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El sol de la tarde se colaba entre las nubes dispersas mientras el gran camión de mudanza rugía suavemente frente a la casa de un exclusivo vecindario.
Las cajas se apilaban en la acera como un laberinto de cartón marrón, y los trabajadores iban y venían con la eficiencia de hormigas organizadas.
Neptuno observaba el espectáculo desde la puerta principal, con una sonrisa radiante que iluminaba todo su rostro. Su cabello azul rey, tan vibrante que parecía sacado de un océano en tormenta, se movía con cada pequeño salto que daba de emoción.
Sus ojos, del mismo tono profundo que su cabello, brillaban con la ilusión de quien está comenzando una nueva etapa.
—¡Un poquito más a la izquierda! —. Indicó Neptuno a uno de los trabajadores que cargaba su sofá de tres plazas. ---¡No, espera! Mejor a la derecha. ¡Sí, así! Bueno... quizá mejor al centro ---.
El trabajador, un hombre robusto de bigote tupido, lo miró con una mezcla de paciencia y resignación.
—Señor, llevamos veinte minutos con el sofá. ¿Podemos dejarlo en algún sitio definitivo? ---.
—Tienes razón, tienes razón —. Admitio el azulado rascándose la nuca. ---Déjalo junto a la ventana del comedor. Me gusta la luz natural.
El trabajador asintió y continuó su labor mientras Neptuno revisaba una lista mental de todo lo que faltaba por acomodar.
Su nueva casa era espaciosa, de dos plantas, con un pequeño jardín delantero que necesitaba cariño y una cocina enorme que había sido el principal motivo por el que había elegido esta propiedad.
Bueno, esa y la tranquilidad del vecindario.
—¿Quiere un vaso de agua? —. ofreció Neptuno a otro trabajador que pasaba con una lámpara. ---O un refresco. Tengo refrescos. También tengo galletas, creo... en alguna caja ---.
—Estamos bien, gracias —.respondió el hombre con una sonrisa cortés. ---Solo nos falta la última carga del camión y quedará todo dentro ---.
—¡Perfecto! Son geniales. Cuando terminen, les daré una propina ---.
Neptuno era así: generoso, efusivo, incapaz de pasar desapercibido en cualquier lugar.
Era de esas personas que hacen amigos en la fila del supermercado, que le caen bien a los cajeros automáticos (metafóricamente hablando) y que pueden alegrarle el día a un completo extraño solo con su presencia.
Su personalidad extrovertida era como un imán para los demás, y aunque a veces parecía demasiado intenso para algunos, la mayoría terminaba rindiéndose ante su encanto natural.
Cuando el último trabajador se marchó, no sin antes recibir un apretón de manos y un billete extra de parte de Neptuno, la casa quedó sumida en un silencio casi sepulcral.
Las cajas estaban apiladas en las habitaciones correspondientes (más o menos), los muebles estaban en su sitio (aproximadamente), y Neptuno se encontraba solo por primera vez desde que había llegado esa mañana.
—Bueno —murmuró para sí mismo, apoyando las manos en las caderas. ---Es hora de deshacer cajas. O de procrastinar. Creo que voy a procrastinar un poquito.
Se sirvió un vaso de agua en la cocina (felizmente sus utensilios básicos estaban en una caja bien marcada) y se apoyó contra la encimera, observando el espacio que ahora era su hogar.
La luz de la tarde entraba por las ventanas, proyectando sombras alargadas en el suelo de madera.
Era una de esas tardes tranquilas que invitaban a la reflexión, aunque Neptuno no era muy dado a reflexionar profundamente.
Prefería vivir el momento, sentir la emoción del ahora, y ahora mismo la emoción era que tenía una casa nueva y que iba a pasar la noche entre cajas sin desempacar.
—Buenísimo —dijo con una sonrisa—. Es como acampar, pero dentro.
Se dispuso a buscar dónde había guardado su cargador de teléfono cuando algo lo detuvo.
Un cosquilleo en la nuca.
Esa sensación incómoda de que alguien lo estaba mirando.
Neptuno se quedó quieto, el vaso de agua aún en la mano, y agudizó sus sentidos.
Definitivamente, había ojos posados sobre él.
No era paranoico.
De hecho, Neptuno era de esas personas que confían en el mundo, que caminan por la vida con la certeza de que los desconocidos solo son amigos que aún no ha conocido.
Pero esa mirada era insistente.
Casi tangible.
Con la agilidad que le caracterizaba—había sido el mejor de su clase en juegos de reflejos, aunque nunca había necesitado ese talento para algo realmente útil—, Neptuno giró la cabeza hacia la ventana de la cocina.
Y allí estaba.
En la ventana de la casa de al lado, asomándose entre las cortinas de un suave color celeste, había un chico.
Su cabello era de un tono celeste tan pálido que parecía desvaído, como el cielo al amanecer, un pastel suave que contrastaba con la calidez de la tarde.
No pudo ver bien sus ojos desde esa distancia, pero en el breve instante en que sus miradas se encontraron, algo en la expresión de ese chico lo dejó desconcertado.
El desconocido se quedó pétreo un segundo, como un animal atrapado en los faros de un coche.
Luego, un sonrojo intenso subió por sus mejillas, tiñéndolas de un rosa que incluso a esa distancia Neptuno pudo distinguir.
Y entonces, con un movimiento casi cómico de lo rápido que fue, el chico se escondió detrás de la cortina.
No solo eso: desapareció. Literalmente, debió haber saltado hacia atrás o haberse tirado al suelo, porque ya no se veía ni un rastro de él.
Neptuno se quedó mirando la ventana vacía, con el vaso de agua aún en la mano y una ceja levantada.
—Qué... —murmuró, y luego soltó una risa corta—. ¿Me estaba espiando o qué? ---.
No parecía un espía profesional, eso desde luego.
Un espía de verdad no se sonrojaría tan intensamente, no se quedaría congelado como un venado ante los faros, y definitivamente no se escondería como si hubiera visto un fantasma.
Aquel chico parecía más bien alguien que había sido sorprendido haciendo algo que no debía, aunque lo único que hacía era mirar por su propia ventana.
Neptuno dejó el vaso en la encimera y se acercó a la ventana de su cocina, asomándose con curiosidad.
Desde allí podía ver la casa vecina: una construcción similar a la suya, pero con un jardín mucho más cuidado.
—Oye —dijo Neptuno en voz alta, aunque sabía que probablemente no lo escucharían—. ¡No pasa nada por mirar! Soy nuevo aquí, entiendo la curiosidad ---.
...
Nadie respondió.
—Me llamo Neptuno, por cierto —añadió, como si eso fuera a hacer que el chico volviera a aparecer.
Más silencio.
Neptuno se encogió de hombros y se apartó de la ventana.
Quizá el chico solo era tímido.
O quizá se había sentido avergonzado por haber sido descubierto.
Aunque la verdad, lo que más le había llamado la atención no era que lo estuvieran mirando —total, él mismo se habría asomado a ver al nuevo vecino si la situación fuera al revés—, sino la forma en que había reaccionado.
Ese sonrojo instantáneo, esa huida casi dramática.
Era... raro.
Y de alguna manera, divertido.
Durante el resto de la tarde, mientras desempacaba algunas cajas en la sala de estar, Neptuno no pudo evitar echar un vistazo ocasional hacia la ventana de la cocina, que daba directamente a la casa del chico de pelo celeste.
Las cortinas seguían cerradas.
No hubo más movimientos.
—Será que me imaginé algo —se dijo mientras colocaba sus libros en una estantería
Pero en el fondo sabía que no se lo había imaginado.
Había visto al chico tan claramente como veía sus propias manos.
Y esa expresión en su rostro... no era miedo exactamente.
Era más bien sorpresa.
Como si no hubiera planeado ser visto.
Como si hubiera estado observando a escondidas y lo hubieran pillado con las manos en la masa.
Neptuno rió para sí mismo mientras sacaba un peluche de un pulpo de una de las cajas —sí, tenía 23 años y dormía con un pulpo de peluche, ¿y qué?—. No le molestaba haber sido observado.
Al contrario, le parecía entrañable.
Había algo en ese chico que despertaba su curiosidad.
Algo en la forma en que se había sonrojado, en la manera tonta en que había intentado esconderse, que le hacía querer saber más.
—A lo mejor solo es tímido —pensó en voz alta, abrazando a su pulpo—. O a lo mejor es un acosador. Pero los acosadores no se sonrojan, ¿no? Creo que no ---.
Colocó el pulpo en la mesita de noche y decidió que lo mejor sería no darle más vueltas.
Al fin y al cabo, era su primer día en el vecindario.
Tenía tiempo de sobra para conocer a los vecinos, incluido el misterioso chico de la ventana.
Quizá mañana, cuando estuviera más instalado, podría pasar a saludar formalmente.
Cuando el sol comenzó a esconderse tras los tejados, pintando el cielo de naranjas y violetas, Neptuno decidió que había trabajado suficiente por un día.
Apagó la luz de la sala y se quedó mirando el techo, escuchando los sonidos de su nueva casa.
El viento golpeando suavemente las ventanas.
Neptuno cerró los ojos con una sonrisa en los labios.
Mañana sería un nuevo día.
Esa certeza lo acompañó hasta el sueño.








