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El Caballero que soñó Sansa Stark

Summary

El rey invita a Lord Eddard Stark a un magno torneo que se celebrará a las afueras de los muros de Desembarco del Rey, y Ned, a petición de su esposa Catelyn, decide llevarse consigo a sus dos hijas. Para Sansa, la ilusión de conocer por fin el Sur lo es todo. Aviso: Esta historia es para mayores de edad (+18). Contiene escenas sexuales explícitas, violencia, peleas, sangre y muertes.

Genre
Romance
Author
Daenys
Status
1mo ago
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1

El carruaje se detuvo con una última sacudida sobre el camino empedrado, y el chirrido de las ruedas dio paso a un bullicio abrumador. La doncella escuchó voces, relinchos de caballos, el martilleo de los herreros y el canto lejano de los bardos se mezclaban en un torrente de sonidos que Sansa Stark jamás había escuchado con tanta intensidad. Asomó el rostro por la ventanilla, y sus ojos azules se abrieron al contemplar el mar de tiendas y estandartes que se extendía ante ella.

Desembarco del Rey rebosaba de vida.

—Por los dioses, mira eso —murmuró, más para sí misma que para su hermana.

Arya, que estaba sentada a su lado con las piernas encogidas de mala manera bajo el vestido de lana gris, puso los ojos en blanco.

—Tiendas. He visto tiendas antes, Sansa.

—No como estas. —La voz de Sansa sonaba como un suspiro. Los estandartes ondeaban al viento: con el dragón tricéfalo de los Targaryen, el León de los Lannister, el ciervo coronado de los Baratheon, las flores de los Tyrell... Un arcoíris de casas nobles reunidas en un solo lugar. Y en medio de todo, la ciudad brillaba a lo lejos, con la Fortaleza Roja alzándose sobre la colina alta de Aegon.

Un jinete se acercó al carruaje, y Sansa reconoció de inmediato la figura de su padre. Lord Eddard Stark cabalgaba un corcel de guerra de pelaje oscuro, una larga capa de lana gris ondulaba tras él. Llevaba el cabello castaño medio recogido, sus ojos grises, severos como el invierno, se suavizaron al posarse en sus hijas.

—Habéis llegado —dijo Ned, desmontando con agilidad—. El viaje ha sido largo. ¿Estáis cansadas?

—Un poco, padre —respondió Sansa, sonriendo desde la ventanilla.

—Yo no —declaró Arya, abriendo la puerta y saltando del carruaje antes de que el cochero pudiera siquiera ofrecerle la mano. Aterrizó sobre el barro con un chapoteo que salpicó el dobladillo de su vestido—. Quiero ver el torneo ya.

—Antes os daréis un baño —dijo Ned con firmeza mientras se acercaba a su hija menor, aunque una sombra de diversión asomó en sus ojos—. Las dos. He mandado preparar una tienda para nosotros. Hay agua caliente y sirvientes que os atenderán.

Sansa bajó del carruaje con ayuda del cochero, se acercó a su padre y asintió de manera sutil, aunque por dentro su corazón brincaba de ilusión. Un torneo. Un auténtico torneo con caballeros de todas las tierras de Poniente, y ella estaría allí para verlo.

Caminaron juntos hacia el pabellón, se trataba de una tienda amplia de lona gris y blanca con el lobo huargo de los Stark bordado en el estandarte.

Dos guardias de su padre se enderezaron al verlos llegar.

—Todo en orden, mi señor —habló uno de ellos.

El guardian del Norte asintió.

—Bien. Mantened los ojos abiertos —dijo Ned con calma, aunque sus ojos grises recorrieron el campamento—. No estamos en Invernalia, y siempre hay quien busca sacar tajada en estas fiestas.

—Descuidad, mi señor Stark —respondió Jory con una inclinación de cabeza—. Hallis y yo nos turnaremos. Si alguien merodea donde no debe, lo sabremos antes de que pueda causar molestia.

Hallis sonrió de medio lado.

Ned volvió a asentir, y ambos guardias se apartaron para darles el paso. Arya fue la primera en colarse bajo las pieles sin detenerse, pero Sansa les dedicó una sonrisa dulce.

Jory bajó la cabeza en un gesto de respeto.

Dentro de la tienda, el interior estaba dividido en estancias separadas por cortinas de cuero, y una tina de cobre humeaba en el centro de la zona de baño, llena de agua caliente.

—Qué maravilla —suspiró Sansa, acercándose.

La doncella que las esperaba, una muchacha de rostro amable, hizo una reverencia.

—Mi señora. Me llamo Betha. Estoy a vuestro servicio y al de vuestra hermana.

—Gracias, Betha. —Sansa se volvió hacia Arya, que ya miraba la tina con recelo—. Tú primero, hermana.

—No voy a meterme ahí dentro como un pollo en una olla.

—Arya.

La voz de Ned sonó calmada, pero dejaba en claro que la desobediencia no era una opción.

Arya resopló y se dejó conducir tras las cortinas. Sansa se sentó junto a su padre en un diván y cruzaron algunas palabras en voz baja. Al poco, los forcejeos al otro lado del cuero llegaron a sus oídos, seguidos de protestas ahogadas y del inevitable chapoteo.

Cuando llegó su turno y, una vez tras las cortinas, se despojó del vestido de viaje con un suspiro de alivio y se sumergió en el agua caliente. El calor le arrancó un jadeo, pero pronto su cuerpo se relajó y el cansancio del camino empezó a disolverse. Cerró los ojos. El vapor le humedecía el rostro y se impregnaba del aroma de la lavanda, dulce y tranquilizador. Betha le lavó el cabello con movimientos suaves, desenredando los nudos que el viento del camino había dejado en su melena rojiza. Luego, con un paño suave, le frotó la espalda y los hombros.

—Tenéis una piel muy hermosa, mi señora —murmuró la doncella—. Como la leche.

Sansa enrojeció, complacida.

Cuando salió de la tina, Betha le alcanzó una toalla de lino y luego le ayudó a vestirse. Sansa había escogido su mejor atuendo para la ocasión; un vestido de seda color azul grisáceo, como los cielos del Norte antes de la nieve, con bordados en hilo de plata que dibujaban delicadas hojas de arciano en las mangas y el corpiño. No era un vestido llamativo como los que llevarían las damas del sur, pero era elegante, y el azul resaltaba el tono de sus ojos y el brillo rojizo de su cabello.

Betha le peinó la melena con un cepillo de cerdas de jabalí hasta que quedó tan suave y brillante como la seda hilada. Luego, con dedos hábiles, trenzó los mechones laterales y los recogió en un moño bajo, dejando el resto suelto en ondas que caían sobre sus hombros. Un sencillo collar de plata con un pequeño lobo colgante fue su única joya.

—Ya estáis lista, mi señora —dijo Betha, dando un paso atrás para coger un espejo de bronce de una mesa cercana.

Sansa se contempló en el pequeño espejo de bronce pulido que la doncella sostenía. El rostro que le devolvió la mirada le gustó. Tenía los pómulos altos, la piel clara y los ojos grandes y expresivos de su madre, Lady Catelyn.

—Me gusta —dijo con una sonrisa radiante.

Al otro lado de la cortina, Arya emergió con el entrecejo fruncido, enfundada en un vestido verde oscuro que su madre había insistido en meter en el equipaje. Su cabello castaño estaba recogido en una trenza sencilla, y aunque su expresión era la de quien ha sido sometida a una tortura, Sansa tuvo que admitir que se la veía bastante presentable.

—No está mal —dijo Sansa a su hermana.

—Cállate —le replicó Arya.

Sansa frunció el ceño y estuvo a punto de responderle, pero en ese momento la voz de su padre sonó al otro lado de la lona.

—¿Estáis listas?

—Sí, padre —respondieron al unísono.

Lord Stark apartó la cortina y entró. Se había cambiado también; llevaba una túnica de terciopelo gris oscuro sobre una camisa de lino blanco, y su espada, Hielo, colgaba a su costado. Miró a sus hijas con aquellos ojos grises, y por un instante, su expresión severa se suavizó.

—Estáis hermosas —les dijo—. Vuestra madre estaría orgullosa.

Sansa sintió un nudo cálido en la garganta. Extrañaba a su madre, que se había quedado en Invernalia con sus hermanos pequeños, pero saber que su padre veía en ella a una dama digna la colmaba de orgullo y dicha.

Cuando salieron de la tienda y caminaron hacia el campo del torneo, el sol del mediodía ya caía ardiente sobre sus cabezas. Las gradas de madera se alzaban en un semicírculo alrededor de la liza, y ya estaban atestadas de nobles y plebeyos que se abanicaban para combatir el calor. Los heraldos anunciaban los nombres de los contendientes, y los vendedores ambulantes ofrecían pasteles de carne, fruta escarchada y vino especiado caliente, alzando la voz sobre el bullicio.

Ned las guió hacia una sección reservada para las casas nobles del Norte. Era un buen lugar, con bancos acolchados y una vista clara del campo. Ned se sentó en medio, flanqueado por sus dos hijas, Sansa a su derecha, y Arya a su izquierda.

El palco real, donde los Targaryen presidirían el evento, se alzaba a muy poca distancia de ellos.

—Mirad —dijo Ned, señalando hacia el palco real—. El rey.

Sansa alzó la vista y distinguió al monarca en su trono. Era un Targaryen de cabello plateado, con una corona sencilla sobre la frente. A su lado, la reina y varios príncipes y princesas de la dinastía. Sansa sintió un escalofrío de emoción. Estaba en presencia de la realeza, en un torneo de verdad, como los de las canciones.

Los heraldos comenzaron a anunciar la primera contienda. Dos caballeros de casas menores se enfrentaron en una justa que duró tres pases y terminó con uno de ellos en el suelo. El público rugió. Arya aplaudió con entusiasmo, animando al caballero que había resultado vencedor.

—¿Has visto eso, Sansa? ¡Le ha dado justo en el centro del escudo!

—Lo he visto —respondió Sansa, aunque por dentro se había estremecido y se aferraba al brazo de su padre.

En la segunda contienda se enfrentó un caballero de la Casa Mallister contra uno de la Casa Fossoway. Antes de comenzar, el caballero Mallister, un joven de bigote rubio, se acercó a las gradas y pidió el favor de una dama de la Casa Rowan. Ella, entre sonrisas, le entregó un listón verde que él anudó a su lanza con gesto galante. Sansa observó la escena con los ojos brillantes.

La tercera contienda, la cuarta... El sol seguía su lento descenso y el torneo se prolongaba con vítores y choques de acero. Sansa empezó a disfrutar cada instante, lo colorido de los estandartes, la música de las flautas. Incluso Arya parecía haberse olvidado de su mal humor inicial, demasiado absorta en el espectáculo.

Entonces, el heraldo anunció al siguiente contendiente.

—¡Ser Gwayne Hightower, caballero de la Casa Hightower de Antigua!

Sansa enderezó la espalda. Los Hightower eran una casa poderosa, vasallos de los Tyrell, señores de Antigua, una de las ciudad más antiguas de Poniente. El caballero capturó su atención de inmediato.

Montaba un corcel blanco como la espuma del mar, con los colores de su casa. Su armadura relucía bajo los rayos dorados del atardecer, y su yelmo, coronado por un penacho de plumas grises, le otorgaba un aire majestuoso. Se detuvo ante el palco real y alzó la visera de su casco.

El rostro que apareció bajo el acero era el de un hombre joven, quizás de unos veintitantos años, de rasgos definidos y suaves. Tenía la mandíbula firme, la nariz recta; era alto y, bajo la armadura, se adivinaba una complexión atlética.

Sansa sintió que el corazón le daba un vuelco.

—Padre —murmuró, inclinándose hacia Ned sin apartar la mirada del caballero—. ¿Quién es ese caballero?

Lord Stark siguió la dirección de la mirada de su hija y frunció el ceño.

—Es el hijo de Otto Hightower —respondió—. Dicen que es una de las mejores espadas del Dominio.

Sansa asintió lentamente, sin decirle nada a su padre, pero sus ojos siguieron al caballero Hightower mientras este hacía una reverencia al rey y luego giraba su montura hacia las gradas. Parecía estar buscando algo. O a alguien.

El Hightower recorrió las gradas con la vista, rozando los semblantes de las damas y los señores, hasta clavarla, al fin, en los ojos de Sansa.

Ella contuvo la respiración, pero aquellos ojos la miraban directamente. Sintió sus mejillas arder y bajó la vista un instante, abrumada, para luego alzarla de nuevo. Él seguía mirándola.

Entonces, el caballero hizo algo que Sansa no esperaba. Picó espuelas a su corcel y lo hizo avanzar lentamente hacia las gradas, hacia donde ella estaba sentada.

La multitud empezó a murmurar. Las cabezas se giraban. Arya se removió en su asiento, divertida.

—Hermanita, creo que ese tipo viene hacia aquí.

—Arya... —susurró Sansa, con el corazón acelerado.

Gwayne se detuvo justo delante de la grada donde se sentaban los Stark. Desde tan cerca, Sansa pudo ver los detalles que antes se le escapaban, la leve sombra de barba en su mandíbula, el sudor en sus sienes, el brillo de sus ojos, aún más hermosos de cerca, azules como zafiros.

El caballero alzó su lanza, aún sin el favor de ninguna dama, y la apoyó contra el pecho en un gesto de respeto. Su voz, cuando habló, era profunda y clara, con el acento del sur.

—Mi señora —dijo, sus palabras iban dirigidas únicamente a Sansa—, me presento. Soy Ser Gwayne de la Casa Hightower. Cabalgaré dentro de unos instantes, y me preguntaba si seríais tan amable de concederme vuestro favor para la justa.

Sansa se quedó sin habla. A su lado, Arya soltó una risita que Ned silenció con una mirada. Sansa era consciente de que decenas de miradas estaban puestas sobre ella.

Pero solo podía mirar a Gwayne Hightower. Solo podía ver aquellos ojos azules.

«Concédele el favor, Sansa», se dijo a sí misma. «Es lo que hacen las damas en los torneos».

Tragó saliva y, con dedos que le temblaban ligeramente, desanudó el listón de seda azul que adornaba su manga izquierda.

—Ser Gwayne —la voz le salió más suave de lo que esperaba—, os concedo mi favor. Cabalgad con honor y que la suerte lo acompañe en la liza.

Alargó la mano y dejó caer el listón azul sobre la punta de su lanza. Gwayne lo tomó con reverencia, y lo anudó cerca de la empuñadura. Al alzar de nuevo la vista hacia ella, su sonrisa era más amplia, más cálida.

—Gracias, mi señora —respondió el caballero—. Ya me la habéis dado. Guardad vuestra sonrisa para cuando gane la justa, y os la dedicaré desde el centro de la liza.

Con una última inclinación de cabeza, picó espuelas y se alejó hacia su posición.

Sansa Stark se quedó con las mejillas encendidas.

Su señor padre permaneció en silencio unos instantes, sus ojos siguieron al caballero de Antigua mientras este se ajustaba el yelmo. Luego, se inclinó ligeramente hacia Sansa.

—Pronto veremos de qué está hecho el crío. Una cosa es pedir el favor de una dama, y otra bien distinta es mantenerse en la silla cuando el acero golpea de verdad.

Sansa apretó los labios con nerviosismo y entrelazó las manos sobre el regazo. No se atrevió a responder. Su padre no era hombre de muchas palabras, y cuando las decía, solía tener razón. Pero en el fondo de su corazón, ella esperaba que Gwayne Hightower no cayera ante su rival.

El heraldo alzó la voz anunciando a su oponente, un caballero de la Casa Celtigar, ancho de espaldas y montado sobre un caballo plateado. Los dos contendientes se colocaron en sus posiciones.

La bandera bajó y los caballos arrancaron. El impacto fue terrible. Sansa se aferró al brazo de su padre, clavando las uñas en la túnica sin darse cuenta. Las lanzas estallaron en astillas y ambos jinetes se tambalearon, pero ninguno cayó. El público soltó un grito, y Sansa dejó escapar el aire que no sabía que estaba conteniendo.

Arya dio un salto en su asiento y soltó un resoplido.

—¡Bah! ¡Los dos siguen en pie! —protestó—. Ni siquiera se han tumbado como es debido. ¿Qué clase de justa es esta?

Sansa aflojó los dedos que aún tenía clavados en la túnica de su padre.

—Pues yo me alegro de que no se hayan hecho daño —respondió en voz baja—. Bastante horrible es ya el ruido de las lanzas al quebrarse.

Los escuderos corrieron con nuevas lanzas. Gwayne tomó la suya con calma. Su oponente, en cambio, se ajustaba en la silla con gestos torpes. La segunda carga fue aún más feroz. En el último instante, Gwayne desvió la lanza rival con el escudo y la suya impactó de lleno en el centro del peto enemigo. El Celtigar voló por los aires y aterrizó sobre la tierra con un estruendo. La grada del Norte estalló en vítores. Sansa soltó un suspiro tembloroso, y a su lado, Arya aplaudía con las palmas abiertas.

—¡De eso hablaba! —exclamó la pequeña Stark—. ¡Lo ha levantado de la silla como si fuera un saco de patatas!

Sansa sonrió, pero su atención no se apartaba de Gwayne, que pasaba frente a ellas y le dedicaba una inclinación de cabeza antes de retirarse a preparar la siguiente contienda.

Y luego otra. Y otra más. Gwayne desmontó a un caballero de Meadows en dos pases, y después venció con destreza a un gigante de la Casa Crakehall. Con cada victoria, el nombre de Gwayne Hightower sonaba más fuerte en las gradas. Sansa ya no se molestaba en disimular su entusiasmo.

—Ese caballero es terco como un norteño —comentó Arya, cruzándose de brazos.

—O hábil como un sureño —respondió Ned, y por primera vez en toda la tarde, una sombra de aprobación asomó en su semblante—. Puede que llegue a la final.

El sol empezaba a teñirse de naranja cuando el heraldo alzó la voz para anunciar la última contienda de la jornada.

—¡Ser Gwayne Hightower de Antigua contra Ser Jason Arena, caballero de la Casa Allyrion de Dorne!

Un murmullo recorrió las gradas. Un bastardo dorniense en la final de un torneo real no era cosa de todos los días. Ser Jason entró en la liza montando un corcel negro como la noche. Su armadura era sencilla, pero bien cuidada, y bajo el brazo llevaba una lanza de madera oscura.

—Va a ser un duro rival —dijo Ned—. Ese bastardo tiene mejor puntería que muchos lores.

Sansa se mordió el labio. Vio a Gwayne ajustarse el yelmo y picar espuelas hacia su posición. «Por favor», rogó en silencio, «que no caiga ahora».

La bandera bajó. Los corceles se dispararon. El polvo se elevó en nubes doradas, las lanzas se nivelaron y el choque fue ensordecedor. Ser Jason se tambaleó en la silla, pero se mantuvo firme. Gwayne gruñó cuando la lanza del dorniense le desgarró una correa del escudo y le rozó el brazo, aunque eso no lo detuvo y seguio adelante.

Los caballos dieron la vuelta y todos guardaron silencio. La segunda carga fue distinta. Gwayne cambió la posición de su lanza en el último instante, bajándola apenas unos centímetros. La lanza de su contrincante pasó silbando junto al hombro de Gwayne sin tocarlo, mientras la del Hightower impactaba en el peto y el guardabrazo. Ser Jason Arena salió despedido de la silla y rodó por la tierra. Su lanza quedó a varios metros de distancia.

El silencio se prolongó un instante más, y luego la multitud estalló. Sansa se puso en pie sin darse cuenta, aplaudiendo con alegría. Arya gritaba a su lado, y hasta Ned Stark se levantó, asintiendo lentamente. El dorniense se incorporó por su propio pie y alzó la mano en señal de respeto hacia el vencedor. Gwayne le devolvió el saludo y luego alzó la visera. Estaba sudoroso, cubierto de polvo, y lucía una sonrisa agotada pero radiante.

En ese momento el heraldo le entregó la corona de rosas. Rosas azules y blancas, entrelazadas con cintas plateadas.

Gwayne avanzó hacia las gradas. Sansa sintió que el aire se le escapaba de los pulmones cuando el caballero se detuvo justo frente a la sección de los Stark y alzó la voz.

—¡Buenos señores, nobles damas, os pido que seáis testigos! —Sus ojos azules no se apartaban de Sansa—. ¡Nombro Reina del Amor y la Belleza a la dama Sansa Stark, hija de Invernalia, cuya sonrisa ha iluminado este campo como el sol ilumina las tierras del Dominio!

Arya soltó un gritito de puro regocijo. Los norteños aplaudieron con fuerza. Sansa volteó a ver a su padre. Ned Stark la observó un instante y asintió.

Sansa se levantó. Las piernas le temblaban como hojas al viento. Arya le dio un suave empujón en la espalda.

—Anda, tonta —susurró.

Bajó las escaleras de madera peldaño a peldaño, recogiéndose la falda de seda azul. Cuando llegó al último escalón, se encontró con Gwayne, que había desmontado y se arrodillaba ante ella sobre la tierra, alzando la corona de flores con ambas manos.

—Mi señora Sansa Stark —dijo Gwayne—. ¿Aceptáis esta corona como Reina del Amor y la Belleza?

Sansa respiró hondo. Recordó las costumbres, las canciones, las palabras que había leído en los libros. Extendió las manos y habló con una voz que, aunque temblorosa, sonó clara.

—Yo, Sansa Stark, acepto este honor con gratitud y humildad. Que el Guerrero os siga bendiciendo. Me honráis más de lo que las palabras pueden expresar.

Gwayne depositó la corona de rosas sobre su cabeza. Los pétalos rozaron sus sienes, y por un instante, Sansa se sintió una auténtica reina. Gwayne tomó su mano con delicadeza y posó un beso suave sobre el dorso. El contacto le encendió una chispa que le recorrió el brazo y se le anidó en el pecho.

—No hay honor más grande que veros ceñir esta corona, mi señora —dijo él en voz baja, solo para ella—. Hoy he ganado la justa, pero vos me habéis dado el valor para luchar.

La multitud estalló en alegría. Flores y pañuelos llovieron desde las gradas. Arya vitoreaba desde arriba, y Ned Stark, de pie junto a su hija menor, observaba la escena con silencio.

Sansa, con la corona de rosas sobre la frente y la mano aún hormigueante por el beso, le dedicó su sonrisa más radiante.

—Os la dedico, Ser Gwayne —susurró—. Esta sonrisa es vuestra, tal y como prometisteis.

Arrodillado en la tierra, Gwayne Hightower le devolvió la sonrisa, y a Sansa le pareció que el sol brillaba solo para ellos.

Chapters
1. Capítulo 1
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