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⚠️ AVISO IMPORTANTE AL LECTOR
Esta obra explora relaciones con una marcada diferencia de edad y contenido maduro. Los temas se manejan desde una perspectiva puramente narrativa y de ficción, sin intenciones de promover o validar conductas de riesgo en la vida real. Si eres sensible a estas temáticas, te sugiero leer bajo tu propia responsabilidad.
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La vida es inesperada y fugaz, porque muchas veces nos arrebata a quienes amamos, solo para darnos una nueva razón para amar nuevamente.
Ese era el caso de Jimin. Desde el primer aliento de su existencia, la vida le había marcado con una ausencia: la de su madre, quien falleció al darlo a luz. Su padre, el único pilar en su mundo, lo crió con dedicación absoluta, convirtiéndose en su refugio y guía. Para Jimin, él lo era todo.
Pero la vida nunca sigue una línea recta; da giros imposibles de prever. Cuando tenía siete años, su padre se casó con una mujer hermosa de raíces tailandesas, una madre soltera con un hijo de dieciocho años. Un hermanastro que le sacaba once años de diferencia y con quien, al inicio, no compartía más que un lazo impuesto por el destino.
Aun así, lograron formar algo parecido a una familia. Breves momentos de calidez quedaron atrapados en su memoria, pero el tiempo había demostrado que los lazos frágiles pueden desmoronarse tan rápido como se construyen.
Un año después de aquel matrimonio, el aniversario se convirtió en un símbolo de tragedia. Su padre y su madrastra decidieron celebrarlo con un viaje, pero jamás llegaron a su destino. Un accidente aéreo selló su destino, dejando a Jimin, de apenas ocho años, enfrentando una pérdida que ni siquiera comprendía del todo.
Bright, su hermanastro de diecinueve años, quedó en pie como la única figura adulta a su alrededor. No los unía nada más que el destino caprichoso que los había puesto bajo el mismo techo. Jimin, en su dolor infantil, no esperaba nada de él. Pero, contra todo pronóstico, Bright asumió su custodia. No solo lo tomó bajo su protección, sino que decidió criarlo, convirtiéndose en su tutor legal.
Y así, sin haberlo previsto, su hermanastro comenzó a jugar un papel crucial en su vida. Lo que al inicio era solo una obligación, con el tiempo se transformaría en un lazo real, en un vínculo que, aunque inesperado, tendría el poder de cambiarlo todo.
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NUEVE AÑOS DESPUÉS
Desde la muerte de sus padres, Bright y Jimin habían vivido en Tailandia. Allí estaban sus raíces, los recuerdos que los habían formado, y la vida que, de algún modo, habían aprendido a construir juntos. Sin embargo, Bright, aún joven y con ansias de avanzar, sentía que el mundo tenía mucho más por ofrecerle.
No podía quedarse estancado, no cuando tenía los medios para moverse, no cuando su profesión le garantizaba una vida digna. Sus sueños lo llamaban, y cuando la oportunidad se presentó ante él, supo que no podía dejarla pasar.
El bufete de abogados más prestigioso de Seúl, Corea del Sur, le había ofrecido una posición importante. Un nuevo comienzo, una nueva ciudad, un lugar donde podría forjar una vida sin estar encadenado al pasado. No dudó en aceptar la oferta.
Jimin aún tenía la preparatoria por delante, luego la universidad, cualquier institución que él eligiera, Bright podría cubrirla. No habría límites para su futuro. Se aseguraría de eso. No solo tenía el dinero para sostenerlo, sino la voluntad de darle una vida estable.
Comprarían un departamento amplio, donde ambos tendrían comodidades. Lo importante no era el lujo, sino la tranquilidad. Porque al final del día, solo se tenían el uno al otro. Su única familia era Jimin, y por él, Bright estaba dispuesto a correr el riesgo de empezar de nuevo.
—¿Llevas todo?— preguntó Bright por tercera vez, su ceño fruncido mientras revisaba la hora en su reloj de mano. En la otra, sostenía su portafolio de cuero café con firmeza.
—Sí, sí... solo dame cinco minutos más— respondió Jimin apresurado, ajustando sus tenis mientras salía a rastras de su habitación.
Bright exhaló con paciencia contenida, apoyando la espalda contra la pared mientras observaba a su hermano menor revolotear de un lado a otro.
—No puedo retrasarme en mi primer día. Ni tú tampoco— enfatizó con tono frío, haciéndole saber que el tiempo corría.
Jimin terminó de acomodarse y se plantó delante de su hermano, respirando entrecortado. Bright le echó una mirada analítica de pies a cabeza. Su hermano lucía ridículamente tierno con su overol claro y su sudadera amarilla, bordada con pequeñas flores de colores. Sus tenis beige, grandes y llamativos, sin mencionar sus lentes de aumento redondos que llevaba y como cereza del pastel que completaban el conjunto eran sus muy característicos braquets. A su lado, el porte elegante de Bright en su traje negro generaba un contraste casi absurdo.
(Así luce nuestro guapo)
(No pude encontrar una imagen lo más parecida a como me la imaginé :( así que denle el plus y agregyen sus tenis grandes beige❤️🩹)
El castaño cerró los ojos y suspiró, antes de regalarle una leve sonrisa. Por más que el tiempo pasara, Jimin seguía siendo su pequeño.
—No cabe duda de que eres un niño— comentó con aire divertido, dándose la vuelta—. Andando.
—¡Hey! No soy un niño— refutó el rubio, frunciendo los labios en un gesto de berrinche.
Bright presionó el botón del ascensor sin siquiera mirarlo. —Para mí lo sigues siendo— dijo con indiferencia.
—Ya casi alcanzo la mayoría de edad, no soy un niño. — insistió Jimin, cruzándose de brazos, reforzando su argumento con un pequeño puchero.
Bright soltó una leve risa nasal, sin voltear a verlo. —Para siempre serás el pequeñito que corría hacia mí cuando se caía y se raspaba la rodilla— dijo con nostalgia—. Así que no me importa cuántos años tengas. Siempre serás mi pequeño.
El ascensor abrió sus puertas y mostró el estacionamiento. Jimin soltó un chillido gracioso, incapaz de refutar aquellas palabras que cargaban una verdad irrefutable.
—¡No puede ser!— exclamó, frustrado.
Bright solo rodó los ojos con diversión y se encaminó hacia el auto. —Sube. No quiero demorar más.
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El motor del auto ronroneaba suavemente mientras Bright conducía por las calles de Seúl. Jimin, en el asiento del copiloto, miraba distraídamente por la ventana, su cabeza apoyada en el vidrio mientras jugaba con las uñas de sus dedos.
Cuando llegaron a la entrada de la preparatoria, Bright redujo la velocidad antes de detenerse por completo. Miró de reojo a su hermano, notando cómo sus lentes estaban un poco doblados, seguramente por la prisa con la que había salido de casa.
—Ven acá, mocoso— murmuró, inclinándose para acomodarle los lentes con cuidado—. Si vas a caminar por ahí con esa cosa, al menos que te quede bien.
Jimin rodó los ojos con una sonrisa juguetona. —No es “esa cosa”, son mis lentes— corrigió con un tono divertido.
Bright ignoró su comentario y le dio un leve toque en la cabeza antes de hablar con tono serio. —Que te vaya bien. Y si tienes algún problema con alguien o con algo, me lo dices. ¿Entendido?
Jimin sintió el peso de la preocupación disfrazada de autoridad en la voz de su hermano. Sonrió de lado antes de asentir.
—Sí, sí, ya lo sé. Casi pareces mi papá— bromeó, antes de abrir la puerta del auto.
Bright lo observó por unos segundos, antes de soltar un suspiro. —Porque lo soy— dijo con simpleza, pero con una ternura escondida en su voz.
Jimin se quedó en silencio un instante, dejando que sus palabras se asentaran en su pecho. Luego, sin decir nada, se inclinó un poco para darle un fugaz abrazo antes de bajarse del auto.
Bright lo vio alejarse hacia la entrada de la escuela y no pudo evitar sonreír de lado. No importaba cuánto creciera, para él, Jimin siempre sería su pequeño, aunque fuese su hermano.
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Al llegar a su destino Bright ajustó su corbata mientras se adentraba en el imponente edificio del bufete de abogados. Los ventanales de cristal reflejaban la luz matutina, dando a la recepción un aire sofisticado y profesional. Al cruzar la entrada, fue recibido por una asistente que ya parecía estar esperándolo.
—Bienvenido, señor Bright— dijo con una sonrisa cortés—. Es un placer tenerlo con nosotros en el bufete.
El castaño asintió con educación, acostumbrado a la formalidad de este tipo de ambientes. La mujer, sin perder tiempo, comenzó a caminar a su lado por el amplio pasillo.
—El equipo está entusiasmado con su llegada— continuó mientras pasaban por una sala de reuniones donde varios abogados conversaban en voz baja—. Su trayectoria ha sido impresionante, y estamos seguros de que hará un excelente trabajo aquí.
Bright se limitó a asentir. No era alguien que se deslumbrara por halagos, pero agradecía la calidez de la bienvenida. En cuestión de minutos, llegaron a una oficina privada con una elegante puerta de madera oscura.
—Esta será su oficina, señor— anunció, extendiendo un brazo hacia la puerta.
El castaño notó de inmediato la placa dorada al costado: Bright Vachirawit | Socio Asociado. Un leve gesto de aprobación cruzó su rostro antes de girar el pomo y entrar.
El espacio era amplio y perfectamente iluminado. Un escritorio de caoba ocupaba el centro de la estancia, flanqueado por estanterías con documentos organizados y una vista panorámica de la ciudad que le daba un aire de poder y estabilidad.
Sobre el escritorio, una carpeta con su nombre descansaba junto a un bolígrafo con detalles plateados, un claro símbolo de bienvenida personalizada.
—Si necesita algo, puede comunicarse conmigo directamente— informó la asistente con profesionalismo—. También está programada una reunión con el resto del equipo en una hora para presentarlo formalmente.
Bright tomó el bolígrafo entre sus dedos, analizándolo brevemente antes de asentir.
—Apreciado— respondió con sobriedad.
Mientras la asistente se retiraba, él se permitió recorrer con la mirada su nueva oficina, su nuevo inicio. Era una oportunidad que había decidido tomar, y tenía claro que haría valer cada segundo.
UNA HORA DESPUÉS
Bright se ajustó el puño de su chaqueta mientras seguía a la asistente por los pasillos del bufete. La elegancia del lugar era innegable: los altos ventanales dejaban entrar la luz de la mañana, reflejando un aire de sofisticación que hablaba del prestigio de la firma.
Al llegar a la sala de conferencias, varios abogados ya estaban reunidos, algunos revisando documentos, otros conversando en voz baja. La asistente se detuvo en la entrada y carraspeó suavemente.
—Señores, les presento a Bright Vachirawit, nuestro nuevo socio asociado— anunció con cortesía.
Las miradas se giraron hacia él, algunas con curiosidad, otras con respeto profesional. El castaño se inclinó levemente la cabeza en señal de saludo, manteniendo su postura firme.
Un hombre de cabello oscuro, vestido con un traje impecable, se levantó de su asiento y se acercó con una sonrisa medida.
—Bienvenido, Bright— dijo con voz profunda—. Soy Jeon Jungkook, abogado senior del bufete— extendió su mano con seguridad—. Espero que tu incorporación sea de gran aporte para la firma.
Bright estrechó su mano con firmeza. Había escuchado sobre Jungkook antes de su llegada. No solo era uno de los abogados más destacados del bufete, sino también el hijo del presidente de la compañía, un detalle que no pasaba desapercibido.
—Gracias, es un honor formar parte de este equipo— respondió con sobriedad.
Los demás abogados se presentaron uno a uno, cada interacción cargada de profesionalismo y cierto aire de análisis. En un entorno como ese, las primeras impresiones lo eran todo.
Cuando las presentaciones concluyeron, la asistente se inclinó levemente hacia Bright. —El presidente también ha solicitado reunirse contigo personalmente— informó—. La cita está programada para esta tarde.
Bright asintió sin demostrar sorpresa. Sabía que ese encuentro era inevitable y, de hecho, lo esperaba.
El azabache sonrió con ligereza antes de hablar nuevamente. —Parece que el presidente quiere conocerte cuanto antes. No suele hacerlo con todos los nuevos ingresos, así que debe tener expectativas altas contigo.
El castaño sostuvo su mirada con calma antes de responder. —Haré mi mejor esfuerzo para cumplirlas.
Jungkook soltó una leve risa nasal, como si apreciara la confianza en su respuesta, antes de dar un leve asentimiento y regresar a su asiento.
Bright sabía que aquel bufete no solo representaba un nuevo inicio, sino también un campo donde cada interacción tendría un peso significativo. Y estaba listo para enfrentarlo. Pero no tenía ni la menor idea de lo que significaría...
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El instituto era más grande de lo que Jimin había imaginado. Los pasillos, repletos de estudiantes conversando en pequeños grupos, parecían interminables. Inspiró hondo, intentando calmar el ligero temblor de sus manos mientras caminaba hacia el aula indicada.
Al cruzar la puerta del salón, varias miradas se posaron en él. Algunos le dedicaron una breve observación antes de seguir con sus conversaciones, pero otros lo miraron con detenimiento. Susurraron entre ellos, lo suficiente para que sus comentarios llegaran a sus oídos.
—¿Es en serio ese atuendo?— murmuró alguien en una esquina.
—Parece un niño perdido— rió otro en voz baja.
Jimin bajó la mirada instintivamente, sintiendo cómo la ansiedad se deslizaba por su pecho como una corriente helada. Su piel ardía por la incomodidad, pero se obligó a mantener la compostura. Caminó con pasos medidos hasta su asiento, haciendo caso omiso a las miradas furtivas.
Pero, antes de que pudiera sumergirse en su silencio, una energía cálida irrumpió en su espacio. Un chico de sonrisa brillante y ojos chispeantes se dejó caer en el asiento junto a él, con una despreocupación absoluta.
—¡Ey! No hagas caso a esos aguafiestas— dijo con una sonrisa iluminada—. Se nota que tienes estilo, y además, destilas una energía genial. Me llamo Jung Hoseok, pero puedes llamarme J-Hope. O Hobito, si prefieres.
Jimin lo observó con sorpresa. Su entusiasmo era tan genuino, tan radiante, que por un momento logró disipar la neblina de ansiedad en su pecho.
—Yo... soy Jimin— dijo finalmente, con una voz que apenas rompía el nudo en su garganta.
—Pues, Jimin, ahora tienes un mejor amigo— anunció J-Hope con seguridad—. Porque simplemente me caes bien. Así que no te preocupes, estás en buenas manos.
La sonrisa del rubio apareció lentamente, pequeña pero real. Por primera vez desde que entró al salón, sintió que tal vez, solo tal vez, todo estaría bien.
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El receso era una pequeña pausa entre el caos del día, pero para Jimin, también era un recordatorio de su torpeza. Caminaba con prisa por los pasillos del instituto, sosteniendo sus cuadernos con cuidado. Su destino era su casillero, pero justo cuando estaba a unos pasos, su pie se enganchó con la punta de su propio tenis.
Su cuerpo perdió el equilibrio, y la gravedad se aprestó a hacer lo suyo.
—Maldición...— pensó, sabiendo que la caída sería inevitable.
Pero en lugar de sentir el golpe del suelo, unos brazos firmes y cálidos lo sostuvieron con fuerza antes de que pudiera desplomarse.
—Debes aprender a caminar— se escuchó una voz profunda, roncamente masculina, con un deje de diversión.
Jimin, aturdido, sintió que sus pies volvían a tocar el suelo con firmeza. Se apresuró a alzar el rostro, solo para encontrarse con unos ojos esmeralda intensos, rodeados por cabellos castaño cobrizo. Sus lentes habían caído levemente por la nariz, dejándole ver la figura del chico con un aire desenfocado pero suficiente para captar su esencia.
—¿Te encuentras bien?— preguntó el desconocido.
—Sí... sí...— tartamudeó Jimin, sintiendo el calor treparle por la piel.
El otro joven no respondió de inmediato, solo lo miró con un aire expectante. Su baja estatura, su forma colorida de vestir, su energía que, pese a la torpeza, irradiaba algo especial... Definitivamente era un ñoño, pero un ñoño lindo.
Con una exorbencia despreocupada, le acomodó los lentes con precisión, como si aquello fuera un gesto tan natural como respirar.
—¿Cuál es tu nombre?— preguntó nuevamente.
El rubio tragó saliva antes de responder. —Jimin.
El chico inclinó la cabeza levemente, observándolo con interés. —Bonito nombre— dijo con descaro antes de deslizar los dedos bajo su barbilla, elevándola con un toque provocador.
Los nervios atacaron al rubio de inmediato, haciéndolo separarse con rapidez, su corazón latiendo con fuerza bajo su pecho.
—Gra... gracias— murmuró, aún tratando de recuperar el aliento.
El otro joven solo sonrió con picardía, manteniendo el aire desenfadado, antes de darle un guiño y alejarse con la misma despreocupación con la que había llegado.
Jimin se quedó en su sitio, todavía asimilando lo que acababa de pasar. Y, por primera vez en el día, no sabía si su torpeza había sido una maldición... o una inesperada suerte.
—¡oye! ¿Por que tardas tanto?— preguntó Hobi quién se acercaba al rubio y miraba las libretas caídas—Por Dios te has caído— se inclinó para recogerlas y darselas— andando, muero de hambre.— exclamó.
—Si, si, claro.
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Bright esperó dentro del auto, con un brazo apoyado en el volante mientras observaba la salida del instituto. En cuanto vio a Jimin acercarse, con una sonrisa iluminada en el rostro, supo que algo bueno había pasado.
El rubio abrió la puerta y se dejó caer en el asiento con energía desbordante, sin poder contener su emoción.
— ¡Hice un amigo!— anunció con voz radiante, como si hubiera descubierto un tesoro—. Se llama J-Hope, pero le dicen Hobito. Es increíble, tiene una energía impresionante, y simplemente me dijo “¡Ahora somos mejores amigos!” sin más.
El castaño, acostumbrado a la energía de su hermano, sonrió de lado mientras arrancaba el auto.
—Eso suena a que alguien te adoptó sin pedir permiso— comentó con un aire divertido, aunque en el fondo se alegraba por él.
Jimin asintió rápidamente. —¡Sí! Y me encanta. Me dijo que mi forma de vestir es genial, que no haga caso a los demás, y que vamos a almorzar juntos mañana.
Bright lo escuchó con atención, su mirada alternando entre el camino y el rostro radiante de su hermano.
—Me alegra que hayas encontrado a alguien con quien conectar— dijo finalmente—. Aunque...— su tono cambió ligeramente, con una pizca de sospecha—, ¿hubo algún accidente o algo por estilo hoy?
El rubio, que hasta ahora había hablado con fluidez, se detuvo por un segundo. Un leve titubeo en sus ojos delató su reacción. Pero se apresuró a negar con la cabeza.
—¡No, no! Todo estuvo bien— respondió, tal vez demasiado rápido.
Bright arqueó una ceja, sin decir nada por unos segundos, como si analizara su respuesta con más profundidad de la que Jimin quería. Finalmente, simplemente suspiró, fingiendo creerlo.
—Está bien— dijo con una calma medida—. Pero si en algún momento pasa algo, ya sabes que puedes decírmelo.
El chico tragó saliva y solo asintió, sabiendo que su hermano no estaba del todo convencido.
Para aligerar la conversación, Bright cambió el tema con naturalidad. —Entonces, ¿qué vamos a cenar hoy?— preguntó, desviando la atención hacia algo más cotidiano.
El rubio sonrió levemente, agradeciendo la oportunidad de moverse a terrenos más seguros. —Mmm... ¿qué te parece pasta con salsa de tomate y mucho queso? Con pan de ajo.
Su hermano asintió, aprobando la elección. —Buena elección, pequeñito.
Jimin frunció el ceño y bufó. —¡No soy un niño!
Bright solo sonrió con aire indulgente antes de añadir: —Por cierto, mi primer día en el bufete estuvo bien. Me presentaron al equipo, incluida la estrella del lugar, Jungkook. Hijo del presidente.
Lo miró con curiosidad. —¿Fue amable?
El castaño pensó un momento antes de responder. —Demasiado seguro de sí mismo. Pero interesante.
Jimin rió levemente, imaginando a su hermano lidiando con un personaje así.
El auto siguió su camino entre las luces de la ciudad, y aunque el día había estado lleno de momentos intensos para ambos, el solo hecho de compartir la conversación los hacía sentir más ligeros.
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DIAS DESPUÉS.
Bright repasaba minuciosamente los documentos sobre el caso legal que su equipo llevaría a la corte. Cada línea, cada detalle, debía ser analizado más allá de lo evidente. Mientras revisaba, se quitó los lentes y achinó los ojos, intentando aliviar la fatiga. Un bostezo escapó de sus labios antes de que su atención se desviara a su móvil.
Al desbloquearlo, vio el último mensaje de Jimin.
“Saldré temprano hoy, nos vemos en casa.”
Bright parpadeó un par de veces, procesando la hora. Había estado tan inmerso en su trabajo que ni siquiera se había percatado del tiempo. Jimin le había enviado ese mensaje hacía horas.
Negó con la cabeza, soltando un leve suspiro. Era momento de recoger sus cosas. Guardó los documentos en su maletín, con la firme decisión de seguir trabajando desde su departamento. No solo porque la oficina lo sofocaba, sino porque, después de todo, también quería asegurarse de que su hermano estuviera bien.
Al salir de su despacho, se encontró con Jungkook en la sala de descanso. El azabache preparaba una taza de café, su mirada fija en un grupo de documentos como si estuviera diseccionando cada palabra. Su nivel de concentración hablaba de su dedicación.
Bright carraspeó levemente, anunciando su partida.
—Nos vemos mañana. Buenas noches— dijo con tono sereno mientras se dirigía al ascensor. Bright ajustó el maletín en su mano, listo para dejar el bufete, cuando la voz del azabache lo detuvo.
—Si vas a trabajar desde casa, ¿te importa si te acompaño?— preguntó con tono casual, dándole otro sorbo a su café—. Estoy metido en el caso que llevará tu equipo, y podríamos revisar algunos puntos juntos.
El castaño arqueó una ceja, pero no le pareció una mala idea. Trabajar con Jungkook le daría una mejor perspectiva sobre la estrategia del bufete.
—No veo por qué no— respondió con naturalidad.
Jungkook solo asintió.
Poco después, estaban acomodados en el departamento de Bright. El abogado castaño se quitó la chaqueta y aflojó la corbata antes de encender la lámpara de su escritorio. Jungkook, por su parte, sacó los documentos sobre el caso y los extendió sobre la mesa.
—Entonces, ¿cuál es el problema central de este caso?— preguntó Bright, cruzando los brazos.
Jungkook apoyó los codos en la mesa y señaló uno de los informes. —Se trata de una demanda por incumplimiento de contrato entre dos empresas tecnológicas— explicó—. La compañía “ZenithTech” firmó un acuerdo de colaboración con “InnovateX”, prometiendo desarrollar un software exclusivo para su uso. Pero ZenithTech no solo retrasó la entrega, sino que además utilizó parte del código para vender un producto similar a terceros, rompiendo cláusulas de exclusividad.
El castaño asintió, analizando la información con rapidez. —Así que la demanda se basa en la violación de términos contractuales y daños financieros por competencia desleal— concluyó.
Jungkook sonrió con satisfacción. —Exactamente.
Bright tomó un bolígrafo y comenzó a subrayar algunos puntos clave en los documentos. —La clave para ganar este caso será demostrar la intención de ZenithTech de comercializar el software de forma deliberada, no solo como un descuido o error administrativo.
El azabache apoyó la espalda contra la silla, su mirada aún en los documentos. —Hay correos internos filtrados donde los directivos discutieron la posibilidad de vender la tecnología a terceros antes de completar la entrega a InnovateX. Si presentamos esto correctamente, podemos probar intención de lucro y daño directo.
Bright soltó una leve sonrisa. —Eso nos da ventaja. Podemos construir la argumentación sobre la mala fe de la empresa y la manipulación del acuerdo original.
El azabache asintió con seguridad. —Lo que significa que, si jugamos bien nuestras cartas, ZenithTech tendrá que pagar indemnización completa y enfrentar sanciones.
Antes de que pudieran profundizar más en la estrategia, el sonido de una de las puertas se escuchó. Bright apenas levantó la mirada, pero Jungkook captó la ligera distracción en sus ojos.
—¿Esperas a alguien?— preguntó, con curiosidad medida.
El castaño negó con la cabeza, volviendo su atención a los documentos. —Nada importante— respondió con simpleza.
Jungkook lo observó por un instante, como si analizara la evasión en su respuesta, pero decidió no presionar.
—Bien, sigamos con esto— dijo finalmente.
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Jimin salió de su habitación con la intención de buscar algo en la cocina, pero al notar el perchero junto a la puerta, se detuvo. Las llaves de su hermano estaban en su lugar habitual y su maletín descansaba sobre el mueble de entrada.
¿Cuándo había llegado? Normalmente le avisaba, incluso con mensajes cortos. Pero hoy, nada.
Frunció el ceño, algo extrañado. Su hermano nunca era descuidado con esos detalles.
Guiado por la curiosidad, caminó hacia el despacho y, al abrir la puerta, lo primero que notó fue la presencia de otro hombre. Uno de cabello negro, estaba sentado frente al escritorio, revisando unos documentos con expresión analítica. Pero al levantar la vista hacia él, algo en su postura cambió sutilmente.
La sorpresa fue inmediata.
El rubio vestía con su estilo habitual, una explosión de colores y detalles suaves. Llevaba una sudadera celeste con bordados florales en los puños, pantalones claros y unos tenis con patrones abstractos. Sus lentes, ligeramente deslizándose por su nariz, le daban un aire particularmente encantador y como toque aquellos braquets, le hacían ver particularmente diferente.
Jungkook no estaba acostumbrado a sentirse desconcertado, pero eso era exactamente lo que sucedió. Sus gustos siempre habían estado ligados a lo opuesto: fuerza, magnetismo, una atracción carnal y desafiante. Sin embargo, lo que veía frente a él era algo distinto. Era una estética casi inocente, despreocupada.Fue un instante, un momento indescriptible, pero lo sintió. La manera en que la luz se reflejaba en los ojos del menor, la forma en que el colorido de su ropa realzaba su presencia. No era algo que solía admirar, pero por alguna razón, lo hizo.
Bright, que no tardó en notar la interacción visual por parte del azabache, decidió intervenir con naturalidad.
—¿Hiciste tus tareas?— preguntó al menor cruzando los brazos con aire analítico.
El rubio salió de su propio desconcierto y asintió de inmediato. —Sí, todas. No tienes nada de qué preocuparte— respondió con ligereza.
Bright lo observó un segundo más antes de asentir. Luego, sin más preámbulos, hizo la presentación.
—Jimin, él es Jungkook, abogado senior del bufete— comentó con tono neutral—. Jungkook, este es mi hermano menor.
El azabache inclinó levemente la cabeza en reconocimiento. —Hola.
El más joven inmerso a la situación solo contestó con un hola de voz dulce.
Bright tenía una habilidad innata para leer a las personas. Era abogado, sí, pero más allá de eso, tenía un instinto agudo para descifrar miradas, gestos, silencios prolongados. Y la forma en que el azabache miraba a su hermano no era simple.
La observación contenía un matiz que lo incomodaba. Jimin era apenas un estudiante de preparatoria, un chico tan joven, mientras que calculaba que Jungkook rondaba su propia edad. El castaño entrecerró los ojos ligeramente, analizando aquello sin perder la expresión neutral en su rostro.
Sin embargo, el rubio no percibió absolutamente nada. Su mundo seguía girando en torno a asuntos más mundanos—como la cena que, al parecer, Bright no había hecho.
—Tengo hambre— anunció de golpe, acompañado de un puchero mientras se tocaba el abdomen.
Bright soltó un suspiro breve, desviando la atención de su análisis hacia el menor.
—Prepararé algo rápido— dijo con una mezcla de resignación y hábito—. Jungkook, ¿podemos hacer una pausa?
El azabache, que aún tenía una mano sobre los documentos, alzó la vista hacia él con una leve sonrisa medida.
—Por supuesto— respondió sin objeción aparente.
El castaño asintió antes de levantarse, pero no sin lanzar una última mirada discreta hacia Jungkook.
Si había algo que no toleraba, era lo que escapaba a su control. Y, de alguna forma, la reacción de Jungkook hacia Jimin entraba en esa categoría.
La cena transcurría en un ambiente tranquilo, con el sonido de los cubiertos chocando suavemente contra los platos. Jimin, completamente inmerso en su emoción, hablaba sin detenerse, sus palabras fluyendo con una energía despreocupada.
—Y luego, Hobito me dijo que salieramos mañana, así sin más— relataba con entusiasmo—. Ni siquiera me preguntó, solo decidió y ya.
Bright comía sin apuro, escuchándolo con atención mientras su mirada viajaba de vez en cuando a Jungkook, quien, aunque mantenía una actitud relajada, no dejaba de observar discretamente al rubio.
El azabache, con su expresión medida, miraba su plato y comía con calma, pero en ciertos momentos, una ligera sonrisa cruzaba su rostro cuando Jimin hablaba. Había algo genuinamente encantador en su forma de expresarse, tan natural y desbordante de emoción. No era algo que solía encontrar interesante, pero en este caso... lo era.
El castaño, por su parte, no pasaba por alto aquella reacción. Su hermano era lo más preciado, la única persona que jamás dejaría que alguien corrompiera. La manera en que Jungkook observaba a Jimin no era algo que pudiera ignorar, y aunque no dijo nada, su postura se mantuvo más firme.
Carraspeó con discreción antes de seguirle la corriente al menor. —Entonces, ¿ya tienes planes con él para mañana?— preguntó con tono casual.
Jimin asintió rápidamente. —¡Sí! Vamos a comer juntos después de la escuela, dice que tiene muchas historias que contarme.
Bright soltó un leve asentimiento, dejando que el tema se diluyera poco a poco antes de girarse hacia Jungkook. Era hora de mover la conversación a terrenos más seguros.
—¿Cómo te preparaste para este caso?— preguntó, llevándolo a un tema trivial pero suficiente para cambiar el ambiente.
El azabache levantó la vista, entendiendo la intención del cambio, pero sin mostrar objeción. —Analizando los contratos previos de la empresa demandante— explicó—. La clave está en la cláusula de exclusividad y cómo fue manipulada.
Bright asintió con interés moderado, tomando otro sorbo de agua antes de dejar los cubiertos sobre el plato. —Bueno, volvamos al despacho. Todavía hay detalles que analizar.
Jungkook inclinó la cabeza en señal de acuerdo antes de incorporarse.
Jimin los miró sin mucho interés, todavía sumido en sus pensamientos sobre su nuevo amigo. Bright lo observó una última vez antes de caminar de regreso al despacho, sin dejar de lado la sensación de que, a partir de ese momento, tendría que prestar aún más atención.———Una nueva historia por aquí, espero reciba mucho amor🥹








