas, no solo por el frío, sino por esa vergüenza contenida que tienen los jóvenes cuando saben que todo el mundo los está juzgando. Sus labios estaban apretados en una línea fina, y sus manos, dentro de los guantes de cuero, se abrían y cerraban ligeramente, como si no supiera qué hacer con ellas.

Hizo una reverencia corta pero correcta, primero hacia los reyes, después —más despacio— hacia Checo.

—Príncipe Sergio —dijo con voz baja, casi ronca, pronunciando el nombre completo con cuidado—. Es… un gusto conocerlo.

Checo no respondió. Solo levantó la mirada un segundo, muy rápido, lo suficiente para que sus ojos se encontraran con los de Max. Luego volvió a bajar la vista a sus botas, balanceándose un poco más fuerte. El corazón le latía tan rápido que sentía los latidos en los oídos.

—Pasemos adentro —intervino Antonio, rompiendo el silencio incómodo—. La cena ya debe estar lista.

El gran comedor estaba cálido, con el fuego crepitando en la chimenea monumental y velas altas que goteaban cera dorada sobre los candelabros. La mesa ya estaba puesta, pero apenas habían tomado asiento cuando Sophie carraspeó suavemente, visiblemente apenada.

—Majestades… perdonen la osadía —dijo, juntando las manos frente a sí—. Max… tiene ciertas necesidades con la comida. No tolera bien algunos sabores ni texturas. Trajimos algunos ingredientes de casa para no ser una molestia. ¿Sería posible… usar un poco su cocina? Solo para preparar una sopa sencilla.

Marilu parpadeó, sorprendida.

—¿Una sopa? —preguntó, y su voz salió más suave de lo que pretendía.

Sophie asintió, un poco ruborizada.

—Tomates, queso, un poco de albahaca fresca y pan duro. Es lo único que come sin… dificultad cuando está fuera de casa.

Antonio y Marilu intercambiaron una mirada. Era imposible no pensar en Checo, en las noches en que rechazaba platos enteros porque la salsa era demasiado viscosa, o la carne demasiado fibrosa, o el puré demasiado blando. Marilu sintió un nudo extraño en la garganta.

—Claro que sí —respondió al fin—. Que nuestra cocinera les ayude en lo que necesiten. Siéntanse en su casa.

Sophie sonrió aliviada.

—Gracias. No saben cuánto lo agradezco.

Mientras los sirvientes se apresuraban a llevar los ingredientes a la cocina, la cena empezó con lentitud. Los platos principales —venado asado con hierbas, verduras glaseadas, pan recién horneado— se sirvieron para los reyes y para Sophie. Max y Checo, en cambio, esperaban en silencio.

Checo tenía delante un plato vacío. Sus dedos tamborileaban contra el borde de la mesa, muy suave, casi imperceptible. De vez en cuando levantaba la vista, miraba a Max de reojo y volvía a bajar la cabeza. Max hacía lo mismo: miraba a Checo por el rabillo del ojo, luego apartaba la vista hacia el fuego, luego volvía a mirar.

Ninguno decía nada.

Sophie rompió el silencio hablando de cosas intrascendentes: el viaje, el clima que empeoraba en el norte, las luces tan hermosas que habían visto al entrar al reino. Antonio y Marilu respondían con cortesía, pero sus ojos se desviaban constantemente hacia los dos jóvenes.

Al cabo de unos veinte minutos, un sirviente trajo dos tazones humeantes y los colocó frente a Max y Checo.

Era una sopa sencilla: tomates cocidos y triturados hasta quedar sedosos, queso fundido que formaba hilos cremosos al revolver, un toque de albahaca que perfumaba el aire. Al lado, rebanadas finas de pan tostado, crujientes.

Checo miró el tazón. Sus hombros se relajaron un poco, casi sin que nadie lo notara. Tomó la cuchara con cuidado, probó una cucharada pequeña. Cerró los ojos un segundo, como si estuviera comprobando que no había trampas sensoriales.

Max hizo exactamente lo mismo: cucharada pequeña, pausa, otra cucharada. Sus mejillas seguían rojas, pero ahora parecía… más tranquilo.

Marilu lo vio todo.

Y sintió que algo dentro de su pecho se aflojaba por primera vez en meses.

No hablaron durante la cena. Ni una palabra. Solo cucharadas lentas, miradas fugaces que se cruzaban y se apartaban enseguida, el sonido suave del fuego y el tintineo ocasional de la porcelana.

Pero en ese silencio había algo diferente.

No era el silencio tenso de los pretendientes anteriores, el que precede a la explosión o a la huida.

Era un silencio cuidadoso. Como si ambos, a su manera, estuvieran midiendo el espacio entre ellos, probando si era seguro ocuparlo.

Cuando terminaron, Checo dejó la cuchara con delicadeza y se quedó mirando el fondo del tazón vacío. Max hizo lo propio y luego, sin mirar a nadie, murmuró apenas audible:

—Gracias… por la sopa.

Checo levantó la vista un instante. Solo un instante.

Y asintió, muy leve.

Fue lo más cerca que estuvieron de hablar esa noche.

Pero para Marilu, que observaba desde el otro lado de la mesa con el corazón en un puño, fue suficiente.

Por primera vez, alguien no había huido.

Y por primera vez, su hijo había comido sin que nadie le dijera que tenía que hacerlo.

La Fiesta de las Luces apenas empezaba. Y, tal vez, solo tal vez, esta vez la luz no se apagaría tan rápido.

°•°•°•°•°

Al día siguiente, el sol se filtró tímido entre las nubes grises, regalando una luz pálida que apenas calentaba los jardines. El aire olía a tierra húmeda y a las últimas rosas tardías que se resistían al invierno. Marilu había decidido que la primera salida real entre los príncipes sería sencilla: un paseo guiado por los jardines botánicos del castillo, sin multitudes, sin protocolo excesivo, solo senderos de grava, setos podados y los invernaderos al fondo.

Marilu se quedó cerca, pero no demasiado. Caminaba unos metros por detrás, con el abrigo de terciopelo verde oscuro ceñido al cuerpo, fingiendo interés en las etiquetas de las plantas mientras vigilaba. Sophie, en cambio, había pedido hablar a solas con Antonio en la sala pequeña del ala oeste. Allí, sobre la mesa de caoba, extendió varias cartas selladas con el león naranja de los Verstappen.

—Jos las escribió personalmente —dijo Sophie mientras las desplegaba—. No son solo cortesías. Habla de las rutas del Mar del Norte que hemos mantenido abiertas incluso en invierno. De los almacenes en Rotterdam que podrían servir de enlace para vuestros cargamentos del sur. Y… de lo que pasaría si, algún día, nuestros hijos llegaran a un acuerdo formal.

Antonio leyó en silencio las líneas precisas de Jos. No había florituras. Solo números, distancias, porcentajes de aranceles reducidos, nombres de capitanes de confianza. Y al final, una frase seca pero clara:

“Si los muchachos se entienden, el resto del mundo se puede arreglar después.”

Antonio levantó la vista.

—¿Y qué piensa Jos realmente de… todo esto? —preguntó, señalando con un gesto vago hacia los jardines—. Los rumores corren en ambas direcciones.

Sophie suspiró, no con dramatismo, sino con la resignación de quien ha repetido la misma explicación demasiadas veces.

—Dicen que Max es violento. Que grita. Que rompe cosas. Que me ha empujado. —Hizo una pausa y miró a Antonio directamente—. La verdad es que Max odia la violencia más que nadie que conozca. Cuando era pequeño, si veía a alguien golpear a un animal o gritarle a un sirviente, se ponía blanco, empezaba a temblar y se iba a su habitación a golpear la pared con la palma abierta hasta que se le ponían rojas las manos. No porque quisiera hacer daño, sino porque no sabía cómo sacar la rabia de otra forma. Ahora… ahora solo se cierra. Se va. No habla durante días. Pero nunca, nunca, me ha tocado con intención de lastimar. Ni a mí ni a nadie.

Antonio asintió lentamente.

—Con Checo es parecido, aunque diferente. No cierra. Se abre como una flor bajo el sol y después se marchita si algo lo lastima demasiado. Llora, se esconde, repite “perdón” hasta que le duele la garganta. Pero nunca ha querido hacer daño. Solo… siente demasiado.

Sophie sonrió con tristeza.

—Entonces quizás se entiendan mejor de lo que pensamos.

Mientras tanto, en los jardines, Max y Checo caminaban por el sendero principal de grava fina. El crujido bajo las botas era casi rítmico. Max llevaba las manos en los bolsillos del abrigo, los hombros un poco encorvados contra el viento frío. Checo iba a su lado, con los brazos pegados al cuerpo, mirando el suelo y luego las plantas, el suelo y luego las plantas.

Fue Max quien rompió el silencio primero, hablando bajo, casi como si hablara consigo mismo.

—¿Cuál es tu favorita? De todas las que hay aquí.

Checo tardó varios pasos en contestar. Su voz salió suave, un poco ronca por el frío.

—Las… las caléndulas. Las naranjas. No son las más bonitas, pero aguantan el frío. Y huelen… diferente cuando está húmedo. Como a tierra caliente aunque haga frío.

Max asintió, sin mirarlo directamente.

—Aquí no hay muchas caléndulas. En casa tenemos muchas margaritas gigantes, pero se mueren con la primera helada. —Hizo una pausa—. ¿Y las que están en los invernaderos? Las vi ayer desde la ventana. Parecían… muy altas.

Checo levantó la vista un segundo, solo un segundo.

—Son heliconias. No son flores de verdad, son brácteas. Se llaman inflorescencias. Protegen las flores pequeñas que están dentro. Como… como si tuvieran capucha.

Max se detuvo frente a un rosal que todavía conservaba algunas hojas rojizas.

—Estas rosas huelen muy fuerte cuando llueve. A mí me gusta. Pero a veces me dan dolor de cabeza si hay demasiadas juntas.

Checo lo miró de reojo, sorprendido.

—A mí también. Si hay muchas rosas en el salón, después de un rato siento que me aprietan la cabeza. Como si alguien me apretara las sienes con los dedos.

Max soltó un sonido que no era exactamente una risa, más bien un soplido corto por la nariz.

—Sí. Exacto.

Siguieron caminando. Max no hablaba rápido, no llenaba los silencios con palabras vacías. Preguntaba cosas concretas, esperaba la respuesta, y cuando Checo tardaba, simplemente esperaba más.

—¿Por qué las etiquetas tienen nombres en latín? —preguntó Max después de un rato, señalando una placa pequeña.

Checo se detuvo. Sus dedos rozaron el borde de madera de la etiqueta.

—Para que todo el mundo sepa cuál es aunque hable otro idioma. Helianthus annuus. Eso es girasol. Aunque alguien diga “tournesol” o “zonnebloem”, sigue siendo el mismo.

Max ladeó la cabeza.

—Zonnebloem —repitió despacio, probando la palabra—. Suena… más suave que girasol.

Checo lo miró entonces, realmente lo miró por primera vez desde que habían salido. Y pasó algo extraño: una esquina de su boca se curvó. No fue una sonrisa grande, solo un pequeño tirón, casi imperceptible. Pero vino acompañado de un sonido: una risa corta, contenida, como si se le hubiera escapado sin permiso.

Se asustó de sí mismo.

Se tapó la boca con la mano enguantada y miró al suelo rápido, balanceándose sobre los talones.

Max no se rio de él. Solo dijo, muy bajito, casi bonito:

—Está bien. Me gusta cómo suena.

Checo no contestó, pero dejó de taparse la boca. Siguió caminando. Y Max también.

Desde la distancia, Marilu los observaba apoyada contra el marco de una ventana del invernadero. Vio cómo Max mantenía una distancia cómoda, nunca se acercaba más de lo necesario. Vio cómo bajaba la voz cuando Checo hablaba. Vio cómo no se inmutaba cuando Checo se balanceaba más fuerte o repetía una palabra tres veces seguidas para asegurarse de que había salido bien.

Y vio algo más: vio a su hijo responder. No mucho. No con frases largas. Pero respondía. Y cuando Max hacía una pregunta nueva, los hombros de Checo bajaban un poco, como si el peso del mundo se aligerara unos gramos.

Marilu se llevó una mano al pecho sin darse cuenta.

No era perfecto. Todavía había silencios largos. Todavía había miradas que se apartaban rápido. Todavía había nervios que se notaban en los dedos que tamborileaban contra la tela del abrigo.

Pero por primera vez en mucho tiempo, alguien caminaba al lado de Checo sin querer arreglarlo.

•°•°•°•°•°

Esa misma noche, el castillo entero parecía despertar de un letargo antiguo. La Fiesta de las Luces no era solo un nombre bonito: era el momento en que el reino se negaba a rendirse al invierno, cuando las noches se alargaban y la oscuridad amenazaba con tragarse todo. En los patios interiores, bajo un cielo negro salpicado de estrellas heladas, los sirvientes ya habían empezado los preparativos. Mesas largas cubiertas de papel grueso, rollos de seda fina de colores pálidos, cestas de mimbre llenas de algodón hidrófilo, pequeñas velas de cera de abeja que olían a miel tibia y a humo limpio. El aire estaba cargado de ese olor dulce y polvoriento que queda cuando se manipula mucho papel y tela al mismo tiempo.

Checo había accedido —con un asentimiento breve y sin mirarlo directamente— a enseñar a Max cómo se armaban los globos de cantolla. No era algo que soliera ofrecer; normalmente se quedaba en su rincón del invernadero o en su habitación, pero esa tarde, después del paseo por los jardines, cuando Marilu le preguntó con mucho cuidado si le gustaría mostrarle “solo un poco” al príncipe visitante, Checo había dicho “sí” en voz muy baja, casi como si lo estuviera probando para ver si dolía.

Ahora estaban los dos solos en un rincón del patio trasero, lejos del bullicio principal. Una lámpara de aceite colgaba de un gancho en la pared, proyectando sombras largas y temblorosas sobre la mesa improvisada. El frío se colaba por las mangas y los cuellos, pero ninguno de los dos parecía notarlo demasiado.

Checo tenía delante un globo a medio armar: la estructura de papel de seda ya pegada en forma de gota alargada, abierta por abajo como una campana invertida. Sus dedos, finos y cuidadosos, extendían con precisión el algodón hidrófilo en el centro de la base.

—Primero hay que poner el algodón justo en el medio —explicó, hablando despacio, sin alzar mucho la voz—. Si lo pones torcido, cuando se prende el fuego, el globo se va de lado y cae rápido. Tiene que estar equilibrado.

Max estaba sentado en el banco de piedra al otro lado de la mesa, con los codos apoyados y la barbilla en las manos. Observaba cada movimiento de Checo como si fuera una lección de algo mucho más importante que globos de papel.

—¿Cuánto algodón exactamente? —preguntó, bajito.

Checo dudó un segundo, luego tomó un puñado pequeño y lo mostró.

—Así. No más. Si pones mucho, sube muy rápido y se quema antes de volar. Si pones poco… no sube.

Max asintió, serio.

—Como la combustión. Demasiado oxígeno o demasiado combustible y todo se descontrola.

Checo levantó la vista un instante. Sus ojos se encontraron con los de Max.

—¿Sabes de eso?

Max se encogió de hombros, un gesto pequeño.

—Un poco. En casa, cuando éramos niños, una vez intentamos hacer uno gigante. Lo hicimos con tela de vela vieja y pusimos demasiado aceite en la mecha. Subió como loco y se incendió a tres metros del suelo. Cayó en el campo de atrás y casi prende la hierba seca. —Hizo una pausa—. Después de eso, mi padre nos prohibió hacerlos sin supervisión. Pero seguí leyendo sobre cómo funcionan.

Checo dejó el algodón con cuidado y empezó a pegar los últimos bordes del papel.

—¿Por qué se llaman globos de cantolla aquí?

Max se inclinó un poco hacia adelante, como si la pregunta le hubiera dado permiso para hablar más.

—Vienen de China, hace siglos. Los llamaban “linternas del cielo” o “farolillos del Kongming”. Los usaban para señales militares al principio. Luego se volvieron tradición. En algunos lugares del norte de Europa los usan para pedir deseos, pero aquí parece que es más… celebración. Luz contra la oscuridad del invierno.

Checo terminó de pegar un borde y alisó el papel con la palma abierta, muy suave.

—¿Y en tu país? ¿También los hacen?

Max negó con la cabeza.

—No tanto. Tenemos más viento y más lluvia. Los globos se mojan antes de subir. Pero en las islas del sur, en Indonesia, hay festivales enormes. Miles de globos al mismo tiempo. Se ven desde el mar como estrellas que se caen al revés.

Checo se quedó quieto un momento, imaginándolo. Sus dedos se detuvieron en el borde del globo.

—¿Cómo es el clima ahí? En tu país. En general.

Max tardó un poco en contestar. No era una pregunta que le hicieran a menudo.

—Frío. Mucho frío en invierno. Nieve que llega hasta las rodillas y se queda semanas. Los canales se congelan . Pero en verano… en verano huele a hierba mojada y a tulipanes. Hay campos enteros de ellos. Rojos, amarillos, morados. Cuando sopla el viento, se mueven todos a la vez, como olas.

Checo lo miró fijamente, sin parpadear.

—¿Tienen tulipanes silvestres?

—No muchos. La mayoría son cultivados. Pero en los diques y en algunas praderas cerca del mar hay narcisos y jacintos que crecen solos. Y orquídeas en los bosques húmedos del este. Pequeñas, casi escondidas.

Checo tomó un pincel fino y un frasco de tinta roja diluida. Empezó a pintar patrones muy pequeños en la parte inferior del globo: líneas curvas que parecían pétalos.

—¿Y flores que aguanten el frío? ¿Como las caléndulas?

Max sonrió un poco, solo una curva leve en la comisura.

—Tenemos crisantemos de invierno. Pequeños, blancos o rosados. Florecen cuando todo lo demás está muerto. Y campanillas de invierno. Blancas, con puntitos verdes. Salen en febrero, cuando todavía hay nieve.

Checo dejó el pincel y miró el globo a medio pintar.

—Campanillas… —repitió, probando la palabra—. ¿Cómo huelen?

—Suave. Como agua limpia con un toque dulce. No fuerte como las rosas. Más… fresco.

Checo asintió despacio. Sus hombros estaban más relajados que antes. El balanceo leve de su cuerpo había disminuido.

—Quiero verlas algún día —dijo, casi en un susurro.

Max no respondió de inmediato. Solo miró el globo en las manos de Checo, luego al cielo oscuro por encima de ellos.

—Cuando suban los globos el sábado… ¿vas a pedir un deseo?

Checo frunció el ceño ligeramente, como si la idea le resultara extraña.

—No sé. Siempre he pensado que los deseos son… como las flores. Si los dices muy fuerte, se marchitan. Mejor dejarlos crecer solos.

Max soltó un soplido corto, casi una risa contenida.

—Tienes razón. A mí me pasa con las cosas que quiero. Si las digo en voz alta, se sienten falsas. Mejor guardarlas.

Se quedaron en silencio un rato. Solo el roce del pincel contra el papel, el crepitar lejano de las antorchas, el viento que hacía temblar las lámparas.

Checo terminó de pintar una pequeña hilera de flores en la base del globo. Luego lo levantó con cuidado, como si fuera de cristal.

—Este es para mañana. Para practicar. El sábado… los grandes van con más algodón y con nombres escritos.

Max se levantó despacio, sin hacer ruido.

—¿Me dejas ayudarte a pintar uno?

Checo lo miró. Esta vez no apartó la vista tan rápido.

—Sí.

Y en ese “sí” tan pequeño había algo nuevo: confianza tentativa, como la primera hoja que asoma después de un invierno largo.

°•°•°•°°•

Esa semana pasó como si el tiempo se hubiera vuelto elástico, estirándose en las tardes largas y contrayéndose en los silencios compartidos. Sin que ninguno de los dos lo dijera en voz alta, habían empezado a buscarse. No era un acuerdo. Simplemente pasaba.

Max aparecía en el invernadero cuando el sol ya estaba bajo; Checo lo esperaba en el banco de piedra junto a la fuente de musgo. Hablaban de reinos lejanos que ninguno había pisado: de las orquídeas fantasma que crecen en los bosques de Borneo, de las edelweiss que solo se dejan tocar en las grietas más altas de los Alpes, de los campos de azafrán en La Mancha que se vuelven púrpura durante unas semanas al año y luego desaparecen como si nunca hubieran existido. Max aportaba nombres de lugares, altitudes, estaciones de lluvias, tipos de suelo. Checo aportaba nombres científicos, ciclos de floración, texturas de pétalos, olores que cambiaban según la humedad del aire. Era un intercambio preciso, casi científico, y en ese intercambio se sentían seguros.

Una de esas tardes, cuando el cielo ya empezaba a teñirse de violeta sucio, paseaban cerca de las fuentes del jardín inferior. El sonido del agua cayendo sobre piedra era constante, blanco, tranquilizador. Iban hablando de la diferencia entre las lilas persas y las comunes cuando doblaron el recodo del seto de boj y se detuvieron en seco.

A unos quince pasos, apoyados contra el muro cubierto de hiedra, una pareja de sirvientes jóvenes —ella del servicio de cocina, él de los establos— se besaba con una urgencia que parecía doler. No era un beso bonito de cuento. Era húmedo, desordenado, necesario. Las manos de él subían y bajaban por la espalda de ella, apretando la tela del delantal como si quisiera arrancarla. Ella tenía los dedos enredados en el cabello de él, tirando un poco, y cuando sus bocas se separaban un segundo solo para volver a encontrarse, se oía el sonido suave y pegajoso de la saliva, el roce de lenguas, un jadeo corto que se mezclaba con el rumor del agua.

Max y Checo se quedaron quietos. No se miraron entre sí. Solo miraron.

Max fijó la vista en las manos. En cómo los dedos se hundían en la tela, en cómo los pulgares trazaban círculos sobre la cintura, en la forma en que los cuerpos se presionaban hasta que no quedaba espacio entre ellos.

Checo, en cambio, se quedó atrapado en los sonidos. En el chasquido leve cuando las bocas se separaban, en el roce húmedo de las lenguas, en el pequeño gemido ahogado que escapaba cuando uno mordía el labio inferior del otro. Era un sonido orgánico, vivo, que le producía un cosquilleo extraño en el pecho y en la nuca.

Los dos se pusieron rojos al mismo tiempo. Un calor que subía desde el estómago y les quemaba las orejas.

Sin decir una palabra, dieron media vuelta. Los pasos sobre la grava sonaron demasiado fuertes de repente. Ninguno miró atrás.

Caminaron rápido hasta la habitación de Checo. Max ya tenía permiso tácito de entrar y salir; nadie preguntaba, nadie comentaba. La puerta se cerró detrás de ellos con un clic suave.

Se sentaron en el suelo, espalda contra la pared, rodillas flexionadas. El cuarto olía a papel viejo, a cera de abeja de las velas que Checo dejaba encendidas para tener luz suave, a las semillas secas que guardaba en tarros abiertos. Ninguno hablaba.

Por dentro, sin embargo, algo rugía.

Checo sentía el corazón golpeándole las costillas como si quisiera salir. Pensaba en la boca de la chica, en cómo se abría, en cómo la lengua buscaba. Se preguntaba si eso ayudaba en algo. Si calmaba el ruido que siempre llevaba dentro. Si se sentía bien o si solo era otra cosa que el cuerpo hacía para confundirlo.

Max respiraba más rápido de lo normal. Pensaba en los labios de Checo. No en abstracto. Pensaba en cómo serían exactamente: suaves, un poco fríos porque siempre tenía las manos frías, con ese leve temblor que aparecía cuando se ponía nervioso. Se imaginaba el roce, el calor que se formaría entre ellos, el sabor que podría tener (¿a menta de las infusiones que tomaba por las noches? ¿a las flores que siempre olía?). La imagen era tan clara que le dolía en el pecho.

Se dio cuenta, de pronto, de que se había movido. Estaba de rodillas frente a Checo, con las manos apoyadas en el suelo a ambos lados de sus caderas. No recordaba haber decidido levantarse.

Checo lo miró con los ojos muy abiertos. No se apartó.

Max tragó saliva. La voz le salió baja, quebrada, casi un ruego.

—Checo…

El nombre salió tembloroso, como si le costara sostenerlo.

—Quiero… —se detuvo, respiró hondo, volvió a intentarlo—. Quiero probar tus labios. Solo… solo una vez. Por favor.

No era una declaración romántica. Era una necesidad cruda, honesta, casi dolorosa. Sus ojos estaban vidriosos; las manos le temblaban ligeramente sobre la alfombra.

Checo sintió que el aire se le atascaba en la garganta.

Nunca nadie le había pedido permiso de esa manera. Nunca nadie había esperado su respuesta de verdad.

Levantó las manos despacio. Dudó un segundo. Luego, con una delicadeza que parecía dolerle, tomó el rostro de Max entre las palmas. Los dedos fríos contra las mejillas calientes y sonrosadas.

Los ojos de Checo bajaron a la boca de Max, luego volvieron a subir a sus ojos.

Asintió.

Una sola vez. Pequeño. Definitivo.

Max soltó el aire que había estado conteniendo. Cerró los ojos un instante, como si necesitara concentrarse.

Luego se inclinó.

No fue rápido. No fue desesperado.

Fue lento. Muy lento.

Primero solo el roce. Labios contra labios. Suaves. Casi sin presión.

Checo contuvo la respiración.

Max tampoco se movió. Esperó. Dejó que el contacto se asentara.

Solo cuando sintió que Checo relajaba los hombros, que la tensión en su mandíbula se aflojaba un poco, entonces presionó un poco más.

Fue un beso tímido, exploratorio. Boca cerrada al principio. Solo la sensación de la piel contra la piel. El calor que empezaba a formarse. El leve temblor en ambos.

Checo abrió los labios un milímetro. No por iniciativa propia, sino porque el cuerpo lo hizo solo.

Max respondió al instante, pero sin invadir. Solo dejó que la punta de su lengua rozara la de Checo. Un toque. Otro. Muy suave.

Checo hizo un sonido pequeño, casi inaudible. No era un gemido. Era sorpresa. Era… curiosidad.

Se separaron apenas unos centímetros. Respiraban los dos con la boca abierta, jadeantes, como si hubieran corrido.

Max apoyó la frente contra la de Checo. Cerró los ojos.

—Gracias —susurró.

Checo no contestó. Solo mantuvo las manos en el rostro de Max, los pulgares rozando apenas los pómulos.

°•°•°•°•°

Después del beso, el aire en la habitación de Checo se quedó quieto, espeso, como si el tiempo se hubiera detenido para tomar nota de lo que acababa de pasar.

Max se separó despacio, con cuidado de no rozar demasiado, y se sentó de nuevo en el suelo a su lado. Ninguno dijo nada más. Solo respiraron. Max miró la vela que se consumía en la mesita, Checo miró sus propias manos como si fueran de otra persona.

Al cabo de un rato Max se puso de pie.

—Te dejo descansar —murmuró, voz baja y ronca—. Buenas noches.

Checo solo asintió, sin mirarlo. Max salió cerrando la puerta con suavidad.

Y entonces el silencio se rompió dentro de Checo.

Primero fue la sensación pegajosa entre las piernas. Incomodidad. Calor húmedo que se extendía por la tela de la ropa interior. Se quedó quieto un momento largo, confundido. ¿Se había orinado sin darse cuenta? Pero no olía a orina. No era caliente como la orina. Era… más espeso. Más lento. Y cuando movió las caderas, la tela se pegó a la piel de una forma que le dio escalofríos.

Se levantó despacio. Se quitó los pantalones y la ropa interior con movimientos mecánicos, casi rituales. Cuando bajó la mirada, vio su vulva: los labios mayores ligeramente hinchados, brillantes, pegajosos. Un hilo transparente se estiró entre la tela y la piel antes de romperse. El clítoris estaba más visible, rojizo, palpitando con cada latido del corazón.

No dolía. Pero era… raro. Demasiado. Demasiado presente.

Por un segundo pensó en llamar a su madre. Pero la idea le dio pánico. ¿Y si era una enfermedad? ¿Y si se moría por algo que había hecho mal al besar?

No. Mejor averiguar solo.

Se limpió con una toalla suave, se puso una camisola limpia y una bata larga. Tomó una lámpara de aceite y salió al pasillo. El castillo estaba en silencio; solo el eco lejano de algún sirviente apagando velas en los salones bajos.

Fue directo a la biblioteca prohibida. No era realmente prohibida para él —sus padres nunca le habían negado un libro—, pero los tomos de anatomía humana, los tratados de medicina antigua y los manuales ilustrados de “artes amatorias” estaban en un estante alto, detrás de una cortina de terciopelo rojo que nadie tocaba.

Subió la escalera de madera. Bajó tres libros pesados. Los puso sobre la mesa larga y abrió el primero que tenía grabados en cobre.

Lo que vio lo dejó sin aliento.

Cuerpos entrelazados. Bocas en genitales. Penetraciones en ángulos imposibles. Ilustraciones detalladas: penes erectos, vaginas abiertas, fluidos que se dibujaban como perlas. Posiciones con nombres en latín que no entendía. “Cunnilingus”. “Fellatio”. “Coitus more ferarum”.

Se puso tan rojo que sintió que la cara le ardía. Cerró el libro de golpe. El sonido resonó en la biblioteca vacía.

Pero la curiosidad ganó.

Volvió a abrirlo. Pasó páginas. Vio una ilustración de una vulva excitada: labios hinchados, entrada brillante, clítoris expuesto. Debajo, una leyenda en letra gótica: “Fluxus veneris – el licor del amor que prepara el camino”.

Checo se llevó una mano a la boca.

Era eso.

Lo que le había pasado.

No era enfermedad.

Era… normal.

Se quedó mirando la ilustración un rato largo. El corazón le latía en los oídos.

Necesitaba a Max.

Corrió por los pasillos. Golpeó la puerta de la habitación de invitados con los nudillos, fuerte, rápido.

Max abrió casi de inmediato. Llevaba solo la camisa y los pantalones, el cabello revuelto. Parecía que tampoco había dormido.

—¿Checo? ¿Estás bien?

—Tienes que venir —susurró Checo, voz temblorosa—. Tienes que ver algo.

Max no preguntó más. Lo siguió.

Cuando entraron a la biblioteca, Checo cerró la puerta con llave. Señaló los libros abiertos.

—Esto… esto me pasó. Después de… del beso.

Señaló la ilustración de la vulva húmeda.

Max se acercó despacio. Leyó la leyenda. Miró la imagen. Luego miró a Checo.

Sus mejillas también se encendieron.

—¿Tú… estás así ahora?

Checo negó con la cabeza.

—Ya no tanto. Pero… sí. Antes. Cuando te fuiste.

Max tragó saliva. Se sentó en la silla junto a Checo. Abrió otro libro. Pasó páginas hasta una ilustración de un pene en erección.

—Esto… esto me pasó a mí también —dijo en voz muy baja—. Después del beso. Se me puso duro. Mucho. Y… húmedo en la punta. Pensé que era… raro. Pero aquí dice que es normal. Que pasa cuando alguien te gusta mucho.

Checo se sentó a su lado. Muy cerca. Sus rodillas se rozaban.

—¿Te gusto mucho? —preguntó, casi inaudible.

Max lo miró directo a los ojos. Por primera vez sin apartar la mirada.

—Sí. Mucho.

Silencio.

Luego, con la misma curiosidad limpia, sin morbo, sin prisa:

—¿Puedo… ver?

Checo dudó. Luego asintió.

Se levantó. Se abrió la bata. Bajó la camisola hasta las caderas. No había vergüenza. Solo curiosidad compartida.

Max miró.

Era bonito. Rojizo. Brillante todavía en algunos puntos. Los labios menores asomaban un poco, delicados. El clítoris pequeño, hinchado.

Max no tocó. Solo miró. Respiró hondo.

—Es… precioso —susurró.

Checo se sentó de nuevo.

—¿Y tú?

Max se levantó. Se desabrochó los pantalones con manos temblorosas. Los bajó junto con la ropa interior.

Su pene estaba semiduro todavía. Grueso. La piel suave, venas marcadas. El glande rosado, brillante en la punta por el líquido preseminal.

Checo lo miró con los ojos muy abiertos.

—Es… grande —dijo simplemente.

Max soltó una risa nerviosa, corta.

—Sí. Siempre ha sido así. Me da un poco de vergüenza cuando se pone duro porque… se nota mucho.

Se volvieron a sentar. Los dos semidesnudos. Pero no había urgencia. No había manos que buscaran. Solo miradas. Preguntas.

—¿Duele cuando está así? —preguntó Checo.

—A veces. Si dura mucho y no… pasa nada. Pero ahora no duele. Solo… siento calor.

Checo asintió.

—A mí también me dio calor. Y cosquillas. Y… quería que siguieras besándome.

Max sonrió suave.

—A mí también.

Pasaron horas. Leyendo. Señalando ilustraciones. Preguntando. “¿Esto se siente bien de verdad?”, “¿La gente hace esto todos los días?”, “¿Por qué hay tantas formas?”.

Cuando empezó a amanecer, los dos estaban agotados. Los libros abiertos a su alrededor como un mapa de un territorio desconocido que acababan de descubrir.

Max cerró el último libro.

—a mi no me gustaría tocarte —dijo en voz baja, serio—. No hasta que… sepamos más. Y hasta que tú quieras. De verdad. Y si algún día quieres casarte conmigo… entonces sí. Pero solo si tú quieres.

Checo lo miró. Los ojos grandes, brillantes.

—¿Quieres casarte conmigo?

Max se puso rojo hasta las orejas.

—Quiero. Mucho. Pero no te lo voy a pedir todavía. Porque quiero que sea cuando tú estés seguro. Cuando no te dé miedo.

Checo se acercó. Apoyó la cabeza en el hombro de Max. No era un abrazo. Solo apoyo.

—Me gusta cómo me hablas —susurró—.

Max pasó un brazo con cuidado alrededor de sus hombros. No apretó. Solo sostuvo.

—Y a mí me gusta cómo miras las cosas. Como si todo fuera nuevo.

Se quedaron así hasta que el sol entró por las ventanas altas de la biblioteca.

Dos chicos que no sabían nada de sexo, pero que empezaban a saber mucho del otro.

Y eso, por ahora, era más que suficiente.

°•°•°•°•

Desde esa noche en la biblioteca, algo cambió de forma irreversible, aunque ninguno de los dos lo nombrara con palabras grandes. Simplemente empezó a ser.

Max se convirtió en el único lugar donde Checo podía hablar sin medir cada sílaba. Podía repetir el nombre científico de una flor veinte veces seguidas solo para sentir cómo sonaba diferente cada vez, y Max nunca lo interrumpía, nunca ponía cara de aburrimiento. Solo esperaba, con la cabeza ladeada y una media sonrisa que aparecía sin permiso.

Checo, a su vez, descubrió que podía reírse en voz alta sin taparse la boca inmediatamente después. La primera vez que le pasó —Max contando con todo detalle cómo una vez se había quedado atascado en un canal congelado intentando rescatar un pato— Checo soltó una carcajada corta y aguda que le sorprendió a él mismo. Se tapó la boca por instinto, pero Max solo dijo, bajito:

—No pares. Me gusta cómo suena.

Y Checo, por primera vez en su vida, no paró.

Los encontraban dormidos en los jardines más veces de las que los sirvientes sabían contar. Max sentado contra un árbol con la espalda recta, Checo con la cabeza apoyada en su muslo, las manos de Max descansando sin apretar sobre el cabello oscuro de Checo. Despertaban con el rocío pegado a la ropa y el sol ya alto, y ninguno se avergonzaba. Solo se miraban un segundo, como comprobando que el otro seguía ahí, y seguían con el día.

Comían solos siempre que podían. En el pequeño comedor del ala este, con la mesa puesta solo para dos. Max traía la sopa de tomate que preparaban en la cocina especialmente para él, y Checo traía sus galletas duras y sus zanahorias cortadas en bastones perfectos. Hablaban poco mientras comían —el ruido de la masticación era suficiente conversación—, pero cuando terminaban, se quedaban horas sentados, con los codos en la mesa y las voces bajas.

—¿Sabías que las campanillas de invierno se cierran cuando baja la temperatura? —preguntaba Checo una tarde, con los ojos brillando.

Max asentía.

—Como si se abrazaran a sí mismas para no perder calor.

Y Checo sonreía, pequeño, pero real.

El sábado llegó envuelto en una noche clara y helada. El patio principal del castillo estaba lleno de gente: nobles, sirvientes, niños con mejillas rojas, todos con globos de cantolla en las manos. El aire olía a cera quemada, a miel tibia de las velas y al humo limpio de las pequeñas mechas que empezaban a prenderse.

Checo y Max estaban un poco apartados, cerca de la fuente grande, con sus propios globos ya preparados. El de Checo tenía pintadas caléndulas naranjas en la base; el de Max, campanillas blancas con puntitos verdes que Checo había dibujado esa misma tarde con mano temblorosa.

La multitud empezó a contar hacia atrás. Diez. Nueve. Ocho…

Max miró a Checo.

La luz de las antorchas le bailaba en el rostro, hacía que sus ojos parecieran más grandes, más oscuros. El viento le movía el cabello en mechones sueltos. Y de pronto, sin pensarlo, sin planearlo, Max sintió que el pecho se le abría como si alguien hubiera quitado una tapa.

—Te amo —dijo.

No fue un grito. Fue un susurro que salió solo, como si las palabras hubieran estado esperando detrás de los dientes todo ese tiempo.

Checo se giró despacio. Lo miró. Y por primera vez desde que Max había llegado al reino, sonrió de verdad: grande, abierta, sin esconderse. Los dientes blancos, los ojos arrugados en las esquinas.

Tomó la mano de Max. Los dedos fríos se entrelazaron con los cálidos.

—Yo también —susurró.

No hubo más palabras. Solo el “¡cero!” de la multitud, el siseo de cientos de mechas prendidas al mismo tiempo, y luego el suave rugido cuando los globos empezaron a elevarse. Primero unos pocos, luego decenas, cientos. Luces anaranjadas y amarillas subiendo contra el cielo negro, como estrellas que decidían regresar a casa.

Checo y Max soltaron sus globos al mismo tiempo. Se quedaron mirando cómo subían, cómo se alejaban, hasta que se perdieron entre las demás luces.

Ninguno soltó la mano del otro.

A la mañana siguiente, Checo despertó con el sol ya alto y la habitación fría.

Se estiró bajo las cobijas, buscando con el brazo el espacio donde Max solía quedarse dormido cuando se quedaban hablando hasta tarde. Pero el colchón estaba vacío. Frío.

Se sentó de golpe.

—¿Max?

Silencio.

Se levantó descalzo, el suelo de piedra helándole las plantas. Salió al pasillo.

—¿Max?

Nada.

Empezó a caminar más rápido. El corazón le latía en la garganta. Subió las escaleras al ala de invitados. Golpeó la puerta de la habitación de Max. Una. Dos. Tres veces. Fuerte.

Silencio.

Bajó corriendo. En el pasillo principal se encontró con un sirviente que llevaba una bandeja vacía.

—¿Dónde está el príncipe Max? —preguntó, voz alta, temblorosa.

El sirviente bajó la mirada.

—Partieron al amanecer, alteza. La reina Sophie y el príncipe Max. El carruaje ya no está en los establos.

Checo se quedó quieto. El mundo se inclinó un poco.

—¿Sin… sin decir nada?

El sirviente negó con la cabeza.

—Lo siento, alteza.

Checo empezó a golpearse la cabeza con la palma abierta. Una vez. Dos. Tres. Rítmico. Fuerte. El sonido seco resonaba en el pasillo.

—¿Dónde está? ¿Dónde está Max? ¿Dónde? ¿Dónde?

Marilu apareció al final del corredor, con el rostro pálido. Corrió hacia él.

—Hijo, hijo, para.

Checo no paró. Seguía golpeándose, más rápido.

—¿Por qué se fue? ¿Por qué no me dijo? ¿Qué hice mal? ¿Qué hice mal?

Marilu lo tomó por las muñecas con suavidad, sin apretar. Solo sostuvo.

—No hiciste nada mal, mi amor. Se fueron porque tenían que volver. Jos mandó un mensajero urgente anoche. Problemas en las rutas del norte. Tuvieron que partir antes del alba.

Checo negó con la cabeza. Las lágrimas ya le corrían por las mejillas.

—No dejó nada. Ni una nota. Nada. Se fue y ya.

Marilu sintió que el corazón se le partía.

—Hijo…

Checo se soltó de sus manos. Dio media vuelta y corrió hacia su habitación. Cerró la puerta de un golpe. Echó el cerrojo.

Se metió debajo de todas las cobijas. Se hizo un ovillo pequeño. El cuerpo le temblaba. No lloraba fuerte. Lloraba en silencio, con los ojos abiertos, mirando la oscuridad que había debajo de las sábanas.

Max se había ido.

Sin nota.

Sin despedida.

Sin prometer que volvería.

Y Checo, por primera vez en toda su vida, sintió que el mundo entero se le había caído encima y no sabía cómo levantarlo solo.

En algún lugar lejano, en un carruaje que traqueteaba por caminos embarrados, Max miraba por la ventana con los ojos rojos. Tenía en la mano un papel arrugado que no había tenido valor de dejar sobre la almohada de Checo.

Solo dos palabras.

“Vuelvo pronto.”

Pero el mensajero había llegado de noche, el carruaje había partido con las primeras luces, y Max no había encontrado el momento, ni el valor, ni la forma de entrar a la habitación de Checo sin despertarlo.

Y ahora, el silencio entre ellos pesaba más que todos los globos de cantolla juntos.

°•°•°•°•°

Los días que siguieron a la partida del carruaje negro se volvieron una cuenta regresiva lenta y cruel hacia algo que nadie sabía nombrar.

Checo dejó de comer al tercer día.

Al principio fue sutil: apartaba el plato de galletas duras con un movimiento lento de la mano, como si le pesara demasiado el brazo. Luego dejó de tocar las zanahorias cortadas en bastones perfectos que le preparaban cada mañana. El cuarto día simplemente miró la sopa de tomate —la misma que Max le había enseñado a apreciar— y empezó a temblar. No gritó. No tiró el plato. Solo se quedó mirando el líquido rojo hasta que se enfrió y se formó una película opaca en la superficie.

Marilu se sentó frente a él esa tarde, con la voz más suave que pudo encontrar.

—Hijo… aunque sea un poco. Solo un sorbo. Por favor.

Checo no levantó la vista. Sus dedos se clavaban en la tela de su camisola, arrugándola una y otra vez. Cuando Marilu intentó acercar la cuchara, él se apartó tan bruscamente que la silla chirrió contra la piedra.

—No quiero —susurró, y la voz salió rota, como si le doliera usarla—. No quiero nada.

Antonio intentó después, en la noche. Entró con una bandeja pequeña: pan tostado sin corteza, un trozo de queso duro, agua en un vaso sin asa (porque los asas le molestaban cuando estaba así). Se quedó en la puerta.

—Checo… sé que duele. Pero tienes que comer algo. El cuerpo no puede…

Checo se tapó los oídos con las manos. Empezó a balancearse. El movimiento era rápido, violento. La cama crujía bajo él.

—No hables de mi cuerpo. No hables de nada.

Antonio salió sin decir más. Cerró la puerta con cuidado. Afuera, en el pasillo, se apoyó contra la pared y se pasó las manos por la cara como si quisiera quitarse la impotencia a la fuerza.

Checo lloraba mucho. No eran sollozos fuertes y dramáticos. Eran lágrimas silenciosas que le corrían por la cara durante horas, sin pausa, hasta que los ojos se le ponían hinchados y rojos. A veces se golpeaba la cabeza contra la almohada. Otras veces contra la pared. Pequeños golpes rítmicos que dejaban marcas rosadas en la frente. Marilu tuvo que poner cojines extra alrededor de la cama para que no se lastimara más.

Una noche, en la desesperación, se arañó los brazos. No profundo. Solo rasguños superficiales con las uñas, líneas rojas que aparecían y desaparecían según la luz. Lo hacía cuando el silencio dentro de su cabeza se volvía demasiado grande, cuando el recuerdo de la mano de Max en la suya empezaba a sentirse como un fantasma que se desvanecía.

—¿Por qué se fue? —susurraba una y otra vez, meciéndose en el suelo, abrazándose las rodillas—. ¿Por qué no dejó nada? ¿Por qué no dijo adiós? ¿Qué hice mal? ¿Qué hice mal?

Marilu lo encontraba así, acurrucado en la esquina más alejada de la habitación, con la bata abierta y los brazos llenos de marcas rosadas. Lo envolvía en una manta sin tocarlo directamente, solo hablando bajito.

—No hiciste nada malo, mi amor. Nada. Él tuvo que irse. Pero volverá. Te lo prometo.

Checo no respondía. Solo seguía meciéndose. El movimiento era constante, como un metrónomo roto.

Mientras tanto, en el norte, Max tampoco estaba mejor.

El viaje de regreso había sido un infierno silencioso. Sophie intentaba hablarle, pero él solo miraba por la ventana del carruaje, con los puños apretados sobre las rodillas. Cuando llegaron al palacio de los Verstappen, Jos lo recibió con un abrazo breve y seco.

—Bienvenido, muchacho. Hay mucho trabajo.

Max asintió. No dijo nada. Subió a su habitación y cerró la puerta.

Allí, solo, se derrumbó.

Se sentó en el suelo con la espalda contra la cama, las rodillas contra el pecho. Se preguntaba si Checo había comido ese día. Si había dormido. Si todavía olía sus globos de cantolla en la habitación. Si todavía tenía el sabor de su beso en la boca.

Quería escribir. Quería enviar una carta cada día. Pero no había tiempo.

Jos lo tenía en reuniones desde el amanecer hasta la medianoche. Rutas bloqueadas por tormentas. Alianzas que se rompían. Barcos perdidos en el Mar del Norte. Max firmaba documentos, daba órdenes, escuchaba informes. Su voz salía plana, mecánica. Nadie se daba cuenta de que apenas parpadeaba, de que tenía ojeras moradas, de que cuando alguien mencionaba comida él solo asentía sin probar bocado.

Una noche, en la madrugada, cuando el palacio ya estaba en silencio, Max se sentó en el escritorio con una vela y papel. Escribió tres líneas.

“Checo,

No quise irme sin decirte. No pude. Vuelvo pronto. Te amo.

Max”

Dobló la carta. La selló. Y la dejó sobre el escritorio.

A la mañana siguiente, Jos entró sin llamar.

—Tenemos que salir al puerto ahora. Hay un barco que llegó con daños. Ven.

Max miró la carta. Dudó.

—Solo un segundo…

—No hay segundos, Max. Vamos.

Max dejó la carta allí. No la llevó. No la envió. El mensajero más rápido tardaría días en llegar al sur, y cada día que pasaba sin noticias era un día más en que Checo podía pensar que lo había abandonado.

Max se odiaba por eso.

En el puerto, mientras inspeccionaba las velas rasgadas y los mástiles astillados, solo podía pensar en una cosa: ¿Está comiendo? ¿Está llorando? ¿Se está lastimando?

Y en el sur, Checo se preguntaba exactamente lo mismo, pero al revés: ¿Se olvidó de mí? ¿Ya no me quiere? ¿Fue todo mentira?

Marilu y Antonio se miraban en los pasillos, exhaustos. Sophie había prometido una carta con la respuesta definitiva sobre el matrimonio. Pero no llegaba nada. Solo silencio.

Y en medio de ese silencio, dos chicos se deshacían a distancia, cada uno convencido de que el otro había seguido adelante sin mirar atrás.

Checo, escondido bajo las cobijas, con los brazos llenos de rasguños y el estómago vacío.

Max, de pie en la proa de un barco helado, con los ojos fijos en el horizonte sur, repitiendo en silencio una promesa que no sabía si podría cumplir.

“Vuelvo pronto.”

Pero pronto empezaba a sentirse como nunca.

°•°•°•°•°

Dos meses después, el invierno se había instalado en el reino como una sentencia. El castillo, que antes olía a cera de abeja y rosas tardías, ahora olía a medicinas amargas, a sábanas sudadas y a silencio pesado.

Checo ya no se levantaba de la cama. El cuerpo que antes se balanceaba con ritmo nervioso ahora apenas se movía. Sus mejillas estaban hundidas, la piel bajo los ojos morada como si alguien hubiera apretado con dedos invisibles. La fiebre lo visitaba por las noches y lo dejaba temblando, empapado en sudor frío. Los sirvientes traían bandejas que volvían intactas: caldos claros, pan remojado, infusiones de manzanilla que se enfriaban sin que nadie las tocara.

Marilu pasaba las horas sentada al lado de la cama, cambiando paños húmedos en la frente de su hijo, hablando en voz baja aunque sabía que él no respondía.

—Hijo… solo un sorbito. Por favor. Mamá te lo pide.

Checo abría los ojos un segundo, los tenía vidriosos, apagados. Luego los cerraba otra vez. A veces murmuraba algo ininteligible, una palabra que sonaba como “Max” pero tan débil que parecía un suspiro.

Antonio no aguantaba verlo así. Cada día entraba, se quedaba en la puerta un rato largo, y salía sin decir nada porque sentía que si abría la boca se rompería.

Una madrugada, cuando la luna todavía colgaba blanca y fría en el cielo, Antonio no pudo más. Entró al despacho pequeño, encendió una lámpara de aceite con mano temblorosa y sacó papel, tinta y pluma. La mano le temblaba tanto que la primera línea salió torcida.

Escribió sin pensar demasiado, sin pulir las palabras. Solo puso lo que dolía.

“Querida reina Sophie, querido rey Jos,”

“No sé cómo empezar esta carta sin que suene a súplica o a amenaza. Mi hijo Sergio está muriendo. No come desde hace semanas. La fiebre lo consume por las noches. Los médicos dicen que es agotamiento, estrés, inanición voluntaria. Pero yo sé la verdad: es el corazón. Se rompió cuando Max se fue sin despedirse.”

“Si Max no siente lo mismo que mi hijo, lo entenderemos. No pediremos nada más que la paz de saberlo. Pero si hay aunque sea una posibilidad de que sienta algo por él… les ofrezco una dote generosa. Oro suficiente para reforzar vuestras rutas del norte durante años. Solo pido una cosa: que Max vuelva. Que lo vea. Que Checo sepa que no fue abandonado.”

“Por favor. No me hagan enterrar a mi hijo pensando que nadie lo quiso de verdad.”

“Con el respeto y la desesperación de un padre,

Antonio Pérez”

Dobló la carta. La selló con el lacre dorado. Bajó a los establos en persona, despertó al mensajero más rápido que tenían y le puso la carta en las manos.

—Llévala volando. No pares.

El mensajero partió antes del amanecer.

Dos semanas después, en el palacio de los Verstappen, la carta llegó cubierta de polvo y manchas de lluvia.

Sophie la abrió en el salón pequeño, con Jos a su lado y Max sentado en el suelo junto a la chimenea, mirando las llamas como si quisiera meterse dentro de ellas.

Sophie leyó en voz alta. Cuando llegó a la parte del oro, Max levantó la cabeza de golpe.

—¿Qué?

Sophie siguió leyendo. Cuando terminó, el silencio fue tan denso que se podía oír el crepitar de la leña.

Max se puso de pie despacio. Los puños le temblaban.

—¿Creen que no lo amo? —La voz le salió baja, ronca—. ¿Creen que me fui porque no lo quiero? ¿Que por eso está…?

No terminó la frase. Se llevó las manos a la cabeza. Empezó a golpearse las sienes con las palmas abiertas. Golpes secos, rítmicos. Uno. Dos. Tres. Cuatro.

Sophie se levantó rápido.

—Max, para.

—No . No paro porque es mi culpa. —Los golpes seguían—. Es mi culpa. No escribí. No envié nada. No pude. No tuve tiempo. Y ahora él…

Golpe. Golpe. Golpe.

Jos se acercó, intentó sujetarle las muñecas.

—Basta, muchacho.

Max se soltó con un movimiento brusco, casi salvaje.

—¡No! ¡No entienden! Él cree que lo dejé. Que no lo quise. Que fue un juego. Y por eso no come. Por eso se está muriendo. ¡Por mí!

Los golpes se hicieron más fuertes. La piel de las sienes ya estaba roja. Sophie se arrodilló frente a él, sin tocarlo, solo hablando bajito.

—Max… mírame. Por favor.

Max no miró. Seguía golpeándose.

—Se está muriendo por mi culpa. Se está muriendo y yo aquí… firmando papeles estúpidos. Mirando barcos. Mientras él…

Se le quebró la voz. Las lágrimas le corrían por la cara sin que se diera cuenta.

Sophie se acercó un poco más.

—Entonces ve. Ve ahora. Toma el carruaje más rápido. Llévate a los mejores médicos si quieres. Pero ve. No te quedes aquí castigándote. Él te necesita vivo, no muerto de culpa.

Max dejó de golpearse. Las manos le quedaron temblando en el aire. Respiraba como si le faltara el aire.

—¿Y si ya es tarde? ¿Y si cuando llegue ya…?

—No lo es —dijo Jos, con voz firme por primera vez—. No lo es hasta que lo veas con tus propios ojos. Así que muévete, hijo. Muévete ya.

Max miró a sus padres. Luego a la carta que todavía estaba sobre la mesa.

Se levantó. Las piernas le temblaban.

—Preparen el carruaje. Ahora.

Salió del salón casi corriendo. Subió las escaleras de dos en dos. Entró a su habitación, abrió el arcón y sacó la camisa que Checo le había dado una tarde en los jardines, la que todavía olía un poco a caléndulas y a él. La apretó contra el pecho.

Abajo, Sophie y Jos ya estaban dando órdenes. Los caballos relinchaban en los establos.

En el sur, Checo seguía en la cama, con la fiebre subiendo otra vez. Marilu le cambiaba el paño en la frente y susurraba:

—Aguanta un poco más, mi amor. Aguanta.

No sabía que, en ese mismo instante, un carruaje negro y polvoriento ya había salido del norte, rompiendo los caminos, llevando dentro a un muchacho que se golpeaba la cabeza en silencio cada vez que cerraba los ojos, repitiendo una sola palabra como oración:

“Checo. Checo. Checo.”

°•°•°•°•°•°

El viaje de regreso fue una eternidad envuelta en barro.

El carruaje negro de los Verstappen avanzaba a trompicones por caminos que el lodo había convertido en trampas: surcos profundos llenos de agua helada, piedras sueltas que hacían crujir los ejes, viento que entraba por las rendijas y cortaba la piel como cuchillos. Max apenas dormía. Se quedaba sentado con la espalda recta, las manos apretadas en el regazo, mirando por la ventanilla sin ver nada. Cada bache era un recordatorio: “más lento, más lejos, más tarde”.

Rezaba. No era un hombre religioso, pero en esas noches interminables, con el aliento empañando el cristal, murmuraba palabras que no sabía de dónde salían.

—Que esté vivo. Por favor, que esté vivo. Que mi pecoso siga respirando. Que siga oliendo a flores aunque no coma. Que no se haya ido pensando que lo dejé.

A veces se golpeaba la sien con el puño cerrado, solo un golpe seco, para callar la voz que le decía que ya era tarde. Sophie, sentada al frente, no lo detenía. Solo lo miraba con los ojos llenos de lágrimas que no dejaba caer.

Pasaron casi tres semanas. Tres semanas de caminos rotos, de posadas donde Max apenas probaba el pan, de noches en que se despertaba sudando porque soñaba con Checo acurrucado bajo las cobijas, pálido, quieto, sin moverse nunca más.

Cuando por fin los trompetas del castillo anunciaron la llegada de un carruaje extranjero, el sonido llegó como un latigazo al corazón de Marilu y Antonio.

Estaban en la sala pequeña, intentando convencer a Checo de tomar aunque fuera un sorbo de agua, cuando el estruendo lejano de las trompetas los hizo levantarse al mismo tiempo. Miraron por la ventana. El carruaje negro, cubierto de salpicaduras de barro , avanzaba por la avenida principal. El escudo naranja y dorado brillaba débilmente bajo el sol pálido de febrero.

Marilu soltó el vaso que tenía en la mano. Se hizo añicos contra el suelo.

—Es él.

Antonio ya corría hacia la puerta. Marilu lo siguió, el vestido recogido en las manos, el corazón golpeándole las costillas.

El carruaje apenas se detuvo cuando la puerta se abrió de golpe. Max bajó de un salto. Las mejillas rojas por el frío y el llanto, los ojos hinchados y enrojecidos, el cabello revuelto y pegado a la frente por el sudor nervioso. Llevaba la misma camisa que Checo le había dado meses atrás, arrugada, manchada de viaje.

Marilu no esperó saludos ni reverencias. Lo tomó del brazo con fuerza, los dedos clavándose en la lana del abrigo.

—Ven. Ahora.

Max no se resistió. Siguió a Marilu casi tropezando, con Antonio detrás cerrando la marcha. Subieron las escaleras de dos en dos. El pasillo olía a medicinas, a sudor, a miedo viejo.

Marilu abrió la puerta de la habitación de Checo sin llamar.

La escena dentro fue un puñetazo en el estómago.

Checo estaba acostado de lado, la cara hundida en la almohada, los ojos entrecerrados y opacos. La piel era casi transparente, las venas azules marcadas en las sienes y en las muñecas huesudas. Los labios agrietados, la respiración superficial y entrecortada. Parecía un niño que se hubiera olvidado de crecer. Parecía un cadáver que todavía respiraba.

Max se quedó paralizado en la puerta.

—Mierda… —susurró, la voz quebrada.

Marilu lo empujó suavemente hacia adentro.

—Habla con él. Por favor.

Max se acercó despacio, como si temiera que el suelo se rompiera bajo sus botas. Se arrodilló junto a la cama. Tomó la mano de Checo con cuidado extremo. Estaba fría. Demasiado fría. Los dedos delgados, los nudillos prominentes.

—Checo… —dijo bajito, la voz temblando—. Soy yo. Volví.

Checo no se movió al principio. Solo un parpadeo lento, como si le costara enfocar.

—No… —murmuró, voz ronca y débil—. Otra vez no… Es otra alucinación… Siempre vienes y te vas…

Max sintió que algo se rompía dentro de él.

—No es una alucinación. Mírame. Tócame. —Tomó la mano huesuda de Checo y la llevó a su propia mejilla—. ¿Sientes? Estoy aquí. Frío por el viaje, pero aquí. No me voy a ir otra vez. Te lo juro.

Checo cerró los ojos. Una lágrima se le escapó por la comisura y rodó por la sien.

—Siempre dices eso… en mis sueños… y después despierto y no estás…

Max negó con la cabeza, desesperado. Las lágrimas le corrían por la cara sin control.

—No, no, escúchame. —Se inclinó más cerca, hablando contra su oído, bajito, suave, como siempre hacía—. Recuerda la sopa de tomate. Recuerda los globos de cantolla. Recuerda cuando pintamos campanillas en el papel. Recuerda el beso en tu habitación. Eso fue real. Yo fui real. Y sigo siéndolo.

Checo abrió los ojos. Los tenía muy abiertos, muy brillantes por la fiebre y las lágrimas.

—¿Max…?

—Sí. Sí, soy yo.

Checo soltó un sollozo corto, roto. Luego otro. Y otro. Empezó a llorar como nunca lo había hecho delante de nadie: con todo el cuerpo, con los hombros temblando, con la boca abierta en un grito silencioso que se convirtió en llanto fuerte, desgarrador.

Max se subió a la cama sin pedir permiso. Se acostó a su lado, lo rodeó con los brazos con cuidado, como si fuera de cristal. Checo se pegó a él, enterrando la cara en su pecho, agarrando la camisa con dedos débiles pero desesperados.

—Volviste… volviste… —repetía entre sollozos, la voz ahogada contra la tela—. Pensé que no… pensé que me habías dejado… que no me querías…

Max lo apretó un poco más, besándole el cabello seco y desordenado.

—Nunca. Nunca te dejaría. Me fui porque no tuve opción, pero cada día me moría pensando en ti. Cada día. Lo siento. Lo siento tanto…

Checo lloraba más fuerte, el cuerpo temblando entero.

—No te vayas otra vez… por favor… no me dejes solo…

—No me voy. —Max le tomó la cara con las dos manos, obligándolo a mirarlo—. Te lo juro por todo lo que tengo. No me voy nunca más.

Marilu y Antonio estaban en la puerta, sin atreverse a entrar del todo. Marilu tenía las manos en la boca, lágrimas silenciosas corriendo por sus mejillas. Antonio se apoyaba en el marco, los ojos cerrados, respirando como si acabara de salir de debajo del agua.

Checo, todavía llorando, levantó una mano temblorosa y tocó la mejilla de Max.

—Eres real… estás aquí…

Max asintió, sin dejar de mirarlo.

—Soy real. Y me quedo.

Checo cerró los ojos, exhausto, pero por primera vez en meses una pequeña sonrisa temblorosa apareció en sus labios agrietados.

—Te amo… —susurró.

Max soltó el aire que había estado conteniendo desde hacía semanas.

—Y yo a ti, mi pecoso. Más que a nada.

Se quedaron así, abrazados en la cama estrecha, mientras el sol pálido de marzo entraba por la ventana y calentaba un poco la habitación que durante tanto tiempo había estado helada.

°•°•°•°•°

Las cosas no fueron fáciles. Ni siquiera cerca.

El regreso de Max trajo alivio, sí, pero no milagros. El cuerpo de Checo no entendía de promesas ni de lágrimas compartidas; seguía débil, frágil, como una planta que ha pasado demasiado tiempo sin agua y sin sol. La fiebre bajaba a ratos, pero volvía por las noches como un ladrón silencioso. El apetito no regresaba solo porque Max estuviera allí; tenía que ser conquistado, día a día, cucharada a cucharada.

Sophie se quedó en el castillo más tiempo del que nadie esperaba. No hablaba mucho de la culpa, pero se le veía en la cara: en la forma en que evitaba mirar directamente a Checo los primeros días, en cómo se mordía el interior de la mejilla cuando alguien mencionaba los dos meses de silencio. Una tarde, sin avisar, entró a la cocina principal. Los sirvientes se quedaron quietos, incómodos, pero ella solo levantó una mano.

—No se preocupen. Solo quiero preparar algo.

Nadie se atrevió a decirle que no.

Hizo sopas que conocía bien: tomate triturado con un toque de albahaca fresca que había traído en su propio equipaje, crema de zanahoria sin trozos que pudieran molestar la textura, caldo de verduras colado hasta quedar cristalino. Nada gelatinoso. Nada que oliera fuerte. Nada que pudiera hacer que Checo apartara la cara con asco.

Cuando llevaba el tazón humeante a la habitación, siempre entraba despacio, como si pidiera permiso con cada paso.

—Sergio… traje algo suave. ¿Quieres probar? —preguntaba bajito, sentándose al borde de la cama.

Checo la miraba con ojos grandes y cansados. A veces asentía apenas. A veces solo giraba la cabeza hacia la pared. Sophie no insistía. Dejaba el tazón en la mesita, le ponía una cucharita limpia al lado y salía sin hacer ruido.

Max, en cambio, no se rendía nunca.

Entraba todas las mañanas con una bandeja pequeña: sopa tibia, pan tostado cortado en tiras exactas, un vaso de agua sin asa. Se sentaba en la cama, apoyaba la espalda contra el cabecero y empezaba a hablar como si nada hubiera pasado.

—Hoy la sopa huele a casa —decía, removiendo despacio—. Mamá le puso un poco de pimienta blanca. Dice que ayuda con el frío que queda dentro.

Checo lo miraba, parpadeaba lento.

—No tengo hambre…

—Lo sé. —Max no se alteraba—. No tienes que tener hambre. Solo tienes que probar un poquito. Por mí. Solo una cucharada y si no quieres más, paro.

Checo suspiraba. Abría la boca. Max le acercaba la cuchara con una paciencia que parecía infinita. A veces Checo tragaba. A veces escupía en la servilleta y cerraba los ojos con fuerza. Max no se frustraba. Solo limpiaba la comisura de su boca con la punta de la servilleta y esperaba.

Cuando Checo empezó a ganar algo de fuerza, Max decidió que tenía que salir de la habitación.

—Vamos al jardín —decía cada mañana, como si fuera una rutina normal—. Aunque sea hasta la fuente pequeña. Solo un rato.

Checo negaba con la cabeza al principio.

—No puedo… me duele todo.

—Entonces te llevo.

Y lo hacía. Lo cargaba en brazos como si fuera de plumas, aunque Checo pesaba poco más que un niño. Lo acomodaba contra su pecho, le ponía una manta sobre los hombros y bajaba las escaleras con cuidado de no tambalearse. En el jardín, lo sentaba en el banco de piedra junto a la fuente, envuelto en lana, y se quedaba a su lado.

El primer día que llegaron a los parterres, Max se quedó quieto.

Las flores estaban descuidadas. Las caléndulas marchitas, las rosas con hojas amarillas y llenas de pulgón, los girasoles inclinados como si hubieran perdido la fe en el sol. Checo miró todo eso y empezó a llorar sin sonido. Lágrimas gruesas que caían sobre la manta.

—Las maté… —susurró—. Las dejé morir.

Max se arrodilló frente a él, le tomó las manos heladas.

—No las mataste. Solo… las dejaste esperar. Pero ahora estamos aquí. Vamos a arreglarlas juntos. Poco a poco.

Y lo hicieron. Día tras día.

Max llevaba tijeras de podar, un balde pequeño con agua, un trapo húmedo. Cortaba las partes secas, limpiaba las hojas, regaba con cuidado para no salpicar. Checo observaba, sentado, con las rodillas contra el pecho. A veces extendía un dedo tembloroso y tocaba un pétalo.

—Esta… esta todavía puede salvarse —decía bajito.

Max sonreía.

—Claro que sí. Igual que tú.

Las noches eran lo más difícil.

Checo no dormía bien solo. Se despertaba llorando, buscando a Max en la oscuridad, convencido de que se había ido otra vez. Max empezó a dormir en la misma cama. No había nada sexual en eso; solo necesidad. Se acostaba de lado, abrazaba a Checo por detrás con cuidado, le ponía una mano abierta sobre el pecho para que sintiera el latido constante.

—Estoy aquí —susurraba contra su nuca—. No me voy.

Checo se aferraba a su antebrazo como si fuera un salvavidas.

—No me sueltes…

—Nunca.

Algunas mañanas Max tenía que vestirlo porque Checo no tenía fuerzas para abrocharse los botones o para meter los brazos en las mangas. Lo hacía con una delicadeza absoluta: le ponía la camisa blanca de algodón suave, le abrochaba cada botón despacio, le subía los pantalones con cuidado. Después le cepillaba el cabello con movimientos lentos, separando los mechones enredados.

—Listo —decía al final, besándole la sien—. Estás guapísimo.

Checo lo miraba con ojos todavía apagados, pero ya había un poco más de luz.

—Gracias… por no cansarte de mí.

Max negaba con la cabeza.

—Nunca me cansaría de ti. Aunque tardara años en recuperarte. Aunque tuviera que vestirte todos los días hasta que seamos viejos. No me canso.

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