Prólogo
Francia, 1244
El frío en la abadía no provenía de las ojivas de piedra del alto techo, sino del cuerpo inerte sobre el altar de madera. Felix no gritó. Su dolor no se expresaba con palabras, sino con silencio y una mirada vacía.
Hacía apenas cinco lunas, antes de que el trigo fuera segado, que se habían jurado amor eterno bajo el santo rito de la iglesia frente a ese mismo altar, y ahora, el destino —o quizás un dios caprichoso— le arrebataba a su joven esposa. Sus dedos pálidos acariciaban por última vez las manos gélidas de ella, que aún mantenían un ligero olor a mirra. Y mientras admiraba la belleza apacible de ese joven rostro, una sombra se desprendió de los tapices. No era la muerte que había venido por él, tampoco era un segador de almas que venía a escoltar a su esposa hacia el otro mundo, sino algo más antiguo y hambriento que estaba fuera del alcance de su comprensión.
—¿Quieres volver a verla? — le susurró la oscuridad.
Felix, en su desesperación ciega y con su corazón muriendo poco a poco no preguntó el precio y en ese momento no era relevante, lo único importante era poder tenerla de vuelta. El beso en su cuello fue un incendio de hielo.
Pero cuando despertó, ella era ceniza y él no era más que un eco en el tiempo. Un eco que se repetía sin fin, que se congeló y se negó a extinguirse a pesar de su incapacidad de moverse. Pero el que sí se movía era el tiempo y mientras él se empolvaba en un desván, el mundo cambió y el sol, que antes bendecía sus días, se convirtió en su verdugo.









MI DULCE BEBÉ VIENDO LA LUZ ❤️