one shot
Oscar es un buen chico.
Escucha siempre, presta atención y hace silencio cuando tiene que hacerlo. Si los demás hablan, él se encarga de aprender y entender. Respeta los tiempos ajenos, no quiere hacer sentir mal a nadie. Es educado y responsable en su trabajo, no le gusta bromear y siempre mantiene la compostura.
Es un chico bastante tímido, le cuesta expresar sus emociones, habla poco y tiende a ser menospreciado por ello varias veces.
Oscar tiene una sonrisa cordial y unos ojos dulces, que anhelan cosas. Pero como es un chico bueno, se limita en eso. Anhelo. Su imagen grita “inocente” por donde sea que sea vista.
Se mueve con cuidado, su presencia es casi invisible para el resto porque no quiere molestar a nadie. No desea interrumpir, prefiere ser un tipo de fantasma transparente. Si las miradas no están sobre él no pueden juzgarlo o pedirle algo, porque de ser así va a intentar cumplirlo.
Oscar es complaciente.
Es un joven muy observador: no tarda en notar cómo los ojos verdes de Lando se iluminan cuando Carlos está cerca. Al principio piensa que es su imaginación, pero las risas entre ambos, la confianza excesiva, los roces, las miradas que duran unos segundos más de lo normal… todo le confirma lo inevitable. Oscar nota cada cosa mínima cuando se trata de su compañero de equipo de McLaren.
Lando y Carlos tienen algo, y no es algo amistoso. Se siente mal, y sabe exactamente el por qué. No es la primera vez que se siente así, y no le gusta. Primero, trata de racionalizarlo, se considera un hombre que piensa: Carlos fue compañero de equipo de Lando años atrás. Tienen derecho a llevarse bien. Pero, conforme pasan los días, confirma que es una estupidez incoherente. Lo invade un pensamiento constante: Lando le pertenece a Carlos, y eso no debería ser así, se siente injusto.
Le pica la piel, siente una presión en el pecho y tiene pensamientos extraños, los tiene muy seguido. Como por ejemplo, a veces desea desaparecer a Carlos, porque no pasa inadvertido ante los ojos de Lando. Oscar quiere pasar desapercibido, pero no de su compañero de equipo. Nota el sentimiento de envidia crecer dentro de él, como una ínfima chispa errática que se prende y apaga a cada rato. Un foco de luz que está funcionando mal.
Cuando confirma que Lando y Carlos están en un tipo de relación, empieza a derrumbarse su fachada de hombre perfecto. Su humor es un poco cambiante, habla menos: se siente herido y traicionado. Está más distante que de costumbre. Más sensible.
Compartir almuerzos con la parrilla de pilotos empieza a ser sofocante. No quiere ver a Lando reir genuinamente de lo que Carlos dice, pierde concentración y baja la guardia. Su semblante adquiere una seriedad inusual. La chispa crece.
El silencio es más incómodo que de costumbre, la voz del español le parece irritante como nunca antes le había ocurrido, aún si dice alguna cosa simple:
—Relájate, Oscar. Solo estoy contando algo, ¿te sientes mal?
El australiano le sonríe a Carlos avergonzado negando repetidas veces, mostrando que está bien mientras presiona en su mano el tenedor con más fuerza de la que debería. Sus nudillos están blancos.
Oscar quiere a Lando muchísimo, y daría el mundo entero por él. No se atreve a decirlo en voz alta, porque moriría de vergüenza. No expresa sus emociones, pero en el fondo sabe que Lando sospecha, por la forma que oculta su relación con Carlos, como si tratara de protegerlo, de no herir sus sentimientos. Es meticuloso, pero no lo suficiente para que Oscar lo descubra.
Piensa seguido en Carlos, pero continúa imaginando cosas malas: se siente bien cuando todo le sale mal al español. Es demasiado satisfactorio.
Sigue así hasta un día en particular, cuando la gota derrama el vaso y la chispa lo consume por completo.
Esa noche ve a Lando sentado en la cama de la habitación del hotel, con los ojos hinchados y las manos temblorosas, sollozando. El foco se apaga.
—Carlos… él… —balbucea, incapaz de completar la frase. Finalmente, toma aire y suelta un susurro—. Lo vi con Charles. En el garaje.
Oscar no siente empatía. No escucha el llanto del mayor angustiado. Tampoco el desahogo entre temblores y palabras confusas que siguen, son simplemente explicaciones incoherentes. No le interesa. Una chispa, pero está vez de ilusión crece en su pecho.
El menor se acerca a la cama con lentitud, lo abraza y besa con suavidad.
No siente culpa cuando ve a Lando confundido y tembloroso al principio, casi desconcertado. Pero después de unos segundos su compañero le devuelve el beso con seguridad para luego terminar aferrándose a él como si fuera la fuente de oxígeno dentro de la habitación, está desesperado. Se siente increíble: siempre deseó esto.
Cuando ese anhelo se materializa, su cuerpo vibra de una manera diferente. La chispa en su pecho por fin estalla, como fuegos artificiales. La adrenalina sube y baja, tiñéndose de un solo color.
Lo ve entre sus piernas, arrodillado y bajándole el short deportivo con los ojos húmedos pero no precisamente del llanto reciente. Hay lujuria en ellos, el mayor está completamente a su merced. Se lo ve perdido y presionando sus muslos pálidos con fuerza y desesperación con la yema de los dedos bronceados. Suplica muchas cosas con la mirada, muerde su labio. Oscar es débil al ver esa escena. Es casi como una experiencia religiosa; Oscar es un chico de fe, cree en los milagros.
Lando tiene experiencia, se nota la determinación para usar sus manos o su labios. Oscar se queda sin aliento apenas siente su erección fuera del bóxer y jadea pesadamente sin dejar de mirar. Los ojos de Lando se abren, posiblemente sorprendido del gran tamaño de su polla. Deja de buscarle una respuesta cuando los dedos acarician lentamente el tronco y su boca suelta balbuceos que no codifica. La mano en su pene está caliente sobre la piel sensible, da respingos cuando el pulgar presiona con fuerza una vena sobresaliente. Siente la boca rosada de Lando en la punta roja succionando la cabeza húmeda. Se desliza por su longitud hasta que choca con la garganta sin dejar de masajear el resto del pene: lo poco que queda fuera, porque el mayor se la mete entera adentro sin dificultades. Es demasiado sexy. Los ruidos que provienen de esa cavidad llena, son tan placenteros que tiene que morderse el labio para no gritar.
Lando mueve la cabeza de arriba hacia abajo y tiene arcadas, el mayor quizá tiene experiencia pero no con penes tan grandes como el suyo. Parece disfrutarlo demasiado, las vibraciones en su circunferencia lo hacen temblar y soltar gemidos, uno tras otro.
Oscar no es de muchas palabras pero quiere decirle a Lando lo bonito que se ve haciendo la cosa más pecaminosa del planeta, pero no lo hace mientras todavía puede formar pensamientos coherentes.
Oscar es tan bueno, que cuando imaginó escenarios junto a Lando jamás pensó en ahogarlo con su polla en una habitación del hotel.
A la vez, se pregunta si el mayor está jugando con su paciencia, no se lo ve apresurado, se toma cada segundo para torturarlo con la lengua caliente en el orificio de su pene, o chupando la cabeza con intensidad. Quizá se está vengando a su manera por ahogarlo antes, haciéndolo sufrir un poco. O tal vez, se está vengando por el corazón partido. Le da igual, puede soportar el peso de ambas cosas.
La mano de Oscar agarra un puñado de cabello castaño del mayor, manteniéndolo ahí, tocándolo por primera vez con cautela. Lando jadea en sorpresa con el miembro aún en la boca. Sus ojos se encuentran y Oscar tiene que luchar para no venirse tan rápido. Es humillante, es alucinante. La garganta del inglés se contrae en su miembro y Oscar gime en voz alta. Mierda.
Lando se separa un poco tomando aire, los labios del mayor están mojados, y un hilo de fluidos conecta su pene con la boca que intenta recuperar aire, con ojos rojos del esfuerzo: una mirada arruinada. Se incorpora rápidamente, como todo atleta que es. Oscar no cree soportar mucho después de ver eso.
Cuando el australiano se viene por primera vez, una parte de la frustración acumulada esas semanas, se las traga Lando sin problemas. Suspira cansado, agotado. Respira con lentitud. Él inglés le limpia muy bien la saliva, lustrando su miembro hasta no dejar una gota.
Lando lo cabalga como un experto, presionando manos sobre su pecho pálido y tirando la cabeza hacia atrás mientras da saltos rápidos en su pelvis trabajada. Oscar pierde el aliento, ve borroso cuando la palma bronceada del mayor se posa en el mentón obligando a que lo vea directamente a la cara.
—Mierda, tan bueno, eres tan malditamente bueno, tan bueno para mi, ¡ah!
Oscar tiembla debajo del cuerpo del mayor sin parar. Una descarga eléctrica le recorre la columna vertebral con violencia, y nuevamente sabe que no va a durar mucho. Lando es jodidamente genial haciendo esto.
Oscar se aprovecha. No se siente mal por hacerlo. Al contrario, nunca se sintió tan bien. No se detiene. Pasan la noche juntos.
Lando ahora es suyo, por lo menos un momento. Le alcanza y sobra. Ya no siente ninguna chispa en el pecho. Como si se hubiera liberado.
Oscar está cansado de ser un buen chico.
No se arrepiente. Días después, se sienta en la oficina y toma la revista que está encima de la mesa de café. Sonríe y observa esa imagen de portada completa de él y su compañero abrazados y mojados festejando un podio con esos trajes de un color naranja brillante. El título de la nota dice algo con la palabra “¿Fraude en McLaren?”
No lo lee completo, pero piensa que es una bonita foto.
—Oscar, tira esa revista a la basura. No vamos a soportar que denigren a nuestro equipo…
Oscar no sigue escuchando. Está bien, él tiene una foto parecida en su teléfono, de ambos mojados y abrazados. No necesita otra.
Tira la revista, porque después de todo Oscar es obediente
Oscar sí que es un buen chico.








