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La sala de juntas siempre olía igual: café recién servido, hojas impresas y el leve aroma del perfume. De las personas que intentaban aparentar más seguridad de la que realmente tenían.
Félix había aprendido desde muy pequeño que las personas podían mentir con el simple hecho de sonreír.
Lo había visto en reuniones donde todos hablaban con amabilidad y cercanía mientras escondían sus verdaderas intenciones detrás de palabras elegantes. Lo había visto en fotografías donde las familias parecían perfectas,unidas, aunque detrás de las cámaras existieran discusiones, odio, silencios y heridas que nadie quería mostrar.
Por eso aprendió a observar.
Antes de hablar.
Antes de confiar.
Antes de mostrar algo que pudiera ser utilizado en su contra.
Su apellido siempre llegaba primero que él.
No importaba el lugar.
No importaba la persona.
Todos sabían quién era Félix.
El heredero de una empresa construida durante tres generaciones. El hijo de una mujer reconocida dentro del mundo empresarial. El hijo perfecto que algún día tendría que tomar un lugar que había sido construido para él incluso antes de nacer.
Félix estaba acostumbrado a que las personas supieran su nombre antes de conocerlo.
No era algo que le sorprendiera. Había crecido viendo su apellido aparecer en periódicos, informes financieros y conversaciones donde su presencia era más un símbolo que la de una persona.
Ser el heredero de una empresa construida durante tres generaciones significaba muchas cosas, Significaba aprender desde joven a sentarse correctamente en una mesa de negociación, a elegir cada palabra con cuidado y a entender que una expresión mal interpretada podía convertirse en un problema más grande que cualquier error financiero.
Félix había aprendido rápido.
Muy rápido.
Pero casi nadie sabía quién era cuando no tenía que representar nada.
A sus veintitrés años, Félix era exactamente lo que muchos esperaban ver.
Elegante.
Controlado.
Impecable.
Organizado.
La clase de persona que podía entrar a una habitación llena de desconocidos y hacer que su simple parecencia les dijera a todos que tenía poder sin necesidad de decir una palabra.
Había aprendido a sonreír cuando era necesario.
A estrechar manos cuando convenía.
A decir las palabras correctas en el momento correcto.
Su madre estaba orgullosa de eso.
O al menos, estaba orgullosa de la imagen que había construido....
....
La puerta se abrió, no necesitaba levantar la mirada para saber quién había entrado. La presencia de Lee Soo Jin siempre llegaba antes que sus palabras. Su madre avanzó hasta el escritorio con la seguridad de alguien que nunca había tenido que pedir permiso y dejó frente a él un documento que marcaría el inicio de una nueva campaña.
-La empresa necesitaa....... mejorar la percepción pública -dijo ella mientras extendia un brazo dejando un documento frente a él con una elegancia demaciado pulcra, con esa sonrisa demasiado dulce, demaciado manipuladora, demasiado perfecta.
Félix observó de reojo la carpeta sin tocarla.
No necesitaba abrirla.
Ya sabía lo que era.
Una orden con máscara de oportunidad.
-¿Y qué esperas que haga exactamente ? -preguntó sin apartar los ojos del documento, no fue un tono cortante, si no uno que anticipaba.
Su madre abrió el documento y acomodó una hoja con calma cerca de su mano.
-Una campaña de apoyo social.
La frase sonaba bien.
Demasiado bien.
-Ya sabes........ , donaciones a hospitales.. , apoyo a escuelas.... , recursos para comunidades con necesidades......eee incluso mejoras a lugares donde la gente de bajo mundo termina -dijo ella con un entusiasmo repleto de sarcasmo, juntando sus manos, llevándolas al pecho mientras sus ojos aparentaban ilusión.
Creaba una imagen más cercana.
Más humana.
Félix la miró con una pequeña sonrisa sin humor, antes de desviar la mirada con cansancio.
-¿apoyo social?-levantando apenas las cejas mientas parpadeaba una vez- ¿o fue por el alboroto?.
El silencio y la sonrisa calmada en los labios de su madre fue suficiente respuesta.
-Me fascina tu visión -dijo aún con su sonrisa antes de darse le vuelta y dejarlo solo en su estudio.
A Félix no le había molestado ayudar.
Nunca era eso.
Lo que odiaba era que alguien decidiera convertir cada cosa en un arma para usarla cundo quisiera.
Incluso la necesidad.
Aún así aceptó.
Porque había aprendido algo desde niño:
Algunas personas no necesitaban gritar para dejar claro que no aceptaban un no.
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Durante las siguientes semanas Félix se dispondrá a investigar y visitar los lugares donde brindaría servicio social.
-Necesito que manden a investigar lo que hace falta en estos lugares -le dijo a su asistente extendiendole una hoja a su asistente con una lista de los lugares.
Han la tomo de sus manos y la leyó.
-¿manicomnios y presiones!?, enserio!?, ¿que sigue?,¿basureros? -soltó una risa incredula- tiene que estar bromeando -miro a felix unos segundos mientras encontraba una razón coherente de dar servicio social en centros de condenados.
Felix escuchaba o eso parecía ,seguía girando el lápiz entre su dedos, con la mirada perdida en algún punto de la pantalla.
Por un instante, demasiado rápido para que alguien más pudiera notarlo, un pensamiento apareció en su mente.
El hospital.
Una pausa.
¿Podré verla?
La pregunta llegó antes de que pudiera detenerla. Félix apartó la mirada de la pantalla como si con eso pudiera borrar la idea. No tenía sentido pensarlo. Su madre había sido clara: no era una visita. Era parte de la campaña. Una obligación. Un movimiento más dentro de una estrategia.
Pero aun así, durante unos segundos, recordó....
No.
Claro que no lo hizo. Porque solo era una campaña.
Volvió a mirar a Han. La expresión había vuelto a ser la de siempre: controlada, distante, perfecta.
-Solo....,no puedo creerlo -dijo al notar esa pequeña acción distante.
Una cara de sorpresa se asomo en el rostro de Félix al darse cuenta que han lo había notado distraído.
aunque no lo estaba ,solo que ese pensamiento absurdo se metió en su cabeza.
-Pues empieza a hacerlo -intento recuperar un tono firme- porque no hay opción, lo sabes han.
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En algún momento, él no había sido así.
Aunque ya no recordara cuándo había cambiado exactamente.
Han lo conocía desde que Félix tenía diecisiete años. Su madre lo había contratado. Obviamente. Porque aparentemente ser el heredero de una de las familias más poderosas del país también significaba ser incapaz de cuidar de uno mismo. Necesitaba que alguien lo guiara, que lo “cuidara”, que evitara que cometiera un error.
Claro.
Porque Lee Félix necesitaba un niñero.
O eso era lo que todos parecían creer.
Su padre había intentado convencerlo de que no era por control.
“Lo hace para que no estés solo”.
Mentira.
Una frase bonita para disfrazar una verdad mucho menos agradable. Porque Félix sabía que no era preocupación. Era miedo. Miedo a que cometiera un error, a que hiciera algo que pudiera manchar el apellido Lee.
Convertir vigilancia en cariño era algo que su familia sabía hacer demasiado bien. Después de todo, era más fácil llamarlo amor que admitir que solo querían asegurarse de que nunca hiciera nada que pudiera avergonzarlos.
Aunque, para su desgracia, el tiempo terminó demostrando que Han no era tan insoportable como había pensado al principio.
No iba a admitir que su madre había acertado. Ni siquiera muerto.
Pero tampoco podía negar que la presencia de Han había dejado de molestarle hacía mucho tiempo. Entre discusiones, burlas y momentos que jamás admitiría que disfrutaba, Han se había convertido en alguien importante para él.
Claro que Félix prefería llamarlo “costumbre” antes que aceptar cualquier otra cosa.
Admitir que disfrutaba de su compañía estaba fuera de discusión.
Así que decidió llamarlo de otra forma: simplemente era Han siendo Han.
⟡ ─ Dos años atrás ─ ⟡
—¿Lee Minho? —Félix abrió los ojos con sorpresa, mirando a Han como si acabara de escuchar algo imposible—. ¿Minho?
No esperaba escuchar ese nombre. Mucho menos de esa manera.
—S-sí… —Han apartó la mirada un momento, sintiendo cómo le subía el calor a las mejillas—. Es muy lindo y… y atento.
Félix lo observó en silencio durante unos segundos.
—Lee… Min… Ho —repitió lentamente, como si intentara procesar la información—. ¿Lindo y atento?
Su tono no era serio. Era una mezcla perfecta entre incredulidad y diversión.
—¿Qué? —Han volvió a mirarlo rápidamente—. ¡Claro que es atento! —se apresuró a defenderlo, cruzándose de brazos.
Félix soltó una pequeña risa.
—Nunca pensé escucharte decir eso.
—¿Qué cosa? —preguntó Han, avergonzado.
—Lee, Minho, lindo, y atento —repitió Félix, incapaz de ocultar la diversión en su voz.
Han desvió la mirada, molesto por la burla, aunque una pequeña sonrisa terminó traicionándolo.
—Cállate —murmuró—. No te vuelvo a contar nada nunca jamás. —Se volteó un poco, cruzando los brazos sin darle la espalda por completo.
—No podrás. Nadie más te va a escuchar —dijo Félix, dándole un empujoncito en el hombro para quedar más de frente—. Aparte, solo hace unos meses estabas diciendo que nadie podía impresionarte.
—Bueno… él es diferente.
La forma en que Han lo dijo hizo que Félix sonriera sin darse cuenta.
—Vaya!.
—¡¡Cállate!!.
—No he dicho nada.
—Claro que no. Tu cara lo dice todo. —Han suspiró, intentando cambiar de tema—. Además… pasó algo en el encuentro de hace dos semanas.
Félix levantó una ceja, interesado.
—¿Algo como qué?
—Pues… cuando iban a hacer el brindis, un camarero pasó con las copas y yo tomé dos. Una para mí y otra para ti, pero alguien te llamó y te fuiste.
—¿Y?
—Y yo estaba intentando avanzar sin tirar nada porque, obviamente, no quería derramar nada.
Félix soltó una risa.
—Ajá.
—¡Era importante!
—Claro. Continúa.
—Bueno… estaba cuidando las copas y, por mirar que no se derramaran, choqué con alguien.
Han hizo una pausa dramática.
—¿Con quién? —preguntó Félix, aunque ya anticipaba el nombre.
—Con Lee Minho.
Félix cerró los ojos.
—No puede ser.
—Sí puede ser.
—¿Y qué hiciste?
—Me disculpé como tres veces porque pensé que iba a enojarse.
Han suspiró, recordándolo.
—Pero él solo dijo: “No pasa nada”.
Félix sonrió un poco. Aunque en su mente seguía preguntándose por qué Minho había reaccionado así, y más con alguien a quien, según él, consideraba inferior.
—¿Eso fue todo?
—No.–hizo una pausa dramática —Sacó un pañuelo y me limpió las manos y un poco el cuello porque se había salpicado la bebida. Y mi blusa era nueva.
Félix lo miró unos segundos antes de soltar una carcajada. Aunque en el fondo seguía pensando lo mismo.
Han sacó el muy mencionado pañuelo del bolsillo. Incluso después de ocho lavadas, todavía se veían las manchitas de vino tinto.
Han le pasó el pañuelo. Félix se lo arrebató sin fuerza y comprobó las dos letras doradas bordadas en la esquina:
𝑀.𝓀
Los ojos de Félix se abrieron, sorprendidos. Por primera vez dudó de qué tan beneficioso le resultaría tener a Han a su lado… aparte de que lo hacía reír. Y aunque todavía no lo admitía del todo, disfrutaba de su compañía.
⟡ ─ Presente ─ ⟡
El chófer, Han y Félix viajaban en el primer coche. Detrás iban cuatro vehículos más con el equipo de la empresa.
Félix miraba por la ventana, los dedos inquietos sobre su regazo.
—No sé por qué, pero realmente tengo muchas ganas de llegar —murmuró, dejando escapar una pequeña sonrisa—. Quiero ver a los niños. Quiero poder hacerlos sonreír aunque sea un rato. Y a ella… Creo que todos merecen un poco de felicidad.
Lo último lo dijo como un susurro, más para sí mismo que para otra persona. Sus manos, que habían estado inquietas, se calmaron de golpe.
Han lo notó. El sentimiento de alerta se encendió de inmediato, pero esperó. Siguió mirándolo de reojo.
La mano de Félix empezó a rodear su otra muñeca, moviendo los dedos de forma discontinua. Ese gesto.
Han no esperó más. Colocó la mano en su hombro.
—Hey… ¿en qué piensas?
Intentó mantener el tono calmado para que no se notara cuánto lo estaba observando.
Félix lo miró sin girar completamente la cabeza. Alzó levemente las cejas. Los ojos todavía perdidos, un poco nostálgicos, pero no exactamente tristes. Más bien… nerviosos.
Sacudió la cabeza como diciendo que no, aunque realmente no le había tomado sentido a las palabras de Han.
—¿Mmh? —murmuró, deteniendo el movimiento de las manos.
Han suspiró, dudando entre repetir la pregunta o dejarlo otra vez en su trance.
Al final sacó un chocolatito del compartimento delantero y se lo acercó a la boca.
—Ten.
Félix se sobresaltó un poco, todavía mínimamente perdido, pero al sentir el sabor dulce expandirse en la boca no pudo evitar sonreír. Levantó la mirada buscando más.
Han entendió de inmediato y le dio otro.
Y otro.
Cada vez que Félix recibía uno, su sonrisa se volvía un poco más real.
…
La limusina se detuvo frente al hospital. Los demás coches aparcaron detrás.
Antes de bajar, Han le puso una mano en el hombro.
—¿Seguro de que quieres ir a verla? —preguntó en voz baja—. Porque sabes que puedo decir que solo venías por la campaña, o que no te dio tiempo, o que tu madre te llamó, o que—
Félix le puso dos dedos en la boca, silenciándolo.
—Hannie… está bien. En serio. Quiero verla.
Lo dijo mirándolo con una expresión nerviosa, pero decidida.
Han asintió. No pudo evitar atraerlo a un abrazo breve. Era cómodo. Era de ellos. A Félix le calmaba un poco. Sabía que era la forma de Han de decir “aquí estoy, te apoyo”, y eso de verdad lo reconfortaba.
Bajaron del vehículo. Dos filas de hombres con cajas en las manos formaban un pasillo hasta la entrada del hospital.
Félix caminó hacia adelante, con Han justo detrás.
Por primera vez en mucho tiempo, no estaba pensando en qué debía decir ni en cómo debía comportarse.
Solo estaba pensando en una persona.
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|× 𝑵𝒐 𝒐𝒍𝒗𝒊𝒅𝒆𝒏 𝒅𝒆𝒋𝒂𝒓 𝒔𝒖 𝒗𝒐𝒕𝒐 ♡⃝₊˚








