Un vuelo perdido
Amélie:
Nunca había imaginado que mi primer día en Italia comenzaría con una carrera por un aeropuerto. Mucho menos que terminaría discutiendo con un desconocido.
—Por favor, dígame que todavía puedo abordar —dije, intentando recuperar el aire.
La mujer detrás del mostrador miró la pantalla y después a mí.
—El vuelo ya cerró —respondió con calma, mientras señalaba la pantalla.
Perfecto. Lo que me faltaba suspiré y cerré mis ojos calma Amélie calma.
Después de horas de viaje, dos conexiones y una maleta que parecía pesar el doble de lo normal, había conseguido perder el último vuelo. Me quedé mirando la pantalla de vuelos como si pudiera cambiarla con la mente.
No podía.
—¿Y ahora qué hago? —pregunté, más para mí misma que para la mujer.
Ella comenzó a explicarme que tendría que esperar hasta el día siguiente para tomar otro vuelo. Me dio algunas indicaciones y, aunque intenté prestar atención, mi cabeza estaba demasiado cansada. Saqué el teléfono para llamar al hotel.
Sin batería.
Suspiré.
—Claro —murmuré con frustración entre dientes—. Porque obviamente.
—¿Problemas? —preguntó una voz a mi lado.
Giré la cabeza.
Un chico estaba sentado en una de las bancas cercanas. Tenía unos audífonos alrededor del cuello y una expresión que no parecía cambiar demasiado. No parecía preocupado por nada.
—No —respondí, guardando el teléfono—. Todo está perfecto.—mientras el sujeto me seguía observando
Él levantó ligeramente una ceja.
—Pareces estar teniendo bastantes problemas —comentó con un tono tranquilo.
Lo miré.
—Gracias por la observación —respondí con una sonrisa falsa.
Por primera vez, una pequeña sonrisa apareció en su rostro.
No parecía una sonrisa amable.
Más bien parecía que se estaba burlando.
—De nada —contestó con indiferencia.
Volví a mirar mi teléfono.
—¿Sabes dónde puedo cargarlo? —pregunté.
—Hay enchufes junto a las ventanas —respondió, señalando hacia el otro lado del aeropuerto.
—Ya los vi. Están ocupados —dije, señalándolos con la cabeza.
—Entonces tendrás que esperar —contestó simplemente.
Lo miré nuevamente.
—Gracias. Tu ayuda ha sido increíble —respondí con sarcasmo.
Él soltó una pequeña risa.
—No suelo ayudar a desconocidos —dijo mientras volvía a acomodarse en el asiento.
—Ya me di cuenta —murmuré, girando los ojos
Tomé mi maleta y me alejé. No tenía ninguna intención de seguir hablando con él. Quien se creía para hacer esas bromas parecía arrogante.
Encontré un asiento cerca de una ventana y me senté. Afuera, las luces de la pista se reflejaban sobre el vidrio.
Italia.
Había esperado tanto tiempo para estar allí.
Y ahora estaba atrapada en un aeropuerto con un teléfono muerto, una maleta enorme y ninguna idea de dónde iba a dormir esa noche.
Saqué de mi bolso el papel donde había escrito la dirección del hotel.
Lo miré.
Hotel Bellavento.
Pequeño pueblo costero.
Trabajo temporal.
Unos meses lejos de casa.
Una oportunidad para empezar de nuevo.
Eso era lo que necesitaba.
O al menos eso me había repetido durante todo el viaje.
—¿Vas a Bellavento? —preguntó una voz conocida. Levanté la mirada.
Era él otra vez.
—¿Cómo sabes eso? —pregunté, frunciendo ligeramente el ceño.
Señaló el papel que todavía tenía en la mano.
Lo bajé inmediatamente.
—No estaba mirando —respondió con tranquilidad.
—Claro —contesté, entrecerrando los ojos.
—¿Qué? —preguntó, levantando una ceja.
—Nada.—Se puso de pie y tomó su mochila.
—Yo voy hacia allí —dijo con naturalidad.
Me quedé mirándolo.
—¿Al pueblo? —pregunté, sorprendida.
—Sí —respondió mientras se colocaba la mochila sobre un hombro.
—¿Conoces el hotel? —pregunté con esperanza
Hizo una pausa antes de contestar.
—Sí.
—¿Podrías decirme cómo llegar? —pregunté, intentando ocultar un poco mi preocupación.
Me miró durante unos segundos.
—¿No tienes a nadie esperándote? —preguntó.
Negué con la cabeza rápidamente.
—Se supone que alguien del hotel iba a recogerme, pero perdí el vuelo —expliqué.
—Entonces mañana —respondió simplemente.
—Eso parece —murmuré, bajando la mirada hacia mi papel.
Él miró mi maleta.
—Es demasiado grande —comentó.
Fruncí el ceño.
—Gracias —respondí con sarcasmo.
—No era un cumplido —contestó con una pequeña sonrisa de arrogancia como me molestaba que hicieran eso.
—Ya sé.
Otra pequeña sonrisa apareció en su rostro. Esta vez casi imperceptible.
Después se puso los audífonos.
—Si quieres llegar a Bellavento esta noche, hay un tren dentro de cuarenta minutos —dijo, mirando la hora en su teléfono.
Me quedé quieta.
—¿Y cómo sabes eso? —pregunté.
—Porque tomo ese tren —respondió con tono tranquilo.
—¿Y podrías decirme dónde está? —pregunté.
Señaló el pasillo.
—Sígueme —dijo con un tono frío.
—No me querrás secuestrar verdad?—dije en un tono de burla a lo que él me respondió
—Si te quisiera secuestrar tuviera algún tipo de enredo para ti — dijo en un tono serio mientras comenzaba a caminar
No sé por qué lo dije o porque lo seguí. Tal vez porque estaba cansada. Tal vez porque no tenía otra opción. O quizá porque, a pesar de su manera horrible de hablar, algo en él me hacía pensar que sabía exactamente lo que estaba haciendo.
Caminamos por el aeropuerto en silencio.
Yo intentaba mantener el ritmo mientras arrastraba mi maleta.
Él iba varios pasos delante de mí.
Hasta que escuchó el ruido de las ruedas atascándose.
Se detuvo.
Miró hacia atrás.
—Dame eso —dijo, extendiendo la mano.
—Puedo sola —respondí rápidamente.
—Ya veo —contestó con una pequeña sonrisa burlona.
—Puedes parar de sonreír tanto—dije con molestia a lo que él respondió
—¿Te molesta mi sonrisa o que sea contigo? —preguntó con una sonrisa apenas visible.
—¿Qué se supone que significa eso? —pregunté.
—Nada —respondió mientras tomaba la maleta—. Solo caminemos.
—No necesitaba ayuda —murmuré.
—No dije que la necesitaras —contestó sin mirarme.
—Entonces, ¿por qué...? —pregunté, pero me interrumpí.
—Porque vamos a perder el tren si seguimos a este paso —explicó con tono seco.
Antes de que pudiera responder, tomó la maleta.
No dije nada.
Seguimos caminando.
Y, por alguna razón, ese pequeño gesto me confundió más que todos sus comentarios anteriores. Porque durante unos segundos, el chico frío y arrogante del aeropuerto no parecía tan frío.
Pero quizá solo estaba imaginándolo.
Cuando llegamos a la estación, me devolvió la maleta.
—Es este —dijo, señalando el tren que acababa de llegar.
Miré hacia las puertas.
—Gracias —respondí suavemente.
Él asintió.
—De nada —contestó.
Pensé que se iría.
Pero no.
Subió al mismo vagón. Me quedé mirándolo.
—Te quedarás observándome de te caerá la baba-dijo en tono burlón.
Voltee mis ojos y me sonrió con su risita arrogante.
—¿También vas en este? —pregunté, sorprendida.
—Eso parece —respondió con indiferencia.
Suspiré y entré.
Busqué un asiento alejado de él.
No tuve suerte.
Cinco minutos después, estaba sentado frente a mí.
Abrí la ventana ligeramente y miré las luces de la ciudad alejarse. Por primera vez desde que había llegado, sentí algo parecido a tranquilidad.
Hasta que él habló.
—¿Por qué Bellavento? —preguntó.
Lo miré.
—Por qué tantas preguntas? —respondí, levantando ligeramente una ceja.
—Solo era una pregunta —contestó, encogiéndose de hombros.
—Voy a trabajar —respondí después de unos segundos.
—¿En el hotel? —preguntó.
—Sí.
Su expresión cambió apenas.
Fue tan rápido que pensé que lo había imaginado.
—¿Qué? —pregunté.
—Nada —respondió demasiado rápido.
—Me miraste raro —dije, observándolo con atención.
—No —contestó mientras volvía la mirada hacia la ventana.
—Sí —insistí.
—Estás cansada —dijo con tono tranquilo mientras su cuerpo y sus brazos se tensaban
Me crucé de brazos.
—Quizá —respondí.
Él volvió a mirar por la ventana.
—Bellavento no es como las ciudades turísticas —comentó.
—Eso espero —respondí.
—Es pequeño —añadió.
—Me gusta.
—La gente habla demasiado —dijo.
—Eso no me gusta —respondí inmediatamente.
Por primera vez, sonrió de verdad.
Fue una sonrisa pequeña.
Pero esta vez no parecía burlarse de mí.
—Entonces probablemente te arrepentirás —dijo con una expresión divertida.
Lo miré durante unos segundos.
—¿Cómo te llamas? —pregunté.
Silencio.
Pensé que no respondería.
—Luca —respondió fríamente .
—Yo soy...
—Ya sé —interrumpió.
Fruncí el ceño.
—¿Cómo sabes mi nombre? —pregunté.
Señaló mi maleta había una etiqueta con mi nombre que tonta como no me había dado cuenta antes
Sentí vergüenza.
—Ah —murmuré, bajando la mirada.
Él volvió a mirar por la ventana.
—Buenas noches —dijo en un tono serio
—Todavía no es de noche —respondí, mirando hacia afuera.
—Lo será cuando lleguemos —contestó con tranquilidad.
Me quedé callada.
Definitivamente era raro.
Y arrogante.
Y demasiado serio.
Pero también había algo en él que no lograba entender. No sabía que volvería a verlo al día siguiente. No sabía que aquel encuentro aparentemente insignificante iba a cambiar por completo mi estancia en Italia. Y definitivamente no sabía que el hombre que acababa de conocer en un aeropuerto terminaría siendo la persona que más secretos guardaría de mí.
Incluido uno que llevaba décadas enterrado en el Hotel Bellavento.








