Requiem by Xydi at Inkitt
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REQUIEM

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Summary

La novela comienza con Jen, una mujer de 25 años agotada por una vida miserable, solitaria y rutinaria. Una noche encuentra una moneda extraña con la inscripción «¿Vivir o vivir mejor?». Esa moneda la lleva al Limbo, donde conoce a Spes, dios de la esperanza, y Angst, dios de la angustia y el miedo. El problema es que Spes comete un error: lleva a Jen al Limbo sin considerar que devolverla a su mundo provocaría que perdiera incluso funciones básicas de su cuerpo. Por lo tanto, Jen queda obligada a aceptar una nueva vida. Sus tres deseos: aprendizaje acelerado, creación/replicación de objetos y curación. Pero la historia no se queda en «isekai con protagonista moderna». Jen llega al Reino Kalix y rápidamente descubre que sobrevivir no significa simplemente tener poderes. Es confundida con una criminal, termina encarcelada y posteriormente enviada a una capilla que funciona como orfanato. Allí conoce a Sara, Jul, Gabriel, Félix, Gabriela y Aster. El mundo empieza a adquirir profundidad mediante sus razas, religión, magia, instituciones y desigualdades sociales. Después aparece el segundo protagonista: Le’martyr, un joven militar proveniente de una humanidad futurista espacial. A diferencia de Jen, no llega con tres deseos concedidos. Angst intenta utilizarlo como una especie de experimento.

Genre
Fantasy/Romance
Author
Xydi
Status
Ongoing
Chapters
18
Rating
n/a
Age Rating
18+

El Error

—¿Sabes qué es lo más raro de los humanos? —dijo esa voz pícara.

—¿Qué? —preguntó la voz serena.

—Que siempre buscarán algo de felicidad, incluso si eso les quita su libertad.

Una risa ligera resonó en el vacío.

11:32 p. m. Las calles están heladas y solitarias... Es como si solo las almas vagaran por ellas. Quizás sea una exageración, pero al menos así lo siente ella.

—Qué día tan horrible... Quiero renunciar —suspiró Jen, abrumada—. Este trabajo va a terminar con lo que queda de mí.

—¿Ves a aquella humana? —risitas traviesas—. Parece que la vida la ha tratado mal... Pobre de ella. Pero bueno, así como ella hay miles. ¡Ay, qué aburrido! ¿Qué puedo hacer? Oh... tengo una idea terrible en mente. Veamos si esta humana tiene algo de suerte.

Jen sigue su trayecto cotidiano. Su cuerpo tiembla y sus ojos se llenan de una profunda sensación de soledad, de esas que ni uno mismo sabe explicar. Está agotada por la dura jornada. Da un paso tras otro; parece llevar el corazón roto o, quizás, sea solo la fatiga la que termina de consumirla.

—Caminar de noche es tan tranquilo... y peligroso —murmuró, acelerando el paso—. Lo bueno es que ya vivo cerca.

Mientras avanzaba, un destello fugaz llamó su atención en el suelo.

—¡Una moneda!... Ah, pero... parece extranjera.

—¡Correcto, humana! Al menos tienes algo de inteligencia. Ahora veamos si la vida aún se empeña en ser miserable contigo —susurró aquella voz invisible.

—«¿Vivir o vivir mejor?»... Qué grabado tan raro. Quizás sea solo una moneda de juguete.

Por un instante, una extraña tranquilidad volvió a su ser. Aquella moneda la hizo sentirse inusualmente afortunada. La lanzó al aire y, al atraparla, exclamó:

—¡Oh, vivir mejor! Después de todo, aún tengo algo de suerte.

—Muy bien, humana, muy bien. Ahora déjamelo a mí.

—Oye, ¿estás seguro de esto? ¿No crees que te traerá problemas con los demás?

—preguntó Angst, visiblemente intrigado.

—¿Y qué me pueden decir? Al fin y al cabo, somos dioses.

—Bueno, si tú lo dices...

La mujer de existencia triste llega por fin a su casa: un lugar estrecho, viejo, deteriorado... miserable. Con las últimas fuerzas que el día le deja, se dispone a cenar y asear su cuerpo para después descansar y continuar con su martirio diario. Pero hoy... hoy será distinto. O quizás, para siempre.

Cerró los ojos con la esperanza de que el día siguiente fuera mejor.

Qué raro... Hoy me dormí con facilidad.

Y al abrirlos...

—¡¿Qué?! ¡¿Dónde estoy?! ¡¿Por qué todo está oscuro?! —gritó, escaneando el entorno con desesperación.

—¡Bienvenida, humana! Soy Spes y él es Angst.

—No me metas en esto —le recriminó Angst con una mirada severa.

—¿Quiénes son? ¡No puedo verlos!

—Detrás de ti —suspiró Spes.

—Bueno, tan inteligente no era —comentó Angst.

—¡Ah! ¿Qué son ustedes? —dijo Jen, mientras el brillo celestial de aquellos seres la abrumaba por completo.

—Somos dioses, y te trajimos aquí —explicó Spes. Angst lo miró fijamente—. Bueno,te trajeaquí por la moneda. Es hora de cambiar tu vida.

—¡¿Qué?! Entonces, ¿van a mejorar mi vida? ¿Me darán deseos o algo así? —dijo Jen, mientras sus ojos se llenaban de la ilusión de un futuro mejor.

—Sí, pero antes te doy dos opciones: la primera es que te quedes con tu vida actual y te concedamos dos peticiones; la segunda es que empieces una nueva vida con tres peticiones. ¿Qué eliges?

La voz serena tocó el hombro de la voz pícara.

—Ah... Spes, creo que lo primero no se va a poder —le susurró Angst.

—¿Cómo que no se va a poder? —susurró Spes.

—Es que la trajiste al Limbo y, si la regresas a su mismo mundo, es probable que olvide todos sus recuerdos y se convierta en un saco vacío. Incluso olvidará cómo respirar —explicó Angst con un tono de superioridad frustrada.

Spes se tocó las sienes mientras miraba a Jen.

—Mierda... me olvidé de ese pequeño detalle.

—Pues ahora... ya la ilusionaste, así que tendrás que obligarla a escoger la segunda oferta.

El ser se acercó a la humano y le dijo:

—Bueno —dudó un segundo— ... humana, hubo un pequeño cambio de planes. Tendrás una nueva vida con tres peticiones.

—¿Qué? Pero me dijiste que podía elegir quedarme con mi vida. No quiero tener otra, ¡quiero seguir en la mía!

—Sí, lo sé, pero resulta que hubo un error y... pues no se podrá. Así que... ¿cuáles son tus peticiones?

La mujer levantó su mano y señaló al dios con un dedo en señal de reproche.

—¡Hey, hey! No hagas como si no hubiera pasado nada. ¡Quiero de regreso mi vida y mis dos peticiones!

El otro ser al ver la escena que originó su igual se resignó a comentar.

—Spes cometió un error y, si te regresa a tu mundo, olvidarás todos tus recuerdos y hasta las cosas que aprendiste de forma innata, como respirar... Y no puedes usar una petición para anular esto, ya que no somos capaces de eliminar los efectos del Limbo —intervino Angst, intentando calmar la tensa situación.

Jen sacó sus concluciones de las palabras que acababan de salir del dios.

—Entonces... ¿me acaban de matar? —exclamó con terror en los ojos y la voz completamente quebrada.

Su desesperación colmó la paciencia de Angst.

—Ay, por la Nada... Bien hecho, Spes. Mira, humana, de nada te sirve llorar o desesperarte ahora...

Por absurdo que pareciera, Jen estaba atrapada en una pesadilla. Lo único que iba a perder en su mundo anterior era un mal empleo y una vieja casa, pero la idea de desaparecer era aterradora. Después de un largo rato entre consuelos cínicos, gritos, insultos y disculpas vacías, Jen tuvo que enfrentar la realidad y aceptar la compensación de Spes.

—Bueno... ¿Cuáles serán tus peticiones? —preguntó Spes empezando a levitar.

—Primero... ¿puede ser cualquier cosa o hay alguna limitación?

—Simplemente no pidas algo que rompa el equilibrio fundamental de tu nuevo mundo —respondió Angst.

—Ah, y una advertencia: el mundo al que vas no es moderno como el tuyo. Es un mundo medieval, con eso que ustedes llaman fantasía —añadió Spes, intentando ocultar los nervios tras una fachada de picardía.

—Entiendo... —respondió Jen, frustrada—. Mi primera petición es que me den la capacidad de aprender cualquier cosa de forma instantánea. Mi segunda petición es poder replicar o crear cualquier objeto que haya visto antes. Y mi última petición es...

Por la mente de Jen pasaron miles de ideas para sobrevivir en un entorno completamente hostil, pero lo único que reinaba en su interior era el instinto de supervivencia.

—Mi última petición es la habilidad de curación absoluta.

—¡Pues perfecto! Eso sería todo. Aunque lo de la creación me genera dudas, me parece bien.

Spes chasqueó los dedos y todo volvió a oscurecerse.

—¿Dónde estoy?... ¿Un campo abierto? Al menos es un lugar bonito, pero... ¡Me hubiera gustado que me dejaras en medio de una ciudad, maldito espermatozoide con patas!

Debido al tono blanquecino y la forma humanoide de Spes, Jen no pudo evitar asociarlo mentalmente con un espermatozoide gigante.

Tras su caótica reencarnación, Jen decidió levantarse y examinar sus alrededores. Afortunadamente, al fondo de un vasto valle se alcanzaba a ver la silueta de una ciudad, aunque bastante alejada. Pero no podía ponerse caprichosa; después de todo, las rabietas nunca le habían servido de nada durante sus veinticinco años de vida anterior. ¿Acaso le funcionarían ahora?

Jen empezó su odisea a pie, pero su nuevo cuerpo no estaba ni de cerca tan acostumbrado a las largas caminatas como el anterior.

—Ayuda... esto es agotador —jadeaba—. ¿Acaso este cuerpo jamás caminó? Creo que ni siquiera llevo cuatro kilómetros...

Mientras Jen se quejaba de su nueva condición física, a lo lejos comenzó a escucharse el rítmico galope de unos caballos y el traqueteo de las ruedas de una carreta sobre el terreno irregular. El conductor, al ver a una joven sola y andrajosa tan lejos de los muros de la ciudad, se apiadó de su situación.

—Jovencita, ¿se encuentra bien? ¿Necesita ayuda? —preguntó el comerciante.

—Ho... hola —jadeó Jen—. ¿Me podría llevar a la ciudad?

El comerciante estaba intrigado por el aspecto desaliñado de la muchacha, pero decidió no entrometerse demasiado. Quizás solo era una joven caprichosa que había escapado de casa y ahora regresaba arrepentida.

—Claro, jovencita. Suba. A pie, posiblemente llegue mañana al anochecer.

Jen subió a la carreta con torpeza y se acomodó en el poco espacio libre que quedaba entre la mercancía.

—¿Puedo preguntarte tu nombre? —dijo el comerciante con cautela.

Jen se quedó en silencio un instante, atrapada en un dilema. No sabía si conservar el nombre de su vida anterior o bautizarse con uno nuevo. Después de todo, ya no era la misma persona; conservaba la mente y los recuerdos, pero su carne y su destino pertenecían a otro mundo.

—Me llamo... Jen —respondió, dudando un poco.

—Encantado, jovencita Jen. Soy Fedric Kart Nix, perteneciente al honorable Clan Kart.

Fedric notó al instante que la muchacha no se había presentado con un apellido, lo que despertó una ligera sospecha. En aquel reino, quienes ocultaban su linaje solían ser prófugos o personas de mala vida. Sin embargo, ya fuera por indulgencia o por simple instinto, decidió dejarlo pasar.

Aunque Fedric era un hombre amigable, Jen era demasiado tímida para entablar conversación con un desconocido. En su vida pasada a lo mucho hablaba con su jefe cuando este la regañaba; iniciar una charla con alguien de aspecto fornido, barba espesa y casi dos metros de altura, a quien acababa de conocer, era algo que superaba su timidez.

—Hasta aquí puedo traerla, jovencita. Hemos llegado —anunció Fedric.

—Muchas muchas gracias, señor Fedric.

Fedric la dejó en la entrada del bullicioso distrito de comerciantes. Sin embargo, en su desesperación por llegar a la ciudad, Jen había olvidado pensar en lo más elemental: ¿qué haría ahora? Y para empeorar las cosas, al tantear sus bolsillos recordó que no tenía ni una sola moneda.

-

—Oye, Spes... ¿No crees que al menos deberías haberle dado algo de dinero para empezar? —preguntó Angst desde el Limbo.

—Nah... Estará bien —bostezó el dios— Las dificultades forjan el carácter.

-

Los distintos y embriagadores aromas de los puestos envolvieron a Jen: pan recién horneado, especias exóticas, carne frita y café. Para una exesclava del insomnio y del estrés, aquello era una auténtica tortura sensorial.

Sin embargo, los gritos despavoridos de la gente rompieron de golpe la calma del mercado.

—¡Ladrones! ¡Detengan a los ladrones!

Los vendedores señalaban hacia los tejados mientras la patrulla de la ciudad corría tras los delincuentes. Pero eran demasiado ágiles; trepaban por los toldos y saltaban entre las viviendas con una facilidad insultante.

En medio del caos, los ojos de uno de los guardias se fijaron en una figura solitaria que intentaba esconderse entre la gente.

—¡Capitán, ahí hay uno! —gritó un soldado.

En ese preciso instante, el capitán giró la cabeza y, con una frialdad y precisión aterradoras, alzó el brazo y arrojó su lanza con toda su fuerza.

El proyectil surcó el aire, cortando el viento y atravesando la multitud con una velocidad asombrosa, sin rozar a ningún ciudadano... hasta encontrar su único objetivo: Jen.

El arma se clavó con violencia en su muslo derecho, atravesando la carne antes de terminar firmemente incrustada en el suelo de adoquines. Jen sintió primero un golpe seco y sordo, y un milisegundo después, una explosión de dolor tan intensa que le robó el aliento. Intentó moverse, pero la pesada lanza la inmovilizaba por completo.

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