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Summary

Sergio "Checo" Perez, debuto a la edad de 18 años en la Formula 1, de mano de la escuderia Red Bull Racing, y a su vez conoce a su coequipero Max Emilian Verstappen. Entre miradas discretas y alguna que otra palabra, Sergio termina cediendo a los coqueteos de su compañero.

Genre
Drama
Author
maxthv98
Status
Complete
Chapters
8
Rating
n/a
Age Rating
18+

EL COMIENZO DEL FIN

(Leer escuchando "Bad Reviews" de Sabrina Carpenter)

El paddock de Albert Park, en Australia, vibraba con la energía eléctrica del inicio de temporada. Para Sergio Pérez, un joven de apenas 18 años con la mirada encendida por la ambición y los nervios, el azul marino de su uniforme de Red Bull Racing todavía se sentía como una armadura que le quedaba un poco grande.

Caminaba por el pasillo de los motorhomes siguiendo a Christian Horner. El director del equipo hablaba sobre telemetría y expectativas, pero Sergio apenas escuchaba. Su mente estaba en el rugido del motor V8 que lo esperaba en el garaje.

—Sergio, antes de ir a los Libres 1, quiero que conozcas a tu compañero Max Verstappen —dijo Horner, deteniéndose frente a la puerta de la unidad privada de Max.

Antes de que Christian pudiera tocar, un grito ahogado y el sonido de un objeto golpeando el suelo filtraron desde el interior. La puerta se abrió de golpe y una mujer de belleza fría, Kelly Piquet, salió con el rostro encendido de rabia, pasando junto a ellos sin mirar atrás.

Dentro, Max Verstappen, de 20 años pero con la veteranía de tres temporadas en su lenguaje corporal, bufaba mientras se ajustaba la gorra.

—¿Problemas en el paraíso, Max? —intervino Horner con un tono paternal pero firme— Te presento a Sergio, sera tu compañero este año.

Max levantó la vista. Sus ojos azules, intensos y analíticos, recorrieron a Sergio de pies a cabeza. No había compañerismo en esa mirada, sino una curiosidad depredadora.

—El niño prodigio de México, un nuevo diamante en bruto —dijo Max, con una sonrisa de lado que no llegaba a sus ojos— Espero que seas más rápido de lo que pareces, Sergio. Aquí no venimos a hacer amigos, venimos a ganar.

Sergio apretó la mandíbula, sosteniéndole la mirada.

—No busco amigos, Max. Busco el podio.

Max soltó una carcajada seca, acercándose un paso más de lo necesario, invadiendo el espacio personal del menor.

—Me gusta eso, ya veremos si mantienes esa chispa cuando sientas mi alerón trasero alejarse de ti.

El domingo llegó con un sol abrasador. Sergio estaba sentado en su monoplazas. Al frente, en la segunda posición, estaba Max. Él salía sexto, una posición envidiable para un debutante.

"Lights out and away we go!"

La arrancada fue un caos de fibra de carbono y olor a goma quemada. Sergio soltó el embrague con una precisión quirúrgica, ganando una posición antes de la curva 1. Durante 40 vueltas, el mexicano manejó como si ya fuera un veterano.

Su gestión de neumáticos fue artística; mientras los demás entraban a boxes con las gomas deshechas, él mantenía un ritmo constante, casi hipnótico.

En la ultima vuelta, se encontró detrás de Max. El equipo no dio órdenes. Sergio intentó el adelantamiento por el exterior en la curva 3, una maniobra suicida, algo tipico en los rookies. Max cerró el hueco agresivamente, obligando a Sergio a morder el piano y perder posiciones

—¡Es un animal! ¡¿Que le pasa?! —gritó Sergio por la radio.

—Cálmate Checo —respondió su ingeniero.

Al cruzar la meta, Sergio finalizó cuarto; un debut histórico para un rookie. Max había ganado la carrera.

●●●●●

Esa noche, en la fiesta posterior a la carrera en un exclusivo lounge de Melbourne, la adrenalina todavía corría por las venas de Sergio. Estaba apartado en la terraza, mirando las luces de la ciudad, cuando sintió el calor de alguien a su espalda.

—Deberías estar celebrando, Schatje —susurró Max al oído de Sergio. Su voz ya no era la del piloto agresivo, sino una suave, aterciopelada.

Sergio se tensó.

—Casi me sacas de pista, pude haber chocado.

Max dejó su copa en la barandilla y se colocó frente a él, bloqueando la salida. Sus manos bajaron a los hombros de Sergio, apretándolos con una falsa ternura que el menor confundió con afecto real.

—Lo hice porque sé de lo que eres capaz —mintió Max, fijando sus ojos en los de Sergio— Te vi por el retrovisor y me asusté. No porque fueras a ganarme, sino porque nunca había visto a nadie manejar con tanta pasión.

Sergio bajó la guardia. Nunca nadie le había hablado así.

—Solo quiero ser el mejor, Max.

—Y lo serás —Max se inclinó, su aliento rozando la mejilla del mexicano— Pero el paddock es un lugar solitario y cruel. Todos van a querer usarte, yo soy el único que puede entenderte de verdad. Déjame cuidarte, Sergio, déjame ser el que te guíe en este caos.

Max tomó la mano de Sergio, trazando círculos con el pulgar sobre sus nudillos.

—Eres como una estrella que acaba de nacer, tan brillante que duele mirarte. No permitas que Red Bull o Christian te apaguen. Quédate conmigo, bajo mi protección, y te prometo que el mundo entero estará a tus pies.

Sergio, hechizado por las palabras dulces y la atención del "León" de la parrilla, no vio el brillo de posesión en los ojos de Max. No vio que para Max, él no era un compañero, sino un trofeo que quería conquistar y encerrar.

—¿Lo dices en serio? —preguntó Sergio con voz pequeña.

—Nunca he hablado más en serio en mi vida —dijo Max, sonriendo mientras planeaba su próxima jugada—. Eres especial, Sergio.

Sergio cedió, permitiendo que Max lo envolviera en un abrazo que se sentía como un refugio, sin saber que acababa de entrar en una jaula de oro que le haría perder esa inocente luz que lo caracterizaba.

●●●●●

Dos meses en el calendario de la Fórmula 1 son una eternidad de hoteles de lujo, vuelos privados y la adrenalina constante de los circuitos europeos.

Para Sergio, esos días fueron el descenso lento y dulce a una profundidad de la que no quería salir.

Max se había convertido en un maestro de la dualidad. En el garaje, frente a los mecánicos era un piloto implacable; pero en la penumbra de los hoteles era otro.

Era la noche previa a iniciar las practicas libres del Gran Premio de Mónaco. El puerto de Montecarlo brillaba con las luces de los yates, y el aire olía a salitre y perfume caro. Sergio estaba en la suite de Max, viendo cómo el neerlandés analizaba datos de telemetría en su laptop.

Max cerró la computadora de golpe y se acercó a Sergio, que descansaba en el balcón. Sin decir nada, lo rodeó por la cintura hundiendo el rostro en el cuello del mexicano.

—No puedo concentrarme en las curvas si solo pienso en ti —susurró Max, su voz cargada de una vulnerabilidad que Sergio juraba que era real.

Sergio se giró, acariciando el rostro de Max. Estaba perdidamente enamorado.

Max le había regalado flores en secreto, le enviaba mensajes de aliento antes de cada clasificación y le había hecho creer que él era la única persona en quien confiaba.

—Max, yo también... solo pienso en ti —admitió Sergio, con la ingenuidad brillando en sus ojos.

Max tomó las manos de Sergio y se arrodilló frente a él, mirándolo directamente a los ojos. Su mirada era azul, profunda y, para Sergio, llena de una honestidad absoluta.

—Sergio, no quiero que seas solo mi compañero, no quiero que seas solo alguien con quien paso el tiempo entre carreras. Quiero que seas mío, quiero que seas mi novio, mi pecas.

El corazón de Sergio dio un vuelco. Era lo que había estado esperando escuchar desde Australia, porque si, Sergio se enamoro a primera vista de Max.

Una sonrisa radiante iluminó su rostro y estuvo a punto de decir que sí a gritos, pero Max le puso un dedo sobre los labios, su expresión volviéndose repentinamente seria, casi sombría.

—Pero hay algo que debes entender, mi pecas —dijo Max, bajando el tono— Este mundo de la Fórmula 1 es una serpiente. Si Christian se entera, o si la prensa lo sospecha intentarán separarnos. Dirán que eres una distracción para mí, o que yo te distraigo a ti. Red Bull no tolera las relaciones internas; nos verían como un riesgo para el.

Sergio asintió lentamente, sintiendo un nudo de preocupación.

—Entonces... ¿qué hacemos?

Max le tomó la barbilla con suavidad, obligándolo a mirarlo. Sus palabras eran como seda toxica y peligrosa, envolviendo a Sergio en una red de dependencia emocional.

—Tenemos que mantenerlo en secreto. Nadie puede saberlo. Será nuestro pequeño mundo privado, una burbuja donde nadie pueda tocarnos, es la única forma de proteger lo que tenemos, Sergio. Si me amas, entenderás que el silencio es nuestro mejor aliado. No quiero que te destruyan por mi culpa.

Sergio procesó las palabras. En su mente, Max se estaba sacrificando, intentando proteger su carrera y su corazón del escrutinio público. No alcanzó a ver que Max lo que realmente buscaba era el aislamiento. Si nadie sabía que estaban juntos, nadie podría advertirle a Sergio sobre la verdadera naturaleza de Max.

—Lo que sea por nosotros, Max —respondió Sergio con devoción— Sera nuestro secreto.

Max sonrió, una sonrisa triunfal que Sergio confundió con alivio. Lo atrajo hacia sí para un beso que selló el pacto.

—Ese es mi chico —murmuró Max contra sus labios— A partir de ahora, solo existimos nosotros dos. El resto del mundo es solo ruido.

Sergio se sintió especial, el elegido del "León". No sabía que ese secreto sería la herramienta que Max usaría para empezar a cortarle las alas, asegurándose de que Sergio no tuviera a nadie más a quien recurrir cuando la máscara de dulzura finalmente se cayera.

La burbuja de amor y secreto que Max había construido alrededor de Sergio comenzó a transformarse en algo mucho más denso y asfixiante. Lo que al principio Sergio interpretaba como "protección" o "miedo a perderlo", pronto reveló su verdadera cara: una posesividad absoluta que no admitía competencia, ni siquiera por parte del propio equipo.

●●●●●

La posesividad de Max empezó con los pequeños detalles del paddock. Durante las reuniones de ingeniería, si Sergio se sentaba demasiado cerca de su ingeniero de pista o si reía por un chiste de alguno de los mecánicos, Max lo observaba con una fijeza gélida.

—¿De qué te reías tanto con ese ingeniero de cuarta? —le preguntó Max una tarde, mientras estaban encerrados en el motorhome de Max, el único lugar donde "podían ser ellos mismos".

—Solo un chiste sobre el subviraje del coche, Max. —respondió Sergio, tratando de quitarse los guantes.

Max lo tomó del brazo, no con fuerza suficiente para lastimarlo, pero sí para detenerlo en seco.

—No me gusta que les des esa confianza. Eres mi novio, Sergio, no necesitas buscar la aprobación de nadie más que la mía. Esa sonrisa... guárdala para cuando estemos solos. No quiero que esos tipos piensen que tienen derecho a tu tiempo.

El punto de quiebre ocurrió en Barcelona. Sergio tuvo una sesión de clasificación magistral, logrando posicionarse en la primera fila, justo al lado de Max. Al bajar del coche, Carlos Sainz, el piloto de Ferrari, se acercó a Sergio para darle una palmada en la espalda y felicitarlo por su vuelta.

Sergio le devolvió el gesto con una sonrisa genuina.

Esa noche, en la habitación del hotel, Max no lo recibió con el beso habitual. Estaba de pie junto a la ventana, emanando una furia silenciosa.

—Max, ¿estás bien? —preguntó Sergio, acercándose con cautela.

—¿Te divertiste hoy con él? —escupió Max, girándose. Sus ojos azules estaban oscurecidos— Vi cómo lo mirabas, vi como dejaste que te tocara.

—¡Solo fue una felicitación, Max! Es un colega... — Max no lo dejo terminar.

—¡Es un buitre! —gritó Max, acortando la distancia y arrinconando a Sergio contra la puerta— Todos aquí son buitres. Te ven así, tan joven, tan ingenuo, y creen que pueden tenerte. No entiendes que el único que realmente te valora soy yo, los demás solo quieren distraerte para que bajes el rendimiento, es parte de su estrategia.

Max puso ambas manos a los lados de la cabeza de Sergio, atrapándolo. Su tono cambió de nuevo a esa dulzura manipuladora que tanto confundía al menor.

—Me duele aquí, Sergio —dijo, señalando su corazón— Ver que le das a extraños lo que es solo mío, tu eres mio. Yo te hice un lugar en este equipo, no me traiciones así de nuevo. Prométeme que no volverás a hablar con él sin que yo esté presente.

Sergio, con el corazón encogido por la culpa que Max le inyectaba, asintió sumisamente.

—Lo prometo, Max. Perdón. No quería ponerte triste.

La posesividad se extendió al mundo digital. Max empezó a revisar el teléfono de Sergio bajo la excusa de "seguridad" y para "evitar filtraciones".

—Borra esta foto con tus amigos de México —le ordenó una noche— Además, ¿para qué quieres hablar con ellos?, ellos no entienden lo que vives aquí. Solo yo hablo tu idioma ahora.

Poco a poco, Sergio dejó de llamar a su familia con frecuencia. Dejó de salir a cenar con otros pilotos. Su mundo se redujo a la pista y a los brazos de Max.

Sergio creía que estaba viviendo un romance épico y sacrificado, sin darse cuenta de que Max estaba cortando cada hilo que lo unía a la realidad, dejándolo flotar solo en un espacio donde Max era su único oxígeno.

●●●●●

La llegada de Carlos Sainz al círculo cercano de Sergio fue como una ráfaga de aire fresco en una habitación que Max había vuelto irrespirable.

Carlos, con su calidez española y su actitud relajada, comenzó a notar que el joven mexicano siempre estaba a la sombra de Verstappen, con una mirada que oscilaba entre la devoción y el agotamiento.

Sergio estaba esperando su transporte para regresar al hotel, cuando Carlos se acercó para hablar sobre la degradación de los neumáticos. A diferencia de Max, Carlos trataba a Sergio como un igual, como un amigo.

—Oye Checo, nos vamos a cenar esta noche unos cuantos pilotos. Deberías venir, te hace falta salir de esa cueva de Red Bull —le dijo Carlos con una sonrisa sincera.

Sergio dudó. La regla de Max era clara: aislamiento total. Pero la calidez de Carlos lo hizo sentir, por un momento, que no era un secreto que esconder, sino un chico de 18 años con derecho a tener amigos.

—Yo... lo intentaré, Carlos, gracias —respondió Sergio.

Lo que Sergio no sabía era que Max lo observaba desde la ventana del hospital de la FIA. Sus nudillos estaban blancos de tanto apretar el marco de la ventana. Para Max, ver a Sergio reír con Carlos no era "socializar", era una traición.

Esa noche, antes de que Sergio pudiera siquiera considerar ir a la cena, Max lo arrastró a su habitación, cerrando la puerta con un estruendo que hizo eco en el pasillo.

—¿Qué crees que estás haciendo? Te vi hablando con Sainz —la voz de Max era un susurro peligroso, mucho más aterradora que un grito.

—Max, solo hablaba con Carlos... él me invitó a cenar...

—¡No vas a ir a ninguna parte! —Max golpeó la pared — ¿Crees que no sé lo que busca Sainz? Quiere sacarte información, quiere debilitar nuestra unión, o peor... quiere quitarme lo que es mío.

—¡No soy un objeto, Max! —se atrevió a decir Sergio en suplica —. Carlos es amable, me hace sentir... normal.

Esa palabra fue el detonante. Max se acercó a él, rodeándolo, atrapándolo contra la pared con una intensidad que rozaba la locura. La idea de perder el control sobre Sergio lo estaba desquiciando.

—¿Normal? —Max soltó una risa amarga— No eres normal, Sergio, eres el novio de Max Verstappen. Carlos es un mediocre que solo quiere brillar con tu luz. Si te vas con él, si me dejas solo, me estarás traicionando. ¿Eso es lo que quieres? ¿Destruir todo lo que hemos construido por una estúpida cena?

Max vio que Sergio estaba a punto de llorar, y entonces cambió de táctica. Pasó de la furia a una falsa vulnerabilidad en un segundo. Se hundió en el pecho de Sergio, rodeándolo con fuerza, casi asfixiándolo.

—No me dejes, Sergio por favor. La gente como Carlos solo quiere usarte, yo soy el único que te necesita de verdad. Si te alejas de mí, me perderé; eres mi ancla, prométeme que no volverás a hablar con él... prométeme que le dirás que no.

Sergio, sintiéndose responsable de la estabilidad emocional de Max, asintió con el rostro empapado en lágrimas.

—Se lo diré, Max. No me iré. Perdóname.

Ambos se fundieron en un apasionado beso.

Las señales ahi estaban, pero como dicen el amor te ciega.


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