Chapter 1
Jimin tarareaba una melodía distraída mientras terminaba de resolver una compleja ecuación de álgebra. El grafito de su lápiz golpeaba rítmicamente el papel, marcando el paso de los minutos. Sonah, su mejor amiga, debería haber llegado hace media hora para estudiar juntos, pero la puntualidad nunca había sido su fuerte. Sin embargo, ese día la tardanza se sentía diferente, más pesada.
Unos instantes después, la silueta de la chica apareció a lo lejos. Se acercó a la banca con pasos torpes y se dejó caer frente a él en silencio. Jimin levantó la vista, listo para lanzarle un comentario sarcástico, pero las palabras se le quedaron atoradas en la garganta al verle el rostro.
—Hasta que por fin apareces —murmuró él, aunque su tono perdió fuerza al notar la palidez de su piel—. Creí que te habías perdido de camino a la escuela.
Al ver que ella no respondía y mantenía la mirada fija en sus manos temblorosas, Jimin frunció el ceño.
—Jimin… Dios, no sé cómo decirte esto —susurró ella, con la voz quebrada.
—¿Qué pasó? —intentó bromear para aligerar la tensión—. No me digas que por fin terminaste con el idiota de tu novio, porque eso sería una noticia estupenda para celebrar.
Jimin no soportaba al chico; siempre había sentido que Sonah merecía algo mucho mejor que un tipo que no sabía cuidarla. Pero su sonrisa desapareció cuando ella levantó la vista con los ojos inundados en lágrimas.
—Jimin, ojalá fuera solo eso. Esto es… es mucho más grave.
El corazón de Jimin dio un vuelco. Soltó el lápiz y tomó las manos frías de su amiga entre las suyas.
—Amiga, me estás asustando de verdad. Dime qué pasa —rogó.
—Jimin… no vas a creerlo, pero… creo que estoy encinta.
El mundo pareció detenerse. Jimin parpadeó, procesando las palabras mientras el ruido del patio de la escuela se desvanecía en un zumbido sordo.
—¿De qué hablas? Sonah, deja las bromas, por favor —pidió él con un hilo de voz. Pero el llanto desesperado de la chica fue la única confirmación que necesitó. El dolor en su pecho fue inmediato—. ¡Te dije que éramos muy jóvenes! Dios, tenemos dieciséis años, Sonah… ¿Cómo se te ocurrió acostarte con él?
—Sé que metí la pata —sollozó ella, ocultando el rostro entre las manos—. No sé qué hacer, Jimin. Ayúdame, por favor.
—¿Él lo sabe? —preguntó Jimin, tratando de recuperar la compostura.
—Me dijo que debemos deshacernos de él… que no podemos tenerlo. Pero Jimin, no quiero hacerlo. No puedo.
—¿Cómo que no quieres? —Jimin sintió pánico—. Sabes que tus padres te matarán si se enteran, especialmente tu madre.
—Lo sé, pero aceptaré cualquier castigo con tal de no perder al bebé —sentenció ella con una determinación que lo dejó mudo.
—Mi madre me prohibirá volver a verte si esto sale a la luz —murmuró Jimin, sintiendo ya el peso de la separación.
—Lo sé. Lo siento tanto, Jimin.
El presentimiento de aquella tarde se cumplió con una crueldad inesperada. El escándalo estalló y las familias actuaron con la frialdad de quienes protegen su estatus. A Sonah la enviaron a un internado estricto, lejos de las miradas juiciosas del pueblo. A Jimin, sus padres lo enviaron al extranjero, arrancándolo de su entorno y enviándolo a Estados Unidos bajo la promesa de un futuro "limpio".
Pasaron veinte años.
Jimin ya no era el adolescente asustado con libros de álgebra. Ahora era un hombre que caminaba con seguridad, un diseñador de moda de renombre que había transformado su soledad en arte. Sin embargo, al cruzar el umbral de su nuevo apartamento en Seúl, la soledad seguía ahí, esperándolo entre las paredes modernas y minimalistas. La ciudad brillaba a través del ventanal, hermosa y vibrante, pero él se sentía como un extraño en su propia tierra.
Su marca, Muse, era su vida entera. Planeaba abrir su primera sucursal en Corea, un proyecto que exigía toda su atención, pero su mente no dejaba de viajar hacia el pasado. Sus padres apenas le habían dado noticias de Sonah en dos décadas: solo sabía que el niño había nacido y que ella, contra todo pronóstico, había logrado terminar sus estudios.
A la mañana siguiente, el aire de Corea se sentía fresco y nostálgico. Preparó un desayuno ligero, se ajustó el abrigo y condujo hacia el vecindario privado donde vivían sus padres. Al llegar a la mansión, el lujo le pareció excesivo, casi asfixiante para solo dos personas.
Cinco pomeranias de diferentes colores lo recibieron con ladridos agudos en el jardín. Su madre, siempre apasionada por sus mascotas, lo esperaba dentro. Al entrar, encontró la estampa de una calma artificial: su padre entregado a la lectura y su madre tejiendo con parsimonia.
—Hijo mío, creí que no volverías —exclamó ella dramáticamente al verlo.
—Ustedes me mandaron al otro lado del mundo, madre —respondió él con una sonrisa amarga—. Era de esperarse que tardara en volver.
—No hablemos de cosas tristes —interrumpió su padre, cerrando el libro—. ¿Qué planes tienes ahora?
—Voy a abrir una sucursal de Muse aquí. La marca está en su mejor momento y quiero establecer raíces en el lugar donde nací.
—Me parece maravilloso —asintió su madre—. Quizás ahora que estás aquí finalmente sientes cabeza, te cases y nos des un nieto.
Jimin suspiró, dejando la taza de té sobre la mesa.
—Gracias, pero estoy enfocado en mi carrera. No es una prioridad.
—Jimin, tienes treinta y seis años —insistió ella, bajando el tejido—. Tu edad fértil no durará siempre. Sabes que para los donceles las cosas se complican con el tiempo.
Él decidió cambiar de tema antes de que la conversación se volviera más incómoda.
—Mamá… ¿qué saben de los Min? ¿De los padres de Sonah? Me gustaría visitarlos.
El ambiente se enfrió de golpe. Su madre soltó un suspiro pesado.
—La señora murió hace unos años. Sonah se quedó viviendo en la mansión con su hijo.
Jimin sintió un vuelco en el corazón.
—Así que… ¿al final sí se quedó con él? —Su madre asintió con un gesto de desaprobación.
—Fue un escándalo que todavía algunos recuerdan. Sus padres la mantuvieron encerrada hasta que nació el niño. Ella terminó graduándose mucho después, pero se volvió… extraña. Casi no sale, no habla con nadie. Y a ese hijo suyo nadie lo conoce; dicen que lo tiene prácticamente oculto del mundo.
Aquellas palabras fueron como un resorte para Jimin. La imagen de su amiga, sola y señalada en aquella enorme casa, fue demasiado. Se levantó bruscamente, tomando sus llaves.
—Volveré en un rato —anunció, caminando hacia la salida con el corazón acelerado por una urgencia que no sentía desde los dieciséis años.








