ONE-SHOT
Suspiró cerrando la puerta y dejando caer su equipaje en el suelo, se derrumbó en la cama al segundo siguiente.
Estaba agotado.
Kankurō retiró su capucha, deslizando sus dedos entre los mechones castaños con flojera. Los meses más cálidos estaban a punto de llegar a Suna y pronto debería cortarlos.
Bostezó rascando su nuca, haciéndose el desentendido respecto a la pintura facial que todavía adornaba su rostro, demasiado cansado para limpiarla.
—Más tarde cambiaré las sábanas —decidió rápidamente, bostezando una vez más antes de cerrar los ojos por completo.
Temari iba a hacerlo pagar con su sangre por estropearle las sábanas, pero las garras del sueño lo envolvieron tan rápido que no le dio tiempo a sentir miedo.
Horas después, Kankurō gruñó cuando la luz lo cegó a través de sus párpados. Giró para huir de ella, pero de nada sirvió cuando fue empujado fuera de la cama, encontrándose de cara contra el suelo.
—Ya basta de dormir, vago. Vete a dar una vuelta o a tomar el aire, lo que sea, pero sal de aquí un rato, apesta —Temari bramó, pateándolo fuera del cuarto.
Kankurō gimió, frotándose los ojos con pereza.
—Temariiiii —Se quejó, justo cuando algo chocó contra la parte trasera de su cabeza.
Kankurō recogió del suelo su capucha y la pequeña bolsa en la que guardaba su cartera, entre otras cosas.
—¿¡Qué les ha pasado a mis sábanas!? —rugió la Omega, mirándolo con fuego en la mirada, Kankurō huyó de la casa antes de que lograra atraparlo.
Colocó la capucha en su lugar con maestría, hurgando en su bolsa hasta dar con una toallita húmeda.
—Yo solo quería dormir —murmuró, limpiándose los restos de pintura, sintiéndose expuesto al hacerlo —¿Qué debería hacer? —Se preguntó guardando la bolsa en su kimono.
Había anochecido en la hoja, la vida nocturna en su auge con la caída del sol y, con ella, los bares habían abierto sus puertas.
Kankurō observó los diferentes carteles de los múltiples antros, hasta que uno le llamó la atención. Se encogió de hombros e ingresó en el local, siendo recibido enseguida por una camarera que lo guió entre las mesas hasta que-
—¿Kankurō? —El Alfa buscó al dueño de aquella voz, encontrándose a quien menos esperaba. Su corazón martilló con fuerza en su pecho al ver un par de luceros negros —¡Kankurō, siéntate aquí, hombre!¡Hay sitio de sobra! —rió Kiba, obviamente ebrio y sonrojado hasta las orejas, Akamaru a su lado comía una ración de carne.
El proveniente de Suna suspiró, agradeciendo a la mesera antes de tomar asiento junto al Beta y su perro.
—¡Realmente me costó reconocerte sin todo ese maquillaje, te sienta bien, hombre! —carcajeó el más joven, Kankurō sintió como su autoestima subía un poco con aquellas palabras, pero en lugar de agradecer el cumplido frunció el ceño y tomó el menú.
—No es maquillaje, es pintura facial —corrigió, Kiba asintió ido, con una sonrisa tonta que dejaba ver sus afilados colmillos, herencia de su clan.
—Uhhh, ojalá estas lo fueran —divagó, señalando las marcas rojas en sus mejillas —, me tatuaron a los cuatro, para que todos supieran que pertenecía al clan Inuzuka.
Los ojos de Kankurō se suavizaron ante aquello, Kiba era solo un cachorro cuando ocurrió.
—No es que lo recuerde ni nada, pero mi madre dice que lloré una semana entera —murmuró, moviendo el líquido en su copa antes de empinarse todo el vaso de un trago.
—Wow, baja el ritmo, Chucho —recomendó el mayor, obteniendo nada más que el grito de Kiba llamando a la camarera para pedir otras dos copas de cerveza.
Al contrario del más joven, Kankurō pidió educadamente una ración de costillas con las que llenar su estómago vacío. Llevaba todo el día durmiendo, por Kami-sama, con razón Temari lo había echado.
Y no podía volver, apreciaba su vida.
—¿Y qué haces aquí solo? —inquirió Kankurō, dando un sorbo a su cerveza mientras esperaba su comida, era mejor que la de Suna, pero no lo admitiría.
Kiba bufó dando un trago a su propia cerveza, Akamaru suspiró.
—Mi novia me dejó, al parecer su odio por los perros es mayor que su amor por mí —murmuró, Kankurō sintió un pinchazo en su pecho.
Después de todo, había tenido un enamoramiento adolescente con el hombre frente a sus ojos. Empezó como simple curiosidad al verlo luchar contra Naruto en los exámenes chunnin, y no pudo evitar pensar en él una vez volvieron a Suna.
Aquello siguió hasta que fue nuevamente enviado a Konoha, supo durante el camino, al igual que sus hermanos, que algo iba mal.
Y ahí estaba Kiba, moribundo, protegiendo a Akamaru como podía y completamente resignado a la muerte. Kankurō no olvidaría nunca el brillo del alivio en sus ojos, ni su sonrisa manchada de sangre.
El Beta se veía tan débil entre sus brazos, desprotegido, abrazando a la bola de pelos mientras luchaba por no desmayarse, agradeciendo su ayuda entre la consciencia y la inconsciencia. Todavía recordaba la desesperación que sintió al verlo desangrándose en sus brazos, Kankurō no había corrido tan rápido en toda su vida.
Pero la cosa quedó ahí, porque Kankurō era demasiado cobarde respecto a los asuntos del corazón, sin embargo, una nueva oportunidad parecía surgir ante sus ojos...
—Lo lamento.
Kiba se encogió de hombros, desviando su mirada hacia algún lugar detrás de su espalda.
—Sabía que terminaría ocurriendo, éramos muy diferentes... e incompatibles, en más de un sentido.
Kankurō asintió, su comida llegó y la recibió de manos de la camarera. Kiba observó las costillas a la barbacoa con deseo y el marionetista sonrió de lado, cortando un trozo de carne y ofreciéndoselo.
—Itadakimasu —rió el Beta, no tardó ni un segundo en hincar el diente, mordiendo la carne que yacía entre los dedos del Alfa y lamiendo de sus labios la salsa barbacoa.
Kankurō agradeció llevar su capucha y que sus orejas rojas no pudieran verse. Kiba terminó quitándole el trozo de costilla de la mano, incómodo en la posición inclinada que tenía sobre la mesa.
—De todos modos, ¿qué haces en Konoha? —inquirió Kiba, hablando con la boca llena.
—Traga y luego habla, es desagradable ver la comida masticada —No pudo evitar arrugar su nariz cuando el Inuzuka le enseñó la lengua con restos de comida —. Vine a Konoha para tomar un respiro, el consejo está presionándonos a Gaara y a mí para...
Guardó silencio, sus mejillas ardiendo de rabia mientras recordaba lo que el consejo de Suna llevaba semanas exigiéndoles.
"Deben tener sucesores rápido, o el futuro Kazekage será proveniente de Konoha"
A Kankurō ni siquiera le gustaban los niños.
De todos modos, con aquello se referían a Shikadai, el cachorro de un año de Temari, su hermana mayor. Y enfurecía a Kankurō, porque su sobrino no era más que un bebé y el título de Kazekage ni siquiera era algo que se traspasara en una familia.
Y volviendo a su propio problema, él no era un hombre que tendiera a enamorarse, no le resultaba algo simple, pero con Kiba...
Simplemente fue natural.
Su aroma salvaje, a bosque, a pino y moras silvestres, a libertad, tan extraño en un Beta, pero tan perfecto. Kankurō se había sentido hechizado por el chico la primera y última vez que lo tuvo entre sus brazos. Y aquello no había vuelto a ocurrir con nadie tras más de diez años. No es como si el Alfa quisiera sentirlo con alguien más, de todos modos, porque su animal había decidido que quería a aquel Beta respondón e impulsivo
Y la elección no desagradaba a Kankurō, Kiba era refrescante.
—¿Para...? —Kiba interrumpió su hilo de pensamientos, devolviéndolo a la tierra.
—Para algo que no me pueden obligar a hacer —finiquitó, encogiéndose de hombros y dando otro bocado a su comida.
Kiba solo parpadeó, riendo entre dientes y tragando más de su cerveza.
—Realmente deberías bajar el ritmo, a este paso me tocará llevarte a casa y no sé dónde está —El usuario de Ninken dejó la copa vacía con fuerza en la mesa, jadeando por aire y lamiendo sus labios manchados de cerveza.
Tal vez Kankurō se entretuvo de más con el movimiento de aquella lengua rosada, porque cuando volvió en sí Kiba se encogía de hombros.
—... lo hará, además, tengo buena resistencia al alcohol. Ahora dame esa cerveza —ordenó, señalando la bebida del Alfa. El can los miró de reojo antes de levantarse y salir del local —. Ya volverá.
No lo hizo.
Kankurō suspiró hora y media después, el local prácticamente vacío salvo por ellos dos y la camarera, que parecía no atreverse a echarlos.
—¡Ella no entendía que no quería sexo! —chilló Kiba, aquello llamó la atención de su animal, revolviéndose en sus adentros.
—¿No te gusta? —cuestionó, no es como si él mismo tuviera experiencia, pero tenía una excusa, Kiba, por otro lado...
—Uhg, no lo sé, mi cabeza... da vueltas.
Fue todo, Kankurō se apresuró a poner su mano sobre la mesa y la frente del Inuzuka chocó contra ésta para no volver a levantarse.
—La cuenta, por favor —pidió Kankurō, observando el alivio en los ojos de la camarera cuando le cobró su comida y todas las cervezas bebidas por Kiba.
El marionetista se levantó, pasando uno de los brazos del usuario de Ninken sobre sus hombros antes de levantarlo con facilidad.
"Pesa menos de lo que creía" pensó Kankurō, saliendo del local y deteniéndose en medio de la calle vacía, sin saber a dónde ir.
Kiba gruñó sujetándose el estómago.
—Ne, ne, Kan-ku-rō-kun, voy a vomitar~
°•.°•.°•.°•.
El Inuzuka escupió una última vez sin resultados antes de volver a su lado, notablemente pálido y todavía tambaleándose sobre sus pies.
—Te dije que no bebieras tanto —recriminó el más alto, sujetándolo cuando estuvo a punto de besar el suelo del parque desierto.
El Inuzuka dejó ir un quejido, frotándose las sienes e ignorando el contacto cálido en sus caderas.
—El mundo se mueve —gruñó el Jounin de Konoha, Kankurō suspiró antes de darse la vuelta y agacharse frente a él —. Uuuhh, ¿ni una cita primero? —rió, el proveniente de Suna bufó, desconocedor del sonrojo que atacaba las mejillas del menor.
—Solo súbete, acabaremos antes.
Kiba dudó, contrariado entre lo que quería y lo que debería hacer, pero su corazón no le dio la oportunidad de negarse, ansioso. Tragó saliva y se recostó sobre aquella espalda ancha y musculosa, sintiendo las manos hábiles sujetando sus muslos antes de que Kankurō se irguiera cuán alto era. Sus propias manos tardaron varios segundos en rodear el cuello del Alfa, inhalando su aroma seco y picante a cardamomo y jengibre, tan potente para su sensible nariz, pero tan... perfecto.
Kiba se relajó contra la espalda de Kankurō, presionando su mejilla con la contraria. A Kankurō se le secó la boca y su corazón se saltó un latido en su pecho, retomando su ritmo con más fuerza.
—Mi hogar...
Kankurō tragó duro antes de acomodar bien al Beta contra su espalda y empezar la marcha.
—¿Por dónde? —preguntó con voz suave, tanto que si Kiba no tuviera un oído extraordinario no lo habría escuchado.
—¿El qué? —murmuró contra la oreja del Alfa. Kankurō sofocó un rugido de su animal, atascado en su garganta.
"OMEGA"
El marionetista sacudió la cabeza y corrigió a su animal.
"No, es un Beta"
El animal rugió en desacuerdo en su mente, Kankurō lo ignoró.
—Tu casa, ¿por dónde? —Kiba pareció pensarlo un rato antes de inclinar su peso hacia la izquierda, haciendo tropezar a Kankurō —. Ten cuidado.
Los ojos negros brillaron observando el perfil frustrado del marionetista, nunca lo había visto tan de cerca y era...
Caliente y hermoso.
Todo en Kankurō gritaba masculinidad, desde su aroma desértico hasta sus dedos hábiles, su espalda ancha, sus manos grandes...
Kiba se perdió en sus pensamientos sobre el marionetista, tanto, que reaccionó tarde a lo que estaba ocurriendo. El Alfa detuvo su andar al sentir un cálido beso en su mejilla expuesta, captando un aroma que no había olvidado en años.
Bosque y libertad, dulce y refrescante.
Un gruñido brotó finalmente de los labios de Kankurō y Kiba se separó de su piel, sus ojos perdidos y temerosos cuando fue dejado en el suelo y el Alfa se alejó de él. El marionetista se pasó las manos por la cabeza, ansioso, ordenando a su animal que se controlara, diciéndole que Kiba era un Beta y que estaba borracho, que no los quería.
Estaba a punto de contener a la bestia, de convencerla, cuando la voz del dueño de sus pensamientos se abrió camino en la noche.
—Alfa.
Alfa, Kankurō era un Alfa, era fuerte, era bueno, podía darle lo que quisiera, podía hacerlo gritar, hacerlo gemir, solo tenía que pedirlo y-
—¡NO! —rugió, empujando a su animal al fondo de su mente.
—¡Alfa! —Kiba chilló, y Kankurō lo miró finalmente.
El Inuzuka tenía la cara pintada de rojo, su respiración era tan errática que Kankurō podía ver su pecho moverse a un ritmo irregular y tembloroso. Dio un paso hacia él, buscando ayudarlo de alguna manera, cuando una ráfaga del aroma que tanto adoraba lo empujó hacia atrás.
Su animal rugió, Kankurō intentó contenerlo.
Pero fue tarde.
Se lanzó sobre el Beta, tirándolo al suelo y llenando su cuello de besos y lametones, y Kiba le rodeó el cuello para tirar de él más cerca.
—Mío, mío —ronroneó, Kankurō jadeó, drogado con su aroma —. Mi Alfa.
El marionetista miró a los ojos oscuros cuando Kiba le sostuvo las mejillas, vio la luna llena y las estrellas reflejadas en ellos.
—Te amo —confesó el Inuzuka, sin duda en su voz, sin arrepentimiento.
Al fin y al cabo, era la verdad, siempre lo fue.
Kankurō inhaló su aroma una vez más, acariciando las mejillas marcadas.
—Años —susurró el Alfa, uniendo sus frentes —, llevo años amándote, Kiba.
El Beta sonrió, extasiado, y Kankurō apreció las arruguitas que se formaron en los costados de sus ojos.
—Por Kami-sama, no me creo que vaya a hacer esto, bendito alcohol —murmuró Kiba, pero Kankurō pudo escucharlo.
Inclinó la cabeza sin entender, cuando el aroma anterior volvió a golpearlo con una fuerza abismal, cortándole la respiración.
—Soy un Omega —Nada salió de la boca de Kankurō, completamente en blanco, y Kiba separó sus labios una vez más —, el tuyo.
La comprensión surcó de repente sus ojos cuando finalmente entendió las palabras.
"Soy un Omega, el tuyo"
Kankurō reposó su frente sobre el pecho de Kiba, derramando lágrimas en el abrigo que cubría su cuerpo, y sollozó, el alivio y la euforia recorriendo su pecho.
—¿Por qué lloras, Alfa?
Kankurō se sorbió la nariz, regalando una sonrisa suave al menor.
—Porque estoy muy feliz de estar vivo, más feliz que nunca.
Kiba sonrió, el sonrojo una vez más decorando sus mejillas, y tiró de la capucha del Alfa para acercarlo.
—Entonces está bien —susurró sobre sus labios, Kankurō se quedó sin aliento.
Kiba iba a besarlo.
Su animal gruñó una afirmación, ansioso, y sostuvo las mejillas del recién descubierto Omega, acariciando las marcas de colmillos. Kiba separó sus labios y Kankurō no aguantó más, juntando sus labios en un beso rudo y desesperado. El Omega gimió contra su boca, abrazando su cuello una vez más y moviendo sus labios al son de los suyos.
Kankurō jadeó sobre sus labios, capturando la mirada perdida del Inuzuka antes de volver a besarlo. Tenía sed de su sabor, quería beber tanto de él, saborear la libertad en su lengua, pero Kiba lo empujó por los hombros, jadeando y más sonrojado que antes.
—Al-Alfa, casa, va-vamos a casa —suplicó, verlo de aquella manera fue un chute de ego para su animal, quién se apresuró a levantarse y a hacer lo mismo con el Omega.
Kiba gritó cuando Kankurō sujetó la parte trasera de sus muslos, levantándolo del suelo como si no pesara nada. Sus piernas se enroscaron en torno a la cintura del mayor sin demora, haciendo presión y frotando su creciente erección contra el estómago del Alfa.
El usuario de Ninken jadeó, fijando sus ojos en los contrarios, una chispa de sorpresa cruzó sus ojos.
—Son... hermosos —murmuró Kiba, sujetándole las mejillas e inclinándose para besar sus párpados.
Kankurō sonrió en grande, juntando sus frentes, y Kiba capturó el momento exacto en el que las oscuras esmeraldas resplandecían intensamente.
—Siempre me han encantado tus ojos —confesó el Alfa —, tan negros como la noche en el desierto, como los ojos de una bestia.
El marionetista afianzó su agarre en los trabajados músculos e inclinó un poco la cabeza, el Omega lo entendió de inmediato, sonriendo antes de pasarle los brazos alrededor del cuello y comenzar un nuevo beso.
Kankurō hundió sus dedos en la piel tierna y disfrutó el roce de sus lenguas. Kiba se separó, riendo sobre su glándula, inhalando su aroma y acariciándole la nuca con cariño.
—Se me ha ido toda la borrachera de golpe —anunció el Inuzuka, Kankurō sofocó una risa contra la curva de su cuello, allí donde su aroma era más fuerte.
—¿Tu casa? —preguntó una vez más, Kiba lo miró a los ojos antes de regalarle una sonrisa traviesa.
°•.°•.°•.°•.
Abrió la puerta de una patada y Kiba mandó su capucha a volar con un gruñido, Kankurō no pudo hacer nada más que sonreír contra sus labios. El Omega apretó el agarre de sus piernas en la cintura del Alfa mientras inhalaba el aroma de su cuello con urgencia. Kankurō afianzó sus dedos en los trabajados muslos y empotró al Inuzuka contra la puerta, cerrándola de un portazo, Kiba se arqueó contra él para frotarle la erección en el estómago, gimoteando impaciente. Kankurō le amasó el trasero con fuerza y pronto sintió las garras del menor arañándole la espalda.
Un gruñido escapó de sus labios y caminó la distancia restante hasta la cama del Omega, quién rebotó y separó las piernas cuando lo dejó caer en la misma, tirando del Alfa para atraerlo una vez más a sus belfos.
—¿Alguna vez has-
—¡No! —Kiba rugió, buscando sus labios desesperadamente.
Kankurō sonrió apartándose y Kiba gimoteó al no encontrarse con sus labios, suplicándole con ojos de cachorro.
—Kankurōōōōōō —Se quejó, tirando de su kimono.
El mencionado negó, tirando del chaleco táctico que cubría al Omega, su abrigo se había perdido en algún lugar del salón, donde hallaron a Akamaru durmiendo en un sofá. El can no había movido un músculo al oírlos llegar.
Kankurō se deleitó al divisar la última prenda que cubría el torso de Kiba; una camiseta de rejilla que en esos momentos transparentaba dos oscuros pezones. Sus manos se movieron sin siquiera darles la orden, deslizándose bajo la prenda y frotando los sensibles montículos, el Jounin de Konoha arqueó la espalda con los ojos abiertos de par en par.
—¡Mierda, Alfa! —rugió Kiba, y Kankurō agradeció mentalmente que el Omega viviera solo en medio del bosque, no quería que nadie los interrumpiera en esos momentos.
Continuó jugando con los pezones, acostumbrado como estaba a hacer uso de sus dedos, no fue difícil para él descubrir lo que más encendía al Omega.
A su Omega.
Aquel pensamiento lo hizo gruñir complacido, repartiendo besos en el cuello del más bajo, Kiba gimoteó y se retorció cuando capturó uno de sus pezones entre sus labios, enviando un corrientazo de placer a través de su columna. Kankurō gruñó sonoramente cuando sus mechones castaños fueron apresados en un puño y Kiba tiró de ellos con un grito atascado en la garganta, su espalda arqueada mientras el orgasmo tensaba su cuerpo.
Kankurō se apartó y contempló cómo el pecho del Omega subía y bajaba con fuerza, se limpió la saliva restante en sus labios con el dorso de una mano y Kiba suspiró, los ojos nublados y las mejillas rojas mientras Kankurō deslizaba las mangas de su kimono hasta dejarlo colgar de su cintura. La expresión del Inuzuka cambió a pura sorpresa al descubrir que el aparente jersey de cuello alto que llevaba debajo era, en realidad, un crop-top que dejaba al descubierto su estómago. El Omega gimió ante la vista, acariciando los marcados abdominales cubiertos por piel blanca.
—Eres tan... pálido —murmuró, fascinado ante el contraste de sus pieles —, incluso a oscu-
Kankurō lo interrumpió con un nuevo beso y Kiba tironeó de los mechones castaños una vez más. El Alfa se separó de sus labios con un sonido húmedo y se deshizo de la prenda, Kiba se quedó mudo, sentándose en la cama.
El Alfa lucía dos colmillos rojos en medio del pecho, tenía el símbolo de su clan tatuado en la piel.
El Inuzuka acarició la pieza de tinta, sintiendo leves relieves en la piel y la firmeza bajo la misma. Kankurō le apresó la muñeca y presionó su palma con más fuerza contra su pecho, frotando círculos sobre su pulso, Kiba ronroneó.
—¿Te gusta? —inquirió el Alfa, esperaba una respuesta afirmativa, porque había soportado que lo pincharan con agujas durante horas.
—Definitivamente, sí —asintió, sin despegar su mirada del centro del pecho —. Siento... que me une a ti.
Kankurō gruñó antes de abalanzarse sobre él una vez más y Kiba carcajeó cuando fue empujado de vuelta a la cama, pero el marionetista se apartó. El Omega frunció el ceño cuando movió sus dedos muy cerca de su cara, con su muñeca todavía entre sus dedos.
Fue en ese preciso momento que visualizó la enorme luna en medio del cielo nocturno, misma que competía en cuanto a brillo con los ojos del Alfa.
Tan hipnotizado estaba ante la imagen que nada pudo hacer cuando su camiseta se rasgó en varios lugares, haciéndose trizas y exponiendo su torso. Los dedos expertos de Kankurō trazaron un camino por su abdomen trabajado y costillas, algo cosquilleó en su estómago al visualizar la mirada cálida en las brillantes esmeraldas.
El Alfa masajeó en círculos la parte baja de su espalda, robando varios ronroneos del Omega, y Kiba se encargó de rasgar el lazo que sostenía su kimono en venganza, lanzándolo junto al mismo a algún lugar de la habitación.
—Impaciente.
Kiba empujó su cara lejos, haciéndolo caer sentado en el colchón.
—No eres quien para hablar —declaró el Omega, señalando su camiseta destrozada.
Enganchó las costuras de los pantalones de Kankurō y pronto estos siguieron el mismo destino que su camiseta.
Kankurō rió entre dientes.
—A ver, ¿dónde ha quedado toda esa impaciencia? —Se jactó, disfrutando del sonrojo furioso en el rostro del menor.
Kiba parpadeó un par de veces, lo miró fijamente a los ojos y señalando su entrepierna con cara de póker dijo:
—¿Dónde has dejado la ropa interior?
Kankurō se encogió de hombros, restándole importancia.
—Donde vivo hace calor —informó, con un tono obvio que hizo a Kiba poner los ojos en blanco. Trató de empujar al Omega de vuelta a la cama, sin embargo, el usuario de Ninken tenía otros planes.
Kankurō enarcó ambas cejas cuando su cabeza descansó sobre el colchón, observando los movimientos nerviosos del menor mientras cruzaba los brazos tras su cabeza, listo para disfrutar del espectáculo. Kiba sujetó su polla con una mano temblorosa, acariciándola de arriba a abajo de forma experimental y Kankurō se estremeció, aguantando las ganas de correrse con su simple toque.
Por Kami-sama, había fantaseado con aquello durante demasiado tiempo.
Kiba envolvió el prominente nudo en la base de la polla del Alfa, añadiendo su otra mano cuando con una no le bastó para envolver toda su longitud. Líquido preseminal empezó a escurrir cuando Kiba se inclinó y besó la punta de su polla, Kankurō se mordió los labios para ahogar un gemido, pero el Inuzuka lo vio, deteniéndose y sentándose en su estómago.
—Déjame oírte —pidió, rozándole los labios al hablar.
Kankurō gruñó y posó sus manos sobre el trasero del Omega, el único aviso antes de que Kiba terminara desnudo fue el sonido de tela rasgándose.
—¡Mi ropa! —El Omega chilló, recogiendo los restos de lo que había sido su pantalón favorito junto a su ropa interior —Ahorré el dinero de tres semanas haciendo misiones para comprar este pantalón —Se lamentó.
Pero poco duraron sus quejas, en un segundo fue devuelto al colchón y Kankurō lamía los restos de semen de su orgasmo anterior, dejando su polla limpia. Kiba jadeó cuando el Alfa le lamió el glande, mordisqueando un poco con sus colmillos.
Kankurō le lamió la longitud, humedeciendo sus dedos con el lubricante que brotaba de su entrada antes de trazar el borde con su índice, a lo que Kiba gimió ansioso, meneando su trasero de lado a lado. El Alfa empujó su dedo hacia dentro en el mismo momento que hundía la erección del Omega en su boca, robando un nuevo gemido de Kiba. El Inuzuka se encogió sobre sí mismo y presionó su cabeza más cerca, llegando a la garganta del Alfa, Kankurō lo escuchó gruñir por lo bajo cuando metió un segundo dedo.
—¿Duele mucho?
La respuesta de Kiba fue desplomarse jadeante sobre las sábanas, Kankurō le dejó un beso en la ingle y retiró los dígitos para darle un descanso. El Alfa observó sus dedos húmedos unos instantes antes de llevárselos a la boca.
—¡Kankurō! —chilló el Omega, su cara del mismo tono rojo que las marcas en sus mejillas, el marionetista lamió los últimos rastros de lubricante.
—¿Qué? Me encantan las cosas dulces —Se burló, relamiéndose los labios.
Kiba gruñó cuando lo sintió hundiendo sus dedos de nuevo y separándolos para imitar a unas tijeras, Kankurō observó cómo se le encogían los dedos de los pies y sonrió maléficamente.
Fue cuestión de segundos que la cara de Kiba se hundiera en la almohada y empezara a sacudirse entre risas mientras Kankurō le hacía cosquillas con sus hilos de chakra en las plantas de los pies. Y entre risa y risa Kiba jadeó sin aire cuando los dedos de Kankurō rozaron un punto sensible en su interior.
El Jounin de la arena se detuvo al escucharlo, palpando el pequeño manojo de nervios antes de presionarlo una vez más y que Kiba hundiera su cara en la almohada para ahogar un grito de placer. Los muslos del Omega temblaron cuando elevó su trasero en el aire, tratando de seguir los dedos cuando estos se retiraron.
Kankurō observó hipnotizado cómo la pequeña entrada de Kiba se cerraba alrededor de nada, buscando sus dedos. El Alfa no aguantó mucho antes de hundir su rostro entre ambas mejillas.
Kiba chilló de sorpresa, clavando sus garras en el colchón, y Kankurō usó su lengua para lamer una larga línea desde el perineo hasta la entrada mojada del Omega, escuchándolo gemir. Saboreó las moras en su lengua y se relamió, su mirada nublada de placer.
Kiba apretó las sábanas en sus puños, todo su cuerpo vibrando de excitación.
Kankurō besó ambas mejillas y el Inuzuka envió una mirada de advertencia sobre su hombro, encontrándose con la mirada divertida del Alfa.
—Tienes diez segundos —advirtió, Kankurō enarcó una ceja —. Diez.
Negó y usó sus hilos de chakra una vez más para atraer su bolsa, escuchó a Kiba diciendo "nueve" y luego "ocho" mientras hurgaba en ella hasta hallar su objetivo. Lanzó la bolsa de vuelta al suelo cuando la cuenta iba por cinco. Kankurō se posicionó detrás del Omega y abrió el paquete plateado con cuidado para deslizar el látex a lo largo de su erección.
—Uno —gruñó Kiba, Kankurō se inclinó sobre su espalda, alineando la punta de su polla contra la pequeña entrada, misma que se contrajo ante el contacto. Kiba enmudeció.
—Cero —susurró contra su oído, recibiendo un escalofrío en respuesta —. Voy a hacerte el amor —juró, afianzando su agarre en la definida cintura.
Kankurō empujó con sus caderas hasta que la cabeza de su polla desapareció en la estrecha entrada y Kiba jadeó, tenso. El Alfa apretó los dientes ante la estrechez, lo había preparado, pero parecía no haber sido suficiente...
Captó por el rabillo del ojo como Kiba clavaba las garras en la almohada y repartió besos por su espalda y hombros, divisando pequeños y lindos lunares, casi imperceptibles, que lo tentaron a unir los puntos para formar constelaciones.
—Al-fa —Kiba jadeó, sin aire.
—Respira —El Alfa susurró, inhalando el aroma dulzón que desprendía su cabello. Kiba emitió un sonido ahogado que lo hizo fruncir el ceño con preocupación —. Respira conmigo, mi amor.
Kiba luchaba por llevar aire a sus pulmones cuando el aroma seco y picante del Alfa taladró su nariz, enviando un mensaje directo a su cerebro, y el animal dentro del Omega rugió, no necesitando palabras, porque el animal dentro de Kankurō pareció escucharlo. El marionetista plantó un beso tras su oreja antes de erguirse nuevamente tras él y retirarse por completo para arremeter de nuevo, lento pero sin pausa, abriéndolo con cada embestida, hasta que su polla se hundió en el apretado canal y se detuvo.
—Estás tan apretado —El Alfa gruñó, mordisqueando el lóbulo de su oreja, Kiba no respondió, muy concentrado en respirar. Kankurō lo llenaba tanto que sus pulmones parecían incapaces de realizar su única tarea, pero...
Aquella sensación era nueva, estar lleno y que se sintiera así, cálido y al límite. Kiba no estaba seguro de si aquello era lo que se sentía al hacer el amor, pero si no lo era... le daba igual, le fascinaba la sensación burbujeante en su estómago, las manos del Alfa en su cintura y el calor de Kankurō contra su espalda.
El marionetista esperó pacientemente a que Kiba se acostumbrara a la invasión, masajeando la cintura en la que había dejado la marca de sus dedos. El Omega respiró mecánicamente durante varios minutos, hasta que buscó la mano del Alfa, Kankurō se apresuró a sujetarla y darle un suave apretón.
—Muévete, Alfa.
Sus caderas no vacilaron al iniciar un ritmo lento, robando jadeos entrecortados de los labios del Omega. Kankurō aumentó el ritmo cuando Kiba empezó a molerse contra él, incitándolo a ir más allá.
Y lo hizo.
Tiró de las caderas del Omega hasta tenerlo sobre sus manos y rodillas, embistiendo cada vez con más ímpetu hasta que lo escuchó gemir con fuerza. Kankurō presionó el punto débil en sus adentros una vez más lamiéndole el hombro, siseó cuando Kiba lo apretó, dejando escapar un gemido ronco de su garganta.
El marionetista gruñó y Kiba empezó a gemir su nombre, a llamarlo Alfa, a hacer rodar su aroma a su alrededor.
Kankurō no aguantó más.
Su animal tomó el control, empujando a Kiba hasta que su cara se hundió nuevamente en la almohada, amortiguando sus gritos de placer mientras las crecidas garras se clavaban en el colchón. Kankurō le hizo separar más las piernas, empujando en su interior con tanta fuerza que sus pelotas chocaban con las del Omega, y Kiba empezaba a ver puntitos negros en su visión cuanto más golpeaba el marionetista aquel punto en sus adentros.
—¡ALFA! —El Inuzuka rugió, Kankurō estaba presionando su próstata, sin embestir, simplemente restregando la punta de su polla en el lugar más receptivo para cualquier Omega masculino —¡Joder!
Kankurō le mordisqueó la glándula, tirando de sus caderas para pegarlo más a su cuerpo pese a estar literalmente lo más cerca que podían estar.
—Te voy a anudar —gruñó, y para Kiba sonó como una promesa, su animal lo hizo gemir con anhelo.
Por que sí, Kiba jodidamente quería ser anudado por este Alfa fuerte y hermoso. Quería sentirlo presionando sus terminaciones nerviosas, que le clavara las garras en la piel, que lo sometiera con sus colmillos, que se corriera en-
—Mierda —murmuró, respirando entrecortadamente cuando Kankurō continuó más allá de su próstata, forzando su nudo contra su entrada. Un escalofrío sacudió su columna vertebral cuando el Alfa logró presionar su cérvix, sus ojos se pusieron en blanco a causa del placer.
Kankurō embistió entonces, cada golpe yendo directo a la entrada de su útero, presionando la abertura casi como si quisiera traspasarla y anudar en ella. Por suerte, aquello era físicamente imposible, aunque su esmero empezaba a preocupar a Kiba.
—¿Puedo morderte? —Kiba escuchó, entre los choques de piel y los gemidos de placer, aquella simple pregunta. Una pregunta que nunca imaginó oír, pero que hizo florecer algo cálido muy cerca de su corazón.
El Omega buscó sobre su hombro la mirada del Alfa, captando sus ojos brillantes y el sonrojo que cubría su piel. Sus ojos se encontraron y Kankurō se detuvo, inclinándose hasta rozarle los labios.
—¿Me dejas ser tu Alfa? —susurró, y Kiba no pudo hacer más que derretirse, sus ojos llenos de amor.
—Lo has sido siempre.
Kankurō unió sus labios en un nuevo beso al escuchar su sentencia, entrelazando sus lenguas mientras retomaba el ritmo anterior. Kiba gimió rompiendo el beso cuando los embistes se volvieron bruscos y desordenados, logró tomar la mano del Alfa justo antes de que se clavara en lo más profundo de su cuerpo, Kiba explotó en el orgasmo más potente de toda su vida.
—¡ALFA! —gritó, sus ojos derramando lágrimas cuando Kankurō logró forzar su nudo dentro de él, estirando tanto su entrada cuando empezó a crecer en su interior que pensó que se rompería en dos.
—Mío, mi Omega —gruñó Kankurō, lamiendo su hombro mientras continuaba moliéndose contra su trasero, la base de su miembro aún hinchándose.
—¡Muérdeme! —Kiba lloriqueó, y Kankurō empezó a lamer su glándula, saboreando sus feromonas revolucionadas —¡Alfa!
Kankurō rugió embistiéndolo una última vez y, justo cuando iba a clavarle los colmillos en la carne, el Omega advirtió algo cálido recorrerlo por dentro. No tuvo tiempo de pensar qué era aquello cuando su piel y músculos fueron desgarrados por afilados incisivos, solo logró sentir su corazón latiendo desbocado, al compás de otro igual de veloz, cuando la sangre salpicó sus sábanas.
El Alfa lo retuvo contra el colchón cuando empezó a molerse contra él de nuevo, en estado de euforia, Kiba ronroneó, gimoteando, y Kankurō sintió las vibraciones atravesándole la lengua antes de dejarlo libre. Lamió cuidadosamente la herida con la forma de su dentadura, tragando la sangre y viendo cómo al cabo de los minutos la hemorragia se detenía.
—Te amo —jadeó, abrazado a la cintura del Omega —, me vuelves loco —confesó, restregando su mejilla contra la del Inuzuka.
Kiba recibió la caricia con la satisfacción plasmada en su rostro, besando la mejilla del Alfa.
—Te amo —juró, capturando las manos del Alfa para cruzarlas sobre su pecho en un abrazo, Kankurō rió, restregándose contra su cuello —. Pero me debes un par de pantalones, y una camiseta.
Kankurō observó fijamente la cama, haciéndolos rodar hasta que estuvieron tumbados sobre sus costados.
—Ya, y un colchón, y un juego de sábanas... eres muy fogoso —Kiba enrojeció tanto que sintió sus orejas ardiendo —. Y me encanta.
El Omega tomó la almohada que había mordido y la estampó en la cara del Alfa.
°•.°•.°•.°•.
—Está embarazado —anunció la rubia, observándolos expectante.
Kiba empalideció, escuchando a su animal ronroneando y chillando por su Alfa en sus adentros. Pero Kankurō estaba paralizado en su asiento, con la mirada perdida.
Ahora sabían a qué se debían los mareos y el agotamiento tan impropios en él.
—Yo... no, no puede ser, utilizamos condón —recordó, la imagen de Kankurō desnudo aún nítida en su mente.
—¿Revisasteis que no se hubiera roto? —Kiba puso cara de no entender y Tsunade suspiró —El condón, ¿lo revisasteis?
Intentó hacer memoria, recordar aquello, pero nada llegó a su mente. El silencio fue suficiente respuesta.
—Bien, pues ya sabemos cómo ha pasado, decidme, ¿qué pensáis hacer?
No lo sabía.
—En nuestra defensa, éramos un par de vírgenes —Kankurō dijo, saliendo finalmente de su estupor.
Kiba hundió la cara entre sus manos, sus orejas ardiendo mientras su animal celebraba por lo alto en sus adentros.
—Alfa —llamó, Kankurō se arrodilló en el suelo a su lado, tomándole las manos con preocupación.
—¿Qué pasa, mi amor?¿Te sientes mal, te duele algo, te-
—Cállate.
°•.°•.°•.°•.
Nueve meses después Kankurō y Kiba daban la bienvenida a sus mellizos, Kaori y Kenta.
Kankurō lloró como un bebé al cogerlos en brazos y Kiba se rió de él, acababa de dar a luz, pero nunca dejaría de reírse de su Alfa, amaba hacerlo.
—Supongo que ahora el consejo dejará de molestarte —Kiba pensó en alto, acunando a Kaori mientras Akamaru olisqueaba al pequeño Kenta en su cuna.
Kankurō lo miró de reojo, sonriendo.
—Sobre eso... dejaron de hacerlo hace unos meses —dijo, Kiba frunció el ceño, confuso —. Gaara está esperando un cachorro.
La verdad escribir este One-shot ha sido más bien un impulso tras leer un Fanfic en AO3, el cual espero poder traducir algún día porque es una maravilla. A quien le interese, se llama "Take it" de hpotps y tiene una segunda parte que se llama "Short skirt, high standars".
Muchas gracias a todxs por leer ^^
💚Yaoimee🖤
17/08/2026








