Capítulo 1.
—¿Qué? —pregunté exhausta mientras tomaba aire y apoyaba las manos sobre mis rodillas.
El verano hacía que mi rostro se tornara de color rojo, como si fuese un tomate. El sol había decidido ser mi peor enemigo en esta ocasión y a este paso como no éramos tan amigos, me daría un golpe de calor.
Y justo en días como estos, en los que el sol decidía ser un completo maldito conmigo, tenía que estar en medio de la pista, sudada y con el bloqueador deslizandose en cada pasada de la toallita que utilizaba para quitarme la incomoda sensación de tener el rostro pegajoso.
—Creo que deberíamos parar. No es necesario hacer los quince kilómetros hoy —comentó el instructor—. Podemos volver a intentarlo después. Mientras tanto, sigue entrenando.
Había estado tan entusiasmada por lograrlo hoy.
Y el sol no me lo iba a impedir.
—No, no, sí puedo... —comenté mientras tomaba un poco de aire—. Yo puedo.
Prefería hacer todo lo posible por cansarme y terminar agotada para después solo llegar a casa y simplemente dormir. O, al menos, intentarlo.
Mi rutina se había vuelto un poco complicada y, aunque no había tenido oportunidad de dormir, pensaba que, si me cansaba de manera exagerada, tal vez podría agotar mi cuerpo lo suficiente como para llegar (metafóricamente) noqueada a casa.
Me obligaba a cansarme para no tener oportunidad de desvelarme pensando o recordando momentos que no debían ser recordados.
Pero lamentablemente ya ni siquiera eso me funcionaba.
Ojalá el dolor que sentía en el pecho se fuera junto con el dolor de cuerpo que constantemente me acompañaba.
—Oye, será mejor que te detengas. Seguiremos mañana —comentó mientras me miraba. Se notaba un poco preocupado—. A las diez. Mañana. Ahora, saca tu trasero de aquí.
—Pero… ¡OIGA! —lo seguí como si me debiera dinero—. Le dije que aún podía. Mire esto, todavía puedo trotar.
Y por mas esfuerzo que hice mientras simulaba trotar, haciendo el ridiculo, él simplemente me miraba con esperanza y esa expresión en su cara que decía "sé que puedes".
No logré convencerlo evidentemente.
Era bastante difícil ganarle a este viejo.
Pero, aún así, sabía que lo hacía por mi bien.
—Mañana —comentó mientras señalaba hacía la salida con un movimiento de cabeza—. Largo de aquí.
Simplemente decidió seguir su camino y decirme que había sido suficiente, dejándome con las palabras en la boca.
—Ahhh, este viejo...
Las piernas me dolían y los pies me quemaban.
Pero era un buen dolor. Me recordaba lo gustoso y tormentoso que sería llegar a casa para después quitarme los zapatos sobre la cama, liberándome de la exquisita presión que aquejaba a mis pies.
Después sentiría ese hormigueo y entumecimiento en las piernas mientras me estiraba en mis frescas y suaves sábanas.
Y ni hablar de mi gran y precioso colchón que parecía una nube. Al dormir sobre el.
Ahhh, moría por llegar a recostarme.
Quedaba poco para terminar mi carrera universitaria.
Lo que queria decir que también me quedaba poco tiempo para disfrutar al máximo aquella pista en el campus. Aunque había sido un poco difícil llegar hasta donde había llegado, me esforcé al máximo y estaba conforme con eso.
No era una alumna de dieces y tampoco ganaba reconocimientos pero, al menos me graduaría.
—Te he estado buscando —comentó Yan mientras corría hacía mí, sacándome totalmente de mis pensamientos—. Hay alguien que dice estar esperándote desde hace horas afuera de la universidad.
Yan se miraba un poco mucho entusiasmada, como si hubiera visto a uno de sus tantos amores ficticios.
Era ese tipo de mujer que prefería “enamorarse” de los hombres de papel y letras, pero que aún así estaría dispuesta a correr a los brazos de cualquier hombre de carne y hueso que cumpliera sus expectativas.
—Eres una zorra, no me dijiste que tenías a un hombre así buscándote —comentó con sensualidad—. Es tan ALTO y guapo...
Me estaba haciendo caminar demasiado rápido. Las pantorrillas me quemaban, pero... aún podía correr un poco más.
—¿Qué?
¿De qué hombre hablaba?
¿Y por qué me había dicho eso?
¿Me estuvo buscando durante “horas”?
—¿De qué estás hablando, Yan? Suéltame.
—¡Corre! ¿Cómo puedes hacerlo esperar? Si no lo quieres, podrías dármelo, ¿sabes? —chilló mientras tiraba de mí—. Dijo que estuvo preguntándole a todos por tí.
Chocamos contra unas personas mientras nos dirigíamos hacía las escaleras de la salida. Entre tropezones y disculpas hechas por mí, Yan no dejaba de hacerme preguntas sin sentido y comentarios irracionales.
—Deja de decir estupideces —comenté mientras volteaba a mirarla—. No entiendo de quién…
—Hola —comentó una voz conocida…
Y entonces me detuve.
Mi mundo se detuvo de golpe.
Un hombre de gran altura.
Y, como si fuera una broma del destino, ahí estaba.
Enfrente de mí.
No podía creer lo que mis ojos estaban viendo. Y sabía que mi expresión en ese momento no tenía precio alguno.
Su rostro me era familiar.
Demasido familiar.
Pero también lo era el dolor que apareció en mi pecho. Evidenciando que no era más que un cúmulo de dolor y amargura lo que expresaba mi rostro.
Los ojos comenzaron a arderme, y apuesto a que aquel nudo que empezó a formarse en mi garganta, era dolor de haber vuelto a contener todo aquello que llevaba tantos años guardado.
Tanto tiempo sin verlo.
Tantos recuerdos.
Tantas ganas de...
—¿Qué haces aquí? —pregunté, poniéndome recta—.
Yan y aquel hombre, que para mí ya no era más que un extraño, se quedaron confundidos con mi reacción.
Y el silencio no pudo ser mas incomodo y pesado.
—¿Lo conoces? —preguntó Yan amablemente.
—Hola , estuve preguntando por tí y… —pareciera batallar para encontrar las palabras—. Creí que te habías ido porque nadie sabía dónde estabas.
Mi nombre en su boca se escuchaba tan triste y extraño.
Tan ajeno a mí, como si ya no me perteneciera.
No quería volver a escucharlo mencionarme una vez más.
—Te pregunté qué haces aquí.
—Mejor los dejo hablar solos —comentó Yan mientras me deslizaba su mano por mi brazo.
Ni siquiera dirigí mi mirada hacía ella para despedirme.
—Si necesitas algo, llámame. Adiós.
Se fué.
Tenía miedo de que… si despegaba la mirada de él, desaparecería como la ultima vez.
Y quería sentir un poco más.
Yan se fue con demasiadas preguntas en mente, y sé que se contuvo para no hacerlas de manera imprudente como de costumbre.
Pero agradecía tanto que se hubiera ido en ese instante.
—¿Podemos hablar? —preguntó.
—Después de cinco años creo que tienes mucho que decir, ¿no?
Cinco años sin verlo.
Cinco años después de estar completamente desaparecido.
Cinco años en los que creí jamás volver a verlo en mi vida.
No quería estar ahí.
Pero lo necesitaba.
Necesitaba sentir que este dolor era real.
Que él era real y que siempre lo había sido.
No quería preguntar cómo fue que me encontró, porque sabía la respuesta.
Y, sobre todo, no quería escupirle la pregunta que llevaba cinco años atorada en mi garganta:
"Si sabías dónde encontrarme, ¿por qué no me buscaste en estos últimos cinco años?"
Quería preguntárselo.
Pero no quería saber la respuesta.
—Sé que hay muchas preguntas, eso lo entiendo, pero, si pudieras, por favor, escucharme...
—Preguntas que sé que tienen excusas por respuestas y que no estoy dispuesta a escuchar.
—Por favor, por favor... —lo escuché rogar—. Te prometo que…
—No quiero volver a verte —interumpí.
Promesas… ja.
Como si supiera lo que significaba prometer.
Tan solo me di la vuelta y seguí mi camino.
Si hubiera sido la persona que fui hace años, habría corrido a sus brazos. Lo habría abrazado y le habría preguntado por qué se fue. Le habría dado un beso y tal vez, solo tal vez, lo hubiera perdonado.
De pronto sentí cómo tomó mi mano para detenerme.
—¡Suéltame!
Su tacto ni siquiera fue con fuerza; apenas sentí cómo su mano intentó entrelazarse con la mía.
Sentirlo me hizo sentir tan traicionada conmigo misma, porque sabía que extrañaba tocarlo, sabía que extrañaba su piel.
Odiaba esto.
Estaba cansada.
—Por favor... por favor, por mí.
Odiaba ver esa expresión en su rostro.
Siempre la odié.
—¿Por ti? —solté una risa sin gracia. No tenia ningún derecho de pedir eso. —¿POR TI?
Qué cinismo.
Como si hubiese pensado en mí al desaparecer por tanto tiempo, dejándome con todo este amor entre las manos, obligándome a cargar con un sentimiento que nunca tuve dónde poner.
Abandonada.
Traicionada.
Olvidada.
Sola.
—¿Y dime? ¿Tú pensaste en mí, Geto?.
Y, sin más que decir, solo me fui.
¿Alguna vez te preguntaste qué hiciste conmigo cuando decidiste desaparecer sin dejar rastro alguno?
¿Te importó siquiera saber cuánto me dolió quedarme esperando algo que nunca regresó?
A alguien… que nunca regresó…
Porque yo sí pensé en tí.
Durante cinco años.
Cinco malditos años en los que tuve que vivir con tu ausencia, a tragarme las palabras que nunca pude decirte, y a fingir que ya no dolía. Mientras tu estabas lejos, yo seguía aquí, con todo este amor pudriéndose entre mis manos. EN MI PECHO.
Y ahora apareces frente a mí como si tuvieras derecho a pronunciar mi nombre. A causarme todo esto.
Como si cinco años pudieran borrarse con una mirada, con un simple “lo siento”.
Como si no hubieras sido tú quien me enseñó lo que se siente ser abandonada por alguien que juraste que jamás te dejaría.
¿Y ahora que quieres de mí?
¿Que te perdone?
¿Que lo olvide?
¿Que volviera a mirarte como antes?
Quería decirle todo eso, deseaba tanto escupirselo en la cara para poder liberarme de todo esto.
Para que sintiera aunque fuera una fracción de todo aquello que me obligó a sentir.
Pero simplemente lo dejé atrás.
Tal como él me dejó a mí hace cinco años.








