Capítulo 1
Capítulo 1
Llovía, como casi siempre en Seattle a esa hora de la tarde, una llovizna fina que no llegaba a mojar del todo pero que se pegaba a la piel como un aviso. Bianca caminaba deprisa por la Quinta Avenida, con la mirada fija en el teléfono, repasando mentalmente la hoja de cálculo que tenía que entregar el lunes, cuando chocó de lleno contra alguien que salía de un portal.
Los papeles que llevaba bajo el brazo se desparramaron por la acera mojada, y Bianca soltó una maldición entre dientes antes de agacharse a recogerlos, disculpándose sin siquiera levantar del todo la vista.
—Perdón, perdón, no miraba por dónde iba —dijo, atropellada, mientras juntaba las hojas empapadas.
Una mano —grande, segura, enfundada en el puño de un abrigo de lana oscura que olía a algo caro— se adelantó a la suya y recogió las últimas dos hojas antes de que el viento se las llevara.
—No pasa nada —dijo una voz masculina, con un deje que ella no llegó a identificar del todo, demasiado ocupada en recomponer su propio desastre—. Tenga más cuidado. La próxima vez podría chocar con alguien que no reaccione tan rápido.
Había un tono de diversión en esas palabras, casi una broma, pero Bianca no tenía tiempo ni ánimo para prestarle atención. Cogió los papeles de la mano del desconocido con un murmullo de gracias, sin mirarlo apenas a la cara, y siguió calle abajo con la misma prisa con la que había llegado, ya de vuelta en su cabeza a las columnas de números que la esperaban en casa.
El hombre se quedó de pie un instante, viéndola alejarse entre el gentío de la avenida, con las manos de nuevo en los bolsillos del abrigo. No había llegado a fijarse del todo en su rostro —apenas un destello de ojos oscuros, el pelo húmedo pegado a las sienes—, pero algo se le quedó grabado de todos modos: un perfume suave, cítrico, con un fondo de vainilla que se colaba bajo la lluvia y que le siguió a la memoria mucho después de que ella hubiera desaparecido entre la multitud.
Marcello Rienzi no volvió a pensar en el incidente. O eso creyó, hasta que, días más tarde, un aroma parecido —en el ascensor de un edificio de oficinas, en el vestíbulo del casino, en el bar de un hotel— lo hizo detenerse un segundo de más, buscando entre la gente un rostro que ni siquiera recordaba con claridad.
Bianca, por su parte, ni siquiera guardó el recuerdo. Para el sábado siguiente, aquel choque en la Quinta Avenida no era más que una anécdota borrosa, uno de esos incidentes diarios que la ciudad devora sin dejar rastro.
El teléfono empezó a sonar a las seis de la mañana del sábado, un pitido agudo que Bianca sintió como un taladro directo al cráneo. Alargó el brazo sin abrir los ojos, tanteando la mesilla hasta dar con el móvil, y descolgó sin mirar siquiera quién llamaba.
—Más te vale que sea algo importante —dijo, con la voz todavía pastosa de sueño.
—Necesito tu ayuda, hermana.
La voz de Ben. Bianca se frotó los ojos, incorporándose a medias contra el cabecero de la cama.
—Solo te acuerdas de mí cuando estás en apuros. A ver, ¿qué pasa ahora?
—Bianca, estoy metido en un lío gordo.
—Cómo no. Ya contaba con ello. —Se dejó caer de nuevo sobre la almohada, cerrando los ojos—. Suelta ya, Ben. Hoy es sábado, quiero dormir.
—Bianca, debo una cantidad de dinero en un casino. Si no lo devuelvo, me matarán.
Algo en el tono de su hermano —un temblor que no era el habitual teatro de sus crisis de fin de semana— hizo que Bianca se incorporara del todo, con el corazón empezando a acelerarse pese a sí misma.
—Ben, no es la primera vez que me despiertas con una noticia así y sigues vivo. Es tu problema. Las adicciones hay que pagarlas, ¿no lo sabías?
—Bianca, joder, escúchame. Esta vez va en serio. Son tipos serios. Debo un millón de dólares. Si no los devuelvo, en una semana me matarán.
Bianca se quedó en silencio un segundo, segura de haber oído mal.
—¿Y qué quieres que haga yo? ¿De dónde narices saco yo un millón, Ben? ¿Acaso tengo pinta de rica? Soy contable, con un sueldo básico. Yo soy la que está para que alguien le ayude a ella, y me pides ayuda a mí.
—Bianca, saben todo de mí. Dónde vivo, mi teléfono, dónde trabajo. Todo.
—Ben, es tu problema. Estoy harta de salir a tu rescate cada vez que pierdes en los casinos. Joder, busca ayuda en otro sitio.
Un silencio breve, cargado, se extendió al otro lado de la línea. Y entonces, la voz de Ben, más baja, más quebrada:
—Bianca. Saben de ti también.
El estómago de Bianca dio un vuelco.
—¿Cómo dices, Ben? ¿En qué me has metido, capullo?
—Yo no, yo no te he metido en nada... Bueno, sí. Estás en esto por mi culpa, pero no fui yo, te lo juro, Bianca. Te digo que esos tipos son serios. Han averiguado cosas de mi vida que ni yo sabía. Joder, Bianca, estoy jodido. Muy jodido.
Y entonces, al otro lado del teléfono, Bianca oyó algo que no había oído en años: a su hermano mayor llorando, con esa clase de llanto ahogado de quien ya no tiene ningún as guardado en la manga.
—Ben. Tranquilo. Cálmate y piensa, hostias. —La rabia y el miedo se mezclaban en el pecho de Bianca a partes iguales, un cóctel amargo que ya conocía demasiado bien de tratar con su hermano—. ¿Qué casino, Ben? ¿A quién le debes ese dinero?
—Un... un sitio en el centro. El casino grande, el que está siempre en las revistas. —Ben tomó aire, intentando serenarse—. Rey de Picas.
Bianca cerró los ojos. Por supuesto que era ese. El casino más exclusivo de todo Seattle, el que ocupaba media manzana de rascacielos junto al puerto, el que aparecía en todas las listas de “los mejores locales nocturnos de la ciudad” con fotos de gente hermosa bebiendo champán bajo lámparas de araña que costaban más que su piso entero.
—¿Cómo has conseguido siquiera entrar en un sitio así? Tú ganas lo que gana un camarero, Ben.
—Empecé pequeño. Unas manos de póker con amigos de un amigo. Después me metieron en las mesas privadas, me dejaron crédito, me dijeron que era «cliente VIP»... —La voz de Ben se rompió otra vez—. No sé en qué momento dejé de controlarlo.
Bianca se pasó una mano por el pelo, sintiendo que la cabeza le iba a estallar. Fuera, la lluvia había vuelto a arreciar contra la ventana, un repiqueteo constante que parecía burlarse de la tormenta que ya se estaba desatando dentro de su cabeza.
—¿Cuánto tiempo tenemos?
—Una semana. Me lo dijeron bien claro. Una semana o... —Ben no terminó la frase. No hacía falta.
—Vale. —Bianca respiró hondo, obligándose a pensar con la cabeza fría, aunque cada fibra de su cuerpo quisiera gritar—. Vale, Ben, escúchame bien. No hagas ninguna estupidez. No hables con nadie más, no intentes «arreglarlo» a tu manera, no desaparezcas. ¿Me oyes?
—¿Qué vas a hacer?
Bianca no tenía ni idea. No tenía un millón de dólares, no tenía contactos en el mundo de los casinos de lujo, no tenía absolutamente nada salvo una rabia ciega hacia su hermano y un miedo todavía más ciego a perderlo.
—Voy a ir a ese casino —dijo, sorprendiéndose a sí misma con la firmeza de su propia voz—. Voy a hablar con quien tenga que hablar. Y vamos a arreglar esto, Ben, como sea.
—Bianca, no, es peligroso, tú no sabes con quién...
—Ya es tarde para advertencias, ¿no crees? —cortó ella, con una amargura que llevaba años acumulando—. Dame la dirección exacta. Y reza para que el dueño de ese sitio tenga algo de piedad, porque a este paso vamos a necesitarla los dos.
Colgó antes de que Ben pudiera responder, y se quedó sentada en el borde de la cama, con el teléfono todavía caliente entre las manos y el corazón latiéndole con una furia que conocía demasiado bien.
Porque no era la primera vez. Doce años atrás, Bianca había sido toda una experta en el mundo del azar: trabajaba como contable para un casino de Florida, conocía cada truco de las casas de juego, cada trampa tendida para exprimir hasta el último dólar de sus clientes. Ben, que entonces vivía con ella, empezó a acercarse a las mesas casi por curiosidad, y en cuestión de meses la curiosidad se había convertido en adicción, y la adicción en deudas que ninguno de los dos supo ver venir a tiempo. Fue ella quien lo sacó de aquel agujero, a base de ahorros, de noches sin dormir y de negociaciones que todavía hoy prefería no recordar.
Después de aquello, Bianca tomó una decisión: separar su vida de la de su hermano, y separarse ella misma, para siempre, de aquel mundo de fichas y neones que devoraba a la gente sin que se diera ni cuenta. Dejó Florida, dejó los casinos, dejó incluso el rastro de aquella otra Bianca que sabía leer una mesa de blackjack mejor que nadie. Se mudó a Seattle y siguió ejerciendo de contable, pero esta vez para una empresa de informática, lejos de las luces doradas y los cantos de sirena que habían estado a punto de destrozar a su hermano.
Y ahora, doce años después, la misma pesadilla volvía a llamar a su puerta un sábado a las seis de la mañana, como si el pasado hubiera estado esperando pacientemente el momento de cobrarse su cuenta pendiente.
Fuera seguía lloviendo sobre Seattle, y en algún rascacielos del centro, tras las puertas doradas de un casino llamado Rey de Picas, alguien que Bianca no recordaba haber conocido estaba a punto de descubrir que el destino, a veces, tiene un sentido del humor particularmente cruel.
No se molestó en desayunar. Se duchó con el agua casi hirviendo, como si el calor pudiera quemar algo de la angustia que se le había instalado en el pecho, y se vistió con lo primero decente que encontró en el armario: un pantalón de vestir negro y una blusa que solía reservar para las reuniones con clientes importantes de la asesoría. Si iba a presentarse ante el dueño de un imperio como el Rey de Picas, no pensaba hacerlo con pinta de haber salido corriendo de la cama. Necesitaba parecer alguien a quien mereciera la pena escuchar.
Mientras se maquillaba frente al espejo del baño, con las manos todavía temblorosas, repasó mentalmente todo lo que sabía de su hermano y de las últimas semanas. Las llamadas que no cogía. Las excusas cada vez más raras. La vez que le pidió «un pequeño préstamo» que ella, tonta de ella, le dio sin hacer demasiadas preguntas, convencida de que era solo un bache pasajero. Debería haberlo visto venir. Siempre había algo en Ben que se resistía a crecer del todo, una parte de él que seguía persiguiendo la jugada perfecta, el golpe de suerte que arreglaría todos sus problemas de una vez.
Y ahora ese golpe de suerte que nunca llegó los había arrastrado a los dos al borde de un precipicio.
Bianca cogió el metro hacia el centro con la mirada perdida en la ventanilla, viendo pasar los edificios grises bajo la llovizna persistente, repasando en su cabeza un discurso que sabía, de antemano, que sonaría patético en cuanto lo pronunciara en voz alta. ¿Qué iba a decir exactamente? ¿«Por favor, perdónenle la deuda a mi hermano, es un buen chico, solo tiene un problema con el juego»? Los hombres que prestaban un millón de dólares a cambio de silencio y amenazas no solían conmoverse con historias de buenos chicos.
Se bajó dos paradas antes de su destino, necesitando caminar, necesitando que el aire frío de la calle le despejara la cabeza antes de enfrentarse a lo que fuera que la esperase. Fue entonces, cruzando la Quinta Avenida en dirección al puerto, cuando pasó de nuevo —sin saberlo, sin siquiera detenerse a pensarlo— muy cerca del mismo portal donde días atrás había chocado contra un desconocido de abrigo oscuro y perfume caro. No se acordó de él. No tenía motivos para hacerlo: había sido apenas un segundo, un cuerpo más entre la multitud de una ciudad que producía miles de encuentros fugaces cada día, ninguno de ellos digno de recordarse.
El edificio del Rey de Picas se alzaba al final de la avenida como un espejismo dorado, todo cristal y luces cálidas incluso a plena luz del día, con un logotipo elegante —una figura de rey estilizada, con una pica dibujada en el centro del pecho— grabado sobre las puertas de entrada. Bianca se detuvo un instante en la acera de enfrente, mirando hacia arriba, hacia la fachada imponente que se perdía entre las nubes bajas de Seattle, y sintió, por primera vez desde la llamada de esa mañana, una punzada de miedo genuino.
Fuera lo que fuese lo que la esperaba al otro lado de esas puertas, no había vuelta atrás. Respiró hondo, se ajustó la blusa, y cruzó la calle con la barbilla en alto, dispuesta a negociar por la vida de su hermano con un hombre al que ni siquiera conocía el nombre todavía.
No podía saber que, tras esas mismas puertas doradas, la esperaba un rostro que su memoria se había negado a guardar.








