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Boda inolvidable (paredes x gavi)

Summary

Es la noche de bodas de Pablo y Pedro, todo es perfecto y maravilloso asegurando que los enamorados van a tener un futuro muy felices juntos. Si tan solo el camarero de ojazos azules no le estuviera tirando onda a Pablo justo el día de su boda… o dónde Gavi se coge a Leandro en la noche de su boda con Pedri. ✧infidelidad

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one-shot

Pablo se puso la mano en el rostro, tapándose los ojos; las luces del lugar eran demasiado brillantes y le lastimaban notoriamente la visión. Parpadeó tanto, que veía destellos por doquier, incluso debajo de los párpados fruncidos. Todo el salón estaba decorado de una manera exuberante: desde las mesas con manteles claros, las luces cálidas brillando con potencia en todos los rincones, los arreglos florales (que por cierto, eran flores reales, nada artificial) de un blanco pulcro e impoluto. Había fotos de ellos en todos lados, el nombre “Pablo & Pedro” escrito en los banners decorativos, gente hablando por donde se mirara; la música estaba sonando en un tono lo suficiente fuerte para escucharla, pero no estridente al punto de molestar.Era perfecto. O algo así.Los flashes de la cámara hicieron que cerrara los ojos nuevamente, joder. Tenía los cojones que se los pateaba. Se iba a quedar ciego el día de su boda, estaba demasiado sobreestimulado por las sensaciones.

—Luego seguimos con las fotos, ¿sí? Gracias —comentó Pedro notando la molestia en el rostro fruncido de su ahora esposo.

—Voy a fotografiar las mesas entonces —comentó el fotógrafo apartándose a paso lento.

Al fin, pensó Pablo. Ya no quería más fotos. De hecho, ahora mismo deseaba poder estar a solas con su marido, bailar y beber juntos. Tal vez brindar y acostarse. Ansiaba ese momento de intimidad y privacidad fuera del foco de tanta gente chillona.

—¿Qué tal vas?

—Las luces me molestaban un poco, pero ya estoy bien —sonrió el castaño para que el mayor se quedara tranquilo.

—Lo noté, que te conozco —Pedro levantó la mano de Pablo, tocando suavemente su piel, besando los nudillos con dulzura y suavidad.

—Gracias, con lo que a ti te gusta salir en fotos.

—Te ves hermoso, madre mía —comentó el morocho, acomodando el cabello castaño del menor. —Todavía no me lo creo.

—¿El qué? —sonrió, de medio lado avergonzado, haciendo una mueca torcida.

—Pues, que seas mi esposo, hombre —Pedri rodeó la cintura del sevillano desde atrás, besando suavemente su cuello.

Pablo levantó su mano enseñando el anillo, confirmando que ya era una realidad. Ahora era oficialmente Pablo Gavira de González Lopez. Le gustaba como se escuchaba.

—Pues creételo porque si te arrepientes ya estás un poco tarde —dijo el sevillano que giró el rostro rozando la mejilla barbuda con los labios.

—¿Arrepentirme yo? Que va. En todo caso tú no vayas a arrepentirte. Ahora eres mío.

—Siempre he sido tuyo.

—Pero ahora legalmente, tío —susurró Pedro, totalmente orgulloso.

Pablo lucía un traje negro ajustado, hecho por un diseñador. Tenía unas costuras en los bolsillos, unos pliegues en los bordes, y unos detalles dorados en los costados de los brazos que le daban carisma y lo sacaban del típico traje aburrido de casamiento. Su cabello relucía arreglado y prolijo la camisa blanca estaba abrochada y eso le daba mucho calor, deseaba quitársela, pero no quería desarreglar todo el estilo antes del postre.

Miró a su novio, tan resplandeciente. Pedro mostraba una sonrisa gigante, con esos ojos marrones abiertos, como si todo le sorprendiera. Tenía un traje gris oscuro, ancho pero que le quedaba pintado, y el pelo duro por la gomina. Le daba un poco de risa, parecía un muñeco de pastel. Pero se veía tan hermoso que no tenía mucho que objetar.

—Ve a averiguar cómo la están pasando los chicos, voy a hablar con el DJ. No pusieron a Julio Iglesias, eso no puede ser.

Gavi parpadeó viendo como el mayor se iba a quejar con los que ponían la música. Bueno, tenía sentido. Con todo lo que les salió la fiesta…

Se acercó a una mesera y tomó una copa de champán, bebiendo lentamente. No quería chupar demasiado, mientras más sobrio mejor.

—¿La estáis pasando bien? —soltó Pablo mientras se acercaba a Marc que hablaba con Pau, amigos de hace años.

—Muy bien, de verdad —contestó rascándose la frondosa cabellera despeinada—. Felicidades, por cierto.

—Gracias Marc, en un rato viene la cena, ¿qué os parece la decoración?

—Es increíble. Lo único que, la gigantografía de Pedri en la entrada me parece demasiado, tío —soltó Pau burlándose.

—Sí, eso no lo negociamos mucho, honestamente —comentó el sevillano, cubriéndose la cara.

—Todo está guapo, ¿cuánto se han gastado? Bien merecido lo tienen —sonrió Marc como el meme de Bob esponja.

—Pedro quería un fiestón, sí —hizo una mueca contenta recordando los preparativos—. Salió un dineral.

Y eso que él aceptó hacer una fiesta a lo grande y lujosa; la idea propuesta por el canario le gustó mucho. Tanto esperaron para este momento, que, al llegar, tiraron todo lo que tenían ahorrado en el salón más ostentoso que vieron, y con ayuda de sus familias pagaron el resto: lo mejor de lo mejor. También gastaron una gran cantidad de pasta en la luna de miel a Grecia, todavía no conocían ese lugar y les hacía ilusión visitarlo juntos por primera vez. Querían un lugar romántico y las fotos de Google convencían bastante.

Porque, ¿se necesitaba algo más que amor para la absoluta felicidad? Claro que no.

Pablo conoció a Pedro en una universidad de Barcelona, se enamoraron apenas cruzaron palabras; años después empezaron a salir, y acá están ahora. Siempre juntos. Desde ese primer momento ya habían pasado casi 10 años.

10 años juntos, ininterrumpidamente.

Debían haberse casado mucho antes, pero ninguno daba el primer paso. Pedro, Pedri, como le decían cariñosamente, se propuso, y aceptó sin dudar. Lo amaba infinitamente como jamás amó a alguien. Era compañero, amable, su mejor amigo. Lo escuchaba, mimaba, complacía sus caprichos, calmaba y acompañaba siempre. Mismas palabras que mencionó en sus votos.

El sevillano recorrió con la mirada la fiesta, observando a unos metros a un joven alto de cabellera espléndida y sedosa tomando otra copa de champán de la bandeja, dejando una vacía. El rostro de Pablo se desfiguró automáticamente, ¿cuánto había bebido?, se preguntaba con cierta inquietud. Luego, como si se hubiera dado cuenta que lo estaba viendo, se dirigió hacia él.

—Te ves genial, Gavi. Felicidades —comentó con una enorme sonrisa.

—Gracias, tú también Fer —el más alto tenía un traje azul abierto, la camisa desabrochada mientras ya se tomaba la mitad del trago de un sopetón, peinando el cabello largo hacia atrás con una mano.

—¿Y Pepi? ¿No está contigo?

Tragó con dificultad al escuchar el apodo.

Gavi detestaba a Ferran. Era el mejor amigo de Pedro;no tendría por qué odiarlo. Lo conocieron en un viaje a Valencia, y aparentaba ser un buen tipo, dentro de todo. A veces creído, sobrado, promiscuo, alcohólico… pero lo que le tocaba las pelotas era que llevara a Pedri (que no sabía decir que no) a meterse en líos sin parar: lo llamaba a la madrugada borracho, le pedía que lo vaya a buscar y para colmo era demasiado cariñoso. Pero, Pedro lo quería. Fue el mejor amigo de su entonces novio, y ahora era el mejor amigo de su esposo. Y eso no parecía tener pinta de cambiar.

Pedro no bebía alcohol, ni siquiera le gustaba, pero cuando salía con Ferran caía completamente borracho. Tampoco fumaba, pero volvía con olor a cigarrillo y perfume de otras personas. Sabía que su novio jamás haría algo malo, pero la presencia del más alto entre ellos le generaba algo de ansiedad. Incluso, una vez por culpa del gilipollas se separaron 2 semanas, cuando un día, Pedro luego de una fiesta, volvió con mucho olor a porro, y ojos irritados: terminaron peleando por causa del imbécil.

Además, Ferran era alto, esbelto, divertido, alardeaba de su buen cuerpo ejercitado; tenía el cabello suave y brillante; parecía un modelo de ropa interior, demasiado guapo para ser real. Hablaba mucho, su lado extrovertido y ligón parecía salirle natural, por ende creía que encajaba de maravilla con Pedri ya que tenían el mismo sentido del humor rancio y jugaban juntos al fútbol entre otros deportes. Se la pasaban muy bien.

Respetaba su amistad pero…

Por más que el valenciano no lo admitiera abiertamente, él sabía que Ferran había querido tirarse a Pedro desde el primer momento en que lo vio; no era tonto. Pablo aseguraba que el tipo estuvo esperando hasta el último momento para ver su relación fracasar y atacar, cual tiburón o buitre de mierda. Y no conformes con todo eso, de alguna manera curiosa y extraña, terminó siendo el padrino de la boda. Vaya mierda.

—Mi marido fue a hablar con el DJ —comentó—. Bebe tranqui y pásatelo bien, Fer.

El mayor levantó la copa asintiendo mientras se tomaba lo que quedaba del líquido. Gavi necesitó apartarse de él porque, un escenario catastrófico cruzó su mente donde el valenciano se mamaba y causaba escándalo o algo así. Eso no podía pasar; debía ser una noche del recuerdo, una boda inolvidable.

Seguía haciendo calor. El traje le apretaba cada vez más, quería quitarse el saco, aflojarse el nudo de la corbata, y buscar a Pedri para que le dijera algo tonto en el oído y se le olvidara todo.

Se alejó un poco de la gente antes de que sus primos vinieran a charlar con él, apoyándose contra una de las columnas adornadas con detalles dorados y blancos. Se pasó la mano por el cuello, había sudado antes por el baile, y el aire acondicionado no llegaba a esa esquina. Miró hacia la pista, donde habían algunos bailando una canción de los ochenta, y luego desvió la mirada a la mesa principal donde estaba su madre riendo con la madre de Pedro.

En general todo parecía estar saliendo bien. Y entonces fue cuando lo vio.

Un camarero con una bandeja en la mano se acercaba esquivando personas con naturalidad. Llevaba el pelo oscuro, negro, todo despeinado. La camisa le quedaba ajustada, le marcaba sus hombros; se veía desprolijo y el uniforme no lo tenía bien puesto. Cuando se acercó un poco más, le llamó la atención el rostro, especialmente los ojos: eran azules, muy claros y parecían brillar por sí solos, hipnóticos. Nunca había visto unos orbes de ese tono tan fuerte, como si desprendieran luz propia. Apretó la copa entre los dedos, sin poder quitar la mirada y no sabía por qué.

Lo fichó de arriba hacia abajo, tanto que le pasó como con Ferran; eventualmente cruzaron miradas. Pablo sintió una electricidad recorrele el torso cuando chocó sus orbes con los cristalinos; notó que le devolvía la mirada penetrante, pero apartó rápido el rostro.

—¿Una copa? —preguntó el mesero cerca, mostrando la bandeja con las bebidas.

Pablo lo examinó un rato. Su voz era grave pero suave, con un claro acento que no pertenecía a España; era de otro país seguro.

—Ah no, gracias. Ya tengo —levantó su copa casi vacía.

—Bueno, está bastante vacía —dijo inclinando la cabeza. —Mirá que es gratis, eh. Los novios pagan.

Gavi soltó una risa despreocupada, en teoría ellos estaban pagando todo. Qué más daba.

—Vale, un poco de champán está bien —aceptó dejando la copa sin nada, tomando otra llena.

—El traje te queda muy bien.

Pablo se quedó mirando los ojazos del tipo, el rostro perfecto, los labios gruesos, la barba oscura recortada y ese cabello rebelde que enmarcaba la forma de su cara. Era más alto, grande, y olía muy bien.

—Gracias, es de diseñador —soltó arreglando su saco, mientras bebía un sorbo del líquido amarillento.

—Y sos más lindo de cerca que en las fotos de los souvenires.

Pablo sintió calor, mucho calor subirle al rostro. Había cierta intimidad en esas palabras que creía él, iban más allá de un simple halago al novio de la fiesta. Tragó saliva buscando a Pedri con la mirada, viendo si rondaba por ahí, ya estaba delirando bastante.

—Si necesitás algo me llamás. Mi nombre es Leandro, Lean, más cortito —guiñó un ojo alejándose con una sonrisa de medio lado, todo canchero.

Pablo asintió sin responder nada, respirando lentamente como si al exhalar fuerte se delatara de algo. Sintió un cosquilleo en el vientre, que ya no era producto de esos nervios de “Oh, Ferran se pondrá ebrio de nuevo y arruinará la puta boda que nos salió un ojo de la cara”

Justo en ese momento, Pedri se acercó con una sonrisa enorme en el rostro, como niño que encuentra a su madre luego de perderla en un shopping.

—Bailemos un rato, ¿va? —comentó Gavi sonriendo sintiéndose otra vez más tranquilo al tenerlo cerca, apoyando la cabeza en su hombro.

—Siempre quiero bailar contigo, aunque lo hagas fatal —dijo Pedro, besándole la mejilla y llevándolo de la mano.

—Qué malo eres.

—¿Sigues mal por las luces? —rodeó la cintura de su esposo, acariciandole la espalda baja.

—No, estoy bien. Solo que vi a Ferran chupando —comentó en voz baja.

—Ah. No te preocupes, no pienses en eso, ¿vale? No va a pasar nada, esta noche es nuestra. Él lo sabe.

Pablo asintió, acercándose al cuerpo del mayor, bailando al son de《Con La Misma Piedra 》 de Julio Iglesias.

No pudo evitar sentir una mirada en la nuca, y al girar, allí cerca de la barra libre, Leandro estaba sirviendo champán sin quitarle la vista de encima. El mesero le sonrió y el sevillano apartó nuevamente la mirada, entrelazando los dedos con los de su esposo. Apretó la mano de Pedro, sintiendo el anillo en su dedo.

—Hace mucho calor, joder. Quiero quitarme todo.

—Espera hasta después de la cena, hombre —dijo riendo burlonamente.

Pablo apoyó la frente en el cuello contrario, cerrando los ojos y aspirando el agradable olor familiar, sintiéndose algo culpable.

La cena empezó con un brindis cortito, luego de que los invitados se sentaran en sus respectivas mesas mientras todo era fotografiado. Pablo levantó su segunda o tercera copa de champán, mientras Pedri agradecía a todos y daba un discurso torpe pero agradable, porque así era él. Hacía reír a la gente con poco, pero con una gran sonrisa. Cuando se sentaron a esperar la comida, Pedri jugaba con su marido, mientras sonreían y aplaudían; le susurraba al oído cosas como “te quiero”, “estás muy guapo eh” o “después te voy a comer a ti” el castaño reía y se dejaba besar algo avergonzado.

Les trajeron el entrante, que era unos sanguches de jamón ibérico con una salsa suave. Luego, el plato principal: salmón con papas gratinadas. Este lo había traído en silencio el mesero de esos ojos mortales. Se había detenido cerca de Gavi para servir.

La voz sonó suave y baja; Pablo ya reconocía el tono y el acento rápido. Ladeó dubitativo la cabeza, como si no debiera. Se cruzó con los ojos claros una vez más, que le hicieron olvidarse por un segundo de las luces, la música, el cotilleo de la gente.

Leandro estaba inclinado, la camisa ajustada estaba un poco más transparente ahora, quizá por el calor y el sudor. El sevillano se dio cuenta de que el muchacho se había desabrochado otro botón del cuello, notando unas manchas oscuras. ¿Eran tatuajes? La colonia fuerte llegó a la nariz, junto con el aroma del vino y de las flores.

—¿La comida bien?

—Sí, gracias —contestó Pedri amablemente, con una sonrisa.

—¿Más vino?

—Creo que debería beber menos —soltó Gavi algo más distraído de lo que debería cubriendo su copa para que no sirviera.

—Y, el pescado se baja con vino —bromeó el camarero.

—Te está vacilando, Pablo. Anda, tómate otra, que tú sí que sabes beber —comentó divertido Pedri.

Gavi se aclaró la garganta porque su voz estaba saliendo bastante ronca. Quitó la mano de la copa lentamente.

El mesero asintió, sirviendo el vino, con calma. Se inclinó para acomodar la botella y susurró cerca del oído de Pablo, suavemente:

—Si necesitás algo avisame.

Gavi tembló un poco apretando la tela que decoraba la silla donde estaba sentado. Era muy extraño, demasiado. Su compañero no notó nada, evidentemente.

Pablo siguió con la mirada al camarero, que parecía un poco mayor que ellos. Vio su espalda ancha desaparecer en las cocinas, y reaccionó cuando sintió una mano en su rodilla, dando un saltito, volviendo a la realidad.

—No comes nada, eh —le dijo Pedro al oído, rozándole el lóbulo de la oreja con los labios—. ¿No te gusta el salmón? Podemos pedir el solomillo si quieres.

—No, solo el traje me aprieta —respondió Pablo desabrochándose el primer botón de la camisa con un suspiro.

—Deberías ir al baño a cambiarte, tío.

—Es que luego las fotos salen fatal y… creo que me duelen los pies.

—Pobrecito mío —besó a su esposo en la frente—. Cuando vayamos a la habitación te masajeo, ¿vale?

Al final cenó, estaba muy bueno. Habían elegido el catering con mucho cuidado, una opción vegetariana, una opción con carne de res por si alguien no comía pescado. Devoró todo en automático, sonriendo cuando Pedro lo besaba o apretaba por debajo de la mesa jodiéndolo sin verdadera intención.

—Voy al baño —susurró el sevillano levantándose y arreglándose la ropa cuando Pedri lo codeó juguetonamente.

—Apúrate que viene el postre.

Salió y vio que el baño estaba cerrado y había gente acumulada ahí.

—Eu, el baño de invitados está re lleno, pero hay uno privado en el fondo del pasillo, por allá.

Pablo se quedó tieso girando al ver al mesero. Tenía que ser una casualidad, eso era. No podía ser otra cosa, ¿verdad? Estaba imaginando situaciones por abrumarse tanto. Las imaginaba porque nunca había visto un hombre tan hermoso como el que estaba ahí, tan… tan atractivo. Con una mirada así de profunda. Y que eso le esté pasando justo hoy…

—¿Dónde queda ese baño?

—Por allá, derecho, la primera puerta a la izquierda. ¿Querés que te acompañe?

—No es necesario —respondió enseguida mientras se alejaba rápido. Había bebido bastante y quería mear.

Entró al cubículo y salió relativamente rápido. Cuando volvió, la gente se había dispersado un poco, faltaba el postre. Se dirigió a su mesa con su marido, excepto que su pareja no estaba allí. Lo buscó con la vista sin encontrarlo, y se sentó.

Unos minutos después Leandro apareció de nuevo, trayendo el postre: brownie con helado. Su favorito. Quería compartirlo con Pedro, pero este seguía sin volver.

—¿El novio se fue?

—¿Lo ves aquí? —comentó de malhumor. El camarero podría ser el hombre más hermoso que se había cruzado jamás, pero era un tocahuevos.

—Ah la mierda —se rió Leandro aprovechando para apoyarse al costado del novio con confianza. Nadie los miraba, ni le prestaban atención—. Qué carácter che.

Pablo bufó ignorándolo, comiendo del postre observando como el helado de su marido se derretía frente a sus ojos. Lo había dejado solo.

El mesero se inclinó parpadeando, acercando su rostro al de Pablo hasta casi sentir la respiración del otro. Gavi notó el aliento a menta; el morocho estaba masticando chicle.

—Yo te estaba mirando desde hace rato y estás muy serio para ser un recién casado, ¿todo bien? ¿No te obligaron, no?

—Sí, digo no, no sé qué insinúas —murmuró pasando la lengua para limpiar el resto de postre del labio. Su rostro solía estar fruncido la mayoría de las veces, pero estaba muy feliz de haberse por fin casado con su pareja; las conclusiones del mesero eran infundadas.

—Si vos estuvieras conmigo ni en pedo te dejo solo. Mirá si alguien te quiere chamuyar, con lo lindo que sos.

Pablo abrió los ojos levemente mientras el rubor cubría sus mejillas. Esto, no podía ser otra cosa que intentar ligar con él, no había manera de malinterpretarlo. ¿Ligar con el novio tan descaradamente en su fiesta? ¿A quién se le ocurriría?

—¿Dé dónde eres?

—¿No se me nota por el acento? De Argentina. Estoy ya hace unos varios años laburando acá.

Pablo se pasó la lengua por el labio superior, algo nervioso. Mierda.

—Estoy casado. Acabo de casarme hace 2 horas.

—Ya sé, estoy acá desde que entraron. ¿Te felicito? Porque lo que te dije antes, no te veo tan feliz.

—Él tiene cosas que hacer —comentó justificando a su novio.

—Y… ya que está ocupado, ¿por qué no te venís conmigo un rato? Lejos, por allá. No se va a dar cuenta —es alto boludazo, pensó el mayor.

Pablo se tensó, sintió la rigidez en su cuello. La cuchara con la que comía el brownie se le cayó a la mierda, y miró de reojo el lado vacío donde debería estar su pareja.

—No sé, posta, no te dejaría ni un minuto solo con lo bueno que estás —lo miró de arriba hacia abajo sin vergüenza, relamiéndose los labios y masticando chicle.

—Estoy en mi boda —susurró entre dientes. Miró para todos lados asustado, como si alguien escuchara de qué hablaban.

Leandro levantó la cuchara, inclinándose más cerca, aprovechando para dejarla en los dedos suaves del sevillano, rozándole la piel. Colocó la otra mano en la espalda, tocando el traje negro.

—Yo estoy laburando, pero no me importa. Se nota que tenés ganas de que te saquen de acá un rato.

—¿Sacarme?

—Sí, se re nota que te estás pegando un terrible embole acá, ¿querés que te divierta? No con esos besitos que te está dando tu marido, hablo de tocarte de verdad.

El calor le subió de golpe mirando la bebida burbujear, sintiendo las orejas rojas por la insinuación explícita, pero en vez de alarmarse y apartarlo, miró para todos lados confirmando que nadie les prestaba atención. Los invitados se reían, bailaban, algunos estaban algo ebrios. Pedri nunca volvió.

—No, no sabes lo que dices —se alejó un poco con bastante fuerza de voluntad tragando con dificultad, cruzando las piernas. El aroma de la menta y el perfume del camarero era muy adictivo. Jamás en su vida lo habían intentado ligar tan descaradamente.

Pedro había tardado 2 años en poder hablarle sin ponerse nervioso y rojo.

Leandro lo observó entrecerrando los ojos, haciéndose el langa y continuando la provocación. Se arremangó la camisa, mostrando los antebrazos musculosos llenos de tatuajes oscuros. El pibe lo miró absorto, recorriendo con la vista avellana cada línea y dibujo en la piel. Pedro odiaba los tatuajes, pero a Pablo le encantaban.

—No, sí sé de qué hablo, no soy boludo. No me dejabas de ver, ¿te gusté tanto? —se mordió el labio inferior mirando cómo el rostro del español se ruborizaba.

El sevillano tomó aire de golpe sorprendido por la franqueza. Era como si hubiera verbalizado fácil y en simples palabras lo que quería evitar pensar. No estaba acostumbrado a la gente tan directa. Se sacudió el cuello de la camisa resoplando.

—No tenés calor, estás caliente que es distinto. Decime que no.

El más joven apretó los muslos mirando el plato algo abochornado. El traje lo sofocaba pero de una forma diferente a la que creía. Leandro en vez de alejarse se acercó más y más y él se estaba empezando a volver loco.

—Mirá, si me seguís te llevo al baño, te bajo el pantalón, te dejo la camisa puesta para no arruinarte tanto y te cojo contra la pared hasta que se te olvide el nombre de tu novio. Después volvés a la mesa como si nada. Nadie se va a dar cuenta —susurró justo en el oído caliente del pibe.

Gavi se ahogó con saliva casi tosiendo; quiso mandarlo a la mierda pero no tenía palabras. Su cabeza se empezó a llenar de escenarios lascivos y pervertidos con el hombre increíblemente guapo detrás de él, que se notaba bravo. Tomó la copa de vino que tenía delante, y se la bajó toda de un gran trago, tirando la cabeza hacia atrás.

—Te voy a coger tan bien que ni te vas a sentir culpable, en serio. No puedo dejar de pensar en vos desde que te vi entrar —murmuró en voz baja inhalando el olor del novio mezclado con colonia y sudor—. Y sé que vos también querés que te de contra algún mueble.

El español no pudo reaccionar; solo se abrió más botones de la camisa y se estiró el nudo de la corbata para no sentir el ahogo inminente. Debería echarlo, pero la voz tan suave y esa manera de hablar tan descarada le encantaban demasiado.

—Ah bueno, mirá como te ponés, qué lindo que sos, ¿te gusta que te hablen así? Parece que no te hablan así seguido.

En ese momento Pedro apareció de la nada, arreglándose el saco con una sonrisa enorme y los ojos entrecerrados; tenía sus mejillas rojizas.

—Perdona, amor. Estaba hablando con los chicos… ¡pero que llegó el postre!

Leandro se enderezó rápido con el semblante nuevamente tranquilo y una postura más profesional. Observó como el morocho besaba en la boca al castaño de piquito y sonreía con ternura, casi tímido. Ah, le faltaba tanto para ser como él, era casi ridículo. El argentino creía fielmente que, si fuera su pareja, ya se lo hubiera cogido, o al menos le daría cada chape fuerte frente a todos, sin respetar nada. No le cabía en la cabeza que teniendo a un marido tan lindo se comportara como un gil. Dios le da pan al que no tiene dientes, pensó.

Pedro besó la sien de su esposo y empezó a comer el helado derretido, mientras veía al menor comer robóticamente, rojo. Cuando terminaron, Leandro pasó nuevamente a retirar los platos, y Gavi, nervioso tiró nuevamente la cuchara que cayó al piso al sentir el gran cuerpo cerca. Le temblaban los dedos y tenía el labio superior rasposo de tanto lamérselo.

El argentino al escuchar el ruido de la cuchara, se agachó rápido, metiéndose debajo de la mesa cubierta por ese gran mantel claro que llegaba al piso, justo al lado de donde estaba la silla de Pablo. Era muy vivo.

Bajo la mesa, la mano grande de Leandro encontró la pantorrilla del castaño, y subió acariciando hasta la rodilla. Continuó despacio por el muslo, apretando la carne suavemente, sintiendo la tela caliente del pantalón bajo sus yemas; se notaba el músculo de la pierna tensarse. El cuerpo bajo su tacto se había puesto rígido notoriamente, se relamió los labios con muchísimas ganas de comérselo ahí, con el marido al lado, para que viera cómo se complacía a alguien; nada de besitos y caricias boludas, obvio.

Pablo se quedó tieso abriendo los ojos, mientras todo el cuerpo se le erizaba, y un suspiro se escapaba de sus labios húmedos, dulces por el helado y el beso que le dio su marido recién, mientras este tarareaba algo, comiendo con cara de tonto el postre, como si fuera ajeno a todo.

Los dedos de Leandro llegaron más arriba, rozando la entrepierna del novio, viendo la reacción, disfrutando de que no le quitara la mano y ni se moviera un segundo para apartar la palma. Sintió el bulto entre los dedos, se caía de maduro que el pendejo se había calentado con un poco de toqueteo. Qué triste vida de casados le esperaba, casi que sintió pena real.

Pablo se mordió la mejilla interna para no hacer ningún ruido raro, cerrando los ojos; si soltaba un gemido estaba perdido.

El argentino, probándolo, tiró con un dedo la tela, abriendo un poco el cierre del pantalón, bajando el metal de a poco. Metido entre las piernas abiertas del español, besó el muslo vestido, oliendo la tela del traje. Después de otro apretón corto en la zona carnosa, se retiró de golpe.

Cuando se levantó enseñó la cuchara, con rostro tranquilo y casi inocente. El novio parecía a punto de perder la cordura.

—No la encontraba —soltó Leandro refrenando las ganas de reírse, esa era la segunda cuchara que le hacía tirar—. Ya traigo otra mejor, esta tiene algo y por eso se cae seguido.

—Gracias —respondió Pedro sin entender, ya que su esposo no se inmutó en contestar.

Pablo se quedó parpadeando, sin aliento por un breve roce de mierda. El tipo se metió entre sus piernas para manosearlo, con su marido al lado. Todavía no podía procesarlo. Le fascinó; nunca había sentido tanta excitación ni adrenalina, y los muslos todavía le ardían temblando: estaba desesperado. Joder, demasiado desesperado. No era cierto, no podía ser normal que el mesero que había conocido 15 minutos antes le acabara de hacer eso por debajo de la mesa. Estaba muy cachondo ahora; tragar era un suplicio y se sentía mareado por todo.

No podía soportar más. Realmente se iba a volver loco.

En un momento de la noche, las luces se apagaron de a poco, y en la oscuridad, la bola en el techo brilló. La iluminación cambió a destellos de colores que empezaron a salir erráticos para todos lados, centrándose en la amplia pista de baile. La música empezó a sonar verdaderamente fuerte, bastante estruendosa, haciendo que muchos se levantaran de las mesas y corrieran al centro del salón, moviéndose.

Oficialmente había empezado el baile.

Pedro se levantó de golpe emocionado y agarró a Pablo para que lo acompañara a bailar. El sevillano dejó el saco en la silla y se desabrochó otro botón de la camisa siguiendo a su marido tambaleante.

Varios invitados hacían el trencito en el centro mientras saltaban y movían las piernas, levantando los brazos. A Gavi le gustaba más moverse solo, en un costado, pero cuando empezaron a hacer eso en la pista se apartó, era bochornoso.

—¡Que yo no sé bailar! —soltó Marc riéndose, mientras se ataba el pelo enrulado con un collar de flores y movía el brazo de un lado a otro con un pañuelo en la mano.

Pau se rió al ver el desastre que estaban haciendo entre gritos y música fuerte.

—¡Vamos tío! Ven, diviérteteee —le gritó Ferran al sevillano, arrastrando un poco las palabras y haciendo un gesto con los dedos. Pablo notó que el mayor ya estaba ebrio—. Que no seas aguafiestas, jodeeer.

—Paso, me muero de calor —gritó Pablo sonriendo a medias. Le daba vergüenza que hubiera tanta gente—. Pero en un rato me uno.

Era ridículo hasta para él, no solía ser amargado, (mentira, un poco sí) pero esta noche en particular se sentía ansioso por demás y no quería terminar metido en un chorizo de personas manoseándose, aún le palpitaban las piernas. Prefirió observar el desastre, moviendo los hombros algo tieso, mientras el camarógrafo filmaba y se reía también, metiéndose en el embrollo de invitados bailando y cantando.

Los meseros repartieron algunos accesorios, como gorros, collares, tubitos fluorescentes, lentes, y esas cosas que Pedro había querido comprar sí o sí para el bailoteo.

Su mirada repasó la escena mientras sonreía lamiendo su labio superior y los vio: Ferran jugaba con Pedri, colocando las manos en la cintura de su esposo, apoyando la nariz en el cuello y sosteniendo una botella de alcohol, mientras el canario se reía, pitando un silbato de juguete; bailando pegados en el tren de gente. El valenciano ya tenía la corbata puesta en la frente de adorno. Borracho de mierda.

Pablo ya tenía la camisa abierta hasta la mitad del pecho y la corbata totalmente desarreglada; cada vez que Ferran le ponía las manos en la cadera a Pedro, se retorcía de bronca. Él debería estar ahí, pero no tenía ganas, para qué mentir. El canario no parecía notar lo cerca que tenía al valenciano; seguía riendo con el grupo, como siempre, disfrutando. Se apartó volviendo cerca de las mesas, mejor dejarlo divertirse. Sería hipócrita decir algo cuando hacía menos de 10 minutos había tenido al argentino entre las piernas y cero ganas de quitarlo de ahí o sacarlo de la fiesta por irrespetuoso.

Ojeó hacia un costado y vio en una esquina al mesero apoyado en la pared, observándolo con una sonrisa pícara. Tenía los brazos cruzados, y la postura relajada. Cuando sus miradas se encontraron, el argentino levantó una ceja y pasó la lengua por su labio inferior, lentamente. El vientre de Gavi palpitó caliente.

Caminó hacia la barra libre y se pidió un vaso con agua, tomándolo de golpe, tirándose el cabello hacia atrás. El más alto se acercó, apoyando los codos en la mesa, mirándolo.

—No sé qué coño estabas haciendo ahí abajo de la mesa —gruñó enojón el sevillano.

—No te hagás, si ni me sacaste —hizo un montoncito con la mano.

—Estaba mi marido al lado.

—Creo que te gustó más eso, eh. Que esté ahí al lado.

—Lo que sea, para ya.

—Además, ni que ese fuera el único chabón con el que estuviste —comentó Leandro en tono de burla hasta que notó que el novio no se reía una mierda y se quedaba quieto pensativo. Mucho silencio.

Pablo lo miró inquisitivamente parpadeando sin contestar.

—Nah, no te podés casar sin haber probado otra pija. Me estás jodiendo, ¿posta?

El sevillano jamás estuvo con otra persona que no fuera Pedro. Tampoco había tenido otra pareja, ni ligue, nada. Había sido su primer hombre y, en su cabeza esperaba que fuera el último. La caradurez del argentino lo ponía nervioso, y le parecía horroroso, pero a la vez, en el fondo (no tan en el fondo, más bien en la superficie), lo volvía loco considerar la propuesta de mierda. Un tipo grande, corpulento, con experiencia y un manejo increíble de las manos… era una idea muy atractiva. Nunca se puso a pensar que no conocía otra polla que no fuera la de Pedri, como tampoco analizó el hecho de que quizá el peligro lo excitaba; la insolencia de esos ojos azules lo divertían más que el sofoco que sentía por la aglomeración de gente en la pista.

—¿Y qué tiene si es así? No te incumbe.

—Escuchá. Mi viejo me enseñó que nunca me case con la primera pija que conozca, no sé —se encogió de hombros. Ahora el novio se le hacía el triple de interesante.

—Vaya cosas te enseñaban.

—Hablando de tu marido, ¿es ese enano de allá, no? Re contento con los amigos.

—Ese es su mejor amigo.

—Sí obvio, si estás celoso te puedo hacer olvidar —continuó flirteando.

—Cállate, de verdad –murmuró ahora manoteando otra bebida, esta vez con alcohol. La besó sintiendo el líquido amargo, y tomó cuando la garganta le picó, pidiendo algo más fuerte.

—En serio, te desahogo y volvés. O quedate mirando como manosean a tu marido allá entre todos esos —se rió el argentino, pinchándolo—. Si se van a mudar juntos es posible que esta sea tu única oportunidad de probar una cosa nueva. Después le sos fiel todo el resto de tu vida, ¿qué hace una vez?

El español abrió los ojos; la mirada de Leandro era fija y penetrante, jamás lo habían mirado así. No tenía una pizca de vergüenza. Esa seguridad que exudaba el argentino, tan descarado, le estaba comiendo la cabeza. Y lo estaba logrando.

—Ni siquiera sabes cómo es él.

—Por favor, tu marido te da besitos virgos en la frente como si fueras un nene. Y vos te bancás eso porque no sabés de otra cosa. Yo te lo puedo mostrar.

—¿Tú escuchas lo que dices?

—Yo solo dije que cuando me metí abajo de la mesa, te temblaban las piernas de ganas. Ah y que te gustó que te tocara con el boludito de tu marido al lado.

—No sé qué crees que vas a lograr con todo este rollo —dijo el castaño, cada vez más bajito—. No voy a follar con un extraño en un baño.

—Si no te gusta el baño, está la habitación de servicio, yo tengo la llave —susurró Leandro pegado al oído del menor.

Pablo miró a la pista una vez más donde estaban sus amigos liándola. Parecían chavales de quince años.

La música cambió a un reggaeton, y la mano del mesero bajó hasta rozar la cadera del español por fuera del pantalón, apretando con fuerza. Pablo se sobresaltó, presionando los dedos en el vaso, bebiendo hasta el fondo mientras el otro lo acercaba.

—Al fin algo que se puede bailar —murmuró el argentino.

Leandro apoyó su mentón en el hombro del castaño, soplando aire caliente, pasando la nariz por la piel, respirando el aroma y sintiendo todo el calor. Lo acorraló contra la barra, mientras se movía detrás de él, al compás de la música, en un intento de bailar. Por suerte ese lugar estaba más oscuro, así que no se veía nada; besó la unión del hombro y el cuello, un roce simple. La melodía era más lenta, así que se frotó a penas en el culo del menor, haciéndole mover las caderas al mismo ritmo que las de él. Sintió como iba cediendo ante sus caricias, y sonrió victorioso. Ya lo tenía donde quería.

Gavi cerró los ojos sintiéndolo, las manos amplias le recorrieron la cintura, pasando por los abdominales sobre la camisa que apenas se deslizaban en la piel. No podía estar haciéndole esto, no ahora, no esta noche, no a él.

El sevillano se había quedado sin aliento.

—Eres un cabrón –susurró completamente rendido y fundido en el cuerpo más robusto.

—Puede ser, pero vos estás caliente y yo también desde hace rato —besó la oreja hablando bajo.

—No puedo…

—Pero querés. No estás diciendo que no querés, estás diciendo que no podés.

El español abrió la boca pero solo soltó un gemido necesitado, patético y desesperado, tenía razón. Había una diferencia abismal entre no querer y no poder. El argentino aprovechó y rozó la comisura de los labios con su boca; sintió cómo el castaño dejó el vaso de alcohol, ahora vacío.

—Dale, vení —ordenó con voz ronca el mesero.

Agarró al novio por la muñeca, y con la otra mano manoteó una botella de champán bien frío, que se encanutó gratuitamente. Lo guió hacia el pasillo lateral, entrando por un costado. Caminaron rápido, con Pablo atrás desorientado por todas las sensaciones; tenía el pelo desordenado, la camisa semiabierta, la corbata aflojada, y el rostro rojo.

Llegaron a una puerta que estaba al lado de la cocina, al fondo. Bastante alejados de la zona de la recepción y la pista. Leandro sacó una llave del bolsillo del uniforme, abrió y empujó a Pablo adentro, con suavidad; era un pequeño cuarto de servicio, con estanterías, algunas cajas de champán, una mesa, una silla y una lamparita colgando arriba. Allí el ruido había disminuido bastante, amortiguado; se escuchaba pero levemente.

El argentino cerró la puerta con llave y todo sonó muy fuerte en los oídos del novio.

Pablo se quedó de pie en el medio, desconcertado, respirando agitado y mirando las paredes, el techo. La botella… ¿por qué cojones trajo una botella de alcohol? Se tomó lo de barra libre muy literal.

—¿Por qué… trajiste esa botella?

—Por la sed, encima acá vas a transpirar banda —dejó la botella congelada sobre una caja.

Leandro no esperó a nada, se acercó y lo acorraló contra la mesada, levantándole el mentón con los dedos para que lo vea. Pedro estaba a menos de 50 metros, y él tenía el anillo puesto. Tragó saliva.

—Igual te voy a tratar muy bien.

El más bajo levantó la mirada observándolo, hipnotizado. Los ojos azules, la barba oscura, la camisa abierta para ver los tatuajes en el pecho y que al parecer, seguían por todo el resto del cuerpo. Ahí, encerrado en esa especie de depósito, sentía mejor la colonia, que era barata pero olía de maravilla. Y esa sonrisa de medio lado, segura y triunfante. Era casi cruel.

—Deja de hablar y hazlo —susurró.

No le dio tiempo de seguir hablando; lo tironeó de la corbata desarreglada y lo atrajo para un beso. La boca de Leandro se estrelló contra la de Pablo, abierta, desesperada, sabía a menta y a alcohol tibio. La lengua del mayor entró en la cavidad del otro sin pedir permiso, de una manera sucia, bruta, moviéndose con destreza. El español gimió contra su boca y le agarró la camisa con los dedos, tironeando y abriendo el saco y la tela, tocando la piel tatuada, mirando de reojo. Era muy sexy, joder.

—¿Te gustan? Tengo más en la espalda… pero me tengo que apurar —soltó entre besos y chasquidos.

El argentino le bajó el cierre del pantalón, metiendo su mano dentro, agarrándole la pija tiesa a través del calzoncillo.

—Lo duro que estás —murmuró contra los labios llenos de saliva, temblorosos—. Y vos que querías hacerme creer que no te pasaba nada, mentiroso de mierda.

El sevillano se inclinó hacia atrás cuando los dedos del mesero se metieron en su ropa interior y le rodearon la erección con fuerza, haciendo movimientos seguros. El mayor empezó a masturbarlo de arriba abajo, apretando la base y presionando la punta ya húmeda, mientras le mordía el labio inferior tironeando entre cada beso. Se iba a derretir, en serio que hacía muchísimo calor allí dentro.

Leandro lo giró de golpe, empujándolo contra la mesada, con la cara a la pared, pegándolo a su espalda. Las manos grandes y ásperas, le bajaron el pantalón y el bóxer de un tirón hasta los muslos. El aire frío del lugar le pegó en la piel expuesta, y Pablo soltó un suspiro ahogado, apoyando las manos en la madera.

—Qué lindo culo tenés, no podía dejar de mirarlo —murmuró el mayor, apretándole una nalga con fuerza viendo lo fácil que era de marcar—. Mirá cómo te ponés solo de que te hablé así.

Pablo recordó que estaba mal, que realmente hacía algo terrible. Pero, incluso con eso en mente, igual abrió la piernas lo más que pudo, entregándose en bandeja al mesero.

El morocho estaba atrás, apretando la espalda contra su pecho; pasó la lengua desde el inicio del cuello, hasta debajo de la oreja, sintiendo la vena palpitar. El castaño tenía una piel suave, salada y sabía increíble.

Gavi estiró una mano hacia atrás, enterrando los dedos en el cabello negro del argentino, presionándolo más fuerte contra su cuello.

—Mmm…

Olió su nuca, queriéndose hundir en el cuerpo del español sin pensar. Desde que lo vio entrar al salón con ese traje ajustado, quiso cogérselo contra una pared o sobre cualquier lado; era el pibe más lindo que había visto en un tiempo y supo que tenía que hacerlo suyo. Quería ver esos ojos brillantes color avellana rogando por su pija.

Acarició el pecho suave, abriendo el resto de la camisa, deslizando el dedo índice por el torso, pasando por los pectorales, desabrochando uno a uno los otros botones que quedaban sin quitarle del todo la camisa, bajando hasta los abdominales marcados y deteniéndose en el vientre.

Se arrodilló detrás de él, le separó las piernas en lo que pudo por el pantalón, y metió la cara entre las nalgas, que abrió con fuerza, sosteniendo la carne entre los dedos. Pasó la lengua, llenándola de saliva por el agujero fruncido y caliente, mojándolo. Presionó más los dedos en la tez, abriéndolo más, introduciendo la lengua de a poco, en un intento de mojarlo, chupando y succionado, metiendo y sacando el músculo comiéndolo ahí nomás.

—La puta madre… tenía unas ganas de comerte el orto así.

—¡Ahh! —Pablo se arqueó, mordiéndose el labio para no gritar. La lengua dentro de él se movía con rudeza, se sentía rasposa y a la vez caliente, húmeda… muy bueno. Jamás le habían hecho eso, y se sentía genial para quejarse u objetar que estaba sucio; le parecía bochornoso, pero rogaba a los cielos que siguiera.

Leandro besó el agujero fruncido, ensalivado y algo estirado, mordiendo la nalga suavemente para no dejar marcas, lamiendo la piel pálida. Se puso de pie viendo las piernas del más bajo tambalearse.

—Te voy a cojer hasta que no puedas caminar derecho, ¿querés eso?

Pablo asintió con la frente apoyada en el brazo, respirando con dificultad, totalmente entregado y sin vergüenza alguna. Sentía el metal frío de su alianza clavado en la piel.

—Decilo, dale.

—Sí, quiero…

—¿Qué cosa?

—Quiero que me folles —soltó con la voz quebrada—. Por favor….

Leandro se enderezó, y bajó su mano a su pene, sacándolo del uniforme, sin desvestirse mucho: solo se abrió un poco la camisa por el calor. Se masturbó desparramando el líquido por su extensión dura; escupió en su propio pene para acariciarse usando la saliva, haciendo más resbalosa la erección. Colocó la punta en la entrada fruncida, empujando la cabeza contra ese agujero mojado en baba, de a poco.

Pablo frunció el ceño, cerrando los ojos, apretó los dientes cuando por fin entró. El ardor fue tan fuerte que sollozó, pero no tuvo tiempo de sufrir; el placer apareció rápido al sentir cómo entraba hasta el fondo, tanto que lo hizo gemir. Sintió cómo lo abría con esa polla grande, hasta que estuvo toda metida bien adentro, mientras su culo estrecho palpitaba. Se quedó quieto ahí, sintiendo la respiración caliente y pesada contra la nuca, mientras su piel se erizaba toda.

—Puta madre, qué apretado —gruñó mordiéndole el hombro a través de la camisa—. Tu marido no te abre así, ¿no?

El español no contestó mientras sus párpados titilaban, movió la cadera hacia atrás encontrándose con la cintura marcada del otro. Leandro empezó el vaivén, penetrándolo hondo y duro, pero lento, tomándose el tiempo para cada embestida para disfrutarlo bien. Después aceleró, yendo más rápido sosteniéndole las caderas con fuerza, escuchando el sonido mojado de las pieles chocando y las respiraciones que llenaban el cuarto junto con los jadeos que el menor ya no contenía. El sonido obsceno y húmedo de la verga entrando y saliendo de la estrechez, rebotó por el depósito.

—No acabes —soltó imperioso, apretándole la base de la verga con los dedos.

—¡Ngh!

El español negó con la cabeza, pero el cuerpo lo traicionaba, sintiendo sus ojos llenándose de lágrimas de placer mientras su boca salivaba entre jadeos. En cada embestida le sacaba un gemido más alto, más desesperado y agudo. Leandro aumentó la velocidad, dándole más duro, profundo pensando que si fuera por él, estaría toda la noche dándole y dándole. Pero tenían que terminar rápido.

—Joder, m-más… fuerte… ah…

Pablo sentía el calor y el sudor caer por su cuello, mientras ardía, jadeando pesadamente. Se sentía como un infierno, y no quería salir de ahí.

El argentino lo notó y se estiró aún dentro de él, agarrando la botella olvidada, transpirando. La abrió con el pulgar, quitando el corcho y vio que Pablo levantaba la cabeza confundido, jadeando pesadamente.

Leandro se llevó la botella a la boca, y bebió un trago largo, sintiendo el líquido frío bajarle por la garganta. Sin sacarle el pene, le agarró la mandíbula al menor con la mano libre, le giró el rostro hacia él con rudeza obligándolo a mirarlo de lado, dándole golpecitos con el pulgar en la mejilla:

—Abrí.

Pablo obedeció sin dudarlo. Abrió la boca que temblaba y el mayor inclinó la botella entre sus labios. El champán frío le cayó directamente en la lengua; el castaño tragó lo que pudo desesperado, bebiendo como si hubiera pateado 10 kilómetros en el desierto bajo el sol. Era tanto el líquido de golpe, que algo se escapó de las comisuras, bajando por la barbilla y el cuello manchándose la camisa abierta, resbalando otro poco por el pecho que quemaba. Estaba frío y se sintió como un alivio.

—¿Te gusta que te la den en la boca?

Leandro lo observó al menor, tragando alterado, relamiéndose los labios, con los ojos entrecerrados. No podía creer tener la pija metida en un hombre así de precioso, parecía una puta desesperada por cualquier cosa que le diera, tan inexperta. El pene le palpitó y continuó moviendo las caderas, metiéndosela hasta el borde, mientras no le sacaba los ojos de encima al ver cómo los músculos del cuello se le tensaban cuando tragaba. Cada vez que bebía, el culo se apretaba alrededor de él.

—¿Querés más? —preguntó en voz baja sin soltarle la cara ni dejar de cogerlo.

Pablo asintió con los párpados cansados, los ojos húmedos y la respiración entrecortada. Solo abrió más la boca, sacando un poco la lengua, pidiendo más.

El mayor levantó la botella, pero se la llevó a los labios y bebió un trago largo, llenándose las mejillas de líquido sin tragar. Le presionó la mandíbula otra vez, y lo besó, pasándole el alcohol de boca a boca en un chape incómodo pero caliente.

El sevillano se ahogó un poco, pero abrió los labios y tragó lo que pudo, empujado por la lengua del argentino sobre la suya, haciendo un desastre en sus labios. Se le escapó más líquido porque el beso era salvaje y brusco, obligándolo a beber entre gemidos, sintiendo cómo a la vez, la punta de esa polla increíble se le clavaba dentro, rozándole la próstata en cada empuje, haciéndolo ver estrellas. No podía más.

—¡Mng!

—Tragá todo.

Cuando se apartó, la saliva conectaba sus labios. Tenía la barbilla brillante, y ojos brillosos. Leandro vio un hilito que resbalaba por la comisura de la boca del español respirando luego del beso sucio y brusco. El argentino se inclinó y lo lamió despacio, degustando el sabor en su lengua.

Pablo estaba en la nube de babel, no podía con todos los estímulos en su cuerpo; era maravilloso: la mano en su polla se movía en una coordinación perfecta junto con los golpes dentro de su culo. Era perfecto.

—Decime —exigió el argentino, mordiéndole el cuello y chupando muy suavemente sin dejar marcas porque no quería quilombos—. Decime quién te está cogiendo.

—Le…Leandro… ¡aah! —jadeó Pablo casi en un sollozo, sorprendido de recordar el nombre—. Lean… ¡joder!, ah.

El mesero muy excitado por la situación (era literalmente la segunda pija que este flaco probaba en su vida), aceleró los movimientos, pajeándolo más rápido, estimulando especialmente el glande que chorreaba, frotando el frenillo.

—No, no…. puedo más, ¡ah! —gritó, sintiendo que estaba al límite, mientras su mente se nublaba por el calor, sintiendo el inminente orgasmo violento recorrerle todo el cuerpo con fuerza.

—Vas a acabar con la pija de otro adentro —gimió contra su oreja, acelerando todavía más.

—Leandro, ahh —solo sentía una bruma mental que lo estaba consumiendo, ese sentimiento que apareció horas atrás tensándose más fuerte.

—Otra vez, decilo.

—Leandro… m-me… ahh…

El argentino le dio una embestida particularmente profunda, y Pablo, se corrió duro: se derramó sobre la mano del camarero, manchando la mesa, sintiendo sus músculos tensarse y relajarse por el clímax, apretando el pene todavía dentro de él. Sintió las piernas fallarle, pero Leandro no se detuvo, de hecho, siguió cogiéndolo a través del orgasmo, sin darle tregua ni descanso.

Las contracciones del menor alrededor de su verga lo hicieron gruñir un poco, y se retiró acabando en el culo pálido y rojizo del novio, manchándole la piel de leche caliente que cayó de las nalgas hasta los muslos, mientras gemía en voz baja.

Se quedaron respirando agitadamente; el castaño estaba temblando, agarrándose de la mesa, sintiendo la respiración del otro y el semen enfriándose en el culo. El ruido en la fiesta era lejano, una vibración extraña mientras sus oídos aun zumbaban por el gran orgasmo que tuvo.

Leandro se apartó, y le limpió el culo con un trapo ahí tirado, luego le subió el pantalón con burla y le dio un cachetazo en la cola que rebotó. Todavía estaba recuperando el aliento.

El sevillano se enderezó con dificultad, tenía la camisa hecha un desastre, sus ojos lagrimeaban, su rostro estaba rojo y mojado. Se pasó una mano por el pelo, intentando ordenar un poco su cabeza. De reojo, vio al argentino, arreglándose el uniforme y cerrando el cinto. Se limpió el sudor del rostro con el antebrazo.

—Andá, te están esperando —sonrió guiñandole un ojo, abriendo la puerta.

Iba a decirle algo como “si te divorciás llamame” pero el pendejo se veía algo consternado así que se calló. Pablo se acomodó el pantalón con manos temblorosas, subiendo bien el cierre; arregló el cinturón, metiendo la camisa dentro, abrochando los botones y se ajustó la corbata.

El corazón le latía muy fuerte dentro del pecho mientras caminaba de vuelta a la pista, sintiendo el placer recorrerle el cuerpo, pero a la vez ese sabor amargo de haber cedido tan fácil. No podía pensar en nada. Realmente su cabeza estaba vacía después de semejante cogida.

Cuando salió, la música fuerte y los colores seguían girando por todo el salón, la gente bailaba, todo estaba como antes de irse con el mesero; Pedro lo vio desde la pista y le hizo señas con la mano sonriendo ampliamente. —¡Amor, ven a bailar! ¡Que es una del Justin!Pablo se pasó la lengua por los labios hinchados y caminó hacia él. —¿Dónde te habías metido? —soltó Ferran con una voz totalmente quebrada en ebriedad.

—Baño —mintió el castaño rápido.

—¿Te tiraste champán encima? Pues eres tonto, eh —se rió su esposo poniéndole un collar de flores que brillaban en la oscuridad, besando su mejilla con ternura.

—Se me cayó bebiendo —lo tomó de los hombros con una sonrisa, uniéndose al tren de mierda que aún seguía girando en la pista. Incluso, dejó que Ferran lo abrazara ebrio por detrás.

Y por primera vez, las luces ya no le molestaban tanto.

En la mesa dulce, ya cerca del final de la fiesta, Ferran se tomó toda el agua que pudo, para no sentirse tan ebrio. Tenía un café negro en la mano, mientras con un abanico se tiraba viento en el rostro. Estaba eligiendo qué comer; había un sin fin de postres, tartas, pasteles, hasta frutillas y una fuente de chocolate. Tomó un dulce cuando vio a Gavi sentado solo, mirando un punto fijo.

—Terminaste más apaleado que yo —se rió sentándose al lado del sevillano con una sonrisa, sin dejar de abanicarse—. Nos hemos bailado todo con el Pedri.

El menor lo miró un minuto antes de responder, sintiendo un calambre extraño en el estómago que le sentaba mal.

—Conozco bien a los tipos como tú —soltó Pablo de la nada, murmurando mientras bebía un poco de jugo—. Pero no me importa, ¿sabes? Él… se ha casado conmigo ahora. Lo que haya pasado entre ustedes… ya no importa.

—¿Qué dices?

—Que sé cómo miras a Pedro. Siempre lo supe.

El valenciano dejó de abanicarse y soltó una risa incrédula, algo confundida.

—Gavi, él jamás avanzó nada conmigo.

Pablo lo miró de reojo, abriendo los ojos. ¿Por qué esperaba que dijera que sí? ¿Por qué carajo le molestaba que lo negara?

—¿Nunca lo intentaste?

Ferran se quedó callado un segundo, encogiéndose de hombros.

—A ver, Pablo, ¿tú crees que si hubiésemos follado, no te lo habría hecho saber? No soy muy bueno ocultando cosas, te habrías enterado sin duda.

El sevillano hizo un silencio mortal. Se sentía muy mal.

—Si lo hubiéramos hecho, él no se casaría hoy contigo, créeme. Te ama, tío. De verdad.

Su cabeza empezó a girarle, las paredes se movían un poco. ¿Era eso una confirmación de que Ferran sí había estado detrás de Pedri o de que, al contrario, jamás pasó nada entre ellos dos? Ugh. Gavi sintió el estómago burbujear, luego el ácido le subió por la garganta de golpe y las náuseas fueron inminentes.

Terminó vomitando todo en el suelo.

—¡Joder! —se apartó el valenciano con asco—. ¡Pedro, ven!

—Pero oye, tú. ¿Cuánta champaña has bebido, amor? —preguntó el novio acercándose sin entender nada, sosteniendo al castaño.

—Estoy bien, solo me mareé… —su cabeza palpitó fuertemente.

—Vamos, tienes que recostarte. Necesitas agua —dijo Pedri entre risas. Era la primera vez que veía quebrar a su pareja.

—Y esta vez no he sido yo, milagro —se burló Ferran aplaudiendo.

Pablo vio como los dos amigos intercambiaban una conversación sobre él, riéndose y burlándose. Relajados, como si no fuera para tanto. Mientras tanto, por dentro él se estaba muriendo; qué carajo había hecho.

—Como si no estuviera acostumbrado por tu culpa, hermano —soltó el canario empujando al valenciano juguetonamente—. Me has entrenao’

–Ya, ya —se rió Ferran—. Voy a buscar agua. Que no vomite el saco, faltan las fotos de todos juntos al final, agua y a quedarse sentado.

Pablo parpadeó en silencio agarrándose la frente con dolor.

El amor era suficiente, ¿verdad? Bueno, tenía que serlo. Iba a serlo.

Al menos, seguro que jamás se olvidaría de ese día.


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