Prólogo
Un bosque oscuro.
Unos ojos dorados.
Y una voz masculina que susurra mi nombre entre los árboles.
No sabía dónde estaba ni cómo había llegado allí.
Solo sabía que tenía frío.
Abrí los ojos lentamente. La oscuridad me rodeaba por completo, apenas interrumpida por unos débiles rayos de luz que se filtraban entre las ramas. Estaba descalza y llevaba puesto mi pijama, como si hubiera salido de mi casa mientras dormía.
Me abracé a mí misma, intentando encontrar un poco de calor.
El silencio era extraño.
No se escuchaban pájaros. No había viento. Ni siquiera el sonido de los insectos.
Era como si el bosque estuviera conteniendo la respiración.
Miré a mi alrededor.
—¿Dónde estoy…?
Mi voz se perdió entre los árboles.
Por un instante pensé que estaba soñando.
O quizá había perdido la razón.
Entonces lo escuché.
Un susurro.
Lejano.
Casi imperceptible.
—Sígueme…
Me quedé inmóvil.
Miré hacia ambos lados, intentando descubrir de dónde provenía aquella voz.
Nada.
Solo árboles.
Solo sombras.
Y aquella extraña sensación de que alguien me observaba.
Comencé a caminar.
No sabía por qué lo hacía. Algo dentro de mí me decía que debía seguir adelante, aunque cada paso hacía que mi corazón latiera con más fuerza.
Las ramas rozaban mis brazos mientras avanzaba. Algunas parecían inclinarse sobre mí, formando un camino natural entre los árboles.
Hasta que, entre la oscuridad, vi algo.
Una pequeña construcción.
Me detuve.
No podía ser.
Sentí que el aire abandonaba mis pulmones.
Era una casita de juegos.
La misma casita que mi padre había construido para mí cuando era pequeña.
La recordaba perfectamente.
Las pequeñas ventanas. La madera envejecida. Incluso la diminuta puerta que tantas veces había abierto durante mi infancia.
Pero aquello no tenía sentido.
Mi padre la había construido hacía años.
Y yo estaba segura de que ya no existía.
Me acerqué lentamente.
La casita parecía intacta.
Demasiado intacta.
—Es tan linda… —susurré.
Una extraña calidez recorrió mi pecho.
Por primera vez desde que desperté allí, dejé de sentir miedo.
Aquel lugar me resultaba familiar.
Seguro.
Como si una parte de mí recordara algo que mi mente había olvidado.
Me quedé contemplándola durante unos segundos.
Entonces escuché nuevamente aquella voz.
Esta vez mucho más cerca.
—Ya estás aquí.
Me giré de golpe.
No había nadie.
—¿Quién está ahí?
Silencio.
Sentí un escalofrío recorrerme.
—Por fin estás aquí
La voz estaba detrás de mí.
Contuve la respiración.
Giré lentamente la cabeza.
Entre los árboles había una figura.
Un chico.
Llevaba una túnica blanca que contrastaba con la oscuridad del bosque. Estaba apoyado contra uno de los árboles y parecía observarme desde las sombras.
No podía distinguir su rostro.
Pero había algo que sí podía ver.
Sus ojos.
Dorados.
Brillaban en la oscuridad de una manera que no parecía humana.
Retrocedí un paso.
Él no se movió.
Entonces noté algo en su mano derecha.
Un arco.
Y varias flechas.
Mi cuerpo se tensó.
El desconocido pareció darse cuenta de que las había visto, porque rápidamente escondió las flechas detrás de su espalda.
—¿Quién eres? —pregunté.
No respondió.
Solo me observó.
Sentí que aquellos ojos podían ver mucho más de mí de lo que yo misma comprendía.
—¿Me conoces?
El silencio se prolongó.
Finalmente, dio un paso hacia mí.
La luz de la luna iluminó parcialmente su rostro.
Por un instante pude distinguir sus facciones.
Pero antes de que pudiera verlo con claridad, volvió a retroceder hacia las sombras.
—Te he estado esperando durante mucho tiempo, Elina.
Mi corazón se detuvo por un segundo.
—¿Cómo sabes mi nombre?
Él inclinó ligeramente la cabeza.
Como si mi pregunta le resultara extraña.
—Sé muchas cosas sobre ti.
—¿Quién eres?
Una leve sonrisa apareció en sus labios.
No parecía una sonrisa amable.
Parecía una advertencia.
—Eso es precisamente lo que deberías preguntarte.
Fruncí el ceño.
—No entiendo.
El viento comenzó a soplar entre los árboles.
Por primera vez desde que había despertado, pude escuchar el bosque.
Las hojas comenzaron a moverse.
Las ramas crujieron.
Y, durante un instante, creí escuchar cientos de voces susurrando mi nombre.
—Elina…
Abrí los ojos con sorpresa.
—¿Lo escuchaste?
Él permaneció en silencio.
—¿Qué está pasando aquí?
El desconocido levantó la mirada hacia el cielo.
—El bosque te ha llamado.
Sentí un escalofrío.
—¿El bosque?
Volvió a mirarme.
Sus ojos dorados parecían brillar con mayor intensidad.
—Y cuando un lugar como este llama a alguien por su nombre… no suele hacerlo sin una razón.
Miré hacia la pequeña casita.
La puerta estaba abierta.
Estaba completamente segura de que antes había estado cerrada.
—¿Qué hay ahí dentro?
Él no respondió.
—¿Por qué estoy aquí?
Otra vez, silencio.
Entonces escuché un sonido detrás de mí.
La puerta de la casita se había cerrado.
Me giré rápidamente.
Cuando volví a mirar al desconocido, ya no estaba.
Había desaparecido.
Solo quedaron las sombras.
Y una última frase flotando entre los árboles.
—No debiste haber regresado, Elina.
Me quedé inmóvil.
¿Regresado?
Nunca había estado allí.
O al menos eso era lo que yo creía.
Miré nuevamente la pequeña casita.
Y entonces comprendí algo que hizo que el miedo regresara.
Sobre la puerta había una inscripción que nunca había visto antes.
Mi nombre.
ELINA.
Di un paso hacia atrás.
El bosque volvió a quedarse en silencio.
Pero esta vez sabía que no estaba sola.
Algo me había estado esperando.
Y, de alguna manera, sabía exactamente quién era yo.








