Mate amargo y tres bocas
El sol de la tarde en Las Alondras pegaba de costado, ese sol de barrio que no quema pero te deja la lengua seca. Nico caminaba con las manos metidas en los bolsillos del short, la cola larga y fina arrastrándose entre las patas traseras. Todavía le zumbaban en la cabeza las risas de los pibes.
—Boludo, ¿vas a seguir siendo virgen hasta los treinta? —le había dicho el gordo de la esquina, un mestizo grueso de orejas cortadas. —Ni una pija se te para cerca, flaco —agregó el otro, un pastor medio pelado que siempre olía a faso. —Andá a pedirle a la Cervero que te la chupe, capaz que de lástima te da bola —y se cagaron de risa los tres, empujándolo contra la reja del kiosco.
Nico no contestó. Solo bajó la mirada, se acomodó la remera que le quedaba grande y se fue. Caminó sin rumbo, las orejas gachas, el hocico apretado. Tenía veinte años, el pelaje caramelo con manchas negras todavía de pibe, y una vergüenza que le quemaba la panza. No había puestola nunca. Ni cerca. Se tocaba solo en la ducha y después se sentía peor.
Llegó hasta la esquina de siempre casi sin darse cuenta. La casa antigua de Eudora Kravos se veía igual que siempre: rejas oxidadas, jazmines desprolijos, el olor a pan casero que se escapaba aunque ya no trabajara en la panadería. El patio delantero tenía una mesita de madera y sillas de plástico desparejas. Y ahí estaba ella.
Dora estaba sentada con las tres cabezas mirando para lados distintos, tomando mate como si el mundo no existiera. La remera negra se le estiraba sobre las tetas enormes, la panza suave se asomaba un poco por abajo, y los jeans apretados le marcaban todo. El pelaje gris con canas plateadas le brillaba al sol de la tarde.
La cabeza central —Dora— fue la primera en verlo. —Nico… che, vení. Estás con cara de velorio.
La de la izquierda, Mara, levantó el hocico y bufó: —Mirá al pendejo este. Parece que se le murió el perro… o que no se la cogió nadie, que es casi lo mismo.
Vera, la de la derecha, se rio bajito y sacó la lengua: —Ay, qué lindo cuando se pone triste. Se le pone la colita entre las patas y todo. Dale, invitalo, Dora. Que tome mate con nosotras.
Nico se quedó parado en la vereda, las orejas todavía gachas. —No… no molesto, señora Dora. Solo pasaba.
—Pasá, boludo —dijo Mara, seca—. Que no vamos a comerte… todavía.
Dora le hizo un gesto con la pata grande. —Vení al patio. Hay mate y hay facturas de ayer. Y se te nota a diez cuadras que estás bajoneado.
El pibe dudó dos segundos y entró. Se sentó en la silla de plástico que crujió bajo su peso flaco. Dora le alcanzó el mate. Las tres cabezas lo miraban al mismo tiempo, tres pares de ojos turquesa fijos en él.
—Contá —dijo la central, suave—. ¿Qué te hicieron los pelotudos esos?
Nico dio un sorbo, se atragantó un poco y bajó la vista. —Nada… boludeces. Que soy virgen. Que nadie me da bola. Que… no sé.
Vera se inclinó hacia adelante, las tetas pesadas moviéndose bajo la remera. —Ay, qué tierno. Un virgencito del barrio. Y viene justo a nuestra casa… qué casualidad, ¿no?
Mara se rio con esa risa rasposa que siempre parecía una puteada. —Casualidad las pelotas. Este pendejo viene olfateando hace semanas. Se le nota en cómo te mira las tetas, Dora.
—Mara… —advirtió la central, aunque no sonaba enojada.
Nico se puso colorado hasta las orejas. La cola se le escondió más entre las patas. Intentó cambiar de tema, hablar del clima, del súper, de cualquier pelotudez. Pero las tres cabezas no lo dejaban escapar.
—Decime la verdad, pibe —siguió Vera, con esa voz juguetona—. ¿Nunca te la chuparon? ¿Nunca te tocaste con alguien?
—N-no… —balbuceó él.
—Pobre —susurró Dora, y le pasó la mano grande y peluda por el hombro—. Está bien tener vergüenza. Pero no tenés que cargar con eso solo.
El mate iba y venía. El sol bajaba. Las tres cabezas hablaban entre ellas como si Nico no estuviera, pero siempre volviendo a él.
—Mirá cómo se le para cuando le hablamos de sexo —dijo Mara, señalando con el hocico el bulto que empezaba a marcarse en el short del pibe. —Shhh, no lo avergüences —pidió Dora, aunque se le escapó una sonrisa. —Avergoñarlo es rico —insistió Vera—. Mirá esa carita. Parece que se va a venir solo de escuchar.
Nico no sabía dónde meterse. El olor de Dora lo estaba volviendo loco: pan, jabón barato, y debajo algo más caliente, más animal. Cada vez que ella se movía, las tetas pesadas se mecían y él no podía dejar de mirar.
Al rato Dora se levantó. —Vení adentro un toque. Te voy a mostrar algo.
Lo llevó al living. Las persianas estaban medio bajas. Olor a madera vieja y a ella. Nico se quedó parado en el medio de la habitación, las orejas paradas de nervios.
Dora se sentó en el sillón grande, abrió un poco las piernas y lo miró con las tres cabezas. —Acércate.
Él dio un paso. Después otro. Dora le tomó la pata y lo atrajo hasta quedar entre sus muslos gordos.
—Tranquilo… —susurró la central—. No te vamos a hacer nada que no quieras.
Mara se rio. —Mentira. Le vamos a hacer de todo. Pero despacio.
Vera ya tenía la lengua afuera. —Sacale el short, Dora. Quiero ver esa pija de virgen.
Nico temblaba. Dora le bajó el cierre con dedos gruesos y seguros. El short cayó. La pija saltó afuera: gruesa, venosa, ya goteando, más grande de lo que el cuerpo flaco prometía. Las tres cabezas se acercaron al mismo tiempo.
—Mirá eso… —jadeó Vera. —Gorda y colorada. Parece que nunca la usaron —bufó Mara. —Hermosa —dijo Dora, y le dio un lengüetazo lento desde la base hasta la punta.
Las tres bocas se repartieron el trabajo como si lo hubieran ensayado mil veces. Vera engulló la cabeza, chupando con ruidos húmedos y golosos. Mara lamió el tronco con la lengua áspera, apretando con los labios. Dora se dedicó a los huevos, chupándolos uno por uno, succionando suave, hablando entre lengüetazos.
—Así, mi amor… dejate hacer. Nosotros sabemos.
Nico se agarró de los hombros anchos de Dora, las patas traseras temblando. Gemía bajito, avergonzado, rico. La saliva de las tres le corría por la pija y le goteaba en el pelaje del vientre.
Dora se sacó la remera de un tirón. Las tetas enormes cayeron pesadas, pezones gruesos y oscuros ya duros. Se los juntó con las dos patas y metió la pija de Nico en el medio.
—Cógeme las tetas, pibe —ordenó la central, voz grave—. Dale, usalas.
Nico embistió. La carne blanda y caliente lo envolvió. Vera se inclinó y le lamió la punta cada vez que asomaba. Mara le mordió suave el cuello mientras le hablaba al oído:
—Así se pone la primera vez, ¿no? Bien profundo entre tetas de vieja. Después te vamos a chupar hasta que te duela.
El vaivén se volvió más rápido. Nico jadeaba, la cola moviéndose sin control. Dora le apretaba más las tetas, sudando, el pelaje gris oscuro brillante.
—Me vengo… me vengo… —gimió él.
—En la cara —dijo Mara. —En la cara de las tres —corrigió Vera, abriendo la boca. —Dale, amor —susurró Dora—. Dánoslo todo.
Nico gritó bajito y se corrió. Chorros espesos, blancos, salados. Le pegaron en el hocico a Dora, en la lengua de Vera, en la frente de Mara. Las tres se relamieron al mismo tiempo, gimiendo, chupándose los restos entre ellas.
Dora lo abrazó contra las tetas todavía sucias de semen. —Shhh… ya está. Tranquilo. Estás bien.
Mara le limpió un chorro del hocico con el dedo y se lo metió a la boca. —Para ser virgen tira leche como un toro. Me gusta.
Vera se rio, todavía con semen en el bigote. —Y esto fue solo el comienzo, pibe. La próxima te vamos a hacer sentarte en la cara.
Nico no podía hablar. Solo temblaba, la pija todavía medio dura, el olor de las tres cabezas metido en el cerebro. Dora le dio un beso en la frente con la boca central y le pasó la lengua por el hocico, limpiándolo.
—Tomá mate un rato más —dijo suave—. Después te vas. O te quedás. Como quieras.
Afuera el sol ya se había ido. Adentro olía a sexo, a mate y a pan. Y Nico, por primera vez en la vida, no se sentía solo.








