1-La carretera del luto.
La lluvia no había cesado en tres días.
Dante Voss apoyó la frente contra el cristal frío de la ventana del funeraria, observando cómo el agua dibujaba ríos oscuros sobre el asfalto negro del estacionamiento. El cielo de Oregon parecía haber olvidado el color, sumido en tonos de grafito y plomo que hacían que incluso las horas de la mañana parecieran crepúsculo.
Treinta personas, tal vez cuarenta, se agolpaban bajo toldos negros que flameaban contra el viento húmedo. Dante no reconocía a ninguna de ellas. Vecinos, suponía. Amigas de iglesia de su madre. Extraños que habían conocido a Elena Voss en sus últimos años de locura creciente, cuando hablaba de "linajes" y "sangre antigua" mientras tejía bufandas para nietos que nunca tendría.
Dante no había vuelto a este pueblo en diez años. No desde que el juez de menores dictaminó que los hermanos debían separarse — él con un tío lejano en Montana, ella con una familia de acogida en Portland. Diez años de cartas interceptadas, de llamadas supervisadas que se volvieron espaciadas, de silencios que crecieron como musgo entre piedras.
Diez años desde que vio a Selene.
La puerta de la funeraria se abrió con un chirrido que hizo que Dante se girara. El frío entró en oleadas, trayendo consigo el olor a tierra mojada y cipreses. Y entonces ella estuvo ahí.
Selene.
El tiempo había hecho cosas con ella que Dante no estaba preparado para procesar. La niña de dieciséis años que recordaba — toda codos y rodillas, cabello castaño despeinado, ojos demasiado grandes para su rostro anguloso — había desaparecido. En su lugar había una mujer de veintiséis años que llevaba el luto como una segunda piel, un vestido negro que se adhería a curvas que Dante no debería estar catalogando con tanta precisión.
Su cabello seguía siendo ese castaño oscuro casi negro, ahora cayendo en ondas desordenadas hasta la mitad de su espalda. Pero era su rostro lo que hizo que Dante contuviera el aire. Los mismos pómulos altos, la misma boca ancha que siempre parecía a punto de decir algo irreverente. Pero había algo nuevo en sus ojos — verdes como los de él, como los de su madre — una profundidad que hablaba de noches en vela y secretos guardados.
Ella no lo había visto todavía. Estaba de espaldas a él, cerrando la puerta con cuidado, como si temiera despertar a los muertos.
Dante se aclaró la garganta. "Selene."
El nombre salió más ronco de lo que pretendía, cargado de una década de ausencia.
Ella se quedó inmóvil. Los hombros, descubiertos por el escote del vestido, se tensaron visiblemente. Luego, lentamente, giró.
Cuando sus ojos encontraron los de él, Dante sintió algo extraño en el pecho. No era solo el impacto del reencuentro, no solo la punzada de culpa por haberla dejado, por no haber encontrado la manera de traerla consigo a Montana. Era algo más antiguo, más profundo, algo que resonaba en sus huesos como el eco de una campana lejana.
" Dante." Su voz era la misma y diferente. Más baja. Más controlada. "Pensé que no vendrías."
"Casi no lo hago." Dio un paso hacia ella, luego otro. Deteniéndose a dos metros de distancia, esa distancia prudente que mantenían los adultos que no se conocían. "El tío Bernard dijo que no era buena idea. Que los funerales son para..."
"¿Para qué? ¿Para gente normal?" Selene esbozó una sonrisa que no alcanzó sus ojos. "Mamá nunca fue normal, Dante. Y nosotros tampoco."
La mención de su madre colgó entre ellos, pesada e incomoda. Elena Voss había muerto hacía una semana, encontrada en el sótano de la casa familiar, rodeada de velas apagadas y símbolos que la policía local había catalogado como "prácticas esotéricas sin importancia". Infarto, dijo el forense. Pero Dante había recibido la carta de su madre dos días antes de su muerte — una carta escrita a mano en un papel amarillento, con letra temblorosa que instaba a "reunirse antes de que la sangre despierte".
No le había dado importancia. Hasta ahora.
"¿Cómo has estado?" La pregunta sonó ridícula en boca de Dante, una fórmula vacía para llenar el vacío de diez años.
Selene lo estudió con una intensidad que lo hizo sentir expuesto. Como si pudiera ver a través de la chaqueta de cuero, a través de la camisa negra, a través de la piel y los músculos, directamente hasta algo que él mismo no sabía que existía.
"Viviendo," dijo finalmente. "Trabajando en una librería de viejo en Portland. Leyendo los libros que mamá nos prohibía tocar cuando éramos niños." Hizo una pausa, sus ojos buscando los de él. "¿Y tú, Dante? ¿Has estado bien en tu vida de vaquero montañés?"
"Trabajo en un taller de motocicletas." Se encogió de hombros, sintiéndose de pronto adolescente e incómodo bajo su mirada. "No es tan romántico como suena."
"Nunca lo es."
El silencio se extendió entre ellos, lleno de todo lo que no se habían dicho. De las cartas que nunca llegaron. De las noches en que Dante se había quedado despierto preguntándose si ella lo odiaba, si lo recordaba siquiera.
"Deberíamos..." Dante señaló hacia la puerta que daba a la sala principal, donde el ataúd de su madre esperaba. "El servicio empieza en veinte minutos."
Selene no se movió. Estaba mirando su mano — la mano derecha de Dante, que descansaba sobre el respaldo de una silla cercana. Específicamente, estaba mirando la pequeña cicatriz en su nudillo, una línea blanca de dos centímetros que Dante había olvidado que existía.
"Todavía la tienes," murmuró ella.
Dante frunció el ceño, confundido, hasta que recordó. Los diez años, en el ático de esta misma casa. Selene había encontrado un cuchillo de cocina oxidado, insistiendo en hacerse tatuajes caseros "como los piratas". Dante había intentado detenerla, había agarrado la hoja, y el corte había sido profundo y sangrante. Selene había llorado — no por el dolor, sino por haberle hecho daño a él.
"¿Tú...?" Dante no terminó la pregunta.
Selene levantó su mano izquierda. En el mismo lugar, en el nudillo correspondiente, brillaba una cicatriz idéntica. Ella se había cortado a propósito esa noche, después de que él se durmiera. Para llevar la misma marca. Para compartir el daño.
"Siempre," dijo ella, bajando la mano pero manteniendo su mirada fija en la de él.
Algo cambió en el aire entre ellos. Una carga eléctrica que Dante atribuyó a la tormenta, a la estática de la alfombra sintética, a cualquier cosa menos a la forma en que la luz gris de la ventana delineaba el cuello de Selene, la curva de su clavícula, la piel desnuda que el vestido dejaba al descubierto.
"Selene, yo..." Dante no sabía qué iba a decir. Disculpas por haberse ido. Explicaciones que no tenía. Confesiones que no podía hacer.
"Después del funeral," lo interrumpió ella, su voz baja, casi un susurro. "Necesito mostrarte algo. En la casa. Mamá dejó... hay cosas que no entiendo. Cosas sobre nosotros. Sobre lo que somos."
"¿Qué somos?"
Selene sonrió otra vez, y esta vez hubo algo salvaje en esa expresión, algo que hizo que el corazón de Dante latiera más rápido.
"Eso es justo lo que necesito que me ayudes a descubrir, hermanito."
La palabra "hermanito" debería sonar infantil, afectuosa en el sentido familiar. Pero en la boca de Selene, en ese momento, en esa habitación llena de flores marchitas y silencio de muerte, sonó como una promesa. Como una amenaza. Como un desafío arrojado entre ellos como una guante que ninguno de los dos sabía si atreverse a recoger.
Afueran, el viento azotó los cristales con una fuerza repentina, haciendo que ambos se sobresaltaran. Por un segundo, Dante creyó ver algo en el reflejo de la ventana — figuras oscuras entre los árboles del estacionamiento, demasiado altas, demasiado delgadas, con ojos que parecían brillar con luz propia a pesar de la tormenta.
Cuando parpadeó, no había nada. Solo lluvia.
"¿Viste eso?" preguntó Selene, y su mano encontró la de Dante, agarrándola con fuerza.
Su piel estaba fría, pero su tacto envió calor directamente al estómago de Dante, una reacción física inmediata e innegable que no tenía nada que ver con el frío.
"No vi nada," mintió Dante, porque decir la verdad — que por un segundo había sentido que algo los observaba, que los reconocía, que los reclamaba — sonaba a locura.
Pero cuando Selene apretó su mano, cuando sus dedos se entrelazaron con una familiaridad que diez años no habían podido borrar, Dante supo que la locura apenas comenzaba.
La carretera del luto los esperaba. Y lo que sea que hubiera al final de ella, ya venía hacia ellos.








