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Sujeción de licra y sombra

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Summary

Julián, un hombre acorralado por la necesidad económica, aceptó un trabajo como animador caracterizado de Elastigirl en el circuito de entretenimiento dirigido por el dominante Esteban y su socio Beto. Lo que comenzó como una humillante sesión de disfraces y juegos de rol se convirtió rápidamente en una pesadilla biológica e irreversible. A través de una intensa presión psicológica y social, donde todos a su alrededor —incluidos Esteban y su esposa— actuaban con total naturalidad como si ella siempre hubiera sido mujer, la anatomía de Julián comenzó a mutar. El proceso avanzó sin tregua: primero experimentó la transformación definitiva de su torso con la aparición de senos reales, y finalmente, durante una noche de entrega carnal y sumisión absoluta con Beto en su casa, el último vestigio de su masculinidad se desvaneció hasta convertirse por completo en una vulva femenina. Ya bautizada permanentemente como Julia, la protagonista aceptó su nueva realidad, quedando atrapada sin retorno en un ciclo de dependencia, erotismo y control donde su identidad anterior fue borrada para siempre para servir como la sumisa y cotizada intérprete del circuito de espectáculos.

Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Billetes, encajes y una segunda piel

La luz azulada del foco en la sala apenas iluminaba el pequeño departamento donde vivía Julián. A sus dieciocho años, el chico sentía que la vida se le escurría entre las manos intentando estirar el sueldo de empleado del OXXO. En la mesa, una cuenta de agua vencida y un refrigerador que apenas contenía un poco de jamón y una leche a punto de caducar daban fe de su dura realidad. Julián se pasó la mano por el cabello, que ya traía algo largo, estilo bob cut, frustrado; quería comprarse un par de cosas, detallitos que le daban curiosidad y que secretamente deseaba, pero la cartera estaba más vacía que su estómago a esas horas.

El celular vibró sobre la mesa, rompiendo el silencio opresivo del lugar. Era Esteban, el amigo de su padre.

—¿Qué onda, Julián? —la voz de Esteban resonó con esa energía despreocupada que siempre lo caracterizaba.

—Aquí ando, Esteban. Dándole vueltas a cómo pagar lo que debo. Está de la chingada, la verdad.

—Justo por eso te hablo, mijo. Se me bajó alguien para un evento de fiesta infantil para hoy. La persona que iba a completar el equipo con nosotros me acaba de mandar por un tubo, y los otros compas que siempre me ayudan me dijeron que no porque es día de descanso. Me quedé colgado y me acordé de tu papá y de ti.

Julián suspiró, recargándose en la pared descuidada.

—No sé, Esteban. Estoy bien cansado, neta.

—Julián, escúchame bien: son dos mil varos libres. De cuatro de la tarde a diez de la noche. Es una lana que te salva el mes, según me contó tu papá, ¿o me vas a decir que te sobra?

Julián apretó los dientes. Dos mil pesos eran mucho más de lo que ganaba en tres días de trabajo normal. Esa cantidad significaba comprarse lo que quería y algo más.

—Va. Paso por tu casa en media hora —respondió Julián, rindiéndose ante la necesidad.

Al llegar, se encontró con Esteban y con Beto, el trabajador de confianza. Esteban, un tipo de veintisiete años, ya estaba listo con su botarga de Mr. Increíble, mientras que Beto, de veinticinco, se ajustaba los detalles de Frozone. Julián era el único de los tres que se veía totalmente fuera de lugar frente a los adultos ya desarrollados.

—Bueno, morro, tú vas a ser Elastigirl —dijo Esteban lanzándole un traje sintético, rojo y sumamente brillante—. Es de licra, así que se te va a pegar hasta el alma.

—¿Elastigirl? ¿Es neta? —preguntó Julián, sintiendo un calor subiendo por sus mejillas juveniles.

—Es lo que hay. Pero falta lo importante —añadió Esteban, dándole dinero en efectivo—. No tenemos el equipo necesario. Ese traje no es como las botargas de espuma que traemos nosotros; aquí se marca todo si no llevas lo correcto. Vete a la tienda de lencería de la esquina y trae un brasier de copa D o F, unos pechos de silicona para rellenar, una tanga que no se marque y un talco. ¡Muévele!

—Está bien —dijo Julián a regañadientes, aunque no se quejaba mucho ya que la lana lo valía.

El tintineo agudo de la puerta de la tienda de lencería sonó cuando Julián empujó el acceso, sintiendo de inmediato que el aire del lugar era completamente distinto al de la calle: olía a perfume caro, a lavanda y a una intimidad femenina que lo abrumaba por completo.

A sus dieciocho años, pisar ese establecimiento era como cruzar a territorio prohibido. Las paredes estaban tapizadas con exhibidores donde colgaban hilos dentales, panties de encaje diminuto y brassieres con transparencias que dejaban muy poco a la imaginación. Los maniquíes, con siluetas exageradamente estilizadas y pechos firmes, parecían mirarlo con burla desde sus plataformas.

Julián sintió que la sangre se le subía de golpe a las orejas. Se encogió de hombros, metiendo las manos en las bolsas del pantalón y caminando con pasos torpes, intentando pasar desapercibido entre los pasillos repletos de sedas.

—¿Te puedo ayudar en algo, joven? —la voz de la empleada, una mujer de unos cuarenta años con una mirada experimentada, lo sobresaltó a sus espaldas.

Julián se dio la vuelta con un sobresalto, sintiendo que el corazón le latía a mil por hora. Abrió la boca, pero las palabras se le atascaban en la garganta. Tragó saliva, con las mejillas completamente encendidas.

—Es... este... sí, bueno —balbuceó, esquivando la mirada de la mujer—. Busco... unas cosas. Ya sabe, ropa interior y unos accesorios.

La empleada arqueó una ceja, cruzándose de brazos con una sonrisa sutil que denotaba que ya se olía algo.

—Claro. ¿Para qué talla y qué estilo buscas? ¿Algo discreto de algodón, o venimos buscando algo sexy?

La mención de “sexy” hizo que a Julián se le revolviera el estómago de una forma extraña. Pensó en el dinero que llevaba en la bolsa, en el ridículo disfraz que tendría que ponerse y en la orden estricta de Esteban. Una rebeldía tonta y un morbo repentino le recorrieron la espina dorsal. Ya que iba a hacer el ridículo como Elastigirl, al menos lo haría bien.

—No, discreto no —soltó Julián, ganando un poco de valor falso—. Busco algo... mire, necesito una tanga, de esa que casi no se nota, un brasier de copa D o F, unos pechos de silicona falsos para rellenar, y también un botecito de talco. Todo que haga juego, ¿si me entiende?

La empleada se quedó mirándolo un segundo más de la cuenta, recorriendo con la vista la complexión delgada y juvenil del chavo, deteniéndose en el contraste de su pedido tan peculiar. Una sonrisa socarrona y cargada de doble sentido se dibujó en los labios de la mujer.

—¿Tanga de encaje, bra con copa grandísima, pechos de silicón y talco? Ah, caray... qué detallista, o más bien, qué gustos tan raros tiene tu novia, ¿no? A menos que... bueno, los pechos y el talco para que no te raspes la piel con el encaje de la ropa interior —soltó la empleada con una carcajada ligera, dejándolo al descubierto.

Julián sintió que el calor le llegaba hasta la raíz de los cabellos. Se puso más rojo que un tomate, boqueando como pescado fuera del agua sin saber qué decir para salvar su dignidad.

—Este... eh... sí, es que... bueno, es para una broma, para el amigo secreto y... —balbuceó, queriendo que la tierra se lo tragara ahí mismo.

La empleada negó con la cabeza, divertida por la situación, y le ayudó a elegir un conjunto sexy, dejando todo en el mostrador: el conjunto de encaje negro de putona zorra, los pesados pechos de silicona postiza y el talco para el cuerpo.

—Lo que digas, galán. Seguro que esa “broma” va a dejar a todos con la boca abierta —se burló la empleada mientras le cobraba y le metía todo a la fuerza en una bolsa negra bien sellada.

Julián tomó la bolsa como si quemara, le agradeció avergonzado y dio media vuelta para salir rápido de la tienda.

—Espera, mira, porque nos compraste como regalo te daremos esto —dijo la empleada mientras le entregaba una faja moldeadora de cadera entre risas.

Julián la tomó y ahora sí se esfumó como pompa de jabón, sintiendo que el corazón todavía le latía a toda velocidad en el pecho.

Al regresar al departamento de Esteban, el ambiente cambió por completo. Julián se encerró en el baño con las bolsas de la tienda, buscando un refugio momentáneo del ruido exterior. Primero se puso la tanga; el encaje le rozó la piel de la ingle de una forma tan íntima y delicada que tuvo que apoyarse con ambas manos contra el borde del lavabo, sintiendo un escalofrío eléctrico que le sacudió toda la columna vertebral. Después, respirando hondo para calmar los nervios, se espolvoreó un poco de talco por el torso y las piernas, y se ajustó con torpeza los pesados pechos de silicona. Luego luchó con el brasier, que le costó un buen rato abrochar debido a su inexperiencia, y finalmente se colocó la faja moldeadora de cadera, necesaria ya que él era de complexión muy recta y carecía de volumen en esa zona, limitándose a tener únicamente unos glúteos discretos.

Al mirarse al espejo del baño, con el reflejo de un chavo de dieciocho años coronado ahora por un busto prominente, artificial y una cintura comprimida, Julián se quedó petrificado, con la respiración completamente suspendida entre los labios.

Salió del baño con pasos cautelosos, escondiendo su nueva y extraña silueta bajo su ropa normal antes de que los mayores empezaran a apurarlo. Esteban y Beto lo miraron de arriba abajo al verlo listo para empezar el cambio definitivo de atuendo.

—Te ves de diez, “Elastigirl” —se burló Beto, soltando una carcajada mientras le daba una palmada amistosa y pesada en la espalda.

Julián exhaló despacio y comenzó a ponerse el traje de licra sintética de una sola pieza. La tela estaba fría al tacto contra su piel, pero en cuanto el material abrazó sus muslos, sus caderas y su abdomen, empezó a suceder algo sumamente extraño, casi antinatural. Al subir el cierre trasero con algo de dificultad, la presión de la prenda no se distribuyó de forma uniforme. El traje parecía tener una especie de voluntad propia e inteligencia oculta, ajustándose con una fuerza mecánica, firme y constante a su cintura, empujando la carne y amoldando su silueta hasta forzar una figura de reloj de arena que desafiaba su anatomía real.

Un cosquilleo eléctrico, profundo y sumamente persistente, le recorrió la entrepierna y el pecho al mismo tiempo. Sintió como si el disfraz estuviera analizando cada terminación nerviosa, cada poro de su piel joven, reconfigurando la postura de su cadera sin que él pudiera oponer la más mínima resistencia. Sin pensarlo demasiado, se agachó con torpeza para ponerse unos tacones altos; justo en ese preciso instante, al incorporarse sobre los zapatos, sintió que una presión punzante se le metía hasta el fondo como un alma por el culo, producto de la combinación exacta entre la tanga de encaje, la faja y la tensión asesina del propio disfraz.

—¿Todo bien, morro? Te ves... bien metido en el papel —preguntó Esteban, extrañado por la forma en que el traje ya empezaba a delinear una silueta de mujer tan marcada que ningún chavo de su complexión poseía de manera natural.

Julián no pudo articular palabra para defenderse. Sus labios se sentían extrañamente tensos, y una especie de opresión dulce le nublaba los pensamientos. Cada vez que daba un paso corto y forzado dentro de la habitación, sentía la tanga de encaje clavándose en su piel de una forma intensamente excitante, mientras el peso de los pechos postizos y la opresión asfixiante de la licra roja le provocaban un deseo turbio, mezclado con una vulnerabilidad que lo dejó completamente sin aliento. El reflejo devuelto por el espejo del recibidor ya no mostraba al mismo muchacho aburrido de siempre; la transformación silenciosa y sin retorno acababa de cobrar su primera y más profunda factura.

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