one shot
Agustín Giay, no se consideraba exactamente lo que se dice como “popular”. Tenía su grupito de amigos en la facultad, le gustaba salir todos los fines de semana y quizá era cierto que tenía bastantes minitas detrás de él que lo perseguían todo el tiempo.
Pero ¿popular? no, eso no. Algo de modestia tenía que aparentar, claro.
Cuando empezó el nuevo cuatrimestre les asignaron las materias, todos terminaron en las mismas cátedras y con los mismos profesores. La meta era lograr mantener el mismo grupo hasta recibirse juntos. Cada uno tenía una característica que lo hacía destacar, iban siempre en patota brillando como los dibujitos de Disney, inalcanzables. Soulé era muy sociable, además de que por alguna razón se conocía a casi toda la facultad. Siempre al tanto de los chismes y los rumores. Redondo era muy inteligente, tenía las tareas al día y su rendimiento era muy bueno, eso calentaba mucho. Véliz por otro lado era más colgado, pero cuando se ponía a jugar al fútbol en la canchita volaban varias tangas, ni hablar de los increíbles mates que cebaba. Luka, reconocido por su mal carácter, destacaba por tener muchas idas y vueltas con los profesores, además de estar en desacuerdo constantemente con la mayoría. Perrone, por el contrario, tenía el perfil más bajo y tímido. Pero eso no lo hacía menos, esas vibras de nene que no rompe un plato compraba, y cómo compraba. Las minas se morían por siquiera recibir una mirada de su parte. Después estaban los Carboni, parecían gemelos aunque no lo eran. Iban a todos lados juntos, un 2x1. La fantasía de todas era entrarle a ambos al mismo tiempo, pero eso es para otra historia.
Porque sin dudar, el más especial era Giay: resplandecía por su propia cuenta, con un carisma increíble. Sonreía y tenía a media (o toda) la comisión suspirando su nombre en cadena, una cosa de no creer. No había nadie que no supiera del castaño de piel bronceada, ojos pardos y fanático de San Lorenzo. Se lo reconocía fácil, iba con el termo a todos lados y usaba remeras que le marcaban los brazos musculosos, producto de ir al gimnasio seguido. Presumía un poco, sí. La modestia era para aparentar. Agustín junto con su grupo, eran el tema de conversación, los primeros en ser invitados a las jodas y los más admirados por el resto de los alumnos. Todos querían ser ellos. O andar con ellos. Este ciclo les tocaba el segundo año de la carrera de abogacía. Desde que se conocieron y el grupo fue creciendo en integrantes, pegaron onda prometiendo que al recibirse se iban a poner un buffet de abogados en conjunto. O algo así.
Era raro que en su comisión de casi cuarenta personas destacara alguien (a parte de ellos), pero esta vez sucedió: cuando Agustín escaneó el curso por completo, como siempre hacía para ir viendo caritas, se encontró con la de un colorado pecoso de expresión muy amargada.
No era que su pelo rojo le llamara la atención, bueno, sí. Era el único pelirrojo y eso evidentemente dirigía la mirada a su cabello corto llamativo, pero había otra cosa. Ese aire y las vibras que destilaba su presencia, era la verdadera razón por la que no le sacaba la vista de encima.
Giay no sabía cómo describirlo, pero simplemente le venía hostil a la mente. Como si al acercarse al chico de piel pálida, pudiera ser capaz de morderte una mano o arrancarte la cabeza con los dientes. Claramente eso produjo que ninguno se atreviera siquiera a hablarle o mirarlo, evidentemente la mayoría le tenía miedo. Y empezó a ser de qué hablar, el colorado lindo que no decía nada: ninguno sabía cómo era su voz, menos el nombre. No participaba, y como los profesores no tomaban lista para poder chusmear su apellido, tampoco ayudaba.
El pecoso empezó a atraer a todos por su aura secreta y críptica, sin embargo nadie se animaba a hablarle. No tardó en ser tema del curso y por supuesto del grupo. Agustín fue quién lo trajo en un comentario casual a la conversación, le interesaba demasiado ese misterio que destilaba día tras día.
Soulé también se sintió muy intrigado por el compañero tan reservado, así que prometió intentar investigar lo que pudiera. Y se puso manos a la obra hablando con media facultad intentando encontrar datos sobre él.
Lo único que pudo averiguar Matías, y le costó un huevo, fue que supuestamente el colorado se pasó de turno: antes iba al turno de la mañana y ahora cursaba en el de tarde-noche como ellos. Ah, y que se llamaba Valentín. No supo mucho más. Literalmente no hablaba con nadie, por ende, la información que podía llegar a obtener era nula o escasa: lo poco que averiguó, fue gracias a la documentación que pudo ir pidiendo en la administración a sus amigos de confianza. Les quedó mal sabor en la boca a todos, como si el proyecto “investiguen al mudo” hubiera fracasado.
Una noche, mientras estaban reunidos tomando algo en la casa de los Carboni, y ese tal Valentín empezó a ser el tema de conversación nuevamente, Luka, después de dos cervezas, soltó sus pensamientos sin inhibición.
—¿Y si te lo levantás? Al colorado. Capaz así te habla.
—No seas boludo, es un orto —Giay bajó la cerveza dejándola sobre el mantel de flores.
—¿Hay alguien que le diga que no a Agus? —preguntó Alejo con intriga genuina.
—¿Estás diciendo que no podés hacer que te dé cabida? —levantó una ceja Valen, el menor de los Carboni.
—Pff, no dije eso. Es obvio que si me tiro un poquito cae como un boludo.
—No sé eh, tiene una pinta de virgo… —cuestionó Redondo. —Además no habló nunca con nadie…
—No me gustan los colorados igual —aclaró el de ojos pardos llevándose la cerveza a los labios tomando otro sorbo.
—Ni a mi esta cerveza que compró Matías, pero me la estoy tomando igual —acotó Luka.
—Che, siempre tienen problemas con las cosas que traigo, empiecen a comprar ustedes forros —Matías le pegó en el hombro a Romero.
—¿Entonces qué decís? Dale, sería re divertido —retomó Luka la conversación—. Nadie se va a animar más que vos a hablarle, y eso lo sabemos, ¿no?.
—No, me da paja.
—Si lo hacés te hago los tp de legislación, todos —Redondo sabía que Giay odiaba esa materia.
—Yo te banco el escabio de fin de año —redobló Luka.
Agustín levantó una ceja interesado.
—¿Es una apuesta? —Para los estudiantes de leyes era bastante irónico.
—Si lo querés tomar así, sí. Qué sé yo. Capaz que sabés que vas a rebotar y por eso le das muchas vueltas —Luka sabía por dónde picar a Agustín. El silencio que se formó en el grupo lo delató.
—Andá preparando el chupi de fin de año y vos —señaló a Federico—. Más vale que me hagas todos los trabajos.
—Si el pibe te rebota y no podés, tenés que abstenerte a coger hasta navidad —propuso Redondo. Estaba seguro que Agustín lo iba a conseguir, pero igual quería molestarlo.
—¿No es injusto? Igual está bien, dale —tomó el resto de la cerveza y la apoyó en la mesa.
Todos se empezaron a reír. Perrone no dijo nada.
La primera vez que Agus le habló al tal Valentín lo hizo con cierta inquietud. Nunca se había puesto así para hablarle a alguien, pero ahí estaba. Se sentó al lado del colorado, que por cierto, no lo miró ni un segundo. Como si no existiera. Esperó al receso sin dejar de mirarlo de reojo, ¿Por qué le era tan difícil entablar una conversación? Era la definición de patético. Se sentía un boludo.
Ese día hacía calor. Y Valentín se sacó la campera dejando ver su pálido cuello esbelto contrarrestando con la remera negra holgada. El mayor dirigió automáticamente los ojos a su clavícula expuesta, sin molestarse en disimular un poco. Era blanco como la leche, algo huesudo y como esperaba, pecoso. Pero lo que le llamó la atención, fue el collar de oro que le colgaba. Podía notar que tenía un dije de Boca, eso significaba que le gustaba el fútbol. Sin siquiera pensar en que claramente San Lorenzo era mejor, apareció la excusa perfecta para hablarle. Y no la desaprovechó.
—Vamos a jugar un partidito en la cancha y nos falta uno, ¿te prendés?
Valentín lo miró a los ojos por primera vez e hizo una cara de fastidio y después otra más neutral. Una corriente eléctrica le recorrió el cuerpo al castaño, no pudo detenerla ni un segundo.
—No —Soltó distante, con voz baja pero grave. Se levantó de la silla agarrando sus cosas y salió sin mirar atrás ni dando alguna justificación.
Agustín quedó petrificado viendo la espalda del chico misterioso desaparecer por la puerta. Jamás iba a poder expresar en palabras existentes ese encuentro. Tendría que ser pan comido, una estupidez. Tampoco iba a andar detrás de un chabón solo por unas birras y unos trabajos prácticos.
Estaba enojado consigo mismo, tenía ganas de dejar esta pelotudes de la apuesta y fingir demencia de la situación anterior. Lo pensó bastante, sin embargo algo en su incipiente ego, no se lo permitió.
Después de todo, lo primero que hizo fue correr a contarles a sus amigos. Cómo era su voz, y que probablemente le gustaba el fútbol. Su grupo se le cagó de risa en la cara después de confesar la respuesta rotunda del pecoso. Y con toda la razón del mundo, lo esperaba.
Quizá ninguno de sus amigos se hubiera dado cuenta, pero el colorado había cambiado de expresión un milisegundo y eso para él, era un avance. Él sí lo había notado. Capaz no estaba tan mal.
Los días pasaron, y ambos chicos no volvieron a tener ningún contacto. Agustín, manteniendo la calma, siguió sentándose al lado del pelirrojo sin decir nada además de “Hola”. ¿Para qué? total, el otro seguía siendo un orto. No sintió herido su orgullo por el rotundo rechazo, para nada. Sin embargo, admitía que era un poco intimidante. Hay un momento donde tu intuición es fuerte, pero por cosas externas no le das bola. Por algo será.
Todo cambió una vez que Agustín llegaba tarde a una clase, y lo vio. Valentín estaba parado en el patio, solo, con auriculares y comiendo un chupetín aislado del resto de personas. Era un pico-dulce, lo distinguió enseguida por los colores brillantes que tenía el caramelo. Hacía mucho tiempo no comía chupetines, probablemente desde la secundaria. Esa marca, curiosamente, era su favorita. Lo siguiente que hizo fue correr al kiosco y comprar muchísimos de esos, guardandolos en su mochila. Llegó tarde a clase, pero con los chupetines encima. Mientras sacaba el cuadernillo para escribir, pensaba que ese chico de cierto modo le daba bastante pena. Se lo veía muy solo y no podía entender el por qué, ¿cómo sobrevivía? Para él, la compañía era un aspecto fundamental de la vida. El castaño andaba rodeado de gente siempre y no podía soportar no tener a nadie.
Al salir de clases se acercó al kiosco, el hincha de Boca estaba haciendo fila para comprar pico-dulce. Pero, el kiosquero le dijo que ya no tenía más. La cara de decepción del pecoso le pareció lo más tierno del universo, y si creen que esta actitud fue bastante espeluznante, tendrían que haber visto cuando le habló.
—¿Querés un chupetin? —ofreció con naturalidad. De la cual no había ninguna en la situación.
Valentín lo miró con sorpresa. El otro notó como esos ojos marrones brillaban un segundo. Primero lo vio modular sin escuchar alguna palabra, pero después del silencio llegó la respuesta.
—Sí.
Agus se sentó en el piso descansando la espalda contra una pared, y Valen le copió el acto. Parecía como si fueran a compartir un pucho, pero era un chupetín. El hincha de San Lorenzo rebuscó en su mochila y se lo alcanzó. Sacó otro y empezaron a comer en silencio.
Parecía algo inofensivo, pero esto cambió mucho la relación inexistente entre los dos. Giay se dio cuenta que el más bajo no miraba mucho a los ojos, y siempre parecía querer evitar la charla. De cierto modo, transformó un poco la perspectiva que tenía sobre el de piel pálida y pecas salpicadas por todo el rostro amargado. Los ojos pardos, recorrían sutilmente la lengua rosa pálida paseándose por el extenso caramelo, para finalizar con el chupetín metido en toda la boca.
De ahí en adelante, sintió como si su relación hubiera dado cien pasos de una sola vez, o en realidad, su perspectiva sobre el pelirrojo había cambiado bastante. Todos los días que lo veía y se sentaba con él, el colorado lo saludaba primero y lo miraba de reojo cada tanto. Giay se enteró que el apellido de su objetivo era Barco, y que en la cartuchera tenía nada más una lapicera y un liquid paper. También aprendió que le gustaba mucho el mate, ahora con más confianza, Agustín siempre le ofrecía y el colorado jamás se negaba ni una sola vez. Tomaba sorbos profundos en esos momentos donde parecía caerse dormido en plena clase. En el fondo, le parecía un acto entrañable.
Otra cosa de la que se dio cuenta, fue que Valentín no era muy bueno en inglés. Y al recibir las notas se ponía nervioso. Miraba el parcial varias veces frustrado antes de devolverlo al profesor para después morderse los padrastros de los dedos. A Giay le iba bien, no era sobresaliente pero tampoco tan malo.
—Yo te puedo ayudar con inglés che, no te pongas así.
—No me gusta desaprobar.
—A nadie, pero no te estreses. Te ayudo.
Valentín hizo una cara extraña. Como si hubiera tenido que retener lo que estaba a punto de soltar. Agustín no dejaba de mirarlo con curiosidad.
—¿Qué querés? —El menor lo miró con desconfianza, demasiada diría—. No soy boludo.
—Nada, me caés bien y te quiero ayudar, ¿por qué me mirás así? Mirá, con los chicos nos juntamos los viernes a la noche, venite a mi casa antes así estudiamos y si querés, después te quedás un rato con nosotros y tomamos algo.
Agustín se sorprendió cuando el otro aceptó la oferta sin titubear. No dijo nada más, solo que iba a ir. Intercambiaron los números de teléfono y cada uno a su casa. El mayor casi salta de la felicidad, como si fuese un logro, era una oportunidad bastante buena para cumplir con la famosa apuesta.
Más adelante, descubrió que Barco, era muy malo en inglés además de cabeza dura, difícil de enseñar. Cuando llegaron los demás chicos, Agustín no pudo hacer ningún movimiento, sin embargo insistió en que Valentín se quedara con ellos un rato, y sorprendentemente no se fue. Lo presentó a los chicos y el resto miró pícaramente a Giay.
—No tomo alcohol.
Tajante. Agustín no se molestó mucho ignorando alguna que otra burla absurda de su grupo de amigos, sirvió agua y la noche continuó como tenía que ser.
Valentín no participó en la conversación, pero escuchó tranquilamente a Luka contar cómo se había peleado con el profesor de Legales, a Redondo levantarse a la profe de Penal y cómo una rubia linda de otra comisión quería tirarle onda a Máximo, pero que no se animaba porque el chico parecía un virgo. Las risas retumbaban en el departamento, mientras el pecoso miraba un punto en el piso con cara de querer irse a la mierda y cada tanto movía la pierna.
Agustín comprendió entonces, que Barco era un ser antisocial por naturaleza, que no tomaba, no fumaba, no salía mucho, no hablaba casi nada y de preferencia evitaba ser el foco de atención en cualquier momento. Cada vez era más difícil. Sin embargo, el castaño se encontraba cautivado por la personalidad enigmática del colorado, y conocerlo, era como develar misterio por misterio. La apuesta había dejado de ser una motivación para acercarse, él quería saber más. Mucho más.
Perrone le había mencionado una vez que dejara de jugar con esas cosas, porque no estaba bueno. Que todavía tenía tiempo de parar la boludes que se estaba por mandar, que Barco parecía un buen pibe después de haberlo conocido. No le hizo caso y siguió en la suya, ya estaba muy metido para frenar.
El día que rindieron parcial de inglés, Giay casi se quedó dormido en la mesa. Había descansado poco por estudiar y encima se olvidó el mate en casa. Valentín al verlo había comprado un café grande, y se lo ofreció. Lo compartieron, el colorado tomó un par de sorbos, mientras se limitaba a repasar sus resúmenes escritos con una letra muy chota. El más alto solo podía observar los gestos que hacía el xeneize leyendo sin entender su propia letra.
Aprobaron los dos, con buena nota. La expresión feliz en la cara de Barco era un respiro para Agustín, probablemente por ser la primera vez que lo veía sonreír.
Esa misma tarde, el hincha de San Lorenzo lo invitó a pasear, Barco accedió inundado por la euforia de que le había ido bien en ese exámen. No hablaron mucho en el camino, pero tomaron helado porque hacía mucho calor. El mayor le contó que en realidad, era oriundo de Santa Fé y se había mudado al terminar la secundaria para estudiar abogacía y que ahí conoció a sus amigos. Valen le comentó que estaba becado, y que tenía 2 trabajos, en busca de otro. La diferencia lo golpeó de la nada, ahora el santafesino entendía por qué su compañero siempre andaba con cara de culo, agotado y se preocupaba mucho por sus notas. El castaño, dentro de su burbuja, realmente era un privilegiado comparado con otras personas.
Aunque el menor le sonriera en ciertas ocasiones (escasas), había algo melancólico en su mirada. Como si ocultara algo. Nunca podía terminar de descifrar qué es lo que tenía escondido. Nunca pudo.
Estar con Valentín era demasiado extraño, pero no era un caso perdido. Claro, era una persona completamente diferente a su acostumbrado círculo social recurrente y al grupo de amigos. Cuando caminaba lo hacía encorvado, miraba hacia abajo. Se reía poco, vivía con las manos en los bolsillos. Miraba de reojo, y a pesar de todo eso, Agustín confirmó que le parecía una de las personas más interesantes que conoció jamás. Con el tiempo se dio cuenta, que disfrutar de pasar el tiempo con él había traspasado cualquier tipo de excusa externa, tenía que admitirlo. Le atraía mucho el colorado y punto. A veces, creía que a pesar de intentar entenderlo y ganarse su confianza en ciertas charlas cortas, el pelirrojo seguía siendo reservado y distante. Siempre faltaba algo. Eso no quitaba, para nada, que el aura hostil del más bajo, había pasado a ser una más angelical ante sus ojos. Valentín en cierto modo, desprendía cierta inocencia, una luz especial. Ingenuidad. Le recordaba a algo muy parecido que sintió la primera vez que le gustó alguien cuando estaba en primaria, un sentimiento ligero nuevo. Algo fresco y natural.
—Che, ¿no te lo cogiste todavía? No te habrás encariñado, ¿no? —soltó Redondo en una reunión mientras miraban un partido de fútbol en la tele.
—No, mirá si este rata se va a perder de que le hagas los trabajos prácticos, debe estar pensando en algo —se rió Luka.
El de ojos pardos negó con lentitud mostrando una sonrisa nerviosa. No quería recordar eso. No justo en este momento.
La historia llegó a su final el día que Valentín fue a la casa de Agustín para estudiar juntos Obligaciones. Era el último parcial del año y Giay era bueno en esa materia, pero se moría por tener al menor solo para él un ratito, en la comodidad de su departamento. Empezaron estudiando un poco mientras comían los famosos chupetines pico-dulce, hasta que la tensión en el ambiente se empezó a acumular. Dicen que cuando uno siente tensión, no es uno solo el que la puede percibir. Agustín miraba de reojo al otro cada tanto con las manos temblando. Se moría de ganas por tocarlo. Mientras tanto Barco chocaba su rodilla sutilmente, leyendo los papeles en voz baja.
—No lo aguanto más, ¿Cuánto vas a seguir con el teatro?
Agustín levantó la mirada de las hojas (a las que no le prestaba atención) sorprendido. No tuvo tiempo de contestar, porque algo lo agarró del cuello y le estampó un beso bastante violento en los labios. Primero fue muy extraño, estaba intentando procesar qué estaba pasando a su alrededor, pero una vez que lo entendió, no le dio muchas vueltas. Pasó la mano grande y bronceada por detrás de la nuca colorada, correspondiendo con la misma intensidad, necesidad, saboreando la boca, soltando un gemido involuntario. Lo hacía de manera torpe, pero es que quería tanto esto y lo tomó de sorpresa.
—Pensé que ibas a activar antes, pero no hacías nada —el colorado se separó respirando agitadamente y lo miró con desesperación genuina. Giay sintió su pija palpitar fuerte.
El santafesino no perdió un segundo más y lo llevó a su cuarto a unos pocos pasos del living. Volvió a besarlo para recostarlo sobre el colchón y seguir comiéndoselo con ansias. Sabía dulce, como el chupetín de hace un rato, pero duró poco porque Valentín lo apartó con unos golpes suaves en el pecho para respirar y aprovechar a desvestirse con rapidez. Agustín todavía buscaba desorientado la boca brillante y acaramelada, mientras miraba el espectáculo que tenía enfrente. Observó el vientre plano, decorado con algunas pecas y otras marcas. Tenía un torso pálido, marcado. Inmaculado. Era bastante delgado y se veía muy suave. Le parecía simplemente hermoso, digno de adular.
El menor al ver que el otro se quedaba mirándolo sin hacer nada, empezó a desvestirlo con desesperación. El hincha de San Lorenzo notó lo apresurado que estaba y presintió por primera vez que iban en páginas un poco distintas. Agustín quería disfrutar de esto, mientras que Valentín se veía muy acelerado. No iba a quejarse, solo tenía que igualar el ritmo y eso no iba a costar mucho.
El santafesino se despojó de la ropa con más rapidez de la que quería, solo se sacó una remera holgada y unos pantalones cortos. Mientras tanto el otro ya estaba prácticamente desnudo sobre la cama, tendido, esperando. Lo vio dejar caer con muchísimo cuidado el boxer: la última prenda. Ahora sí, Barco estaba completamente expuesto ante Giay. Por fin.
Agustín empezó a besar su cuello y chuparlo, paseando la lengua por la pálida piel salada, observando cómo brillaba la cadena dorada de Boca debido a la luz de luna que entraba por la ventana. Bajó al inicio del pecho para repartir algunos mordiscos sin dejar de acariciar su vientre con los dedos bronceados, toscos y rasposos. Los ojos pardos estaban cerrados, concentrándose solamente en la sensación del momento, la lengua sobre la piel. Valentín empezó a empujarlo hacia abajo por el hombro. Agustín captó la indirecta con facilidad y decidió cumplirle el capricho, podría hacer cualquier cosa que le pidiera el menor.
Besó su ombligo, y enseguida se encontró con el miembro erecto y el escaso vello pelirrojo. Tragó, no le gustaban los colorados, era cierto, pero este le encantaba. Lo miró con una sonrisa pícara, sentía bajo sus yemas como el colorado temblaba debajo de él aunque tenía una cara de superioridad tatuada en el rostro.
—Entonces, ¿te hiciste de rogar? —pronunció clavando esa mirada parda llena de lujuria en los ojos marrones más oscuros que de costumbre.
—A los pajeros como vos hay que tenerlos así, rogando. Es la única forma.
El xeneize lo miraba con ojos entrecerrados, altanero. Atrevido. Era muy atrevido, y le encantaba. Su propia pija todavía dentro del boxer estaba latiendo fuertemente. Agus besó la longitud mientras la agarraba por la base, repartió algunas caricias con los labios en la extensión para por fin sacar la lengua y pasearla desde la base a la punta, sobre una vena sobresaliente. Lamió la raja de la cabeza, burlándose de él. Automáticamente sintió como los dedos pálidos, finos y delgados lo agarraban de la mandíbula con algo de fuerza. Los ojos marrones eran aterradores, casi que le recordaban al Valentín que vio por primera vez en clase.
—No me jodas.
—Desesperado que sos…
Giay entreabrió los labios chupando un poco la punta, para abrir mejor la boca y meterse la cabeza rosada en su cavidad. Cerró los ojos y sintió la mano fría dejar su mandíbula para recorrer la mejilla hasta subir hacia el cabello castaño, que estaba un poco largo. Gimió ante eso, podía sentir como los dedos tiraban de algunos mechones sin mucha fuerza.
—Ahh —gimió el menor en voz muy baja y suave.
Agustín lo introdujo más dentro de su boca, ahora escuchaba cómo la respiración ahogada salía de su compañero y procedió a hundirse hasta tenerlo todo adentro. El mayor amaba el sabor, el peso y la calidez que sentía en su lengua. Empezó a succionar con más facilidad debido a la saliva y el líquido preseminal mezclados. Se sacó el miembro del colorado de la boca un momento para chuparse dos dedos y mirar lo que había hecho, la verga estaba brillando, como los chupetines que comía el pelirrojo todo el tiempo. Se sentía demasiado excitado, así que después de llenar de saliva sus dígitos estiró el culo redondo y pecoso, para cubrir de fluidos el agujero arrugado y cerrado. Frotó la entrada con las yemas y escupió allí para luego volver a meterse la poronga de nuevo en la boca. Ahora, los gemidos de Valentín se escuchaban más fuertes y el placer probablemente lo hizo relajarse un poco porque pudo introducir un dedo entero sin esfuerzo, tanteando las paredes apretadas. Ya quería metérsela y en lo posible, sacarle esa cara de superado que había visto antes.
Mientras su mano derecha hacía un trabajo impecable estirándolo, siguió chupándole la pija como un verdadero experto multitasking. Subía y bajaba la cabeza lentamente, intentando no ahogarse, sintiendo el pelo rojo en su nariz que le hacía cosquillas. Le costaba seguir un ritmo porque al mismo tiempo de hacer eso, intentaba abrirlo bien. Cuando lo sintió más flojo, metió el segundo dedo, y esperó que sea suficiente porque no iba a soportar mucho más. La mano pálida se apartó de su cabello castaño para abrirse los cachetes blancos, facilitando la tarea, dándole completa libertad.
Los movimientos de sus dedos abriéndolo dejaron de ser suaves, para pasar a ser más bruscos y desordenados. Se sentía resbaladizo, aprovechó para curvarlos obteniendo un alarido impresionante, agudo.
—Dale que me voy a venir —ordenó algo destrozado, con una voz un tanto humillante.
Agustín se apartó en un movimiento rápido, yendo hacia el cajón al lado de su cama para buscar un forro. En el trayecto se bajó el bóxer sin sacárselo, no sin antes masturbarse con rapidez. Suspiró debido a su propia mano dándole un poco de alivio, se puso el preservativo sin ningún problema en un segundo. El colorado ya estaba abierto, sosteniendo sus muslos lechosos esperando pija. Giay se mordió el labio, no podía ser tan perfecto.
Se colocó sobre él, metiendo la punta de a poco en el culo recién estirado, y sin mucho esfuerzo llegó al fondo. Valentín gritó de placer mientras ahora, tenía ambas manos cerradas en puños sobre la sábana. El castaño gruñó por la sensación sofocante, la cavidad se sentía increíblemente apretada. Una vez totalmente adentro puso ambos brazos bronceados y musculosos a cada lado de la cara del menor para empezar a embestir con fuerza. Ahora sí, seguía un ritmo rápido y brusco, había tenido que aguantar todo ese tiempo chupándole la pija mientras lo preparaba, y si se ponía más exquisito, en total soportó como casi 5 meses desde que lo conoció.
—Ah, ah, ah —jadeó Barco. Eran gemidos cortos y agudos, intentó morder sus labios para no exclamar algo más vergonzoso.
Giay besó la frente, la mejilla y esos labios que seguían con sabor dulce, sin embargo su éxtasis se vio interrumpido cuando sintió unas manos delgadas hundirlo en la piel pálida, apartándolo abruptamente de la cara pecosa que intentaba besar. Era como si el menor lo quisiera ahogar en ese hueco que hay entre el hombro y el cuello, o sobre el colchón. El mayor estaría encantado, de solo pensarlo su pija volvió a palpitar provocando que acelere sus estocadas desenfrenadamente.
La respiración de Valentín empezó a ser más agitada, al igual que los latidos de su corazón. El castaño los sentía porque tenían ambos pechos pegados. No había una ínfima cantidad de espacio entre los dos cuerpos. Las ventanas estaban empañadas, y las sábanas probablemente húmedas y desordenadas.
—N-no puedo más —soltó Barco con la voz rota, acabando automáticamente sobre su propio vientre, mientras tenía espasmos por todo el cuerpo, perdiendo fuerza en sus músculos cansados por las oleadas de placer.
Agustín no tardó mucho más, las contracciones producto del orgasmo alrededor de su pija lo hicieron venirse al medio minuto con unas últimas estocadas erráticas. Se vació por completo en el condón, mordiendo el hombro blanco con algunos moretones recientes en esa piel blanca e inmaculada.
Ambos respiraban rápido, pero el mayor se tomó un minuto para sentir las oleadas de placer con los ojos cerrados derrumbándose encima del cuerpo más chico. Olía bien, y se sentía relajado, era una experiencia bastante nueva para haber hecho esto incontables veces. Barco regularizó su respiración después de un rato, y cuando sintió fuerzas el de piel bronceada se lanzó de lado sobre el colchón mirando el techo mientras se sacaba el forro, lo ataba y lo tiraba lejos. No tenía fuerza para pararse. Sintió algo del semen de Valentín en su vientre, probablemente lo había salpicado cuando acabó. Lo limpió con la sábana arrugada y desarreglada, después iba a limpiar todo. Ahora disfrutaba ese momento post-orgasmo en donde los dos estaban uno al lado del otro, boca arriba sobre una cama rodeados de calma.
Un silencio mortal se formó en el ambiente, y algo que le sorprendió a Agustín fue seguir sintiendo la tensión. Pero, esta vez era una tensión distinta. La tranquilidad incómoda la rompió Valentín con la voz completamente normal, como si nada hubiera pasado.
—¿Qué te habían ofrecido por garcharme? ¿Cerveza? No me acuerdo —Se frota la frente intentando pensar.
—¿Eh? —giró el rostro observando el cuerpo del otro prácticamente inmóvil. Sentía el cuerpo pesado y agotado.
—¿En serio te pensabas que no hablaba con nadie? Sos medio boludo, y todos te tachan de vivo, si supieran…
Agustín se encontraba congelado en el lugar, desnudo, mirándolo con puro horror en los ojos. Tenía frío, juraba que sentía una brisa gélida rozando su piel erizando los pelos de los brazos, aunque las ventanas estaban todas cerradas y la habitación completamente caliente.
—Lo que pasa es que la gente como vos está acostumbrada a tener las cosas de arriba, todo fácil. Pero yo no soy un boludo. Vos sí, y tu grupito de amigos también.
—No entiendo de qué estás hablando.
—Tus amigos no son muy discretos que digamos, andan buchoneando por ahí, por si te interesa saber. Pero la gente como vos piensa poco —al decir eso, se intentó sentar en la cama con el ceño fruncido.
—Esperá…
—Sabía todo. Te seguí el juego porque me quería divertir un rato, ver hasta dónde llegabas. Pero ya me aburrí —hablaba lento mientras se vestía con rapidez, tambaleante por el cansancio y el leve dolor.
Agustín no entendía nada. Jamás se había sentido tan confundido en su vida. Con el orgasmo reciente y la agitación en su pecho podría quedarse sin aire en cualquier momento. Creyó calcular todo, menos que Valentín supiera de la apuesta, que odiara a los “populares privilegiados”, y lo que menos se esperaba era que el colorado empezara a gustarle en serio. Su pensamiento se interrumpió cuando lo vio de pie, ya limpio y vestido. Era como una sombra aterradora acechándolo en la noche.
—Ah, una cosa más —Se detuvo en la puerta antes de salir, mientras asomaba la cabeza con una sonrisa natural—. No soy malo en inglés, bueno, en la pronunciación un poco sí. Pero igual, gracias por la ayuda.
La luz de la luna entraba por la ventana y la piel bronceada brillaba en la oscuridad, mientras miraba al vacío. Transpiraba sudor frío. No había tenido tiempo de procesar nada. Apretó las sábanas con fuerza, para lentamente soltarlas y caer rendido sobre el colchón, con peso muerto. Quería taparse pero no tenía fuerza.
Redondo una semana después, le dejó los trabajos prácticos sobre la mesa como fue acordado. El santafesino hacía que leía las hojas de los escritos con interés, pero era lo que menos le importaba. A Valentín lo habían echado, bueno, en realidad por algún motivo, perdió la beca o algo así. No supo por qué, ni cuándo, pero dejó de asistir y esa información se la contó Matías. Nunca tuvo la valentía de volver a hablarle. Qué ironía.
¿Qué puede doler más en el propio ego, que un ídolo caído? Quizá, el creer tener las cosas bajo control cuando nunca fue así.
. . .
Agustín estaba en el patio de la casa de Soulé, festejando el fin de año, y se encontraba rodeado de personas, como al principio de ciclo. Habían terminado de cursar, con todas las materias aprobadas. Luka le dejó varias latas de cerveza como recompensa para el “campeón” y el castaño abrió una bebiendo lentamente. Amargo.
Resonaban ruidos, los fuegos artificiales, gritos y murmullos que no entendía ni le importaban. Barullo distante. ¿Popular? No, él no se consideraba así, tenía que ser modesto y aparentar. Se repetía eso en su cabeza, mientras sacaba el chupetín de la riñonera, un pico dulce.
—¡Feliz Año Nuevo!
Lo decidió. Mañana iba a dejar de comprarlos, aunque en el fondo sabía que iba a extrañar el sabor dulzón por un tiempo.
Ese nuevo año, Agustín brindó y se fue a dormir muy temprano. Por suerte, nadie se dio cuenta.
Las apariencias engañan, después de todo.
(...)








