Capitulo uno
El amanecer bañaba el palacio de Ayutthaya en tonos dorados, reflejándose en los canales que rodeaban sus muros de mármol. En la cámara real, la princesa Becky Armstrong, de 23 años, observaba su reflejo en un espejo de marco dorado. Su cabello negro caía en cascadas sobre sus hombros, y sus ojos, profundos como lagos al atardecer, reflejaban una mezcla de calma y tormenta. Las criadas revoloteaban a su alrededor, ajustando las sedas de su vestido, un diseño intrincado de hilos de oro y perlas que parecía capturar la luz del sol. Hoy no era un día cualquiera: Becky partiría al reino de Sukhothai para los preparativos de su boda con el príncipe Erik, un compromiso sellado cuando ambos eran apenas bebés.
El estilo de vida de Becky era un equilibrio entre opulencia y deber. Sus mañanas comenzaban con lecciones de protocolo y diplomacia, seguidas de paseos por los jardines reales, donde las orquídeas perfumaban el aire y los pavos reales paseaban con arrogancia. A menudo, se la veía bordando o tocando el kinnari, un instrumento de cuerdas que llenaba los salones con melodías suaves. Pero lo que más disfrutaba era leer poesía en los balcones, donde el viento traía ecos de los mercados lejanos. Aunque su vida estaba envuelta en lujo, cada decisión estaba guiada por el peso de su título. Becky era la joya de Ayutthaya, admirada por su belleza y deseada por muchos, pero su corazón estaba reservado para un destino que no había elegido.
Mientras las criadas terminaban de ajustar su tocado, un golpe suave en la puerta anunció la llegada de su padre, el rey Ananda. Era un hombre imponente, con una barba perfectamente recortada y ojos que mezclaban autoridad con ternura. Vestía una túnica real bordada con dragones, símbolo del poder de Ayutthaya. Las criadas se inclinaron y salieron en silencio, dejando a padre e hija a solas.
-Becky, mi joya-comenzó el rey, acercándose con una sonrisa cálida. Tomó sus manos, delicadas pero fuertes, y las sostuvo con firmeza.-Hoy es un día importante. Sukhothai nos espera, y con ellos, el futuro de nuestro reino.
Becky asintió, aunque su mirada se desvió hacia la ventana, donde los arrozales se mecían bajo la brisa.
-Lo sé, padre. Haré lo que debo-, respondió, su voz suave pero cargada de una resignación que no pasó desapercibida.
El rey suspiró y la llevó hacia un diván cubierto de cojines de seda. Se sentó a su lado, algo inusual para un hombre que solía mantenerse erguido, incluso en privado.
-Sé que esto no es fácil, mi niña. Desde que naciste, supe que cargarías el peso de nuestra corona. Este matrimonio con el príncipe Erik no es solo una unión de corazones, sino de reinos. Ayutthaya y Sukhothai serán más fuertes juntos. Tu sacrificio asegura nuestro legado, la paz para nuestro pueblo.
Becky apretó los labios, sintiendo el nudo familiar en su pecho. Sabía que su padre hablaba desde el amor, pero también desde el deber.
-¿Y si mi corazón no está listo, padre?- preguntó, casi en un susurro, temiendo su propia valentía.
El rey la miró con una mezcla de orgullo y tristeza.
-El corazón a veces tarda en entender lo que la cabeza ya sabe. Erik es un buen hombre, Becky. Su madre lo ha criado con valores, y su reino es tan próspero como el nuestro. Pero más que nada, quiero que sepas que te amo. Todo lo que hago, cada decisión, es para que nuestro pueblo prospere y para que tú estés segura. Eres mi mayor tesoro.
Becky sintió un nudo en la garganta. Quería creer en las palabras de su padre, en la promesa de un futuro brillante junto a Erik. Pero había algo en su interior, una chispa inquieta, que no podía ignorar.
-Gracias, padre-, dijo, forzando una sonrisa. -No te defraudaré.
El rey la abrazó, un gesto raro que llenó el aire de calidez.
-Sé que no lo harás. Eres una Armstrong, y tu fuerza es más grande de lo que imaginas.
Cuando el rey se retiró, Becky volvió al espejo. Las criadas regresaron, ultimando los detalles de su atuendo. Pronto, un carruaje adornado con flores de loto la llevaría a Sukhothai, hacia un destino que sentía como una jaula dorada. Mientras el palacio bullía con los preparativos, Becky cerró los ojos y respiró hondo. No sabía qué le deparaba el reino vecino, pero algo en su alma le susurraba que el viaje cambiaría su vida para siempre.
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El sol alcanzaba su cenit cuando Becky Armstrong, envuelta en un vestido de seda azul celeste que brillaba como el cielo de Ayutthaya, se preparó para partir. El patio del palacio estaba lleno de vida: sirvientes cargaban baúles con joyas, telas y regalos para el reino de Sukhothai, mientras los guardias reales, con sus armaduras relucientes, formaban una escolta imponente. En el centro, un carruaje tallado en madera de teca, adornado con flores de loto blancas y doradas, esperaba para llevar a la princesa hacia su destino.
El rey Ananda se acercó a su hija una última vez. Sus ojos, normalmente firmes, estaban suavizados por la emoción. Tomó las manos de Becky, apretándolas con calidez.
-Mi niña, lleva nuestro orgullo contigo. Sukhothai te recibirá como mereces, y sé que harás grande nuestro nombre.- Su voz tembló ligeramente, traicionando el peso de la despedida.
Becky asintió, su garganta apretada.
-Te prometo que honraré a Ayutthaya, padre.- dijo, aunque las palabras se sentían más pesadas de lo que esperaba. El rey la abrazó, un gesto breve pero lleno de amor, antes de retroceder para permitirle subir al carruaje. Mientras las puertas se cerraban, Becky miró por la ventana, viendo a su padre erguido, una figura solitaria contra el telón de fondo del palacio. Por un instante, deseó correr hacia él, aferrarse a la seguridad de su hogar. Pero el carruaje comenzó a moverse, y Ayutthaya quedó atrás.
El camino a Sukhothai serpenteaba a través de arrozales que relucían bajo el sol, cruzando puentes de madera sobre canales cristalinos. El traqueteo rítmico de las ruedas y el canto de los pájaros llenaban el aire, mientras la escolta avanzaba con paso firme. Dentro del carruaje, Becky se recostó contra los cojines de seda, su mirada perdida en el paisaje. Una criada, sentada discretamente a su lado, le ofrecía agua de coco y dulces de tamarindo, pero Becky apenas los tocó. Su mente estaba en otro lugar.
Pensó en su padre, en la mezcla de orgullo y tristeza en sus ojos. El rey Ananda había sacrificado tanto por Ayutthaya: noches sin dormir, decisiones que pesaban como montañas, todo para asegurar la prosperidad del reino. Este matrimonio, lo sabía, era su mayor apuesta. Unir Ayutthaya con Sukhothai no solo garantizaría la paz, sino que fortalecería el comercio y protegería sus fronteras de las ambiciones de reinos lejanos. Becky entendía el costo de su corona, pero la idea de casarse con un hombre al que apenas conocía le apretaba el pecho como una soga invisible.
El príncipe Erik, según los rumores, era todo lo que una princesa podía desear. Las historias que llegaban de Sukhothai lo pintaban como un hombre amable, educado y apuesto, con una sonrisa que calmaba a los corazones y una mente aguda para la diplomacia. Su madre, la reina, lo había criado con valores de respeto y justicia, y todos decían que sería un rey digno. Becky intentó imaginarlo: sus rasgos, su voz, la forma en que la miraría cuando se encontraran. Intentó convocar un destello de emoción, un anhelo que diera sentido a este viaje. Pero su corazón permanecía en silencio, como si esperara algo que aún no podía nombrar.
-¿Y si no puedo amarlo?.-pensó, sus dedos jugueteando con un brazalete de jade que su madre le había regalado antes de fallecer. La idea de un matrimonio sin amor la llenaba de un vacío que no podía explicar. Había leído poemas sobre pasiones que incendiaban el alma, pero lo que sentía era más bien una calma resignada, un deber grabado en su piel como las joyas que llevaba.
Mirando por la ventana, Becky vio a los campesinos trabajando en los campos, sus espaldas encorvadas bajo el sol. Eran el corazón de Ayutthaya, los que hacían posible su riqueza. Su padre siempre le había dicho que ser princesa no era solo llevar coronas, sino cargar con los sueños de su pueblo. Este matrimonio, esta alianza, era para ellos. Si Ayutthaya y Sukhothai se unían, los reinos podrían compartir recursos, proteger sus tierras y construir un futuro donde nadie pasara hambre. Ese pensamiento le dio fuerza, pero también le recordó el precio: su libertad, sus deseos, su oportunidad de elegir.
A medida que el carruaje avanzaba, el paisaje cambió. Los arrozales dieron paso a colinas cubiertas de selva, y el aire se llenó del aroma de flores silvestres. Sukhothai estaba cerca. Becky cerró los ojos, intentando aquietar su mente.
-Haré lo correcto.-se dijo.-Por mi padre, por mi pueblo, por Ayutthaya- Pero una parte de ella, una chispa rebelde, susurraba que tal vez, en Sukhothai, encontraría algo más que un deber. Tal vez encontraría un camino propio.
El carruaje cruzó un puente de piedra, y a lo lejos, las agujas doradas del palacio de Sukhothai brillaron bajo el sol poniente. Becky respiró hondo, sintiendo que el destino la esperaba, no solo en la forma de un príncipe, sino en algo mucho más grande, algo que aún no podía ver.
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El viaje desde Ayutthaya había sido largo, un peregrinaje de varias jornadas que había llevado a la princesa Becky Armstrong a través de arrozales dorados, selvas espesas y aldeas donde los niños corrían descalzos saludando su carruaje. Cada traqueteo de las ruedas sobre los caminos de tierra, cada susurro del viento tropical que se colaba por las cortinas de seda del carruaje, había sido un recordatorio del peso de su destino. Ahora, al fin, el palacio de Sukhothai se alzaba ante ella, una visión que parecía surgir de un sueño antiguo, tallado en piedra blanca y madera de teca, con agujas doradas que perforaban un cielo teñido de ámbar y violeta por el sol poniente.
El carruaje se detuvo con un suave crujido en el patio principal, un vasto espacio pavimentado con losas de mármol pulido que reflejaban los últimos rayos del día. A su alrededor, canales estrechos bordeados de lotos blancos serpenteaban como cintas de cristal, sus aguas murmurando suavemente mientras capturaban la luz del crepúsculo. Los muros del palacio, adornados con frisos de dragones y flores de loto tallados con precisión, se alzaban imponentes, pero no intimidantes; había una calidez en su diseño, una invitación implícita a quienes cruzaban sus puertas. Árboles de frangipani y tamarindo flanqueaban el patio, sus ramas cargadas de flores que perfumaban el aire con una dulzura embriagadora.
Cuando las puertas del carruaje se abrieron, una ráfaga de aire cálido envolvió a Becky, trayendo consigo el aroma de jazmines y el sonido lejano de campanas de templo. Bajó con gracia, su vestido de seda azul celeste ondeando como un río en movimiento, las perlas bordadas en el dobladillo capturando la luz como pequeñas estrellas. Sus sandalias, delicadas y adornadas con zafiros, apenas hacían ruido contra el mármol. Su cabello negro, suelto en ondas suaves, brillaba bajo el sol, y sus ojos, profundos y reflexivos, escanearon el entorno con una mezcla de curiosidad y cautela.
Una procesión de sirvientes, vestidos con túnicas de seda azul y oro que reflejaban los colores del estandarte de Sukhothai, se alineó en perfecta formación. Sus movimientos eran fluidos, casi coreografiados, mientras descargaban los baúles de Becky, llenos de sedas, joyas y regalos diplomáticos de Ayutthaya. Algunos sostenían bandejas con flores frescas y cuencos de agua perfumada con pétalos de rosa, un gesto tradicional de bienvenida. Otros, con antorchas encendidas, comenzaban a iluminar el patio a medida que el crepúsculo se profundizaba, proyectando sombras danzantes sobre las losas.
Al frente de la comitiva estaban el rey y la reina de Sukhothai, figuras majestuosas que emanaban autoridad y calidez. El rey, un hombre de rostro curtido y barba recortada, vestía una túnica carmesí con dragones dorados bordados, su corona sencilla pero imponente. La reina, con una elegancia serena, llevaba un vestido de seda verde jade, su cabello recogido en un moño adornado con horquillas de nácar. Sus ojos, amables pero perspicaces, parecieron estudiar a Becky con una mezcla de aprobación y curiosidad.
Junto a ellos estaba el príncipe Erik, y su presencia hizo que el corazón de Becky diera un pequeño salto, no de emoción, sino de reconocimiento de lo que se esperaba de ella. Erik era todo lo que las historias prometían: alto, de hombros anchos, con cabello oscuro peinado hacia atrás que dejaba al descubierto un rostro de facciones definidas. Sus ojos castaños brillaban con una calidez genuina, y su sonrisa, amplia y sincera, parecía capaz de disipar cualquier tensión. Vestía una túnica verde esmeralda con hilos de plata que resaltaban su porte regio, y un cinturón de cuero adornado con una hebilla de jade completaba su atuendo. Había algo en su manera de moverse, confiada pero no arrogante, que hablaba de una educación cuidadosa y un carácter forjado por el amor de su madre.
-Princesa Becky Armstrong.-dijo el rey, su voz resonante pero acogedora.-Es un honor recibirte en Sukhothai. Tu llegada fortalece los lazos entre nuestros reinos, y esperamos que encuentres en nuestro hogar la calidez de tu propia tierra.
La reina dio un paso adelante, su sonrisa maternal.
-Bienvenida, querida. Que los dioses bendigan tu estancia y el futuro que compartiremos.-Su tono era suave, pero había una fuerza subyacente, como si cada palabra estuviera medida para inspirar confianza.
Erik se inclinó ligeramente, su mirada fija en Becky.
-Princesa Becky, es un privilegio conocerte al fin. Sukhothai está encantado de tenerte aquí.- Su voz era cálida, con un toque de entusiasmo que hizo que Becky se sintiera, por un momento, menos sola en este lugar desconocido.
Becky inclinó la cabeza con gracia, como le habían enseñado desde niña.
-Rey, reina, príncipe Erik, el honor es mío. Ayutthaya envía sus mejores deseos, y yo estoy agradecida por su hospitalidad.-Sus palabras eran perfectas, ensayadas, pero su corazón latía con una mezcla de alivio y nerviosismo. La bienvenida era más cálida de lo que había esperado, y Erik, en particular, parecía genuino en su amabilidad.
Erik extendió su brazo con un gesto galante.
-Permíteme acompañarte al palacio, princesa.-dijo, su sonrisa invitadora. Becky, tras un instante de vacilación, colocó su mano en el brazo de Erik, sintiendo la firmeza de su agarre y el calor de su presencia. Juntos, cruzaron el umbral del palacio, mientras los sirvientes se apresuraban a llevar los baúles de Becky, sus pasos resonando en el patio.
El interior del palacio era un espectáculo de opulencia y armonía. Los pasillos estaban revestidos de madera de teca pulida, con intrincados tallados de flores de loto y aves míticas que parecían cobrar vida bajo la luz de las lámparas de bronce. Tapices de seda colgaban de las paredes, narrando la historia de Sukhothai: batallas ganadas, reyes coronados, y festivales donde linternas flotaban sobre los ríos. El aire estaba impregnado de un aroma sutil a incienso y sándalo, y las ventanas abiertas permitían que la brisa tropical llevara consigo el canto de los grillos y el murmullo de los canales.
Mientras caminaban, Erik comenzó a hablar, su voz un equilibrio perfecto entre confianza y respeto.
-El viaje debe haber sido agotador, ¿no es así? Espero que los caminos no hayan sido demasiado duros. Sukhothai es un poco más salvaje que Ayutthaya, con sus selvas y colinas, pero creo que encontrarás su belleza única.
Becky sonrió, sintiéndose más cómoda con cada paso.
-El viaje fue largo, pero los paisajes lo hicieron soportable. Los arrozales y los ríos... me recordaron a casa, aunque todo aquí parece más... vibrante, de alguna manera.-Su comentario era sincero; había algo en la energía de Sukhothai, en su mezcla de naturaleza indómita y refinamiento, que la intrigaba.
Erik rió suavemente, un sonido cálido que llenó el pasillo.
-Me alegra que lo veas así. Sukhothai tiene su propio encanto. Espero poder mostrártelo todo.
Había un toque de coqueteo en su tono, sutil pero innegable, y Becky sintió un rubor leve en sus mejillas. No era desagradable; Erik era encantador, y su atención era halagadora. Sin embargo, una parte de ella seguía sintiendo ese vacío, esa chispa ausente que no podía forzar.
Erik la guio a través de los salones principales, señalando detalles con orgullo. Pasaron por una galería de estatuas de Buda esculpidas en piedra y jade, cada una iluminada por velas que proyectaban sombras suaves. Luego, un comedor con una mesa larga de madera tallada, donde lámparas de cristal colgaban del techo como gotas de lluvia congeladas. Cada rincón del palacio estaba diseñado con propósito: la belleza no era solo decorativa, sino un reflejo de la historia y los valores de Sukhothai.
Mientras charlaban, Becky se permitió relajarse. Erik era un conversador hábil, alternando entre historias del reino y preguntas sobre Ayutthaya.
-¿Es cierto que en Ayutthaya los festivales de linternas duran toda una semana?- preguntó, sus ojos brillando con curiosidad.
-Sí.-respondió Becky, sonriendo al recordar las noches en que los canales de su reino se llenaban de luces flotantes. -Es como si el cielo se reflejara en el agua. Todo el mundo sale a las calles, y hay música hasta el amanecer. -Por un momento, compartir esas memorias la hizo sentir más cerca de Erik, como si pudieran construir un puente entre sus mundos.
Él asintió, claramente impresionado.
-Tendremos que organizar algo así aquí para ti. Aunque, debo advertirte, nuestras danzas tradicionales son un poco más... animadas. Espero que estés lista para aprender algunos pasos.- Su guiño fue juguetón, y Becky rió, sorprendida por lo fácil que era estar a su lado.
El recorrido los llevó a un balcón amplio que se abría hacia los jardines reales, un lugar donde el palacio parecía fundirse con la naturaleza. El balcón, sostenido por columnas talladas con motivos de lianas, ofrecía una vista panorámica de un paraíso verde. Los jardines de Sukhothai eran un espectáculo: estanques con carpas koi nadando perezosamente, senderos de guijarros que serpenteaban entre parterres de orquídeas y jazmines, y árboles de mango cargados de frutos que colgaban como joyas. El aire estaba lleno del zumbido de los insectos y el canto de los pájaros, mientras linternas de papel comenzaban a encenderse, proyectando un resplandor cálido sobre el paisaje.
Becky se detuvo, su mano aún en el brazo de Erik, pero su atención fue robada por una figura en el jardín. Bajo la sombra de un frangipani en flor, una joven trabajaba con arcilla, sus manos moviéndose con una precisión casi hipnótica. Su cabello negro caía en ondas sueltas, brillando bajo los últimos rayos del sol, y su piel, blanca con un leve sonrojo en las mejillas, parecía iluminada desde dentro. Estaba sentada en un banco de piedra, rodeada de pequeñas figuras de arcilla: pájaros, flores, incluso un elefante diminuto, cada una creada con un amor evidente. A su lado, una dama de compañía, una mujer mayor con una expresión amable, le pasaba herramientas y charlaba en voz baja, riendo ocasionalmente.
La sonrisa de la joven era lo que más llamó la atención de Becky: radiante, tranquila, pero con un trasfondo de fuerza, como si escondiera un espíritu indomable. Había algo en ella, en la forma en que sus dedos moldeaban la arcilla, en cómo parecía estar en perfecta armonía con el jardín, que hizo que el corazón de Becky latiera más rápido. Era una atracción extraña, inexplicable, como si un hilo invisible la conectara con esa desconocida.
-¿Becky?-La voz de Erik la sacó de su ensimismamiento. Él seguía hablando, señalando un tapiz en la pared opuesta que representaba una antigua victoria de Sukhothai. -Este fue tejido por los mejores artesanos del reino. Cada hilo cuenta una historia.
Su tono era entusiasta, pero Beck








