Prólogo
El fuego de aquella noche no solo consumió la pequeña aldea de los zorros; también devoró todo lo que Park Jimin conocía como su hogar.
Aún podía recordar el olor a humo, el crujido de la madera quemándose y el peso del dolor en su pecho cuando los suyos fueron masacrados por el simple delito de ser considerados criaturas de "baja categoría". Pero entre el caos y la desesperación, la Diosa Luna no lo abandonó. Extendió su manto sobre el pequeño zorro y depositó en su alma una bendición doble: la pureza absoluta de la luz y la fuerza incalculable de las sombras.
Un poder monumental encerrado en un cuerpo diminuto.
—Recuerda bien mis palabras, pequeño —susurró Lady Vanya, la bruja mística cuya túnica oscura parecía hecha de la misma noche.
Estaban parados frente a los gigantescos portones de hierro del Instituto Místico Astraea, la academia más prestigiosa e intimidante de todas, donde brujas, vampiros, elfos y cambiaformas convivían bajo una estricta jerarquía de poder.
Lady Vanya miró a Jimin con atención. A simple vista, el chico proyectaba una apariencia frágil y extremadamente dulce, con una tez suave y facciones delicadas que despertaban un instinto de protección en cualquiera. Su cabello naranja, brillante como las llamas del atardecer, caía suavemente sobre su frente, y sus ojos naranjas, cálidos e hipnóticos, reflejaban la pureza y la astucia de su especie.
Con un conjuro ancestral, la bruja selló la verdadera forma del chico. A los ojos de todo el instituto, el poderoso zorro místico de múltiples colas se convirtió en un simple, frágil e inofensivo zorro de una sola cola.
—A partir de hoy, tus verdaderas colas y tu magia permanecerán ocultas —continuó Lady Vanya, sujetándolo con firmeza por los hombros—. Tu supervivencia depende de que nadie descubra el poder de luz y oscuridad que albergas. Sé astuto, mantén un perfil bajo y no permitas que la arrogancia de los linajes reales te destruya.
Jimin asintió en silencio. En la superficie, aparentaba ser solo un estudiante vulnerable más. Pero por dentro, sus instintos eran afilados y su carácter, atrevido cuando la ocasión lo requería.
Lo que ni Lady Vanya ni Jimin podían prever era la fuerza del destino trazado por la Diosa Luna. En el costado izquierdo de su cadera, oculto bajo las capas de su ropa, descansaba un sello sagrado: una medialuna rodeada de pequeñas estrellas. Una marca inactiva... hasta ese día.
Porque al otro lado de esos mismos portones, caminando por los fríos pasillos de Astraea, se encontraba Jeon Jungkook.
Jungkook era el Heredero Real del linaje de los Leones Legendarios. Poseía un aspecto duro, imponente y distante, con una presencia física que obligaba a todos a abrirle paso a su alrededor. Su cabello negro azabache estaba marcado por vibrantes mechones naranjas que delataban el fuego vivo de su linaje felino, y sus ojos de un naranja oscuro, profundos como brasas en la penumbra, lanzaban miradas tan frías que hacían temblar a cualquiera.
Jungkook no creía en la calidez, ni en la debilidad, ni en las alianzas. Era conocido por su tosquedad y por los gruñidos de advertencia que soltaba si alguien osaba acercarse demasiado.
Sin embargo, el destino ya había movido sus piezas.
En cuanto Jimin cruzó el umbral de Astraea, la piel sobre la cadera de ambos comenzó a pulsar con un calor abrasador, latiendo al ritmo de un brillo plateado que amenazaba con salir a la luz ante la inminente proximidad del otro.
El León y el Zorro estaban a punto de colisionar, y el Instituto Astraea nunca volvería a ser el mismo.








