Capítulo 1
La obsesión puede ser una trampa de doble filo, pero ¿qué sucede cuando todo ocurre de una manera desbordante, sin contenerse?
Jimin movía las caderas con movimientos lentos, de forma sensual y allí estaba, frente a él, su mayor amor eterno. El hombre que podría matarlo de un disparo justo en el corazón y, al mismo tiempo, hacerlo vivir para siempre
El lujoso salón del hotel respiraba lujo y silencio, entre cortinas de seda y luces tenues que apenas se atrevían a iluminar los rincones. Allí, entre sombras y secretos guardados desde hacía un año, se tejía una trama prohibida que nadie debía conocer
Park Jimin, brillante estudiante de medicina forense, era novio de Jeon Jin-kook, el hijo mayor de la familia... y al mismo tiempo, desde hacía doce meses, era el amante de su propio suegro. Jugaban a ser futuro yerno y padre, a respetar las apariencias frente al mundo, mientras a puerta cerrada se consumían en un juego peligroso donde las reglas las ponía solo el deseo
Jeon Jungkook, hombre temido, mafioso de poder absoluto ante quien temblaban ciudades y fortunas, sentía que por dentro se consumía en llamas cada vez que veía a su hijo junto a Jimin. Cada sonrisa que el muchacho le dedicaba a Jin-kook era fuego que recorría su piel, quemándolo por completo, porque en su mente, en su sangre y en cada latido, sabía que Jimin era suyo
Y solo suyo
Lo miraba ahora, avanzando hacia él con esa cadencia lenta y sensual, mientras su hijo permanecía en otra parte del hotel, ajeno a que la persona que más amaba estaba cayendo rendida a los pies de su propio padre
Jungkook lo observaba todo con ojos oscuros, cargados de una obsesión que lo consumía, quería descargar su arma sobre él, poseerlo hasta hacerlo suyo por completo, borrar cualquier rastro de cualquier otro, incluso de su propia sangre. Nada le importaba, ni su imperio, ni su apellido, ni el honor
En su mundo de crimen y sangre, solo existía Jimin
Jimin llegó hasta él, posó su pierna entre las suyas y comenzó a acariciarlo despacio, sintiendo cómo aquel hombre impasible, dueño de la vida y la muerte, se estremecía bajo su tacto
—No juegues con fuego, pequeño... —murmuró Jungkook, soltando el humo del habano, dejándolo con calma en el cenicero mientras lo sujetaba con fuerza— Sabes que puedo quemarme... y arrastrarte conmigo
Tomó su pierna con manos que podían acabar con una vida en un segundo, y recorrió su piel con la lengua, subiendo despacio, saboreando cada centímetro, marcando territorio, como si quisiera grabar su nombre en la carne de Jimin para siempre
—Eres mío... —repitió Jimin, sintiendo los dientes de él hundiéndose suavemente en su piel, dejando una marca visible, una señal de posesión— Desde el primer día. Jin-kook no lo sabe... y nunca lo sabrá
—Que no se entere... —susurró Jungkook al oído, con voz ronca y cargada de amenaza y deseo— Porque si él supiera lo que eres capaz de hacer conmigo... y lo que yo soy capaz de hacer por ti... lo mataría antes de que abriera la boca. Eres mi secreto, mi pecado y mi posesión, nadie, nadie en este mundo criminal ni en el otro, te va a tocar
Jungkook lo atrajo contra sí mismo, sintiendo su calor, su respiración, todo aquello que lo mantenía vivo y al borde del abismo. Descansó su frente contra la de Jimin, mirándolo con ojos que ocultaban imperios enteros y una devoción oscura y feroz
—Cerca... quédate siempre cerca de mí. Que yo descargo mi arma sobre quien se atreva a separarnos. Mi hijo tiene tu nombre... pero tú, pequeño mío... tienes mi sangre. Y eso pesa más que todo el oro de este mundo
Jimin se separó apenas, sin soltarlo, y se puso de pie lentamente frente a él. No apartó la mirada ni un instante; empezó a moverse al compás de un ritmo que solo ellos parecían escuchar, deslizando sus caderas en giros lentos, cargados de promesas y pecado
Se mecía suavemente, rozándolo a veces con la tela de su ropa, como si quisiera envolverlo todo en su calor, sabiendo que cada movimiento era una cuerda más atando al hombre más peligroso de la ciudad a su voluntad
Jungkook no se movió del sillón
Lo miraba con ojos oscuros, devorándolo con la mirada, con esa obsesión que lo consumía entero, como si Jimin fuera lo único que existía en el mundo. Sus palabras salían graves, bajas, llenas de una posesión feroz que hacía temblar el aire
—Mírate... moviéndote así solo para mí —murmuró, sin dejar de seguir cada vaivén de sus caderas— Eres mío. Cada curva, cada respiración, cada latido de tu corazón... me pertenece
Jungkook estaba tan loco como Jimin para estar en estas, cerca de donde dormía Jin-kook
—Nadie más puede verte así, nadie más puede tocarte, si alguien osara mirarte como yo te miro... le arrancaría los ojos. Tú no eres de nadie más, eres mío, solo mío, hasta que te consuma entero
—Soy tuyo... solo tuyo —respondió Jimin, acercándose más, su voz un susurro cargado de entrega— Tómame... como quieras. Soy todo para ti
Al escuchar esa afirmación, Jungkook se levantó de un movimiento brusco, lo tomó por la cintura con fuerza y lo besó. Fue un beso desbordante, apasionado, desesperado y feroz a la vez, como si quisiera fundirse en él, reclamarlo con fuego y sangre
Jimin suspiró contra sus labios, correspondiéndolo con la misma intensidad, sintiendo cómo le gustaba esa posesión, esa manera de tomarlo como si fuera su única propiedad en el mundo
Y justo en medio de ese beso, cuando todo parecía solo deseo y calor, Jungkook se detuvo de golpe, sus ojos endureciéndose al instante. Soltó a Jimin con cuidado, levantó su arma que descansaba sobre la mesa y sin previo aviso, sin perder ni un segundo de calma, se giró hacia la sombra de la puerta y disparó
El estruendo llenó la habitación. Un hombre cayó al suelo, retorciéndose, era el informante, enviado por su propio hijo, Jin-kook
—¿Crees que no lo sabía? —dijo Jungkook con voz gélida, sin alterarse, guardando el arma de nuevo— Mi hijo te mandó a seguirme... para averiguar si tenía a alguien... para ir con esa mujer, su madre, y contárselo todo
Se volvió hacia Jimin, limpiándole suavemente un rastro de humedad del labio, mientras a sus pies yacía el cuerpo
—Que vaya, que esa estúpida de mi esposa venga a preguntar, a gritar, a suponer —susurró, volviendo a abrazarlo con esa furia posesiva— Que sepa que nada de lo que diga importa, que entienda que mi vida, mi lecho, mi sangre... son para ti. Que mi hijo se atreva a mandar espías sobre lo que es mío... y que aprenda que quien toca lo que me pertenece, paga con la vida
Jimin lo miró, sin miedo, con los ojos brillantes
—Y yo... ¿sigo siendo tuyo? —preguntó bajito
—Mío ... y yo tuyo —respondió Jungkook besándole la frente, ignorando el cadáver, el secreto, la traición que se avecinaba— Que se desmorone todo el imperio, que mi esposa y mi hijo se enteren. Al final... sólo existimos tú, yo... y todo lo que yo soy capaz de destruir por ti









muy buena esta perfecta para mis gustos