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Chipil

Summary

Max anda raro... debe andar chipil (Inspirado en el paseo de los chipilones)

Genre
Romance
Author
maxthv98
Status
Complete
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
16+

Chapter 1

El mercado de los domingos en Ozumba era un caos de colores, gritos de marchantes y olor a barbacoa de borrego combinada con la fruta fresca que bajaban de las huertas.

Para don Antonio, el día consistía en acomodar las mejores manzanas, peras y duraznos en rejas de madera, cuidando que los vecinos de enfrente, los del ranchito de los Verstappen, no se pasaran ni un centímetro de los límites del puesto.

Las dos familias llevaban años viéndose feo, una rivalidad de pueblo de esas que nadie recuerda bien cómo empezaron, pero que todos respetaban. Don Antonio cuidaba sus frutales con el alma, mientras que el viejo Jos presumía que la leche de sus vacas y el queso de sus cabras eran los mejores de todo el Estado de México.

En medio de los sombreros, las cajas de madera y los reclamos por el precio del kilo de manzana, estaban ellos. Checo ayudaba a su papá a despachar, acomodando los frutos con cuidado para que no se mallugaran, pero su mente estaba en otra parte. Cada que levantaba la vista, sus ojos buscaban el puesto de enfrente. Ahí estaba Max, con las mangas de la camisa a cuadros remangadas, cargando un bote pesado de leche.

Cuando sus miradas se cruzaban, el bullicio del mercado parecía apagarse, no ocupaban hablar.

Una pequeña sonrisa de Max, casi imperceptible para los demás, y un parpadeo lento de Checo eran suficientes para decirse todo lo que llevaban guardado en el pecho.

Se querían, y se querían desde niños, cuando jugaban entre las milpas sin que a nadie le importara de qué apellido eran. Con los años, esa amistad se había convertido en amor, de esos que duelen si se guardan y que queman si no se atienden.

El amor no se quedaba solo entre miradas de mercado.

El terreno de los Pérez colindaba con un camino de terracería lleno de matorrales y árboles. Justo en la esquina del corral, se levantaba un manzano viejo que daba las frutas más dulces pero que ya casi nadie pelaba.

Ese árbol era el buzón secreto de su amor. Max, aprovechando las madrugadas cuando salía a arrear las cabras cerca del lindero, se estiraba por encima de la cerca de alambre de púas y escondía entre las ramas más bajas un pedazo de papel doblado.

En la tarde, después de regresar del mercado y con el sol ya escondiéndose detrás de los cerros, Checo se acercaba al árbol fingiendo que buscaba leña. Metió la mano entre las hojas secas y sintió el papelito. Se lo metió rápido a la bolsa del pantalón y corrió a su cuarto. Cuando se quedó solo, desdobló la nota.

La letra de Max era firme pero rápida, escrita a las carreras:

《Te veo al rato donde siempre. No tardes. El corazón ya no me cabe en el pecho.》

Abajo, como siempre, venían unas líneas que Max le copiaba de un cuaderno viejo de poemas que había encontrado en su casa, una cursilería que a cualquiera le daría risa, pero que a Checo le encendía el corazón.

El problema era salir sin levantar sospechas. Don Antonio andaba de malas porque los precios andaban bajos. Afortunadamente, Checo tenía un plan que ya le había funcionado antes.

—Papá, voy a ir un rato a la casa de Charles —dijo Checo mientras se ponía una capa para el frío— Quedamos de ver lo de unos encargos para la fiesta del pueblo.

El viejo lo miró de reojo.

—No te tardes, Sergio. Ya sabes cómo son los caminos de noche y esos Leclerc tienen ideas raras luego. Pero bueno, ve. Saludame a Sainz.

Checo salió casi corriendo, con el corazón latiéndole en la garganta. Charles no vivía lejos, y lo mejor de todo era que su casa estaba justo a la entrada del monte.

Los Leclerc-Sainz eran una pareja joven en el pueblo. Ambos habían sido prometidos por sus familias desde que eran unos niños, una costumbre vieja que al final les salió bien, porque terminaron enamorándose de verdad y se habían casado hacía apenas unos meses. Ellos conocían el secreto de los enamorados desde el principio y, lejos de juzgarlos, se habían vuelto sus cómplices.

Al mismo tiempo, Max usaba su propia cuartada.

—Voy a salir a cabalgar un rato con Carlos, apá —le avisó Max a Jos, que andaba limpiando unas monturas en el cobertizo.

—No regreses tarde, que mañana hay que ordeñar temprano —gruñó el viejo sin levantar la vista.

Max montó su caballo y salió a paso lento para no levantar polvo, pero en cuanto cruzó el primer arroyo, le dio espuelas al animal. Carlos ya lo esperaba a mitad del camino, montado en el suyo. Se saludaron con un asentimiento de cabeza, no hacían falta palabras. Carlos acompañó a Max hasta la entrada del sendero, cuidando que nadie los viera.

—Suerte, hermano —le dijo Carlos, deteniendo su caballo— Charles ya debe estar esperando a Checo en la entrada de la casa. Nosotros nos encargamos por si alguien pregunta por ustedes.

—Gracias, Carlos. Te debo una grande —respondió Max, desmontando y amarrando al caballo en un roble oculto.

Mientras tanto, Checo ya había llegado a la casa de Charles. El francés, con su acento cantadito, lo recibió en la puerta.

—Corre, Max ya debe estar subiendo. Si tu papá habla para acá, yo le digo que estás cenando con nosotros y que te quedaste platicando con Carlos. Vete por la vereda de los pinos, es más rápida.

Checo le agradeció con un abrazo rápido y se metió al monte. La vereda estaba oscura, pero se la conocía de memoria.

El olor a pino húmedo y a tierra mojada lo guiaba. A unos veinte minutos de caminata, oculta entre los árboles y casi devorada por la maleza, estaba la cabaña. Era un lugar viejo, abandonado por algún resinero hacía años, con vigas de madera gruesa y un techo de teja que milagrosamente aún aguantaba las lluvias.

Ellos la habían limpiado poco a poco, cargando algunas cobijas viejas y velas para prender cuando el frío de la montaña arreciaba.

La cabaña se sentía helada, pero el calor que Max había logrado mantener con su propio cuerpo ayudaba a amortiguar el frío que bajaba de los cerros.

El rubio estaba sentado en la orilla del camastro viejo, con los codos apoyados en las rodillas, mirando fijamente la flama temblorosa de una veladora de vaso que había acomodado sobre un huacal de madera.

Cada dos minutos volteaba hacia la puerta, ajustándose el sombrero por los nervios, esperando escuchar el crujido de las ramas que anunciara la llegada de su amado.

De pronto, el silencio se rompió, se escucharon unos pasos torpes afuera de la cabaña, pisando las hojas secas, seguidos de tres golpes en la puerta.

Max se levantó de golpe, quitándose el sombrero con una mano mientras caminaba a paso rápido hacia la puerta. Se pegó a la madera aguzando el oído y, con la voz firme pero baja, preguntó:

—¿Quién es?

Desde el otro lado, una voz conocida, un poco agitada por la caminata y el frío, respondió con un tono suave:

—Soy la bella flor del manzano que espera por tu amor.

Esa era la frase clave que habían inventado desde pequeños, inspirada en el árbol del corral de los Pérez, la señal para saber que eran ellos y que el camino estaba libre. Sin perder un segundo, Max quitó la tranca y abrió la puerta.

Checo entró rápido, trayendo consigo el aroma del aire de la noche.

—Mi amor —soltó Max, con los ojos brillándole a la luz de la vela.

Checo no lo dejó ni respirar; se le fue encima colgado del cuello, atrapándolo en un abrazo apretado mientras buscaba sus labios en un beso desesperado, de esos que sabían a peligro. Cuando se separaron un poco para tomar aire, Checo lo miró con los ojos entrecerrados.

—¿Ya tienes mucho esperando? —preguntó, acariciándole la nuca.

—Más o menos —respondió Max, pegando su frente a la de él— Pero yo esperaría hasta la eternidad por ti, ya lo sabes.

Checo sonrió, conmovido, y se desabrochó la capa que traía para cubrirse del frío, dejándola caer sobre una silla que estaba cerca de la entrada. Max no le soltó la mano ni un segundo; guio a Checo hacia el camastro y ambos se sentaron en la orilla, quedando tan cerca que sus rodillas se rozaban.

El silencio volvió, pero esta vez era uno pesado, lleno de cosas que Max llevaba rondando en la cabeza todo el día.

El rubio suspiró, apretando los dedos de Checo entre los suyos.

—Amor... he estado pensando. Pienso ir con tu papá a pedir tu mano —soltó de golpe, mirandolo con seriedad.

Checo lo miró con los ojos abiertos de par en par, perdiendo el color por un segundo.

—¿Qué? ¡Te va a matar, Max! —exclamó en un susurro asustado— Mi papá jamás va a aceptar eso, y menos viniendo de un Verstappen. Nos van a deshacer la vida a los dos.

Max estiró la mano libre y le tomó la mejilla con ternura, obligándolo a sostenerle la mirada. Sus dedos acariciaron la piel un poco áspera de Checo.

—Tal parece que amarte es un pecado... —dijo Max con una sonrisa triste— Si es así, entonces soy un gran pecador, Checo. Porque no pienso dejarte ir.

Esas palabras barrieron con cualquier duda o miedo que Checo tuviera guardado.

Acortando la distancia que los separaba, Sergio lo jaló del cuello de la camisa y lo volvió a besar, pero esta vez no fue un beso de saludo; fue un beso cargado de una pasión contenida, espeso por todos los años que llevaban ocultando lo que sentían frente a sus familias, ignorándose en el mercado y tragándose las ganas.

El calor empezó a subirles por el cuerpo. Max, con manos torpes pero urgentes, empezó a jalar la camisa de Checo hacia arriba, sacándola del pantalón hasta liberar los botones.

Checo, respondiendo al mismo ritmo, empezó a desabotonar la camisa de Max, metiendo las manos frías por el pecho del rubio, haciéndolo estremecer.

Poco a poco, entre besos largos y respiraciones entrecortadas, empezaron a desprenderse de las prendas, los zapatos y los pantalones, dejándolos caer en el suelo hasta que ambos quedaron completamente desnudos frente a la luz parpadeante de la veladora.

La piel de Checo, salpicada de pequeñas pecas en los hombros, contrastaba con la de Max. El rubio miró el cuerpo de su pareja con una devoción casi religiosa. Con cuidado, como si tuviera miedo de romperlo, lo recostó delicadamente en el colchón y se posicionó encima de él, apoyando su peso en los antebrazos para no aplastarlo.

Checo subió las manos y le acarició el rostro, delineándole los pómulos y perdiéndose en sus ojos claros.

—Eres hermoso, Max —susurró con la voz ya quebrada por el deseo.

—Tú también eres hermoso, mi amor —respondió el rubio antes de volver a besarlo.

Esta vez, Max bajó los labios a la mandíbula y comenzó a besarle el cuello, dejando un camino de besos húmedos y cálidos que hicieron que Sergio arqueara la espalda.

El rubio descendió lentamente por el pecho, disfrutando de cada centímetro de su piel, hasta que llegó a sus pezones. Cuando sus labios se posaron sobre uno de ellos, Checo soltó un gemido bajito.

Max empezó a chupar uno de los botones rosados con suavidad, usando la lengua para avivar el fuego, mientras que con los dedos de la mano libre masajeaba el otro pezón, apretándolo ligeramente. Checo llevó una mano a la cabeza del rubio, enredando los dedos en su cabello, sintiendo cómo una corriente eléctrica le recorría el cuerpo.

—Max... te necesito —gimió, con los ojos nublados por el placer.

Max subió de nuevo, buscando su boca para callar el sonido con un beso profundo y húmedo. Al mismo tiempo, la mano derecha del rubio comenzó a descender lentamente por el vientre del pecoso, rozando la piel caliente hasta que sus dedos encontraron el miembro ya erecto de su pareja.

—Ah, Max... —soltó Checo contra sus labios, dando un respingo al sentir el contacto.

Con movimientos lentos, comenzó a masajear el miembro de Checo de arriba a abajo, envolviéndolo con la palma de la mano, sintiendo cómo se estremecía bajo su tacto. Max se separó apenas unos milímetros de su boca y, con la respiración agitada sobre sus labios, le dijo:

—Déjate llevar, amor. Solo somos tú y yo aquí.

Checo empezó a gemir más fuerte, incapaz de contener el placer punzante que le provocaba el movimiento rítmico de la mano de Max.

El rubio, para evitar que el sonido pudiera salir de la cabaña, volvía a atrapar sus labios en besos largos, devorándole los gemidos. Aumentó la velocidad de su mano, moviéndola con más fricción y calor, guiandolo al límite hasta que el pecoso arqueó las caderas con fuerza, soltó un jadeo ahogado y terminó viniéndose entre los dedos de Max, manchando sus vientres.

Checo quedó respirando a bocanadas, con las mejillas encendidas y los ojos fijos en el techo.

Max, sin darle tiempo a que el frío regresara, abrió las piernas de Checo con delicadeza y se posicionó entre ellas. El miembro de Max, grande y tenso por la espera, buscó su entrada.

Deteniéndose un segundo, Max lo miró a los ojos, buscando confirmar que todo estaba bien.

—¿Estás seguro de esto? —preguntó con la voz ronca, con un destello de ternura en la mirada.

Checo, todavía sonrojado y con el corazón acelerado, lo miró y asintió, tomándolo de los hombros.

—Hazlo, Max. Ya no quiero esperar.

El rubio comenzó a empujar lentamente, dejando que su miembro entrara poco a poco en el cuerpo de Checo.

La presión del inicio hizo que Sergio apretara los dientes; encajó las uñas con fuerza en los brazos de Max, buscando un punto de apoyo, mientras un par de pequeñas lágrimas de dolor resbalaban por sus mejillas. Max se detuvo un instante al ver las lágrimas, besándolas con delicadeza, hasta que finalmente empujó por completo, llenándolo.

Checo soltó un jadeo largo, tratando de acostumbrarse a la sensación.

—¿Te duele? —preguntó Max, quieto, esperando a que se relajara.

—No... ya no —alcanzó a decir Checo, soltando el aire y aflojando los hombros.

Con esa respuesta, Max empezó a moverse.

Al principio fueron estocadas lentas y cuidadosas, cuidando no lastimarlo, pero con cada movimiento el placer empezaba a ganarle al dolor. Checo empezó a gemir en cada embestida, un sonido constante y necesitado que volvía loco al rubio.

Se inclinó para besar de nuevo los labios del pelinegro; ambos compartían el aire, gimiendo juntos en una sincronía perfecta sobre las bocas del otro.

La cabaña parecía haber desaparecido; solo existía el roce de sus cuerpos sudorosos y el sonido de la madera vieja crujiendo bajo ellos. Con cada estocada más profunda, Checo subía los brazos y encajaba las uñas en la espalda de Max, arañándolo sin querer debido a la intensidad de lo que sentía. El dolor leve en la espalda solo estimulaba más al rubio, quien aumentó la velocidad y la fuerza de las estocadas, perdiéndose por completo en el ritmo.

El placer se volvió insoportable para Checo, una ola de calor que le subía desde las piernas.

—Ya... Max, ya... no aguanto...

Sin previo aviso, el cuerpo de Checo se tensó por completo y volvió a venirse por segunda vez, los músculos internos de su entrada apretándose fuertemente alrededor del miembro del rubio debido al orgasmo. Ese apretón fue el detonante para Max. El rubio dio un par de estocadas más rápidas y profundas, soltando un gruñido ronco mientras se venía con fuerza dentro de Checo, vaciando toda su semilla en el fondo de su pareja.

Max se dejó caer con cuidado a un lado de Checo en el camastro, buscando no lastimarlo, completamente exhausto. Los dos se quedaron acostados de lado, con los pechos subiendo y bajando rápidamente, jadeando por el esfuerzo y con la piel brillando por el sudor.

Pasaron unos minutos en los que solo se escuchaban sus respiraciones volviendo a la normalidad. Checo, buscando el calor del rubio, subió su pierna por encima de las de Max y apoyó la cabeza en el pecho desnudo de su pareja, escuchando el latido rápido de su corazón que poco a poco se iba calmando.

—Te amo, Max —dijo Checo en un susurro cansado, cerrando los ojos.

Max pasó un brazo por encima de los hombros de Checo, apegándolo más a su cuerpo y besándole la coronilla.

—Yo también te amo, mi florecita —respondió, estirando la cobija vieja con la otra mano para cubrirlos a ambos del frío que ya se colaba por las rendijas.

Bajo el cobijo de la noche y vigilados por la última luz de la veladora que terminaba de consumirse, ambos se quedaron profundamente dormidos.

Después de tanto tiempo de esconderse y sufrir en silencio, al fin se habían entregado en cuerpo y alma a su amor.

🌸

El silencio que quedó en los límites del monte después de aquella noche parecía el anuncio de una tormenta que nadie iba a poder parar.

Max no era de los que se guardaban las cosas; cuando se le metía una idea en la cabeza, no había fuerza humana que lo hiciera cambiar de parecer.

Había regresado a su rancho con el pecho lleno de una valentía nueva, una fuerza que le daba el haber tenido a Sergio entre sus brazos, sintiéndolo suyo.

Por eso, a los pocos días, no quiso esperar más. Se puso su mejor camisa, se limpió las botas y, desoyendo las advertencias que el sentido común le gritaba al oído, caminó directo hacia el terreno de los Pérez con una sola misión: dar la cara y pedir la mano de Checo.

Pero las cosas en el campo no se arreglan con buenas intenciones, y menos cuando hay rencores viejos de por medio.

Max apenas iba cruzando el portón de madera que daba la entrada al rancho de los Pérez cuando el sonido ensordecedor de un escopetazo rompió la calma de la tarde. El fogonazo levantó una nube de tierra y piedras a escasos metros de sus pies. El caballo de Max no estaba ahí porque había ido a pie, pero el susto lo hizo dar un paso atrás por puro instinto.

Don Antonio ya estaba parado en el porche de la casa, con la escopeta apuntándole directo al pecho y con los ojos inyectados en sangre.

—¡Da un paso más, muchacho cabrón, y el siguiente tiro te lo pongo entre las cejas! —rugió, volviendo a cortar cartucho con un sonido que helaba la sangre.

—¡Don Antonio, baje eso! —gritó Max, plantándose firme a mitad del patio, tratando de que no le temblara la voz— Vengo en santa paz, vengo a hablar con usted como los hombres.

—¡Jamás! ¡Jamás le daré la mano de mi hijo a un vende quesos como tú! —le gritó el viejo, sin mover un milímetro el arma— ¿Qué te crees? ¿Que no me he dado cuenta de cómo lo miras en el mercado? Lárgate de mi propiedad antes de que te saque a plomazos.

—¡Su hijo y yo nos amamos, don Toño! —defendió Max, dando un paso al frente, clavando los ojos en el viejo.

La puerta de la casa se abrió de golpe. Checo salió corriendo, con la cara pálida y el corazón en la garganta al escuchar el disparo. Se paró a un lado de su padre, intentando alcanzar el cañón de la escopeta para bajarlo.

—¡Papá, por favor, baja eso! —suplicó con la voz quebrada— ¡Yo amo a Max, papá! ¡Escúchame!

El viejo ni siquiera lo volteó a ver, pero soltó una carcajada, llena de desprecio.

—¡Tú no amas a nadie, mucho menos a ese mendigo pordiosero! —escupió el viejo con rabia.

A Max se le encendió la sangre. Se llevó la mano al cinturón por puro reflejo, donde cargaba su propia pistola, pero se contuvo. Sabía que si sacaba el arma, la historia terminaría en tragedia y perdería a Checo para siempre.

—¡No soy ningún pordiosero! —reviró Max, apretando los dientes— Trabajamos igual de duro que usted.

Antonio volvió a levantar la escopeta, apuntándole directamente a la cabeza a Max. La tensión en el patio era tanta que parecía que el aire iba a estallar. Pero justo cuando el dedo de Antonio se tensaba en el gatillo, el violento relincho de unis caballos se escuchó desde el camino de terracería. Los cascos golpearon la tierra a toda velocidad hasta frenarse justo a las espaldas de Max.

—¡Max! —gritó una voz ronca y potente.

Era Jos, que habia llegado con dos caballos. El viejo con un movimiento rápido, con los ojos desorbitados por la furia. Sin pensarlo dos veces, sacó su pistola y le apuntó directo a la cabeza a Antonio desde su caballo.

—¡Baja el arma o disparo, Antonio!

—¡Bájala tú primero, Verstappen! —respondió sin ceder un centímetro, el rostro rojo de la rabia.

Checo, viendo que en cualquier segundo el patio de su casa se iba a teñir de sangre, corrió a interponerse en medio de los dos viejos, quedando entre la escopeta de su padre y la pistola de Jos.

—¡Papá, no hay que llegar a esto! ¡Jos, por favor! —gritó Checo, extendiendo las manos hacia ambos lados, temblando de desesperación.

—¡Papá, baja esa pistola! —le ordenó Max a su propio padre, poniéndose al lado de Checo para protegerlo si alguno disparaba.

—¡No la voy a bajar hasta que se vayan estos vende quesos de mi casa! —bramó Antonio, la saliva saliéndole de la boca por el coraje.

Jos sujeto firmemente las riendas de su caballo, haciendo que diera paso al frente, la pistola aún en alto, picado en el orgullo.

—¡Vende quesos y a mucha honra, Antonio! Nos ganamos el pan como la gente decente, trabajando el ganado desde la madrugada, no como otros que se la pasan cuidando cuatro árboles podridos.

—¡Nosotros también trabajamos decente, viejo pendejo!

Checo volteó hacia Max, con los ojos llenos de lágrimas que ya no podía contener. Lo tomó del brazo, apretándolo con fuerza, suplicándole con la mirada.

—Max... por favor... váyanse —le rogó con la voz rota— Váyanse ya.

—Pero amor... no te puedo dejar aquí así —dijo Max, el dolor y la frustración mezclados en su rostro.

—No queremos que pase una tragedia, por favor, Max. Si me amas... vete.

Max miró a Checo, luego al viejo Pérez, que seguía maldiciendo. El rubio dio un suspiro pesado, soltó el aire por la nariz y se ajustó el cinturón, tratando de tragarse el coraje que le quemaba el pecho.

—Nomás porque mi florecita me lo pide, don Toño —dijo Max, señalando al viejo con el dedo— Si no, sí le partía su madre aquí mismo.

—¡A mí no me partes nada, mocoso pendejo! —le gritó, retándolo.

—¡Papá, ya! —intervino Checo, parándose frente a su padre para taparle la vista.

Max caminó hacia el caballo de su padre, agarró las riendas del suyo que Jos traía amarrado y lo montó en un solo movimiento. Miró a Checo desde lo alto del animal, intentando darle una calma que él mismo no tenía.

—No te preocupes, mi florecita. Todo va a estar bien, te lo prometo —le dijo con la voz más suave que pudo encontrar en ese momento.

Jos guardó su pistola y miró a su hijo.

—Max, ya vámonos. Aquí no tenemos nada que hacer —dijo el viejo, dando la vuelta a su caballo.

Ambos Verstappen espolearon a sus animales y enfilaron el camino de regreso a su ranchito, levantando una cortina de polvo que tardó varios minutos en asentarse. Antonio los vio alejarse por la terracería hasta que ya no fueron más que dos siluetas lejanas, y solo entonces, por fin, bajó la escopeta, aunque el pecho le seguía subiendo y bajando por el coraje.

—¡Mujer! —gritó Antonio hacia el interior de la casa, con la voz ronca.

Marilú salió corriendo del pasillo. Había estado asomada por la ventana de la cocina, rezándole a todos los santos con un rosario entre las manos.

—¿Qué pasó? ¡Virgen santa, escuché los gritos! —dijo la mujer, espantada.

—Llévate al muchacho y enciérralo en su cuarto —ordenó el viejo con frialdad, sin mirar a su hijo— Que no salga para nada.

Marilú se acercó a Checo y lo tomó del brazo con lástima.

—Checo, hazle caso a tu papá, por favor. Métete a la casa —le pidió en voz baja.

Checo se soltó del agarre de su madre con brusquedad, parándose frente a Antonio, con los puños cerrados y los ojos encendidos en lágrimas de rabia.

—¡No! ¡Mi papá no quiere que sea feliz con el amor de mi vida! —le gritó con todo el dolor que traía guardado— ¡Te odio, papá! ¡Te o...!

Antonio le soltó una cachetada a mano abierta que le volteó la cara a Checo, dejándole la mejilla roja al instante y cortándole las palabras de golpe.

—¡Llévatelo antes de que le dé otro!

Checo se llevó la mano a la mejilla golpeada, sintiendo el ardor de la piel y el dolor en el alma. No dijo nada más. Con la cabeza baja y los hombros caídos, dejó que su mamá lo tomara del brazo otra vez y lo guiara hacia el interior de la casa, directo al encierro de su habitación.

Mientras tanto, del otro lado del pueblo, en la casa de los Verstappen, el ambiente no estaba mejor. Sophie los esperaba en la cocina, caminando de un lado a otro con el Jesús en la boca de la pura preocupación. En cuanto vio entrar a su esposo y a su hijo ilesos, el alma le volvió al cuerpo, pero la angustia se le convirtió en coraje.

Max, appenas iba cruzando el umbral de la cocina cuando Sophie se le plantó enfrente y le acomodó una cachetada que le hizo zumbar el oído.

—¿Por qué? ¡¿Por qué lo hiciste, Max?! —le reclamó la mujer, con los ojos llorosos— Ves que los Pérez no nos quieren, ¿y ahí vas tú a picarle la cresta a ese viejo loco? ¡Te pudieron haber matado!

Max se quitó el sombrero con calma, pasándose la mano por el pelo revuelto, y lo puso sobre la mesa de madera.

Miró a su madre con cansancio.

—Mamá... pero yo lo amo —dijo en voz baja, como si eso explicara todo el peligro del mundo.

Jos, que venía entrando detrás de él, se sentó en una de las sillas y suspiró pesado.

—Mijo... olvídate de Chequito —le dijo el viejo, con un tono cansado que raras veces usaba— Esa familia está maldita de orgullo. No van a dar su brazo a torcer.

—Se que lo amas, Max —intervino su madre, acercándose a su hijo y tomándole la cara con las manos, ya más calmada pero con tristeza— Pero su papá no va a aceptar su relación a menos que suceda un milagro. Estás arriesgando la vida por nada.

—Pero él y yo... —Max empezó a decir, la desesperación ganándole el habla.

Por un segundo, la fuerza del recuerdo de la cabaña le subió a la boca y estuvo a punto de soltar que ya se habían entregado el uno al otro, que ya eran uno solo ante Dios y el monte. Se mordió la lengua justo a tiempo, tragándose las palabras.

Jos, que tenía el colmillo para notar los silencios de su hijo, levantó la mirada de inmediato.

—¿Tú y él qué, Max? —preguntó el viejo, entornando los ojos.

Max desvió la mirada hacia la ventana que daba a los corrales de las cabras.

—Nada, papá.

Sin decir una palabra más, Max agarró su sombrero, caminó hacia el pasillo, entró a su cuarto y se encerro.

En la cocina, Sophie miró a Jos con una angustia que le apretaba el pecho.

—Si sigue así, ese muchacho va a acabar con un plomazo entre las cejas, Jos. Se le nota en los ojos que no va a dejar en paz al hijo de Toño.

Jos se recostó contra el respaldo de la silla, sobándose las sienes con las manos cansadas por el susto.

—Si no hubiera alcanzado a llegar al rancho de los Pérez, vieja... —dijo Jos en un susurro, mirando hacia la puerta—, no sé qué le hubiera hecho Toño a mi muchacho. Ese viejo está loco de orgullo, y el mío está más loco pero de amor.

Chapters
1. Chapter 1
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