Prólogo - La Abducción
Al principio pensé que eran extraterrestres. Así nos enseñó Hollywood a entender una abducción: luz blanca, zumbido, y el estómago que se te va del cuerpo.
No eran extraterrestres. Era sangre de mi sangre.
Un tipo con mi cara, pero no mi cara. Más alto, más flaco, con ojos que ya habían visto demasiado. Dijo llamarse Mario también. Mario tantos después. Venia de por ahí del 2100, quizás más lejos. Había logrado viajar hacia atrás y me había estado buscando.
No dijo para qué. Solo que tenía una idea equivocada de mí. Que en su tiempo, en su familia, yo era otra cosa. Un nombre grande. Un punto de partida. Y cuando me vio... se decepcionó.
Lo vi en cómo me miró. Como se mira a un ídolo de barro cuando descubres que es de barro.
Fue él quien me preguntó si quería un paseo. Como para compensarme por la decepción. Como para no irse con las manos vacías.
Me dijo: “Puedo llevarte a ver a quien quieras. A dos. Donde sea en el tiempo. Elige.”
Yo era bachiller. Era 1998. Era puberto. No lo pensé dos veces.
Quiero ver a Cleopatra VII, le dije. Y a Marilyn Monroe.
Él sonrió por primera vez. Pero no fue una sonrisa bonita. Fue la sonrisa de alguien que sabe algo que tú no sabes.
Me dijo: “¿Estás listo?”
Yo dije que sí, sin entender la pregunta.








