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Miradas Clandestinas 「FayeYoko」

Summary

En medio de un invierno cubierto de nieve, Faye y Yoko intentan mantener viva su relación mientras viven bajo el techo de los estrictos padres de Faye, cuya vida gira en torno a reuniones, protocolos y apariencias. Entre risas infantiles, obligaciones políticas y la presión de la perfección constante, ambas jóvenes se ven arrastradas a un mundo donde los compromisos pesan más que los sentimientos. Historia +18

Genre
Lgbtq
Author
Jade
Status
Complete
Chapters
6
Rating
n/a
Age Rating
16+

1. La llamada

Como cada año, la familia se volvía a reunir en navidad.

Cada casa tiene sus tradiciones, y la de Faye no era una excepción.

Su familia estaba compuesta por personas que la vida había puesto en su camino y que, con el tiempo, se habían convertido en mucho más que simples parientes. Su tía Yui, con la dulzura y firmeza de una madre. Su tío Ren, que siempre asumía el papel de padre protector y bromista, y sus dos primas pequeñas, Eira y Aine, que eran para ella como las hermanas que nunca tuvo. Juntos habían formado un hogar distinto, pero auténtico, tejido con cariño, paciencia y complicidad.

Cada diciembre, Faye regresaba al pueblo donde creció, un lugar pequeño pero lleno de encanto, en el que las luces navideñas aparecían desde el primer día de septiembre y el aire olía a leña, galletas recién horneadas y recuerdos. Para ella, ese viaje no era solo una tradición: era como volver a cargar el corazón de energía y ternura.

Aunque su familia biológica no estuviera ya con ella, Faye había aprendido que el amor no siempre viene de la sangre, sino de los gestos, de la compañía en las noches frías, de las risas compartidas alrededor de la mesa. Su familia adoptiva le devolvió la Navidad cuando pensaba que ya no le quedaba nada que celebrar, y con el paso de los años, esas reuniones se volvieron su tesoro más valioso.

Faye era una mujer reservada, de esas que parecen impenetrables para la mayoría. En el trabajo la conocían como alguien seria, impecable y responsable, casi distante. Pero solo quienes la querían de verdad sabían lo que había detrás de esa fachada: una niña en el cuerpo de una mujer, un alma pura que aún se emocionaba con los villancicos, que bailaba con las luces del árbol como si fueran fuegos artificiales, que se permitía ser feliz sin miedo al qué dirán.

Ese año, mientras el tren avanzaba entre montañas nevadas hacia el pueblo, Faye sonrió al pensar en todo lo que la esperaba: los abrazos cálidos, el bullicio de la cocina, el chisporroteo de la chimenea, las voces alegres de Eira y Aine corriendo por la casa. No lo sabía todavía, pero esa Navidad no iba a ser como las demás. Algo estaba a punto de cambiar en su vida, y el espíritu navideño sería el comienzo de una nueva historia.


Eran las 21:00 cuando Faye abrió la puerta del hogar y un aroma delicioso a comida recién hecha inundó sus sentidos. El calor del apartamento la envolvió de inmediato, un contraste reconfortante frente al frío invernal que aún llevaba en la piel.

Dejó el abrigo en el perchero de la entrada y se quitó las botas mojadas, dejando un pequeño charco de nieve derretida sobre el felpudo. Caminó en silencio hasta la cocina, donde una voz dulce canturreaba un villancico entre ollas y cucharones.

-Qué bien huele todo esto... -Murmuró Faye, rodeando con suavidad la cintura de su novia-.

-¡Faye! -Exclamó Yoko, llevándose una mano al pecho, sobresaltada-.

Faye sonrió divertida y dejó un beso fugaz en su mejilla.

-Ve a ducharte mientras termino la cena, ¿Sí? No quiero que te resfríes-.

-Está bien, enseguida vuelvo. -Respondió con un tono cansado, dejando otro beso antes de encaminarse hacia el baño-.

Unos minutos después, regresó con su pijama de renos navideños, el cabello húmedo y el rostro marcado por el agotamiento. Se dejó caer en la silla del comedor con un suspiro mientras Yoko terminaba de servir los platos.

-¿Qué tal estuvo el trabajo hoy? -Preguntó Yoko, colocando frente a ella un plato humeante-.

-Bien, bastante bien. Logré adelantar algunos pendientes, así que durante estas vacaciones no deberían molestarme con llamadas. -Faye sonrió, aunque su expresión revelaba más cansancio que alivio-.

-Eso suena genial. Te lo mereces, trabajas muy duro-.

-Lo sé... pero no es sencillo llevar una empresa como la mía. -Respondió, removiendo distraídamente la comida con el tenedor-.

-Claro que no, pero por eso mismo deberías aprender a descansar de verdad. -Yoko la miró unos segundos en silencio, como si buscara el momento justo para decir lo siguiente. -Por cierto... ¿Ya hablaste con tu familia para avisarles que yo también voy?-.

Faye se tensó apenas un instante, pero lo disimuló llevándose un bocado a la boca.

-Mañana los llamo, en el camino. No hay problema con eso, cariño-.

-¿Segura? -Insistió Yoko, clavando sus ojos en ella-.

Faye asintió con rapidez, evitando mirarla directamente.

-Segura-.

Yoko no dijo nada más, pero su sonrisa se apagó un poco. Conocía lo suficiente a Faye como para intuir que había algo detrás de esa evasiva, aunque prefirió no presionar más esa noche. Afuera, la nieve seguía cayendo con calma, mientras en el interior del apartamento se mezclaban el calor de la cena y la tensión silenciosa de lo que aún no se había dicho.

La cena transcurrió entre pequeñas risas y silencios cómodos. Faye parecía más relajada después de la ducha y de la primera copa de vino, aunque sus pensamientos se escapaban de vez en cuando hacia lo inevitable: el viaje al día siguiente, la llamada pendiente y la verdad que aún no se atrevía a compartir con su familia.

Cuando terminaron de recoger la mesa, Yoko encendió las luces del árbol que habían armado juntas una semana antes. Las esferas brillaban en distintos tonos rojos y dorados, reflejando en sus ojos un destello cálido que le arrancó a Faye una sonrisa sincera.

-Me encanta cómo quedó este año. -Dijo Yoko, recostándose en el sofá-.

-Sí... está precioso. -Faye se sentó a su lado y apoyó la cabeza en su hombro-.

El silencio que siguió no fue incómodo, pero sí estaba cargado de pensamientos no dichos. Yoko jugueteaba con el cabello húmedo de Faye, y ella, con los ojos entrecerrados, parecía debatirse entre el sueño y la preocupación.

-Mañana será un buen día. -Susurró Faye, como si intentara convencerse a sí misma-.

-Claro que lo será. -Respondió Yoko con suavidad-.


A la mañana siguiente, la alarma sonó temprano. El coche ya estaba preparado con las maletas en el maletero, y ambas vestían ropa cómoda para el viaje largo hacia el pueblo. El aire frío de la mañana les golpeó apenas salieron del edificio, y el vaho escapaba de sus labios como pequeñas nubes blancas.

El trayecto comenzó con música navideña sonando en la radio y conversaciones ligeras. Yoko reía cuando Faye cantaba desafinada, y por momentos todo parecía perfecto, como si nada pudiera romper aquella burbuja.

Pero a mitad de camino, el teléfono de Faye comenzó a sonar. Reconoció de inmediato el nombre en la pantalla.

-Es Yui. -Dijo, refiriéndose a su tía-.

Conduciendo, no tuvo más remedio que poner la llamada en manos libres.

-¿Hola? - Contestó con tono alegre-.

-¡Faye! -La voz de Yui sonó llena de entusiasmo. -¿Dónde andas? Ren está preparando el ponche y las niñas no dejan de preguntar cuándo llegarás-.

-Ya vamos en camino, mamá. Llegaremos en un par de horas, más o menos-.

Yoko apretó suavemente las manos sobre su regazo, esperando escuchar cómo la presentaría.

-¿"Vamos"? -Preguntó Yui, curiosa. -¿Con quién vienes?-.

Faye tragó saliva. Un segundo de silencio se extendió demasiado en el interior del coche.

-Con... Con Yoko. -Respondió Faye tras una breve pausa, obligándose a sonar natural-.

-¿Yoko? -Repitió Yui con curiosidad. -¿Tu compañera de piso, verdad?-.

Faye apretó el volante con fuerza antes de responder.

-Sí... mi compañera de piso-.

-Ah, qué bien, qué bien. -Contestó Yui sin notar nada extraño. -Será un gusto conocerla-.

La llamada siguió con comentarios alegres sobre la cena y las niñas, pero Yoko apenas escuchaba. Su mirada se perdió en el paisaje tras la ventanilla, mientras una punzada de decepción le apretaba el pecho.

Cuando la conversación terminó y Faye colgó, el silencio dentro del coche se volvió más pesado que nunca. Ella intentó forzar una sonrisa, como si todo estuviera bajo control.

-¿Ves? No hay problema, todo saldrá bien...-.

Yoko giró lentamente la cabeza hacia ella. Sus ojos estaban llenos de preguntas, y Faye sintió cómo se le encogía el corazón al recibir aquella mirada.

-¿Compañera de piso? -Susurró Yoko, y el eco de esas palabras pareció resonar en cada rincón del coche-.

El coche avanzaba entre carreteras cubiertas de nieve, y el sonido del motor era lo único que rompía el silencio. Faye mantenía la mirada fija en el camino, aunque sentía la presión de los ojos de Yoko sobre ella.

-No quería complicar las cosas. -Murmuró al fin, con voz baja-.

Yoko entrecerró los ojos, sin apartar la vista de ella.

-¿Complicarlas? ¿Eso es lo que soy? ¿Una complicación?-.

-No, claro que no... -Faye apretó más el volante, como si pudiera refugiarse en él. -Es solo que... ellos no lo entienden. No estoy lista para hablarlo todavía-.

Yoko suspiró, girando la mirada de nuevo hacia la ventana. Las luces de las farolas pasaban rápidas, iluminando su rostro a intervalos.

-Yo tampoco estaba lista, ¿Sabes? Pero estoy aquí, contigo. Y no me escondo-.

El comentario cayó como un golpe en el estómago de Faye. Quiso responder, pero las palabras se le quedaron atascadas en la garganta. El silencio volvió a llenar el coche, más pesado que antes.

Tras unos minutos, Yoko se acomodó contra el asiento, cruzándose de brazos.

-Solo espero que algún día entiendas cómo se siente ser llamada "compañera de piso" por la persona que amas-.

Faye cerró los ojos un instante, tragando saliva, y volvió a fijarse en la carretera. A lo lejos, los primeros letreros de su pueblo natal aparecían cubiertos de nieve. El corazón le latía con fuerza. Sabía que lo que esperaba en aquella casa no iba a ser solo risas y villancicos, sino también la sombra de una verdad que llevaba demasiado tiempo guardando.

Cuando finalmente aparcaron frente a la casa, las luces navideñas iluminaban cada rincón del jardín, y el humo que salía por la chimenea le dio a Faye una punzada de nostalgia. Yoko la observó en silencio, con una mezcla de ternura y tristeza, mientras ambas bajaban las maletas del coche.

Antes de tocar la puerta, Faye tomó aire y miró de reojo a Yoko.

-Te prometo que... intentaré hacerlo bien. -Susurró, aunque su voz temblaba entre la inseguridad y el deseo de no perderla-.

Yoko no respondió. Simplemente le apretó la mano con fuerza, como diciendo:

Aún estoy aquí, pero no sé hasta cuándo.

La puerta se abrió de golpe. Eira y Aine, las pequeñas, se lanzaron sobre Faye con un grito de alegría, haciéndola tambalearse. Yui y Ren aparecieron detrás, sonriendo cálidamente, ajenos a la tormenta silenciosa que aún se cernía entre las dos mujeres.

-¡Bienvenidas a casa! -Exclamó Yui, extendiendo los brazos-.

Faye sonrió, abrazando a sus hermanitas y evitando mirar a Yoko directamente.

La Navidad había comenzado, pero para Faye, aquella sería la más difícil de todas.

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