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My road trip -Summer Fontana-

Summary

Daria Sun es de Arizona, en el verano, su mamá la lleva a Nueva Orleans, el lugar al que Daria siempre había querido ir ya que ella es súper fan de Los Originales, pero se encuentra con una actriz pelirroja que también salió en esa serie como hija de Klaus Mikaelson

Genre
Lgbtq
Author
Girl Bored
Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

My road trip


N/A: Antes de todo, aclaro que siempre eh tenido un crush con Summer Fontana y ella es de mi edad, así que eh hecho este fanfic con todo el respeto que se merece la actriz.

Daria Sun caminaba distraída por los pasillos del hotel en el que se hospedaría los siguientes dias.

El edificio, un antiguo caserón reformado en el corazón del Barrio Francés, olía a madera vieja, café recién molido y esa humedad dulce y pesada que solo Nueva Orleans sabía producir.

Tenía diecisiete años recién cumplidos y el corazón le latía con la fuerza de quien por fin ha conseguido algo que deseaba desde hacía mucho tiempo, Nueva Orleans, la ciudad de The Originals.

El lugar al que su madre la había traído como regalo de cumpleaños y, al mismo tiempo, como inicio oficial de su año sabático.

Vivían solas en Arizona. Su madre, publicista y también su manager desde que Daria debutó como modelo infantil a los diez años, había decidido que era momento de pausar.

Un año entero para que ella descubriera qué quería hacer de verdad. Cantar. Componer. Nadar. Actuar. Fallar. Intentar. Cualquier cosa menos seguir siendo solo "la chica de las campañas".

-Daria, en una hora nos vemos en el lobby -dijo su madre antes de entrar cada una a su habitación contigua-. Todavía tengo que resolver unas cosas del trabajo. Aprovecha para desempacar y descansar.

-Está bien, mamá. Nos vemos luego.

Daria dejó la maleta junto a la cama king size, se asomó al balcón que daba a una calle estrecha llena de balcones de hierro forjado y se quedó unos segundos respirando el aire cálido. Luego salió. Quería caminar. Quería ver.

Iba con el celular en la mano, tomando fotos de faroles, de puertas azules, de un gato negro que se cruzó frente a ella, hablando por Snapchat con sus amigas de Arizona, cuando chocó de frente contra alguien.

-Perdón, no iba viendo el camino -dijo, levantando la mirada.

La chica frente a ella era de su misma altura, pelirroja, con pecas suaves sobre la nariz y unos ojos verdes que le resultaron inmediatamente familiares. Muy bonita. Demasiado.

-No te preocupes. ¿Necesitas algo? -preguntó ella con una amabilidad casi profesional.

-Ammm... no. ¿Debería?

-Oh, no. Pensé que venías a pedirme otra cosa. Lo siento, es la costumbre.

-Ah, no te preocupes... ¿...?

-Summer. Soy Summer -sonrió.

-Me llamo Daria -respondió ella, sonriendo también.

Caminaron hasta una banca bajo un balcón repleto de helechos y se sentaron. Summer hablaba rápido, un poco nerviosa, contando que estaba en la ciudad por trabajo de sus padres (una casa antigua que se vendía para un proyecto importante) y que la habían mandado a "explorar" por su cuenta.

Daria notó la forma en que evitaba mirarla demasiado tiempo a los ojos y la forma en que sus dedos jugueteaban con el borde de su camiseta.

-No creo que seas una chica común y corriente -dijo Daria-. Debes viajar mucho. ¿Es la primera vez que vienes?

-No. Cuando era niña viví aquí un tiempo. ¿Y tú?

-Sí. Estoy muy emocionada. Quiero visitar el cementerio y una casa en particular. Hay una trilogía de series... soy súper fan de *Los Originales*. Mi mamá me trajo como regalo de cumpleaños. Es el inicio de mi año sabático.

Summer se tensó un segundo, casi imperceptible.

-¿Estás en la universidad?

-No. Soy modelo infantil. Mi mamá quiere que me tome un año para descubrir qué me gusta de verdad.

-Ahh... bueno. En ese caso, soy actriz -sonrió de nuevo, más segura esta vez-. Y sí, estoy aquí por trabajo. Una campaña publicitaria.

-¿La campaña COOLinary New Orleans? Con temática de brujas...

-Sí. ¿Por qué?

-Mi mamá también está trabajando en esa campaña.

La coincidencia las dejó calladas un momento. Luego se rieron. Intercambiaron Instagram. Hablaron un rato más de la ciudad, de la comida, de lo absurdo que era que dos chicas de diecisiete años estuvieran ahí por "trabajo" de sus padres. Hasta que el teléfono de Daria vibró.

-Tengo que irme. Nos vemos por ahí, Summer.

-Hasta luego, Daria.

Esa misma noche, después de cenar con su madre en un restaurante de mariscos, Daria volvió a cruzarse con Summer en el lobby del hotel.

Las dos iban en pijama improvisada: Daria con un oversized hoodie de Arizona State y Summer con una camiseta de una banda indie y shorts. Se miraron, se rieron y, sin planearlo, se sentaron juntas en uno de los sofás de terciopelo verde oscuro cerca de la fuente interior.

Hablaron de todo y de nada. De cómo Summer odiaba que la reconocieran a veces y de cómo Daria odiaba que la miraran como si aún tuviera doce años. De series. De música. De lo raro que se sentía ser "casi adulta" y seguir necesitando permiso para casi todo.

En algún momento, Summer dijo, con voz baja y sin drama:

-Me gustan las chicas. Bueno... me gustan las personas. Pero sí, las chicas también.

Daria no se sorprendió. Solo asintió.

-A mí también. Desde hace un par de años lo sé. No se lo he dicho a mi mamá todavía, pero... sí.

No hubo tensión. No hubo silencio incómodo. Solo un reconocimiento quieto, como si ambas hubieran estado esperando que alguien más lo dijera primero. Se despidieron cerca de la una de la mañana con un abrazo breve y promesas vagas de verse "por ahí".

Pero esa noche Daria no pudo dormir.

Se dio vueltas en la cama king size durante horas. Cada vez que cerraba los ojos veía el verde de los ojos de Summer, la forma en que se mordía el labio inferior cuando se ponía nerviosa, la risa baja y un poco ronca. Algo se había movido dentro de ella.

No sabía ponerle nombre todavía. Solo sabía que, por primera vez en mucho tiempo, no quería que el día terminara.

*Es solo una chica que conocí*, se dijo a sí misma. *Una actriz pelirroja que también salió en The Originals. No es para tanto.*

Pero era para tanto.

Al día siguiente, mientras su madre trabajaba, Daria se la pasó mandando mensajes a sus amigas de Arizona.

Les contó, con cuidado, que había conocido a alguien. Que era actriz. Que era pelirroja. Que le había dicho que le gustaban las chicas y que ella también se lo había confesado. Que no había pasado nada raro. Que solo... se sentía diferente.

-Estás enamorada en dos días -le escribió una de ellas.

-No estoy enamorada -respondió Daria-. Solo... no puedo dejar de pensar en ella.

En el otro lado de la ciudad, en una habitación de hotel más discreta, Summer se estaba maldiciendo en voz baja.

Se miraba al espejo mientras se secaba el pelo y se repetía: *Eres una idiota. Una completa idiota.* Sabía perfectamente lo que pasaría si sus padres se enteraban.

Ellos no eran como la madre de Daria. Ellos controlaban cada movimiento, cada publicación, cada amistad. Si descubrían que había pasado la noche hablando con una chica y, peor aún, que se habían confesado mutuamente... el castigo no sería solo quitarle el celular.

Sería regresar a Los Ángeles en el próximo vuelo y no volver a ver la luz del sol durante meses.

*¿Por qué tuviste que decirlo?*, se recriminaba. *Podías haber callado. Podías haber sonreído y hablar de cualquier otra cosa.*

Pero no podía dejar de pensar en la forma en que Daria la había mirado cuando dijo "a mí también". Como si fuera la cosa más natural del mundo. Como si no tuviera miedo.

Durante esos dos días, Daria se la pasó pensando. Caminaba por el Barrio Francés con el celular en la mano, abriendo y cerrando el Instagram de Summer sin atreverse a darle like a nada.

Les hablaba a sus amigas de la risa de Summer, de cómo hablaba rápido cuando se ponía nerviosa, de cómo olía un poco a lavanda y a lluvia aunque no hubiera llovido.

Summer, por su parte, se la pasó evitando mirar el teléfono. Cada vez que le llegaba una notificación sentía un nudo en el estómago. *Si mis padres ven esto...* se decía.

Y aun así, por las noches, abría el perfil de Daria y se quedaba mirando las fotos antiguas de campañas, las selfies con su madre, la sonrisa que no parecía fingida.

Dos días después, Summer no pudo más.

*Tengo dos pases para el parque de diversiones de City Park. ¿Vienes o eres de las que odian las montañas rusas?*

Daria contestó en menos de un minuto.

Pasaron el día entero ahí. Subieron a la montaña rusa de madera tres veces. Comieron beignets todavía calientes y se mancharon de azúcar glasé.

Summer gritó como niña en la rueda de la fortuna y Daria se rió tanto que le dolió la panza. Se tomaron fotos horribles en el photobooth y compraron dos llaveros idénticos de un cocodrilo de peluche.

Mientras esperaban en la fila de una atracción, Daria pensó: *Esto se siente demasiado fácil. Demasiado bien. Como si la hubiera conocido toda la vida.*

Summer, a su lado, pensaba exactamente lo contrario: *Si mis padres ven estas fotos... si alguien me reconoce... se acabó todo.*

Cuando el sol empezó a bajar, caminaron hacia el Barrio Francés sin prisa. Summer se transformó en una guía turística improvisada y brillante.

Le habló de los secretos de Bourbon Street, de los mejores lugares para escuchar jazz en vivo, de la historia de las brujas y de los vudú shops que eran genuinamente respetuosos y los que solo eran trampa para turistas. Daria entró a tres tiendas.

Compró una vela de lavanda y sándalo, un par de aretes de plata en forma de media luna y un libro pequeño sobre la historia de las familias de Nueva Orleans. Summer le regaló una pulsera de hilo rojo "para que no te pierdas".

Terminaron en un restaurante francés pequeño, con mesas al aire libre y faroles. Comieron bisque de cangrejo, coq au vin y un soufflé de chocolate que compartieron con dos cucharas. Hablaron hasta que el camarero empezó a recoger las sillas de alrededor.

Esa noche, cuando llegaron al hotel, ambas sabían que algo había cambiado, aunque ninguna lo dijera en voz alta.

Al día siguiente llovió como si el cielo hubiera decidido vaciarse de una vez. La madre de Daria tenía que salir igual; una reunión importante de la campaña no se cancelaba por agua.

Daria se quedó sola en la habitación, aburrida, mirando la lluvia golpear el balcón.

A las tres de la tarde llamaron a la puerta.

Summer estaba empapada de pies a cabeza. El pelo rojo le caía en mechones oscuros sobre la cara, la camiseta blanca se le transparentaba y tenía los zapatos hechos un desastre de agua y barro.

-Me enteré de que estabas sola -dijo, temblando un poco-. Pensé... no sé. Que tal vez no querías pasar la tarde viendo la lluvia sola.

Daria la hizo pasar de inmediato. Le prestó una toalla enorme, una camiseta de los Suns y un pantalón de pijama gris.

Mientras Summer se cambiaba en el baño, Daria preparó dos tazas de chocolate caliente.

Se quedaron toda la tarde. Hablaron de todo. De la primera vez que Summer actuó frente a una cámara.

De la primera campaña de Daria. De miedos. De lo que significaba crecer con padres que trabajaban demasiado. De cómo ambas habían aprendido a parecer seguras cuando por dentro se sentían perdidas.

En algún momento, cerca de las siete, el silencio se volvió denso de otra manera. Se miraron. No hubo tensión nerviosa. Solo la certeza quieta de que lo que estaba a punto de pasar era correcto.

Summer se inclinó primero. O tal vez fue Daria. Los labios se encontraron con suavidad, tentativos, y luego con más seguridad.

Fue un beso lento, húmedo todavía por la lluvia que Summer no había terminado de secarse del todo del cabello. Cuando se separaron, ambas respiraban un poco más rápido.

-Okay -susurró Daria.

-Okay -repitió Summer, y sonrió.

Se volvieron a besar. Y otra vez. Hasta que el estómago de Daria gruñó y tuvieron que pedir comida a domicilio.

Se quedaron abrazadas en la cama, viendo una película cualquiera, hasta que la madre de Daria regresó y Summer tuvo que escabullirse de vuelta a su propia habitación con la ropa todavía húmeda en una bolsa de plástico.

Los días siguientes fueron una mezcla peligrosa de normalidad y secreto.

Las familias cenaron juntas dos veces. La primera en un restaurante de mariscos cerca del río, la segunda en un lugar más elegante del Barrio Francés.

Los padres de Summer -ambos productores de cine, educados, sonrientes y controladores- conversaban con la madre de Daria sobre la campaña, sobre el clima, sobre lo hermoso que era Nueva Orleans en esa época del año.

Nadie sospechaba nada. Daria y Summer se sentaban una frente a la otra, intercambiaban miradas rápidas y sonrisas educadas, y por debajo de la mesa sus pies se tocaban apenas, como un recordatorio silencioso de que existían en otro plano.

Una tarde fueron a la playa de Lake Pontchartrain. El agua no era del Caribe, pero el sol brillaba y el viento olía a salitre y a algo salvaje.

Se tiraron en toallas una al lado de la otra. Summer tenía el pelo recogido en un moño desordenado y Daria no podía dejar de mirar la línea de su cuello.

-A veces siento que estoy viviendo dos vidas al mismo tiempo -dijo Summer de pronto, mirando el horizonte-. Una es la que mis padres ven. La otra... es esta.

Daria se giró hacia ella.

-¿Y cuál es más real?

-Esta -respondió Summer sin dudar-. Aunque sea la que más miedo me da.

Se besaron detrás de un montículo de arena, con el corazón latiéndoles en la garganta, cuando creyeron que nadie las miraba.

Un segundo después oyeron la voz del padre de Summer llamándolas para la foto familiar. Se separaron tan rápido que Daria casi se cae. Summer se rió, nerviosa, y le susurró:

-Casi...

-Casi -repitió Daria, todavía con el pulso desbocado.

Otra mañana recorrieron museos. El Historic New Orleans Collection, el Museo de Arte, una pequeña galería de vudú que olía a incienso y a hierbas secas. En una sala semioscura, rodeadas de máscaras y velas, Summer tomó la mano de Daria y la apretó.

-¿Tienes miedo de lo que va a pasar cuando esto se acabe? -preguntó en voz baja.

-Todo el tiempo -admitió Daria-. Pero tengo más miedo de arrepentirme de no haberlo vivido.

Se besaron otra vez, esta vez contra una pared lateral, cuando un grupo de turistas se fue a la sala de al lado. El beso fue más profundo, más desesperado.

Cuando oyeron pasos acercándose, se separaron y fingieron estar leyendo una placa informativa. El corazón de ambas latía tan fuerte que estaban seguras de que se oía.

Esa misma noche, después de otra cena familiar en la que todos rieron y hablaron de planes futuros, se escaparon unos minutos al pasillo del hotel.

Se besaron contra la pared, con las manos enredadas en el pelo de la otra, hasta que oyeron la voz de la madre de Daria preguntando dónde estaban. Se separaron otra vez, sonriendo como si nada, y volvieron a la mesa con las mejillas aún calientes.

Entre un museo y una playa, entre una cena y otra, tuvieron conversaciones que se quedaron grabadas.

-¿Crees que algún día podremos ser... esto... sin escondernos? -preguntó Daria una tarde, sentadas en un banco del City Park mientras comían helado.

Summer se quedó callada un largo rato.

-No lo sé -dijo al fin-. Mis padres... no es que sean malas personas. Solo tienen una idea muy clara de cómo tiene que ser mi vida. Y yo no encajo en esa idea. Nunca lo he hecho del todo.

Daria asintió.

-Mi mamá es diferente. Pero aun así... tengo miedo de decepcionarla. De que piense que estoy tirando todo por lo que trabajamos.

-Tal vez algún día dejemos de tener miedo -susurró Summer.

-Tal vez.

Se miraron. Y se volvieron a besar, esta vez más despacio, como si tuvieran todo el tiempo del mundo, aunque las dos sabían que no era cierto.

Cuando por fin llegó el día del crucero, ambas estaban agotadas de tanto esconderse y al mismo tiempo adictas a ello. Los padres las sorprendieron con las entradas. Un crucero de día por el Mississippi, piscina, comida, y por la noche una fiesta en cubierta con habitaciones asignadas.

Pasaron el día en el agua. Se echaron bloqueador mutuamente. Summer le enseñó a Daria a flotar de verdad sin miedo. Comieron camarones, bebieron limonada y se rieron de los turistas. Cuando el sol empezó a ponerse, ambas se miraron de forma distinta. Ya no era solo atracción. Era algo más profundo, más quieto y más aterrador.

Se arreglaron para la fiesta. Daria prestó a Summer un vestido negro corto. Summer le ayudó a Daria con el maquillaje. En el bar pidieron "algo sin alcohol, por favor, lo que sea dulce". El bartender asintió... y se equivocó. El resultado fue que, dos horas después, ambas estaban considerablemente borrachas.

Volvieron a la habitación riendo demasiado alto. Se besaron otra vez, esta vez con menos delicadeza, con manos en el pelo y en la cintura, susurrando cosas que después no recordarían del todo. "Me gustas tanto." "No quiero que esto se acabe." "Quédate." Pero el alcohol pesaba demasiado. Se quedaron dormidas abrazadas, todavía vestidas, casi rozando el límite peligroso de la intoxicación.

Despertaron en el hospital.

Intoxicación etílica. Sus padres las habían encontrado así. Los regaños fueron separados y duros. La madre de Daria estaba furiosa y asustada. Los padres de Summer, además de asustados, estaban furiosos por otra razón: habían visto el mensaje de texto en el teléfono de Summer.

Les quitaron los celulares. Les prohibieron verse. El resto del viaje se convirtió en una serie de habitaciones separadas, comidas en silencio y miradas robadas en los pasillos del hotel.

Cuando Daria regresó a Arizona, el Instagram de Summer ya no aparecía en sus sugerencias.

Las semanas siguientes fueron grises.

Daria se la pasaba mirando el techo de su habitación en Arizona. Intentaba concentrarse en el año sabático, en las clases de canto que había empezado a tomar, en las sesiones de natación. Pero cada vez que cerraba los ojos volvía a Nueva Orleans. Al olor de la lluvia en el pelo de Summer. Al sabor del soufflé de chocolate. Al peso de su cabeza en su hombro. A los besos a escondidas detrás de los montículos de arena y en las salas semioscuras de los museos.

Summer, en Los Ángeles, se sentía igual de vacía. Sus padres la habían castigado con severidad: sin teléfono personal, sin redes sociales, solo el teléfono de trabajo supervisado. Cada vez que intentaba recordar la risa de Daria, se obligaba a pensar en otra cosa. *Fue un error*, se decía. *Un error de dos semanas que no puede definir nada.*

Pero ambas intentaron contactarse.

La primera vez fue dos semanas después del regreso. Daria, usando el teléfono de una amiga, escribió un mensaje largo a la cuenta de Instagram de Summer. Lo borró tres veces. Cuando por fin lo mandó, la madre de Summer lo vio en el iPad familiar y la regañó durante una hora.

Summer, por su parte, intentó escribirle a Daria desde el teléfono de su compañera de set. Estaba a punto de dar a "enviar" cuando su padre entró en la habitación y le quitó el aparato de las manos.

La segunda vez fue un mes después. Daria le pidió a su mejor amiga que le prestara el celular otra vez. Escribió: *No sé si alguna vez vas a leer esto, pero no puedo dejar de pensar en ti.* Antes de poder enviarlo, su madre entró a la habitación y vio la pantalla.

-¿Otra vez? -le dijo, con voz cansada-. Daria, esto tiene que parar.

Summer lo intentó una tercera vez. Esta vez desde una computadora de la biblioteca de su escuela de actuación. Estaba escribiendo el correo cuando una de las profesoras pasó detrás de ella y le preguntó, con tono amable pero firme, si no debería estar ensayando en vez de escribiéndole a alguien.

Después de eso, ambas se rindieron.

Sus amigos no ayudaron.

-Estás obsesionada con una chica que conociste dos semanas -le dijo una de las amigas de Daria-. Ya déjalo. Era un crush de vacaciones. Nada más.

-Tus padres casi te matan -le dijo el mejor amigo de Summer-. ¿De verdad quieres volver a arriesgarte por alguien que ni siquiera puede contestarte?

Había más razones. El miedo. El tiempo que pasaba. La sensación de que, si volvían a intentarlo y fallaban otra vez, el dolor sería peor. La certeza de que sus carreras -la de modelo de Daria, la de actriz de Summer- no dejaban espacio para dramas adolescentes. La vergüenza de haber sido atrapadas. La idea de que quizás, solo quizás, había sido solo la magia de Nueva Orleans y nada más.

Así que de

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