Capítulo 1
¿Alguna vez han intentado reencarnar? No lo recomiendo si lo que buscan es una jubilación tranquila.
La primera vez que abrí los ojos en este maldito y hermoso lugar, lo primero que sentí no fue la iluminación divina ni la bienvenida de una diosa con curvas generosas. No, fue un frío terrible, el olor a tierra mojada y el llanto incontrolable de mis propios pulmones de bebé. Resulta que el gran “maestro de artes marciales y espada” de la Tierra ahora era solo un pedazo de carne de cincuenta centímetros que dependía de que una pareja de campesinos locales decidiera si alimentarme o usarme de abono.
Por suerte, decidieron alimentarme.
Siete años. Siete largos años han pasado desde ese día.
En este momento, me encuentro acuclillado sobre el manto de hojas secas del bosque que colinda con la aldea Buena. Mis rodillas de siete años, aunque sorprendentemente ágiles gracias a mi obsesivo entrenamiento diario, protestan un poco por la humedad del suelo. Frente a mí, sobre una roca cubierta de musgo, hay una rana de un tono verde tan brillante que en mi vida anterior habría gritado “¡veneno!” al instante. Aquí, sin embargo, es solo un almuerzo potencial para algún depredador mágico.
La rana parpadea. Yo parpadeo.
Sostengo entre mis manos una rama de roble que tallé minuciosamente durante las últimas tres semanas. Tiene el peso y la longitud aproximada de una spatha clásica romana. No es la katana que solía blandir en mis días de gloria en el dojo, ni tampoco las espadas absurdamente gigantescas que solía ver en los videojuegos y animes de mi juventud geek, pero sirve. Vaya que sirve.
—Oye, pequeña— le susurro a la rana, balanceando suavemente la punta de mi espada de madera frente a sus ojos saltones. —Si yo fuera un espadachín del Estilo del Dios de la Espada, ya estarías dividida en dos mitades simétricas. Esos tipos son todo velocidad en línea recta. Aburridísimos, de verdad.
La rana, ignorando por completo mi magistral análisis de combate, da un salto parabólico y aterriza en el agua del arroyo con un sonoro plop.
—Y si fuera del Estilo del Dios del Agua, habría esperado a que saltaras para cortarte en el aire— continúo mi monólogo, poniéndome de pie y sacudiendo la tierra de mis pantalones de lino rústico. —Pero... ¿dónde está el estilo en eso? Un combate sin fluidez es solo carnicería barata. Se trata de verse bien, de engañar al ojo, de hacer que la física ruede sobre tu dedo meñique.
Doy un paso atrás, hundo mi centro de gravedad y deslizo el pie derecho sobre las hojas secas. En mi mente, un contador invisible cambia de [ D ] a [ C ].
Hago girar la espada de madera entre mis dedos en un movimiento inverso, ejecuto una pirueta lateral —un giro limpio que aprovecha la inercia de mi pequeño torso— y lanzo una estocada ascendente hacia una hoja que cae de un roble. La punta de madera atraviesa el centro exacto de la hoja. Al aterrizar, apoyo una mano en el suelo, amortiguo el peso con una flexión resuelta de hombros y doy una voltereta hacia atrás para quedar de pie en una guardia completamente relajada. La espada descansa sobre mi hombro.
—Sí. Definitivamente un sólido rango C para un cuerpo que apenas está absorbiendo mana corporal— sonrío, limpiándome un hilo de sudor de la frente.
A diferencia de las personas de este mundo, que se dividen rígidamente en escuelas de esgrima, yo no puedo evitar mezclarlo todo. Mi memoria muscular de la Tierra se fusiona con la extraña energía que corre por mis venas en este universo. El mana no es solo para lanzar bolas de fuego; es el combustible que me permite hacer estas acrobacias sin romperme los tobillos a los siete años.
Guardo mi espada de madera en el rústico tahalí que improvisé con un trozo de cuerda y comienzo a caminar de regreso, saliendo de la densa penumbra del bosque.
Conforme los árboles se abren, la luz del sol de la tarde golpea mis ojos, revelando el paisaje de la aldea Buena. Es un lugar pintoresco, casi de fantasía medieval de bajo presupuesto. Campos de trigo que se extienden hasta donde alcanza la vista, casas de piedra con techos de paja, y campesinos de aspecto robusto cargando sacos o arreando bestias de carga que parecen una mezcla entre caballos y lagartijas gigantes.
A lo lejos, en la colina más alta, se alza la casa más grande y elegante de la zona. La residencia de los Greyrat.
Es una locura si lo piensas. Según los chismes que escucho de mi “madre” adoptiva mientras limpia las verduras, el dueño de esa casa es un caballero de alto rango llamado Paul Greyrat. Se rumorea que el tipo es un prodigio de la espada, alguien que domina los tres estilos principales. Un verdadero monstruo en el campo de batalla.
A veces, cuando el sol empieza a ocultarse y la guardia de la aldea termina sus rondas, me acerco sigilosamente a los límites de su propiedad solo para verlo entrenar en su patio trasero. Es fascinante. Su técnica es brutal, llena de una fuerza cruda que casi hace vibrar el aire. No tiene la finura de mis antiguas artes marciales orientales, ni la plasticidad de los combos que solía soñar en los videojuegos, pero tiene... presencia.
Y yo, que sigo siendo un friki incorregible en el fondo, no puedo evitar sentir que mi pecho late con fuerza cada vez que lo veo blandir su acero.
—Algún día— me digo a mí mismo, ajustando la correa de mi espada mientras esquivo a un par de gallinas que corren por el sendero principal de la aldea. —Algún día haré que ese caballero de élite abra la boca de la sorpresa al ver cómo pelea un verdadero maestro del “Style”.
Pero por ahora, tengo siete años, mi madre probablemente me va a regañar si llego tarde a la cena, y todavía tengo que descubrir cómo rayos se supone que debo ganarme la vida en este mundo si no quiero terminar cosechando papas mágicas por el resto de mi existencia.
El tiempo en el campo tiene una forma extraña de pasar: es lento en el día a día, pero cuando miras atrás, el calendario ya ha mudado de piel.
Pasaron los meses. Mi rutina de entrenamiento en el bosque se volvió más intensa, mis saltos más limpios y mi control de ese flujo cálido que aquí llaman mana empezó a sentirse menos como un truco de magia y más como una extensión de mis propios músculos. El rango [ C ] de mi medidor mental de estilo ya estaba firmemente consolidado.
Y entonces, a finales de ese año, la aldea Buena se llenó de un murmullo diferente.
No era el típico chisme sobre las cosechas o sobre qué bestia de carga se había escapado del corral. No. El cotilleo venía directamente de la colina, de la gran casa de piedra y madera.
La esposa del mismísimo Paul Greyrat, Zenith, había dado a luz.
(Rango de Estilo en mi mente: [ B ] por el drama familiar).
—¡Un varón!— exclamaba la señora de la casa de al lado mientras sacudía una manta de lana en su ventana. —Dicen que el señor Paul está que no cabe en sí de la alegría. Un heredero para su espada.
Yo estaba sentado en la cerca de madera de mi casa, mordisqueando una pajita de trigo y mirando hacia la colina con los ojos entrecerrados. La brisa de la tarde traía el olor fresco de la tierra húmeda y el trigo tierno.
«Así que... el gran Paul Greyrat ya es papá», pensé, sintiendo una extraña mezcla de fascinación y una sutil chispa de competitividad en mi pecho de friki de siete años.
Para los aldeanos, el nacimiento de un bebé era solo un evento alegre y cotidiano. Pero para mí, que veía a Paul como la encarnación viviente de un “jefe de nivel” o de un legendario maestro de esgrima al que aspiraba superar, la noticia tenía un peso enorme. El hombre que yo admiraba en secreto —ese gigante que hacía zumbar el aire con cada corte de su espada— ahora tenía un hijo. Un trozo de su propia sangre que, sin duda, heredaría sus genes de monstruo y sus técnicas.
—Un sucesor, ¿eh?— murmuré para mí mismo, saltando de la cerca y aterrizando sin hacer el menor ruido sobre el sendero de tierra. Un aterrizaje perfecto de superhéroe, aunque nadie me estuviera viendo para apreciarlo.
Ajusté la empuñadura de mi espada de madera de roble, que ahora lucía un poco más desgastada por las interminables horas de práctica contra los troncos del bosque.
—Apuesto a que Paul va a querer convertirlo en el espadachín definitivo. Probablemente lo pondrá a sostener un arma antes de que aprenda a caminar.
En mi mente de ex-artista marcial y ávido jugador de rol, ya me estaba imaginando el panorama de los próximos años. Visualizaba al hijo de Paul creciendo bajo el entrenamiento espartano de su padre, convirtiéndose en un rival natural o, quién sabe, tal vez en un digno espectador de mis acrobacias. Si el hijo de Paul resultaba ser tan fuerte como él, el futuro en esta aldea prometía ser mucho menos aburrido de lo que pensaba.
Esa misma tarde, incapaz de contener mi curiosidad, me escabullí por el sendero que subía a la colina de los Greyrat. No iba con la intención de husmear dentro de la casa —no soy un bicho raro, gracias—, sino simplemente para hacer mi ronda habitual cerca de los límites de su patio de entrenamiento.
Cuando llegué a mi escondite habitual detrás del gran arbusto de bayas silvestres, el patio estaba inusualmente silencioso. La pesada espada de práctica de Paul no estaba apoyada contra la pared de madera, y no se escuchaba el característico vush, vush de sus cortes de viento.
En su lugar, a través de una de las ventanas abiertas del segundo piso, alcancé a ver por un breve segundo una silueta. Era Paul, pero no lucía como el imponente caballero de élite que solía intimidar con la mirada. Sostenía un pequeño bulto envuelto en mantas blancas con una torpeza tan evidente que casi me da risa. El gran espadachín del Estilo del Dios de la Espada parecía aterrorizado de romper a su propio hijo con sus manos curtidas por las batallas.
Esbocé una pequeña sonrisa y me deslicé de espaldas contra el tronco de un árbol, cruzándome de brazos.
—Disfruta de tu paz por ahora, pequeño Greyrat— susurré, mirando al cielo que empezaba a teñirse de tonos púrpuras y anaranjados. —Crece rápido. Porque para cuando decidas tomar una espada, tu padre ya tendrá a un alumno autoproclamado que le habrá volado la cabeza con un estilo que ni en sus mejores sueños podría imitar.
Hice girar mi espada de madera una vez más, la guardé en mi cinturón de cuerda y me di la vuelta para regresar a mi cabaña antes de que la noche cayera por completo. El tablero de juego en la aldea Buena acababa de recibir a un nuevo jugador, y yo no planeaba quedarme atrás.
El paso del tiempo en este mundo es como un río constante. Mis siete años se transformaron en diez en un abrir y cerrar de ojos. Mi cuerpo de diez años ya no es el de un niño debilucho; la combinación de mi entrenamiento marcial de la Tierra con el flujo constante de mana corporal ha esculpido en mí una agilidad felina. En mi cabeza, el contador de estilo ya roza un sólido rango [ B+ ]. Mis reflejos son nítidos, mis piruetas son limpias y mi dominio de la espada de madera es lo suficientemente excéntrico como para hacer dudar a cualquiera que intente encasillarme.
Sin embargo, crecer en la aldea Buena también me ha hecho abrir los ojos a las realidades de este nuevo mundo. Y algunas de esas realidades son bastante estúpidas.
Hace poco me di cuenta de que hay otro niño en la aldea. Bueno, un niño según la gente de aquí, aunque en realidad destaca como un faro en medio de la niebla: tiene el cabello de un verde brillante y unas orejas ligeramente puntiagudas. Un semielfo.
La primera vez que lo vi, mi radar de friki se encendió al instante. «¿Un elfo? ¡Qué genial!», pensé. Pero la reacción de los aldeanos fue radicalmente opuesta. Cada vez que ese chico se acerca al sendero principal, los adultos apresuran el paso, murmuran con desprecio y apartan a sus hijos como si el pobre diablo cargara con la peste bubónica.
Por las conversaciones que he escuchado a hurtadillas en la taberna local y las advertencias que mi propia “madre” me ha dado, todo se reduce a una palabra: Superd. Al parecer, en este mundo existe una raza de demonios con cabello verde que cometió atrocidades en el pasado, y la gente es tan ignorante que asocia cualquier rastro de verde capilar con la reencarnación del mismísimo diablo. Es el clásico prejuicio medieval de fantasía. Patético, la verdad. A mí me importa un bledo de qué color sea su pelo; si sabe pelear o si tiene una buena historia, para mí es un personaje interesante. Pero por ahora, me he mantenido al margen para no levantar sospechas innecesarias. Mi prioridad sigue siendo mi propio crecimiento.
Y hablando de prioridades... mi tarde favorita de la semana ha llegado.
Me deslicé como una sombra entre los matorrales que bordean la colina de los Greyrat, esquivando las ramas secas con la gracia de un ninja. Al llegar a mi puesto de observación habitual detrás del gran arbusto de bayas, me acomodé y asomé la cabeza con cuidado.
El patio de los Greyrat era una perfecta pintura de la vida cotidiana de la nobleza local.
Ahí estaba Zenith, sentada en un banco de madera bajo la sombra de un árbol, observando la escena con esa sonrisa maternal y angelical que siempre tiene. Cerca de ella, gateando por la hierba con una coordinación sospechosamente buena para su edad, estaba el pequeño Rudeus. El “niño prodigio” ya no era un bebé de cuna, sino un infante curioso que miraba todo a su alrededor con unos ojos enormes y... extrañamente analíticos. A veces, cuando miro a ese crío, me da una vibra extraña, como si su cerebro procesara las cosas demasiado rápido para un niño de su edad. Bah, probablemente solo sean delirios míos de reencarnado.
Un poco más allá, Lilia, la sirvienta de mirada seria y postura impecable, tendía pacientemente las sábanas blancas en las cuerdas de lavar, moviéndose con una eficiencia casi militar.
Y en el centro de todo, el plato fuerte: Paul.
El hombre era un torbellino. Hoy no estaba usando la espada de metal, sino una pesada espada de madera reforzada. Estaba ejecutando formas del Estilo del Dios de la Espada. Cada paso que daba agrietaba la hierba; cada corte descendente generaba un silbido agudo que cortaba el viento con una violencia limpia.
—¡Vush! ¡Vush!— resonaba en el patio.
«Increíble», pensé, con los ojos brillando de emoción geek. «Su velocidad de reacción en el inicio del corte es impecable. El Dios de la Espada realmente se enfoca en la aceleración pura desde una postura estática. Pero...»
Entorné los ojos, analizando sus pies.
«...deja el flanco izquierdo completamente expuesto durante la recuperación del peso. Si yo me deslizara por debajo de ese arco con un giro de cadera, podría conectar un barrido ascendente antes de que logre recuperar la guardia del Dios del Agua.»
En mi mente, empecé a simular el combate. Yo contra Paul Greyrat. En mi simulación mental, esquivaba su primer tajo lateral inclinando el torso hacia atrás en un ángulo casi imposible —estilo Matrix—, usaba el impulso para dar una voltereta apoyando una sola mano en el suelo, y le arrebataba la espada con un enganche de mis piernas antes de aterrizar con una sonrisa burlona y los dedos en forma de pistola.
—Rango de estilo estimado para esa maniobra: [ S ]— susurré para mis adentros, con una sonrisa de suficiencia dibujándose en mi rostro.
En el patio, Paul se detuvo un momento para limpiarse el sudor de la frente con el dorso de la mano, soltando una risa fuerte al ver a Rudeus gatear cerca de sus botas. El pequeño bebé alzó la vista hacia la espada de su padre con una fascinación que no pude evitar respetar.
Me recosté contra el tronco del árbol, ocultándome de nuevo en las sombras del bosque. La brisa soplaba suave, agitando las sábanas blancas que Lilia acababa de colgar.
El escenario estaba listo. La aldea Buena seguía su curso, los Greyrat vivían su idilio familiar, el niño de pelo verde sufría la ignorancia de la gente, y yo... yo seguía puliendo mi propio camino. Un camino que muy pronto, estaba seguro, iba a colisionar con la fuerza bruta de ese caballero que tanto admiraba.
El sigilo de un maestro de artes marciales es absoluto... a menos que la naturaleza decida jugarte una mala pasada en el momento más inoportuno.
Decidido a que ya había sido suficiente dosis de admiración secreta por hoy, me apoyé sobre las plantas de mis pies para deslizarme hacia atrás con la fluidez de una sombra. Di media vuelta con perfecta elegancia, listo para emprender mi huida silenciosa hacia el bosque.
Sin embargo, mi pie no tocó hojas secas. Tocó algo... peludo. Y húmedo.
Al bajar la vista, me topé de frente con un par de ojos enormes y oscuros. Era uno de esos perros callejeros de la aldea, un enorme chucho de pelaje mugriento que me miraba con la lengua afuera y una expresión de absoluta curiosidad.
—¿Guau?— soltó el perro.
—¡¡Aaaah!!— el grito de pánico infantil se me escapó antes de que mi cerebro de treinta y tantos años pudiera procesar el control de daños.
El susto fue tan repentino que di un salto hacia atrás instintivo, olvidando por completo dónde demonios estaba parado. Perdí el equilibrio sobre la pendiente resbaladiza de la colina, tropecé con una raíz traicionera y, en lugar de ejecutar una de mis gloriosas piruetas de rango [ S ], rodé cuesta abajo como un costal de patatas mágicas.
¡Spam! ¡Pof! ¡Cataplum!
Atravesé el arbusto de bayas silvestres que me servía de cobertura y aterricé de cara, directamente sobre el impecable y recién cortado césped del jardín de los Greyrat. El pasto se me metió en la nariz y la boca, y mi querida espada de madera salió volando por el aire, clavándose ridículamente en la tierra a unos pocos metros de mí.
El silencio que se apoderó del patio fue instantáneo y sepulcral.
Inmóvil en el suelo, con el trasero apuntando al cielo y la cara enterrada en el lodo, pude sentir cómo todas las miradas del lugar se clavaban en mi espalda. Lentamente, levanté la cabeza, escupiendo una brizna de hierba.
A unos cinco metros de mí, Paul Greyrat sostenía su espada de madera a medio camino de un corte, mirándome con una ceja alzada y una expresión de desconcierto absoluto. A su lado, el pequeño Rudeus había detenido su gateo y me observaba con unos ojos redondos llenos de una curiosidad casi científica. Más atrás, Zenith se había puesto de pie con las manos en las mejillas, medio preocupada y medio divertida, mientras que Lilia sostenía una sábana húmeda a medio colgar, evaluándome con su fría mirada de sospecha profesional.
El pánico se apoderó de mi cerebro. Mi mente de friki y maestro de esgrima colapsó por completo ante la vergüenza de haber arruinado mi entrada triunfal de esta manera tan patética. Intenté formular una explicación madura, lógica y digna de un reencarnado... pero mi lengua de diez años decidió tropezar consigo misma.
—¡Y-yo...! ¡Oigan! ¡Hola! ¡No-no estaba espiando! ¡Lo juro por el Dios de la... de la cocina! —solté a toda velocidad, levantándome de golpe mientras me sacudía desesperadamente la tierra de los pantalones—. ¡Solo... solo pasaba por aquí! ¡Un perro gigante mutante me emboscó en el bosque y me arrojó por el aire con una técnica de viento prohibida! ¡Pero definitivamente no estaba mirando al señor Paul entrenar! ¡Para nada! ¡¿Quién querría ver esos cortes tan... tan rápidos y perfectos?! ¡Digo, no! ¡No estaba viendo nada!
A medida que las palabras salían de mi boca, me di cuenta de que cada frase me enterraba un metro más bajo tierra. Mi cara se tiñó de un rojo tan intenso que fácilmente habría rivalizado con el cabello de una de las facciones Greyrat.
Rudeus parpadeó un par de veces, ladeando la cabeza como si estuviera intentando descifrar si yo era un espía de verdad o simplemente un idiota local de diez años con severos problemas de articulación.
Paul, por su parte, bajó lentamente su espada de madera. El desconcierto en su rostro dio paso a una sonrisa ladeada, y luego a una carcajada ruidosa que resonó por todo el patio.
—¿Un perro mutante con técnicas de viento, dices?— preguntó Paul, envainando su arma de práctica y dándose un golpe en el muslo de la risa—. Vaya, muchacho, esa es la excusa más creativa que he escuchado en toda mi vida. ¿Y dices que no estabas espiando?
—Sí... bueno, está bien. ¡Me atraparon!— solté, dejando caer los hombros en señal de derrota absoluta. Toda mi dignidad de ex-maestro de artes marciales y mis fantasías de chico súper genial se evaporaron en un instante. —Estaba mirándolo entrenar, ¿de acuerdo? He estado viniendo desde hace meses. Es solo que... sus movimientos son increíbles. Jamás había visto a nadie usar la espada así en la aldea.
La confesión pareció complacer enormemente el ego de Paul. Su sonrisa se ensanchó aún más, y se cruzó de brazos, mirándome con una mezcla de orgullo y curiosidad paternal.
—Así que meses, ¿eh?— Paul caminó unos pasos por el césped hasta donde mi espada de madera se había clavado en la tierra. Con un movimiento fluido del pie, golpeó la base del mango, haciendo que la espada saltara en el aire. La atrapó en el aire sin esfuerzo y la sopesó con una mano. —Una rama de roble tallada a mano... Tiene buen peso para ser un juguete de niño. Dime, muchacho, si tanto me observas, ¿has aprendido algo o solo vienes a ver el espectáculo?
—He... he practicado un poco en el bosque— respondí, rascándome la nuca, intentando recuperar algo de compostura bajo la atenta mirada de su sirvienta Lilia y los ojos analíticos del pequeño Rudeus, que no me quitaba la vista de encima.
—¿Ah, sí? A ver qué tan buenos son tus reflejos— dijo Paul con una chispa de diversión en los ojos.
Sin previo aviso, arrojó mi espada de madera directamente hacia mí. No fue un lanzamiento suave, pero tampoco iba con mala intención; llevaba la velocidad justa para probar a un niño de diez años.
Mi cerebro de treinta y tantos años reaccionó antes de que pudiera pensarlo. Mi cuerpo se tensó, di un medio paso lateral para corregir la trayectoria y alcé la mano derecha. En lugar de atraparla torpemente con ambas manos contra el pecho como lo haría cualquier niño común, dejé que el mango se deslizara en la palma de mi mano, cerrando los dedos con un giro de muñeca que hizo que la madera emitiera un seco y limpio clack al detenerse. La espada quedó perfectamente alineada con mi antebrazo, en una guardia invertida y relajada.
Fue un movimiento instintivo, lleno de esa fluidez que tanto había pulido.
Paul levantó las cejas, genuinamente sorprendido por la limpieza del agarre. Rudeus, desde el suelo, abrió un poco más sus pequeños ojos, como si acabara de ver un truco de magia que no venía en sus libros.
—Vaya...— murmuró Paul, sobándose la barbilla—. Eso no estuvo nada mal. Tienes buenos reflejos, chico.
Desde el banco, Zenith, que había estado observando toda la escena con una sonrisa dulce, se puso de pie juntando las manos con entusiasmo.
—¡Paul, querido!— exclamó Zenith con voz melodiosa—. Deberías practicar un poco con él. Mira la emoción en sus ojos. Además, siempre te quejas de que los guardias de la aldea no aguantan ni un asalto contigo. Dale una oportunidad a este jovencito.
Paul suspiró dramáticamente, pero la mirada de adoración que le lanzó a su esposa delató que ya estaba completamente convencido. Mirar a Zenith con ojos de cordero degollado era una de sus mayores debilidades.
—Ah, de acuerdo, de acuerdo. Si mi hermosa esposa lo pide, no puedo negarme— dijo Paul, rascándose la cabeza antes de desenvainar nuevamente su pesada espada de madera de práctica. Se colocó a unos metros de mí, adoptando una postura relajada pero imponente—. Muy bien, muchacho de los perros mutantes. Tu nombre es Tn, ¿verdad? Muéstrame qué es lo que has estado copiando en ese bosque. No te contengas.
El ambiente en el patio cambió al instante. El murmullo del viento sobre las sábanas tendidas por Lilia pareció apagarse, y la calidez del sol de la tarde de repente se sintió un poco más fría.
Me coloqué en guardia. Di un pequeño paso atrás, flexioné las rodillas y mantuve la espada de madera a una altura media, pero con el cuerpo de perfil, una postura relajada y móvil que no pertenecía a ninguna escuela conocida de este mundo. En mi mente, el contador invisible de estilo se encendió en un latente [ B ].
Paul esbozó una sonrisa de lado, complacido por mi falta de vacilación.
—¡Ahí voy! —advirtió.
Y entonces, se movió.
En mi vida pasada, en los dojos de la Tierra, me había enfrentado a campeones nacionales, a hombres con una técnica impecable y una velocidad endiablada. Pero esto... esto era el mundo de Mushoku Tensei. La física aquí jugaba bajo otras reglas. El cuerpo de Paul no solo se movía con técnica; estaba reforzado por una cantidad absurda de mana corporal que lo impulsaba como si fuera un cañón de aire.
No hubo tiempo para pensar. La distancia entre nosotros se redujo a cero en un parpadeo. Paul inició con el Estilo del Dios de la Espada, un tajo horizontal directo y veloz que buscaba probar mis bases. El aire chilló ante el paso de su pesada arma de madera.
«¡Es rapidísimo!», gritó mi mente. Un animal salvaje del bosque atacaba por puro instinto, predecible y tosco. Pero Paul... Paul era un depredador inteligente. Su ataque tenía dirección, peso y una precisión milimétrica.
Apretando los dientes, usé mis reflejos de maestro y la flexibilidad de mi cuerpo de diez años. No intenté bloquear directamente —eso habría sido un suicidio—. En su lugar, apliqué la fluidez del Estilo del Dios del Agua combinada con desvíos de esgrima histórica.
¡CLACK!
Deslicé la punta de mi espada sobre el costado de la suya, desviando la trayectoria de su tajo lo justo para que pasara rozando mi hombro. Aproveché la inercia del giro, di una pirueta lateral sobre mi propio eje y busqué conectar un golpe rápido a su flanco expuesto.
Paul, sin embargo, reaccionó con la velocidad de un veterano. Su pie pivoteó en la hierba y, antes de que mi arma tocara su ropa, su guardia cambió por completo. Ya no era la ofensiva del Dios de la Espada; ahora era el Estilo del Dios del Agua. Mi golpe de madera simplemente resbaló contra su defensa como si hubiera chocado contra una roca lisa en un río.
—Interesante... —murmuró Paul, con los ojos brillando de genuina emoción—. ¡Pero no te distraigas!
El caballero dio un paso al frente y descargó un golpe descendente. Esta vez no buscaba velocidad, sino someter mi guardia.
Instintivamente, coloqué mi espada de madera de forma horizontal sobre mi cabeza, apoyando la palma de mi mano libre en el lomo de la rama de roble para reforzar el bloqueo, tal como lo dictaban las artes marciales de mi vida pasada. Un bloqueo perfecto, o eso creí.
¡CRAACK!
El impacto de su espada de práctica contra la mía resonó en todo el patio.
Un dolor sordo y punzante subió instantáneamente por mi muñeca, recorriendo mi antebrazo hasta el hombro. La fuerza de Paul era absurdamente bruta, una presión física tan colosal que sentí cómo mis rodillas se doblaban unos centímetros contra el césped. Mi mano derecha empezó a temblar violentamente bajo el peso de su arma, y el sudor frío me perla la frente al instante. Mi espada de madera crujió peligrosamente, amenazando con partirse en dos.
«¿Qué demonios es esto...?», pensé, con los dientes apretados y la vista nublada por el esfuerzo. «¿Cómo puede un simple trozo de madera transmitir tanta fuerza física? Esto no es solo músculo... ¡es un control de mana corporal de nivel avanzado!»
Rudeus, observando desde el césped con la boca ligeramente abierta, parecía estar analizando la colisión de fuerzas con una intensidad casi cómica para su edad.
Paul me miraba desde arriba, sosteniendo la presión con un solo brazo y sin rastro de cansancio, aunque en sus ojos ya no había diversión, sino un profundo respeto por el hecho de que un niño de diez años no hubiera salido volando por los aires tras recibir semejante golpe.
—Tienes una técnica defensiva extraña, Tn —dijo Paul, manteniendo la presión mientras mi brazo seguía temblando—. Pero en un combate real, si confías solo en desviar, la fuerza bruta del enemigo tarde o temprano romperá tus huesos. ¿Qué vas a hacer ahora?
Tn ahora es quien ataca, logra safarse, es aqui cuando combina las tecnicas de espada con sus fantasias friki pasando a usar una sola mano para ejecutar sus ataques,
«¿Qué voy a hacer? Sencillo... voy a salirme del guion», pensé, mientras una sonrisa forzada y llena de dolor se dibujaba en mi rostro.
Si me quedaba ahí intentando soportar su fuerza bruta, estaba acabado. En el mundo de los videojuegos y el anime, cuando un jefe te tiene acorralado en un choque de fuerzas, la respuesta nunca es empujar más fuerte. La respuesta es... evadir con estilo.
Dejé que mis rodillas se doblaran un poco más, fingiendo que cedía por completo a su presión. Paul, esperando el colapso de mi guardia, cargó un miligramo más de su peso hacia adelante. Justo en ese microsegundo, relajé los brazos por completo y di un paso hacia atrás, ladeando el torso.
La pesada espada de madera de Paul cayó al vacío, golpeando el césped con un seco ¡thud! de pura inercia.
Aprovechando que él estaba momentáneamente desbalanceado por su propio peso, inicié mi contraataque. Pero ya no iba a jugar bajo sus reglas medievales. Era hora de meterle un poco de fantasía geek a este asunto.
Hice girar mi espada de madera de roble, pasándola a una sola mano. Para cualquier espadachín de este mundo, usar una espada de una mano sin un escudo o sin usar el peso del cuerpo es una locura que reduce la potencia. Pero para mí, con mi control de mana corporal enfocado en los tendones y mi obsesión por los movimientos fluidos, era la única forma de desatar la velocidad que quería.
En mi mente, el contador de estilo hizo un violento click y subió a [ A ].
—¡Style On!— exclamé mentalmente.
Me deslicé hacia su flanco desarmado. En lugar de un tajo predecible, utilicé la inercia de mi cuerpo para dar un giro rápido de 360 grados sobre la punta de mi pie izquierdo, lanzando un corte horizontal de una sola mano que buscaba sus costillas. El movimiento fue tan rápido y plano que pareció el aspa de un molino.
Paul, con los ojos abiertos por la sorpresa ante mi repentina recuperación, apenas logró interponer el plano de su espada para bloquear.
¡CLACK!
No me detuve a comprobar si le dolió. Usando el rebote del impacto, flexioné el codo, pasé la espada por detrás de mi espalda baja —un truco puramente estético y de distracción que solía ver en los videojuegos de acción—, la atrapé con la misma mano por el otro lado y ejecuté un tajo ascendente que casi le roza la barbilla.
—¿¡Pero qué demonios...!?— exclamó Paul, tirando la cabeza hacia atrás para esquivar el golpe.
Estaba completamente descolocado. Mis movimientos no tenían el recorrido lógico del Dios de la Espada, ni la rigidez de guardia del Dios del Agua, y eran demasiado acrobáticos y elegantes para el pragmático y sucio Dios del Norte. Era un flujo constante de ataques de una sola mano, donde mi cuerpo servía de eje giratorio para mantener la espada en un movimiento perpetuo y tridimensional.
Di una voltereta corta hacia el lado, apoyando mi mano libre en el césped para impulsarme, y al caer de pie, lancé tres estocadas consecutivas con una sola mano, tan rápidas que la punta de madera de mi rama parecía multiplicarse en el aire.
¡Clack! ¡Clack! ¡Clack!
Paul tuvo que retroceder tres pasos seguidos para bloquearlas, sus ojos yendo de un lado a otro intentando predecir de dónde vendría el siguiente golpe. Un niño de diez años lo estaba obligando a retroceder en su propio patio de entrenamiento.
Desde el suelo, Rudeus miraba la escena sin parpadear. Su pequeña boca estaba completamente abierta y sus ojitos brillaban con una intensidad casi cómica. Apuesto lo que sea a que su mente de reencarnado estaba teniendo un cortocircuito masivo intentando procesar qué clase de “estilo de juego” estaba usando el niño raro de la aldea.
Finalmente, di un salto hacia atrás para ganar distancia, haciendo girar la espada de madera con un dedo sobre el guardamano antes de atraparla con un agarre inverso y apoyarla con arrogancia sobre mi hombro derecho. Estaba jadeando, con el corazón latiendo a mil por hora y los músculos ardiendo por el esfuerzo de canalizar el mana de esa forma tan poco ortodoxa, pero la adrenalina me hacía sentir flotando.
Miré a Paul con una sonrisa de suficiencia, imitando la clásica pose de victoria de un protagonista de acción.
—¿Qué tal estuvo eso, señor Paul? —pregunté, intentando que mi voz no sonara tan agitada—. ¿Sigue pensando que solo estaba espiando?
Paul se quedó congelado por un instante, con la espada de madera aún levantada a media altura. Su mirada iba de mi postura relajada a las marcas en el césped que habían dejado mis rápidos desplazamientos. Un silencio pesado, pero cargado de asombro, se apoderó del patio.
—Increíble... —murmuró Paul, dejando escapar un silbido largo mientras una enorme sonrisa de orgullo y excitación de batalla se dibujaba en su rostro—. Muchacho, no tengo idea de qué escuela de esgrima sea esa, pero tus transiciones... la forma en que manejas el peso de tu cuerpo con una sola mano... ¡Es una locura de estilo! ¡Tienes un talento natural que asustaría a cualquiera!
Al escuchar los halagos del gran Paul Greyrat, mi medidor mental de estilo se disparó directamente a un glorioso rango [ S ]. De reojo, vi a Zenith sonreír con ternura, asintiendo con la cabeza mientras Lilia soltaba un sutil suspiro que delataba que ella también estaba impresionada. Incluso el pequeño Rudeus parecía estar procesando mi técnica como si fuera un nuevo sistema de magia.
Estaba en la cima del mundo. Mi ego de friki y maestro de esgrima estaba por las nubes.
Y entonces, todo se arruinó.
«¿Acaso... será él el elegido?»
Una voz. Una voz extraña, clara y resonante, resonó directamente dentro de mi cabeza. No venía del bosque, ni de Paul, ni de Zenith. Era como si alguien me estuviera hablando desde el interior de mi propio cráneo.
El susto fue tan repentino que mi mente de reencarnado se puso en alerta máxima. «¿Un elegido? ¿Qué? ¿Quién demonios habla en mi mente?».
Por puro instinto de supervivencia, giré la cabeza hacia un lado con brusquedad, buscando con la mirada el origen de esa misteriosa voz. Mi guardia, mi concentración y mi control de maná corporal se desmoronaron en ese microsegundo. Olvidé por completo que estaba en medio de un duelo contra un espadachín de nivel Avanzado.
Paul, que ya había iniciado un movimiento de prueba aprovechando lo que él creía que era una finta mía, no pudo detener la inercia. Su espada de madera se deslizó a través de mi defensa completamente abierta.
¡PAM!
El plano de su pesada arma de práctica me conectó de lleno en el costado del torso.
La fuerza del impacto me levantó unos centímetros del suelo. Sentí cómo se me salía todo el aire de los pulmones en un sonoro «¡Ugh!» y rodé un par de veces por el césped hasta quedar tendido de espaldas, mirando al cielo azul de la aldea Buena. Mis ojos daban vueltas, mi mano soltó la rama de roble y mi cuerpo simplemente se negó a responder. Quedé completamente fuera de combate, con el contador de estilo cayendo en picada a una humillante [ F ].
—¡¡PAUL!! —el grito de Zenith resonó en todo el patio, perdiendo por completo su habitual dulzura—. ¡Es solo un niño de diez años! ¿¡Cómo se te ocurre usar esa fuerza contra él!?
—¡Es-espera, Zenith, no fue mi intención! —se defendió Paul al instante, agitando las manos con pánico mientras retrocedía ante la mirada asesina de su esposa—. ¡Él bajó la guardia de la nada! ¡Gislasine me enseñó que en un combate real no se puede dudar, mi cuerpo reaccionó solo! ¡Lo juro!
Zenith ya corría hacia mí con las manos extendidas, lista para usar su magia de curación avanzada, mientras Lilia miraba a Paul con una desaprobación tan fría que congelaría el desierto.
Sin embargo, antes de que Zenith pudiera arrodillarse a mi lado, solté una bocanada de aire y empecé a reírme, aunque la risa me causara una puntada de dolor en las costillas. Me senté despacio, sobándome el costado herido, pero con los ojos brillando de una emoción que no cabía en mi pecho.
—¡Eso... eso fue malditamente genial! —exclamé, con una enorme sonrisa en el rostro—. ¡La velocidad de esa estocada! ¡Ni siquiera la vi venir! Señor Paul, ¡es usted un verdadero monstruo con la espada!
Paul parpadeó, pasando de la tensión al alivio, y soltó una carcajada ruidosa mientras se rascaba la nuca, orgulloso de que su “víctima” apreciara la belleza de su golpe. Zenith, por su parte, suspiró con resignación, dándose cuenta de que yo era tan cabeza hueca para la batalla como su esposo.
Me levanté con cuidado, recogiendo mi espada de madera del suelo. El dolor en mi cuerpo era real, pero la emoción lo superaba por completo. Solo había un pequeño detalle que me carcomía por dentro: esa extraña voz en mi mente. Miré disimuladamente a mi alrededor, topándome con la mirada del pequeño Rudeus, que seguía observándome fijamente desde la hierba con una expresión indescifrable.
«¿Qué demonios fue eso?», me pregunté, mientras mi aventura en la aldea Buena acababa de ponerse mucho más interesante... y peligrosa.
A partir de esa tarde de moretones y risas, mi vida en la aldea Buena dio un giro de 180 grados.
Paul, medio obligado por el regaño de Zenith y medio fascinado por mi “estilo sin nombre”, aceptó darme lecciones informales. Por supuesto, no iba a enseñarme sus técnicas secretas de buenas a primeras, pero me permitía entrenar en su patio, corregía mis posturas y, lo más importante, me obligaba a canalizar el maná corporal de forma eficiente para que mis huesos no se rompieran la próxima vez que bloqueara un golpe de verdad.
Sin embargo, la emoción de haber conseguido al “maestro” que tanto quería se vio ensombrecida esa misma noche.
Dormir después de una paliza de Paul siempre era un suplicio, pero esa noche el cansancio me arrastró a un abismo denso y sin sueños comunes. O eso creía.
De repente, me encontré flotando en un espacio completamente blanco, infinito, donde no había arriba ni abajo. Era el clásico escenario de “limbo de anime” que cualquier friki reconocería al instante. Pero no estaba solo. Una presencia se cernía sobre mí, invisible pero colosal.
Y entonces, una voz diferente a la del patio —más profunda, antigua y carente de toda emoción humana— resonó en cada rincón de mi mente:
“No escuches al Dios Humano... Si obedeces sus palabras, el hilo del destino se romperá. Lo que tiene que pasar... ya no pasará.”
Me desperté de golpe, empapado en sudor frío y con el corazón martillando contra mis costillas. Me senté en mi rústica cama de paja, mirando mis manos temblorosas bajo la luz de la luna que entraba por la ventana.
«¿El Dios Humano? ¿Hitogami?», pensé, sintiendo un escalofrío recorrer mi espalda. Como friki reencarnado, ese nombre encendió todas mis alarmas. ¿La voz de la tarde había sido Hitogami intentando manipularme al llamarme “el elegido”? ¿Y quién era esta segunda voz que me advertía en sueños?
Decidí guardar el secreto en lo más profundo de mi mente. En un mundo donde existen seres capaces de hablarle a tu cabeza, la paranoia es tu mejor escudo.
El tiempo volvió a correr, y dos años pasaron volando. Ahora tengo doce años.
Mi cuerpo ha dado un estirón notable; ya no soy el niño tierno que rodó por la colina. Mis movimientos son más rápidos, mi resistencia es absurdamente alta gracias al entrenamiento espartano de Paul, y mi estilo “Trickster” a una mano se ha vuelto un dolor de cabeza constante para mi maestro, quien sigue sin entender cómo logro esquivar sus ataques con piruetas que desafían la gravedad física. En mi medidor mental, estoy rozando un sólido rango [ S- ] en combate físico de corto alcance.
Pero mientras mi camino de la espada florecía, en la casa de los Greyrat se desataba una tragedia griega para el ego de Paul.
Resulta que el “heredero de su espada”, el pequeño Rudeus, resultó tener una puntería terrible con las armas de madera. No tenía la fuerza, ni el interés, ni el instinto para ser un espadachín. Para la absoluta mala suerte y frustración de Paul, su hijo era... un genio de la magia. Un mago nato que prefería quedarse encerrado leyendo tomos polvorientos antes que salir a sudar bajo el sol.
Yo, que ya pasaba bastante tiempo en la casa de los Greyrat gracias a los entrenamientos, empecé a aprovechar esta situación de una forma bastante conveniente.
A veces, después de terminar de entrenar con Paul, me metía a la biblioteca de la casa. Allí encontraba a Rudeus, un niño de unos cinco años que se sentaba sobre una pila de libros enormes con una seriedad que daba miedo.
—Oye, enano— le decía, sentándome a su lado en el suelo de madera, apoyando la espalda contra la estantería. —¿Qué estás leyendo hoy? ¿“Fundamentos de la Magia de Agua”? Déjame ver eso.
Rudeus al principio me miraba con recelo —su mente analítica probablemente seguía intentando descifrar mi extraño estilo de pelea—, pero al ver que yo tenía una genuina curiosidad por comprender cómo funcionaba el maná en su forma mística, terminaba por compartir sus lecturas conmigo.
Para mí, entender la magia era vital. Yo no quería lanzar bolas de fuego gigantescas (eso se lo dejaba al genio de Rudeus), pero mi mente friki y mis conocimientos de artes marciales me decían que si lograba entender la teoría de la magia, podría aplicar ese conocimiento para mejorar mi flujo de maná corporal. ¿Magia de viento para aumentar la velocidad de mis saltos? ¿Magia de tierra para endurecer mis nudillos al golpear? Las posibilidades para un “Style” definitivo eran infinitas.
Así pasábamos las tardes: Paul afuera quejándose en el patio de que su hijo no quería ser espadachín, y adentro, Rudeus y yo, compartiendo páginas de libros de magia bajo la silenciosa e intrigada mirada de Lilia.
Yo estaba jugando en dos tableros a la vez: el del acero con Paul y el de la mente con Rudeus, todo mientras la advertencia de mi sueño seguía resonando en mi cabeza, recordándome que este pacífico día a día en la aldea Buena no duraría para siempre.
La luz del atardecer teñía los campos de trigo de un naranja casi místico mientras caminaba de regreso a mi cabaña. Llevaba mi espada de madera al hombro, tarareando una vieja melodía de mi vida pasada y con los músculos agradablemente cansados tras una sesión de entrenamiento especialmente dura con Paul. En mi cabeza, todavía le daba vueltas a una de las teorías de magia que había estado leyendo con Rudeus.
«Si el mana es energía pura... ¿podría usar una microexplosión de viento en la planta de mi pie justo al momento de un salto para crear un “Double Jump”? Eso sí que sería rango SSS...»
Mis delirios frikis se cortaron de golpe al escuchar unas risas crueles y el sonido seco de algo golpeando la tierra húmeda, seguido de un gemido ahogado.
Me detuve al borde del sendero, ocultándome detrás de una carreta de paja abandonada. A unos metros, cerca del límite de la aldea, vi la escena. Un grupo de tres o cuatro niños de la aldea, de esos que siempre se creían los dueños del lugar porque sus padres tenían un par de vacas más que el resto, tenían acorralado a alguien contra una cerca de piedra.
Era el niño de pelo verde. El semielfo.
Estaba encogido, protegiéndose la cabeza con sus pequeños brazos, mientras los otros le gritaban insultos sobre los Superd y le lanzaban piedras del tamaño de un puño. Una de ellas le rozó la mejilla, dejándole un fino hilo de sangre.
—¡Fuera de aquí, monstruo!— gritaba el líder del grupo, buscando otra piedra en el suelo. —¡Mi papá dice que tu raza come niños! ¡Vuelve a tu agujero!
En mi pecho, una fría punzada de duda me congeló por un segundo.
«No te metas, Tn», me susurró esa parte cínica y calculadora que todos tenemos. «Si intervienes y defiendes al “demonio” de la aldea, la gente empezará a mirarte feo a ti también. Tu vida pacífica y tus entrenamientos con Paul podrían complicarse. No es tu problema. La historia tiene que seguir su curso...»
Pero entonces, vi al niño encogerse aún más, temblando de miedo y resignación, esperando el siguiente impacto.
«Al diablo con la prudencia», pensé, apretando los dientes mientras la sangre me hervía. «¿De qué me sirve haber sido un maestro de artes marciales en mi otra vida y estar entrenando con el mejor espadachín de la región si voy a agachar la cabeza como un cobarde ante unos abusivos de mierda? Eso es un absoluto rango [ F ] en dignidad.»
Me agaché rápidamente. No quería usar piedras de verdad; no quería romperles el cráneo a unos niños de mi aldea y ganarme un problema legal con sus padres. En su lugar, hundí mis manos en una zona de tierra arcillosa y húmeda junto al sendero. Moldeé un trozo de barro del tamaño de una manzana, apretándolo hasta dejarlo compacto y pesado.
Canalicé una sutil corriente de maná corporal hacia los tendones de mi brazo derecho, sintiendo ese calor familiar que Paul me había enseñado a controlar. El aire a mi alrededor pareció vibrar por una fracción de segundo.
Me asomé por el costado de la carreta, fijando mi objetivo en el líder de los agresores, que ya levantaba el brazo para lanzar otra piedra.
—¡Oye, cara de alcornoque!— grité para llamar su atención.
En cuanto giró la cabeza, desaté la fuerza de mi brazo. El lanzamiento no fue el de un niño normal de doce años; la bola de barro salió disparada con un silbido agudo, cortando el aire con la velocidad y la potencia de una bala de catapulta.
¡¡PAM!!
El proyectil de lodo impactó de lleno en el pecho del chico. La fuerza del golpe fue tan brutal que el lodo explotó en su ropa como si fuera pintura, y el impacto físico lo mandó directamente de espaldas al suelo, dejándolo sin aire con un sonoro «¡Ugh!».
Los otros niños se quedaron congelados, mirando a su líder cubierto de barro y jadeando en el piso, y luego me miraron a mí. Yo ya había salido de detrás de la carreta, caminando lentamente hacia ellos con la espada de madera apoyada en el hombro, una sonrisa sumamente peligrosa en el rostro y una segunda bola de barro flotando ligeramente en mi mano izquierda mientras la hacía girar con desdén.
—La próxima va a ir directamente entre tus ojos— dije con una voz calmada pero que transmitía una clara promesa de dolor, dejando que un poco de mi presencia de combate fluyera libremente—. Y les aseguro que el barro seco a esa velocidad duele bastante más que una piedra. ¿Quién sigue?
Los abusivos no necesitaron que se lo repitiera dos veces. Al ver la fuerza absurda de mi lanzamiento y la mirada de alguien que claramente sabía pelear, ayudaron a levantarse a su líder y salieron corriendo despavoridos hacia el centro de la aldea, tropezando entre ellos.
—¡Estás loco, Tn! ¡Le diremos a nuestros padres!— gritaron a lo lejos, aunque sus voces temblaban de puro pánico.
—¡Díganles!— les grité de vuelta, dejando caer la segunda bola de lodo al suelo y limpiándome las manos en los pantalones—. ¡Y de paso les dicen que les pateó el trasero un muñeco de barro!
Suspiré, dejando ir la tensión acumulada, y me giré hacia el chico de cabello verde, que seguía arrodillado junto a la cerca de piedra, mirándome con una mezcla de absoluto terror y una profunda incredulidad.
El silencio volvió a adueñarse del sendero. El único sonido que quedaba era el crujido de las hojas secas bajo mis botas y un sollozo ahogado y constante que venía desde la base de la cerca de piedra.
Me giré lentamente para observar al niño elfo. Tenía las rodillas pegadas al pecho, la cabeza hundida entre los brazos y sus hombros no dejaban de temblar. El cabello verde, ese que causaba tanto pánico estúpido en la aldea, estaba revuelto y salpicado de tierra.
«Bien, Tn. Hiciste tu buena acción del día», me dije a mí mismo, dándome una palmadita mental en la espalda. «Salvaste al chico, dispersaste a los idiotas y demostraste que tus tiros de precisión tienen rango [ A ]. Ahora, media vuelta y a casa antes de que alguien te vea asociado con “el engendro de pelo verde”. No necesitamos más complicaciones en nuestra pacífica vida de entrenamiento».
Ajusté la espada de madera en mi hombro y comencé a caminar, pasando justo por su lado. No quería involucrarme más. En este mundo, los prejuicios no se curan con un par de discursos bonitos; se curan con el tiempo, y yo no era el mesías de nadie.
Di un paso. Luego otro. El sollozo del niño se escuchaba cada vez más distante a mis espaldas.
Pero justo cuando iba a doblar la esquina del sendero para perder de vista la colina, una voz pequeña, rasposa por el llanto y sumamente temblorosa, cortó el aire de la tarde:
—G-gracias...
Me detuve en seco. Mis botas quedaron clavadas en la tierra del camino.
«Maldita sea», pensé, apretando los ojos mientras dejaba escapar un suspiro de resignación. «Mi detector de clichés de anime acaba de estallar. Se supone que yo era el antihéroe genial y solitario de esta historia. ¿Por qué una sola palabra tiene que sonar tan malditamente sincera?»
Lentamente, bajé la espada de madera de mi hombro y me di la vuelta. El niño había levantado un poco la cabeza. Sus ojos, grandes y empañados por las lágrimas, me miraban con una mezcla de absoluto asombro y un temor latente, como si esperara que yo también fuera a lanzarle lodo o a gritarle en cualquier momento. Un pequeño rasguño en su mejilla seguía goteando una pizca de sangre.
Me crucé de brazos, intentando mantener mi mejor postura de “hermano mayor genial y despreocupado”.
—No tienes que agradecerlo —le dije, suavizando un poco el tono para no asustarlo—. Esos idiotas solo atacan en grupo porque individualmente no aguantan ni un soplido. La próxima vez que los veas, búscate una buena rama. No necesitas ser un maestro de la espada para defenderte; a veces solo hace falta un buen golpe en la espinilla para que salgan corriendo a llorar con sus mamás.
El niño parpadeó, procesando mis palabras con lentitud. Se limpió las lágrimas de los ojos con la manga de su camisa rústica, dejando una mancha de tierra en su rostro.
—P-pero... mi cabello... —susurró, bajando la mirada hacia un mechón verde que caía sobre su frente—. Ellos dicen que soy un monstruo. Que soy un Superd. ¿Tú... no me tienes miedo?
Suelto una pequeña risa, una de esas que Paul suele usar cuando escucha una tontería en la taberna.
—¿Miedo de un duendecillo que no puede defenderse de tres niños con piedras? —di unos pasos de regreso, deteniéndome a una distancia prudencial para que no se sintiera acorralado—. Por favor. He visto monstruos de verdad en los libros de la casa de los Greyrat. Créeme, el verde te queda bastante bien. Es un color con mucho... “estilo”.
El chico me miró con los ojos muy abiertos, como si acabara de decir la mayor locura de la historia del mundo. Probablemente era la primera vez en toda su vida que alguien no lo miraba con asco o terror debido a su color de pelo.
Metí la mano en mi bolsillo y saqué un pequeño pañuelo de lino limpio que Zenith me había dado hace unos días para limpiarme el sudor del entrenamiento. Se lo arrojé con cuidado, cayendo justo en su regazo.
—Límpiate esa mejilla —le dije, dándome la vuelta una vez más, esta vez con una sonrisa genuina dibujada en el rostro—. Soy Tn. Y si esos idiotas vuelven a molestarte cerca del sendero del bosque... bueno, diles que todavía tengo mucho barro de repuesto
Comencé a caminar de nuevo hacia mi casa, sintiendo que, después de todo, el contador mental de mi cabeza acababa de otorgarme un sólido rango [ S ] en carisma. El destino en la aldea Buena seguía tejiendo sus hilos, y parecía que yo me estaba enredando en ellos cada vez más rápido.
Caminé unas cuantas decenas de metros, sintiéndome bastante conforme conmigo mismo. Había hecho una buena obra, había mantenido mi perfil de “espadachín misterioso” y además le había dado un empujón de moral al pobre chico de pelo verde.
Sin embargo, mi radar de friki —ese que se activa cuando presientes que un evento importante de la trama está ocurriendo a tus espaldas— empezó a vibrar con fuerza.
No pude evitarlo. Me detuve a mitad del sendero y miré de reojo hacia atrás, ocultándome a medias detrás de un frondoso sauce llorón que daba al riachuelo.
«Espera... ¿ese es...?»
Efectivamente. Desde el otro extremo del sendero, caminando con paso decidido pero extrañamente calmado para su edad, venía el mismísimo Rudeus Greyrat.
El pequeño genio de la magia había aparecido de la nada. El niño elfo, al ver que alguien más se acercaba (y siendo un Greyrat, con ropa de mejor calidad), se asustó de inmediato. Preso del pánico, intentó dar media vuelta y correr para escapar por el linde del bosque.
Pero Rudeus fue sorprendentemente rápido para ser un mocoso de cinco años que odiaba el ejercicio físico. Con un movimiento ágil, estiró el brazo y logró atrapar al niño elfo firmemente de la parte trasera de su ropa rústica, deteniéndolo en el acto.
«Vaya, el enano tiene reflejos cuando quiere», pensé, observando la escena con genuina curiosidad.
Lo que pasó después me dejó con la boca abierta, y admito que mi contador de estilo mental le otorgó a Rudeus un inmediato rango [ A+ ] en utilidad mágica.
Rudeus no le gritó, no lo empujó y tampoco le tuvo miedo a su cabello verde. En su lugar, el pequeño Greyrat extendió su mano libre. Vi cómo el aire a su alrededor fluctuaba sutilmente por la concentración de maná, una técnica de invocación silenciosa que él dominaba a la perfección.
De la nada, una esfera de agua tibia empezó a materializarse sobre su palma. Pero no se detuvo ahí. Con un control ridículamente preciso de la magia elemental, Rudeus combinó la magia de agua con una pizca de magia de fuego para regular la temperatura. El agua no estaba fría como la del río, sino que vaporizaba suavemente, indicando que estaba deliciosamente caliente.
Con un movimiento suave de sus dedos, Rudeus guió el flujo de agua caliente sobre el sorprendido niño elfo. El agua envolvió su cabeza y su rostro como una burbuja flotante, disolviendo el lodo seco, limpiando la sangre del rasguño y arrastrando toda la suciedad de su cabello verde en cuestión de segundos, dejándolo completamente impecable y brillante. Para rematar, una suave brisa de magia de viento cálido pasó sobre él, secándolo al instante.
El chico elfo se quedó estático, parpadeando con sorpresa, luciendo ahora como un muñeco recién lavado. El verde de su cabello ahora brillaba bajo el último rayo de sol de la tarde con una intensidad preciosa.
Esbocé una sonrisa detrás del sauce, cruzándome de brazos.
«Increíble... Control de temperatura, flujo y secado al mismo tiempo sin pronunciar un solo conjuro. Definitivamente eres un monstruo, Rudeus», pensé, sintiendo una mezcla de orgullo por el mocoso con el que compartía lecturas y una tremenda emoción por lo que deparaba el futuro. «Parece que el destino de este mundo se niega a aburrirme. Ya tienes a tu primer amigo, enano. Ahora es tu turno de brillar».
Me di la vuelta definitivamente y retomé mi camino a casa, esta vez con el paso ligero y una melodía en los labios. La historia avanzaba, los personajes se encontraban y yo... yo tenía que seguir entrenando si no quería que el pequeño genio de la magia me pasara el trapo en unos años.
Esa misma noche la madre de los niños a los cual había humillado de verdad me acusaron, bastardos, me castigaron después de todo. . .
La mañana siguiente llegó con un sol radiante que se filtraba entre las copas de los árboles, pintando el suelo del bosque con parches de luz dorada. Era el clima perfecto para entrenar, de esos que te hacen sentir que el medidor de energía está al cien por ciento desde el primer segundo.
Con mi espada de madera de roble al hombro y una manzana que le había robado disimuladamente a la cesta de mi madre en la mano, tomé el sendero de tierra que conducía a mi dojo improvisado en la espesura. Iba tarareando una melodía de fondo de algún videojuego, completamente relajado.
Sin embargo, al acercarme al linde donde el camino se dividía hacia la arboleda profunda, me detuve.
Sentado sobre una gran roca lisa, justo al lado del sendero, estaba el niño elfo.
Lo primero que noté fue lo ridículamente limpio que estaba. El lavado mágico que Rudeus le había dado el día anterior había hecho maravillas. Su cabello verde, ahora libre de lodo y sangre, caía de forma esponjosa sobre sus sutiles orejas puntiagudas, brillando bajo el sol de la mañana como hojas de menta fresca. El rasguño de su mejilla casi había desaparecido, dejando solo una línea delgada y rosada.
Pero lo que realmente me hizo sonreír fue lo que sostenía entre sus pequeñas manos: una rama de pino, bastante recta y delgada, que aferraba con una seriedad casi cómica. Había seguido mi consejo de buscarse una “espada” al pie de la letra.
En cuanto mis botas hicieron crujir una rama seca en el suelo, el chico levantó la vista de inmediato. Sus ojos se abrieron con sorpresa y, casi al instante, una sonrisa tímida pero genuina y brillante iluminó su rostro. Se puso de pie de un salto, sacudiéndose los pantalones con prisa, y caminó hacia mí arrastrando un poco su improvisada arma de madera.
—¡H-hola! ¡Buenos días, Tn! —saludó con una vocecita suave que denotaba un entusiasmo contenido, deteniéndose a un par de pasos de mí.
Me quedé mirándolo un momento, dándole un mordisco a mi manzana mientras bajaba mi espada de madera del hombro para apoyarla contra el suelo. El chico me miraba de abajo hacia arriba, balanceándose ligeramente sobre sus talones, esperando mi reacción.
—Vaya —solté, esbozando una sonrisa ladeada—. Miren a quién tenemos aquí. Alguien se tomó muy en serio lo de buscarse una buena rama. Y por lo que veo, ese lodo del río se quitó bastante bien. Estás reluciente, enano.
Él se sonrojó un poco, desviando la mirada hacia su rama de pino, pero no dejó de sonreír.
—Sí... un niño de mi edad apareció ayer después de que te fuiste. Se llama Rudeus. Él... él usó una magia increíble y me limpió por completo. También fue muy amable conmigo —explicó, volviendo a mirarme con esos ojos llenos de una profunda gratitud—. Pero... yo quería esperarte a ti hoy. Quería mostrarte que... que voy a intentar defenderme.
«Oh, no. Esto es demasiado tierno», pensé, sintiendo que mi frío corazón de reencarnado se ablandaba un poco. «Rudeus ya hizo su jugada de protagonista ganándose al personaje secundario, pero parece que yo me gané el puesto de mentor cool de forma totalmente imprevista. Rango de carisma actual: [ S ] definitivo».
—¿Ah, sí? ¿Así que planeas entrenar conmigo? —le pregunté, dándole unos golpecitos juguetones a su rama de pino con la punta de mi espada de madera—. Te advierto que mis lecciones no son fáciles. Mi estilo no se parece en nada a lo que enseñan en este mundo. Es rápido, acrobático y requiere que no le tengas miedo a caerte de cabeza un par de veces.
El niño asintió con energía, apretando el agarre sobre su rama con una determinación que me pareció sumamente respetable.
—¡No me importa! ¡Quiero ser fuerte! ¡Quiero aprender a moverme como tú lo hiciste ayer! —exclamó, con las mejillas encendidas por la emoción.
—Está bien, de acuerdo. Me convenciste —arrojé el corazón de mi manzana hacia unos arbustos y me coloqué la espada bajo el brazo—. Pero primero, si vamos a ser compañeros de entrenamiento en este bosque, necesito saber tu nombre. No puedo seguir llamándote “enano de pelo verde” en mi cabeza para siempre.
El chico parpadeó, como si no hubiera esperado esa pregunta, y luego me regaló otra de sus sonrisas tímidas.
—Me llamo... Sylphy.
—¿Sylphy?— repetí, ladeando la cabeza mientras saboreaba el nombre en mi boca.
«Sylphy... Espera un segundo».
En mi vida anterior como devorador de anime, novelas ligeras y RPGs, los nombres que terminaban en ese tipo de diminutivos solían tener una fuerte tendencia a pertenecer a un espectro muy específico de personajes. Y ahora que lo miraba —o mejor dicho, que la miraba— con detenimiento, libre de la costra de barro, la sangre y el desprecio de la aldea, los engranajes de mi cerebro de veintitantos años reencarnados empezaron a girar a toda velocidad.
Me incliné un poco hacia adelante, entrecerrando los ojos para examinarla más de cerca.
La delicadeza de sus facciones no era la de un niño pequeño común. Sus pestañas eran inusualmente largas y tupidas, sus hombros eran extremadamente delgados incluso para su edad, y la forma en que jugaba nerviosa con los dedos alrededor de su rama de pino tenía una timidez que... bueno, que no encajaba para nada con el promedio de los ruidosos mocosos de la aldea Buena.
«Un momento... No me digas que...»
Bajé la mirada por puro instinto analítico. Llevaba unos pantalones cortos rústicos y una camisa holgada que no dejaba ver mucho, la típica vestimenta barata y unisex que los campesinos de este mundo le ponían a sus hijos sin importar el género. Pero atando cabos: el cabello corto, las facciones, el nombre...
—Espera...— balbuceé, sintiendo cómo la confianza de mi guardia se desmoronaba por completo. Mi contador mental de estilo hizo un ruido de estática y cayó a un humillante [ D- ] por falta de percepción elemental —. Sylphy... ¿eres una niña?
Ella parpadeó un par de veces, visiblemente confundida por mi repentina cara de estupefacción. Luego, sus mejillas se tiñeron de un tierno color carmesí y asintió tímidamente con la cabeza, encogiéndose un poco de hombros.
—S-sí... Soy una niña. ¿Acaso... no lo parecía?
«¡¡NO, NO LO PARECÍAS EN ABSOLUTO CON ESE CORTE DE PELO Y ESA ROPA DE CAMPESINO!!», grité mentalmente, dándome un tremendo bofetón interno.
¡Qué humillación! ¡Qué absoluta falta de atención a los detalles! Yo, el gran maestro autodidacta de la esgrima “Style”, el tipo que se jactaba de tener reflejos de rango S y una percepción tridimensional impecable en el campo de batalla, había sido completamente engañado por el clásico cliché del “personaje que parece niño pero es niña”. Estaba tan concentrado en el color verde de su cabello y en creerme el héroe genial que defendía al marginado, que ignoré por completo las señales más obvias.
Rudeus, ese enano pervertido y superdotado de cinco años, probablemente se había dado cuenta al instante ayer mientras la limpiaba con su magia de agua caliente. De repente, la imagen de Rudeus agarrándola de la ropa ayer cobró un sentido completamente diferente en mi cabeza.
«Ese maldito mocoso... Apuesto a que ya lo sabe», pensé con un tic en el ojo, sintiendo que mi orgullo de hermano mayor acababa de recibir un golpe crítico.
Me aclaré la garganta ruidosamente, intentando recuperar la compostura antes de que ella notara que mi cerebro de doce años (con alma de adulto) estaba teniendo un cortocircuito masivo. Me pasé una mano por la nuca, forzando una sonrisa lo más natural posible.
—Ah... ¡Claro! ¡Por supuesto que lo sabía! —mentí descaradamente, cruzándome de brazos con pose de superioridad intelectual—. Solo... quería asegurarme de que tú lo tenías claro. ¡Sí, eso! En el camino de la espada, la honestidad con uno mismo es lo primero.
Sylphy ladeó la cabeza, mirándome con una mezcla de ternura e inocente sospecha. Claramente no me había creído del todo, pero era demasiado educada como para contradecir a su “salvador”.
—Entiendo... —dijo en un susurro, abrazando su rama de pino—. Entonces... ¿todavía vas a enseñarme, Tn? ¿Aunque sea una niña?
Verla ahí parada, mirándome con esos ojos enormes y brillantes, esperando mi aprobación como si mi respuesta fuera a definir su futuro, me hizo mandar al diablo cualquier pizca de vergüenza restante.
Desenvainé mi espada de madera con un giro limpio a una mano, haciendo que el aire silbara suavemente, y apunté con la punta hacia el suelo, adoptando mi postura de combate favorita.
—¿Bromeas? —sonreí, recuperando mi habitual confianza de rango S—. En mi estilo de pelea, la fuerza bruta no lo es todo. De hecho, la agilidad, el equilibrio y la flexibilidad de una chica son ventajas perfectas para los movimientos acrobáticos que te voy a enseñar. Así que prepárate, Sylphy. Desde hoy, vas a ser la primera alumna oficial del estilo más genial de este mundo.
Sylphy dio un pequeño respingo de alegría, y su sonrisa volvió a brillar con más fuerza que nunca. El entrenamiento en el bosque estaba por comenzar, y aunque el destino me hubiera jugado una broma con su identidad, estaba seguro de que esto haría las cosas mucho más interesantes.
El primer día de entrenamiento formal con Sylphy comenzó con mucho entusiasmo... pero la dura realidad del mundo físico no tardó en darnos un golpe de agua fría.
Intenté empezar con lo básico: la postura de pies del estilo del Dios del Agua para la defensa, combinada con el agarre a una mano que yo usaba. Sin embargo, en cuanto Sylphy intentó imitar mis pasos, quedó claro que la esgrima no era lo suyo.
Cada vez que intentaba dar una estocada, su centro de gravedad se desmoronaba y terminaba tambaleándose. Cuando le pedí que hiciera un giro simple para desviar un ataque imaginario, se enredó con sus propios pies y casi se va de cara contra el suelo. Pero lo definitivo fue cuando intentó sostener una postura estática: sus bracitos temblaban a los pocos segundos bajo el peso de una simple rama de pino seca.
Sylphy no tenía la densidad muscular ni la afinidad natural para canalizar el maná corporal en sus tendones. Físicamente, era frágil.
(Rango de análisis de combate en mi mente: [ D ]).
«A este paso, lo único que voy a lograr enseñándole esgrima es que se disloque un hombro o se rompa una muñeca», pensé, deteniéndome con los brazos cruzados mientras la observaba jadear, apoyada en su rama con las mejillas completamente rojas por el esfuerzo.
Fue en ese momento cuando una chispa se encendió en mi cerebro de friki.
Recordé la tarde anterior. Recordé a Rudeus conjurando esa esfera de agua tibia, controlando la temperatura y el viento de forma simultánea y sin decir una sola palabra. Recordé también que en las novelas y manuales que leíamos juntos en la biblioteca de los Greyrat se mencionaba que la raza elfa tiene una afinidad mágica innata y reservas de maná ridículamente altas desde el nacimiento.
«Claro... Ella no es una guerrera física. Es una maga en potencia», deduje, con los engranajes de mi cabeza encajando a la perfección.
—Oye, Sylphy —le dije, bajando mi espada de madera y acercándome a ella—. Vamos a hacer una pausa.
Ella levantó la vista, asustada, como si temiera que la fuera a regañar o a correr del entrenamiento.
—Tn... lo siento. De verdad me estoy esforzando, pero... mi cuerpo no me hace caso —susurró, con los ojos volviéndose a empañar.
—Tranquila, no pasa nada —le sonreí para calmarla—. Es solo que... creo que estamos buscando en el camino equivocado. No todo el mundo está hecho para blandir un trozo de madera. Dime una cosa, ¿no te gustaría más aprender magia?
Sylphy parpadeó, desconcertada.
—¿Magia?
—Sí. La magia es increíble en este mundo. Si aprendes a usarla, no necesitarás fuerza física para defenderte de tipos como los de ayer. De hecho, conozco a alguien... un niño de tu edad, el mismo que te limpió ayer. Es un genio absoluto con la magia. Si se lo pido, estoy seguro de que podría enseñarte las bases mucho mejor que yo. Podrías practicar con él y—
—¡No! —me interrumpió de golpe.
Me quedé helado. Sylphy, que siempre era la timidez personificada, había hablado con una firmeza que me tomó por completo por sorpresa. Dio un paso al frente, soltando su rama de pino, que cayó al suelo con un seco paf. Sus pequeños puños estaban apretados a los costados de su cuerpo y me miraba fijamente, con un adorable pero obstinado ceño fruncido.
—No quiero aprender con él... —dijo, con la voz temblorosa pero decidida—. Yo... ¡yo quiero entrenar contigo, Tn!
—Pero Sylphy, la magia se te daría mucho mejor, y yo no sé lanzar ni una chispa de fuego, solo sé usar la espada de madera y—
—¡No me importa! —insistió, dando otro paso hacia mí y agarrando tímidamente el dobladillo de mi camisa con sus dedos—. Ayer... cuando todos me tiraban piedras y me llamaban monstruo, fuiste tú quien apareció. Tú me defendiste. Tú me dijiste que mi cabello verde tenía estilo... Yo no quiero irme con otra persona. ¡Quiero estar junto a ti! ¡Quiero aprender de ti! Aunque sea difícil, me esforzaré el doble, lo prometo... pero no me envíes con nadie más.
«Ugh... ¡Directo al corazón!», grité mentalmente, sintiendo que mi barra de HP emocional acababa de quedar en uno.
Su declaración de lealtad absoluta y su deseo de mantenerse a mi lado eran tan puros y genuinos que me resultaba imposible decirle que no. Después de todo, yo había sido su primer héroe en este mundo hostil. No podía simplemente “transferir” su tutela a Rudeus como si fuera un trámite burocrático, por muy lógico que fuera para su desarrollo de poder.
Solté un largo suspiro, derrotado por completo ante la ternura y la determinación de mi pequeña alumna, y me pasé una mano por el cabello, sonriendo de lado.
—De acuerdo, de acuerdo... Tú ganas, Sylphy. Rango [ S ] en persistencia para ti —le dije, dándole un suave golpecito en la frente con dos de mis dedos, lo que la hizo cerrar los ojos y soltar mi camisa—. No te voy a enviar con nadie. Nos mantendremos juntos en esto.
Sylphy levantó la vista de inmediato, y sus ojos brillaron como dos esmeraldas bajo la luz del bosque.
—¿De verdad?
—De verdad. Pero vamos a tener que ser creativos —recogí su rama de pino del suelo y se la entregué—. Si quieres quedarte conmigo, haremos un trato. Yo te enseñaré a moverte, a tener reflejos y a esquivar los golpes como un rayo para que nadie pueda tocarte jamás. Pero a cambio, tú y yo vamos a descubrir cómo mezclar eso con la magia. Serás una maga, sí, pero una que se mueve con tanto estilo que ningún espadachín podrá alcanzarte. ¿Qué dices? ¿Aceptas el trato?
Sylphy tomó la rama, la apretó contra su pecho y asintió con una energía tan desbordante que casi me contagia.
—¡Sí! ¡Acepto!
—Excelente. Entonces, volvamos a empezar. Primera lección: cómo esquivar mis ataques usando la física de tu cuerpo... ¡y prepárate, porque no te lo voy a dejar fácil!
A veces, un maestro tiene que recurrir a tácticas poco ortodoxas. Llámalo estrategia, llámalo “el fin justifica los medios”, o simplemente llámalo un vil engaño.
Para convencer a Sylphy de venir hoy, tuve que inventarme toda una historia sobre un “entrenamiento secreto de nivel legendario para dominar el arte de la evasión absoluta”. Le dije que el único lugar con la energía espiritual adecuada era un prado alejado del bosque. Ella, con sus ojitos brillantes y su fe ciega en mí, aceptó de inmediato.
Por eso, ahora mismo la situación bajo el gran roble solitario es... tensa.
El lugar que elegí era perfecto: una enorme explanada de césped verde que parecía extenderse por kilómetros, con un único y majestuoso árbol en el centro que nos regalaba una sombra fresca. El viento soplaba libre, agitando el pasto como si fuera un océano verde.
(Rango de atmósfera: [ A ]).
El único problema era la chica que estaba sentada a mi lado, dándome la espalda de forma muy obvia.
Sylphy tenía los brazos cruzados con tanta fuerza que sus nudillos estaban blancos. Sus mejillas estaban infladas en un puchero monumental y sus orejas puntiagudas apuntaban ligeramente hacia abajo. Si las miradas pudieran lanzar magia de fuego, yo ya sería un montón de cenizas bajo el roble.
—Eres un mentiroso, Tn... —murmuró con la voz ahogada, rehusándose a mirarme—. Me dijiste que sería un entrenamiento especial solo para los dos. Me engañaste.
—Vamos, Sylphy, no te pongas así —le dije, rascándome la nuca con una sonrisa de culpabilidad—. No te mentí del todo. Esto es un entrenamiento especial. Pero para fusionar tus movimientos físicos con la magia, necesitamos a un consultor técnico. Un especialista en la materia.
—Podrías haberlo dicho... —susurró, apretando los dientes—. No tenías que traerme con trucos.
Justo cuando iba a intentar ablandar su corazón con mi mejor cara de arrepentimiento, divisé una pequeña silueta caminando por el sendero que conectaba con la aldea.
A lo lejos, Rudeus Greyrat avanzaba a paso lento pero constante. A sus cinco años, la escena de verlo cargar un enorme y pesado grimorio de cuero bajo el brazo izquierdo y una reluciente varita de madera en la mano derecha era ridículamente adorable. Parecía un pequeño NPC de un juego de rol clásico listo para entregarte tu primera misión.
Rudeus se detuvo a unos metros de nosotros, acomodándose el libro bajo el brazo mientras nos observaba con esa mirada analítica y madura que siempre me daba escalofríos.
—Buenas tardes, Tn —saludó Rudeus con una cortesía impecable, antes de desviar su mirada hacia Sylphy—. Y... hola otra vez. Me alegra ver que estás limpia.
Sylphy dio un pequeño respingo y se encogió sobre sí misma, escondiéndose casi por completo detrás de mi espalda. Agarró con fuerza el dobladillo de mi camisa, mirando a Rudeus con timidez y una pizca de desconfianza.
—¿Qué es esto, Tn?— preguntó Rudeus, arqueando una ceja mientras me miraba—. Me enviaste una nota diciendo que tenías un “proyecto de investigación mágica” de alta prioridad y que necesitabas al mejor mago de la aldea Buena. Supongo que te referías a esto.
Me puse de pie con total naturalidad, haciendo girar mi espada de madera en el aire antes de envainarla en mi cinturón de cuerda, recuperando mi postura de líder genial.
—Exactamente, enano —le dije a Rudeus, cruzándome de brazos—. Sylphy quiere aprender a pelear, pero su cuerpo no está hecho para el metal o la esgrima pesada. Ella es una maga nata, igual que tú. Pero como es mi alumna, no va a ser una maga aburrida que se queda estática lanzando hechizos desde atrás. Va a aprender a moverse, a esquivar y a canalizar magia mientras realiza acrobacias.
Rudeus parpadeó, procesando mi idea. Pude ver casi físicamente cómo los engranajes de su mente de reencarnado empezaban a girar ante la posibilidad de entrenar a una linda elfa de cabello verde.
Miré de reojo a Sylphy, quien seguía aferrada a mi ropa, mirándome con ojos suplicantes.
—Tranquila, Sylphy —le susurré, agachándome a su altura—. Te prometí que no te dejaría sola. Yo estaré aquí todo el tiempo. Pero si de verdad quieres ser fuerte y mantenerte a mi lado en el futuro... tenemos que empezar hoy. ¿Confías en mí?
Sylphy me miró fijamente por unos segundos. Su puchero desapareció lentamente y, tras un largo suspiro de resignación, soltó mi camisa y asintió con la cabeza, aunque todavía con timidez.
—Sí... confío en ti, Tn.
—¡Perfecto! —exclamé, poniéndome de pie y dándole una palmada en el hombro a Rudeus—. Muy bien, enano. Saca tus apuntes. Es hora de ver de qué es capaz la teoría mágica de los Greyrat combinada con mi “Style”.
Rudeus no perdió el tiempo. Con la solemnidad de un profesor universitario atrapado en el cuerpo de un niño de cinco años, abrió su enorme grimorio y comenzó a dar su clase.
La verdad es que escucharlo explicar la teoría era fascinante. Mientras que los libros de este mundo se empeñan en usar cantos largos, rezos absurdos y explicaciones místicas, Rudeus lo resumía todo con conceptos que mi mente de la Tierra entendía al instante: visualización, concentración de energía y manipulación de la materia.
—La magia no es un milagro divino, Sylphy —explicaba Rudeus, moviendo su pequeña varita con elegancia—. Es simplemente tomar el maná que hay dentro de tu cuerpo, visualizar el fenómeno natural que quieres crear y proyectarlo hacia afuera. Por ejemplo, para el agua, no pienses en un conjuro. Visualiza el agua corriendo por un río, siente su frescura, acumúlala en la punta de tus dedos... y déjala salir.
Sylphy lo escuchaba con los ojos abiertos de par en par, completamente absorta. Toda su molestia conmigo por haberla traído bajo engaños se esfumó en el aire, reemplazada por una curiosidad genuina.
—¿Visualizar...? —susurró Sylphy.
Cerró los ojos y extendió su pequeña mano derecha. Pude notar cómo el aire a su alrededor se volvía ligeramente denso. Para mí, que me había pasado dos años aprendiendo a canalizar el maná corporal para mis acrobacias, el flujo de energía que Sylphy estaba moviendo me pareció gigantesco. Era como ver un río subterráneo rompiendo un dique.
Apenas un minuto después de la explicación de Rudeus, una vibración sutil recorrió el prado.
¡Plop!
Sobre la palma de la mano de Sylphy, una esfera de agua perfecta, del tamaño de una manzana y de un azul cristalino, comenzó a flotar. No temblaba, no se desmoronaba; era absolutamente estable.
(Rango de talento mágico en mi mente: [ SSS ]).
—¡¡Lo hice!! ¡Tn, mira, lo hice! —exclamó Sylphy, abriendo los ojos con una alegría tan pura que casi me da diabetes. Dio un par de saltitos de emoción, mostrándome la esfera flotante antes de perder la concentración y dejar que el agua salpicara el césped—. ¡Es agua de verdad!
—¡Eso fue increíble, Sylphy! —le sonreí, revolviéndole el cabello verde, lo que la hizo sonrojarse y soltar una risita tímida—. Te lo dije. Eres una maga nata.
Rudeus, por su parte, se había quedado completamente mudo. Su rostro era un poema de absoluta estupefacción. Él había tardado meses de experimentos solitarios para dominar la magia silenciosa, y esta pequeña elfa lo había logrado en su primer intento, a los pocos minutos de escuchar la teoría. Pude ver una chispa de sana competitividad (y un poco de pánico existencial de protagonista) encenderse en sus ojos de cinco años.
—Es... asombroso... —logró decir Rudeus, reajustando sus sospechas—. Tienes una cantidad de maná increíble... ¡y lo hiciste sin conjuro! Definitivamente eres un genio, Sylph.
El éxito inicial rompió el hielo por completo. Durante la siguiente hora, el ambiente bajo el roble se volvió sumamente relajado. Sylphy, perdiendo el miedo, empezó a hablar mucho más con Rudeus. Le hacía preguntas sobre cómo calentar el agua (recordando el baño del día anterior) o cómo hacer que el viento soplara en una dirección específica. Rudeus, encantado de tener a una alumna tan brillante, respondía con paciencia y una sonrisa de suficiencia.
Sin embargo, a medida que la conversación avanzaba, empecé a notar un detalle que me hizo morderse el labio para no estallar en carcajadas.
—Muy bien, Sylph, para el siguiente paso debes mantener los pies firmes —decía Rudeus, dándole una palmada amistosa en el hombro—. Como hombre, debes aprender a plantar bien tu centro de gravedad si no quieres que el retroceso de un proyectil de piedra te mande al suelo. Los chicos de la aldea Buena tenemos que ser fuertes, ¿verdad, Tn?
Sylphy parpadeó, un poco confundida por el énfasis, pero decidió no decir nada y simplemente asintió con timidez, mirando de reojo hacia mí.
Miré a Rudeus. El pequeño genio de la magia, el reencarnado ultra analítico, el “enano sabelotodo”... seguía jurando y perjurando que Sylphy era un niño. El corte de cabello corto y la ropa holgada de campesino habían hecho un trabajo de camuflaje perfecto en su mente.
«Oh, no puede ser», pensé, cruzándome de brazos mientras una sonrisa maliciosa se dibujaba en mi rostro. Mi contador de diversión mental subió instantáneamente a un rango [ S ]. «Este mocoso es un genio para la magia, pero un completo ciego para las chicas. No se ha dado cuenta en absoluto».
Podría haberlo corregido en ese instante. Podría haberle dicho: “Oye, Rudeus, resulta que tu nuevo mejor amigo es en realidad una linda elfa”. Pero... ¿dónde estaba el estilo en eso? Como friki e instigador profesional, el potencial de comedia de esta situación era demasiado alto como para arruinarlo tan pronto. Quería ver cuánto tiempo tardaba el gran Rudeus Greyrat en descubrir la verdad por sí mismo.
—Sí, Rudeus, tienes toda la razón —dije, guiñándole un ojo disimuladamente a Sylphy, quien se limitó a morderse el labio aguantando la risa—. Los “chicos” tenemos que apoyarnos. Dale tus mejores consejos de “hombre” a Sylphy. Estoy seguro de que le serán de mucha utilidad.
Rudeus asintió con orgullo, inflando el pecho, completamente ajeno al tremendo choque de realidad que el destino le tenía preparado para el futuro.
Los días se convirtieron en semanas, y las semanas en un ciclo perfecto bajo el cielo de la aldea Buena.
Casi todas las tardes, el gran roble del prado se convertía en nuestra base de operaciones. Era una dinámica extraña pero sumamente eficiente: Rudeus, sentado sobre su pila de grimorios, actuaba como el joven maestro de la teoría mágica; Sylphy practicaba su control de maná, logrando moldear esferas de agua y ráfagas de viento cada vez más estables; y yo supervisaba su postura, obligándola a esquivar mis estocadas lentas de madera para que aprendiera a conjurar bajo presión.
Poco a poco, el medidor de estilo de Sylphy en evasión mágica estaba subiendo a un decente rango [ B- ].
Sin embargo, mantener ese equilibrio tenía sus peligros. De vez en cuando, la parte más puramente física de mi entrenamiento me exigía un esfuerzo que no podía hacer con niños. En esos días, me escapaba solo al bosque profundo para practicar las brutales lecciones que Paul me daba, o para intentar canalizar mi maná corporal en saltos acrobáticos de alta velocidad sin el temor de golpear accidentalmente a alguien.
El problema venía al día siguiente.
Cada vez que volvía al prado después de haberme “saltado” una tarde con ellos, Sylphy ya estaba allí, sentada bajo el roble. No me gritaba. No me lanzaba piedras. Era mucho peor: la ira silenciosa de una elfa.
Se quedaba de espaldas a mí, con los brazos cruzados con tanta fuerza que parecía una pequeña estatua de piedra. Cuando me acercaba a saludarla, solo me respondía con un sutil e indignado “Hmph”, desviando la mirada hacia el horizonte. Sus orejas puntiagudas se crispaban de frustración cada vez que yo intentaba disculparme.
—Vamos, Sylphy —le decía, rascándome la nuca y ofreciéndole una manzana fresca como tributo de paz—. Solo fui a hacer un poco de cardio pesado. No quería que te agotaras.
—Me dejaste atrás... —murmuraba ella, con un puchero que bien podría haber tenido rango [ S ] en letalidad de ternura—. Prometiste que entrenaríamos juntos.
Rudeus, por su parte, solo observaba estas escenas con una ceja alzada, completamente confundido por la intensidad de los “celos de entrenamiento” de su amigo “Sylph”.
«En serio, enano, ¿cómo es posible que sigas sin darte cuenta?», pensaba yo, aguantándome la risa al ver la absoluta ceguera de Rudeus.
Una mañana, el clima decidió romper nuestro idílico horario.
Estábamos los tres reunidos en el prado, repasando el control de la magia de tierra para crear pequeños proyectiles de lodo compactos (mi especialidad de lanzamiento). El cielo, que había amanecido con una ligera capa de neblina, se oscureció de golpe en cuestión de minutos. El viento comenzó a soplar con fuerza, levantando las hojas secas del césped y arrastrando un olor pesado a tierra mojada.
¡RUMBLE!
Un trueno lejano resonó en el valle.
—Uh-oh... —dijo Rudeus, levantando la vista del libro que sostenía para protegerlo del viento—. Esto no tiene buena pinta.
Antes de que alguno de nosotros pudiera sugerir volver a nuestras respectivas casas, las nubes se rompieron sobre nuestras cabezas. No fue una llovizna suave; fue un diluvio torrencial, de esos que te empapan hasta los huesos en menos de tres segundos.
—¡¡Aaaaah!! —chilló Sylphy, intentando cubrirse la cabeza con sus manos mientras su ropa rústica se adhería de inmediato a su cuerpo.
—¡Corran! —grité, guardando mi espada de madera de un tirón—. ¡La casa de los Greyrat es la más cercana! ¡Si nos quedamos aquí, nos va a dar una neumonía de rango legendario!
Sin pensarlo dos veces, agarré a Sylphy de la mano para que no se tropezara en el césped resbaladizo y eché a correr. Rudeus, protegiendo su preciado grimorio contra su pecho como si le fuera la vida en ello, nos siguió de cerca con sus pequeñas piernas de cinco años haciendo un esfuerzo sobrehumano.
Atravesamos el sendero bajo la cortina de agua, con los truenos retumbando a nuestras espaldas, directo hacia la calidez de la residencia Greyrat. Ninguno de nosotros tenía idea de que esta tormenta estaba a punto de romper, de la manera más húmeda y caótica posible, el gran secreto que habíamos estado guardando.
La puerta de la residencia Greyrat se abrió de golpe y los tres entramos tropezando, dejando un rastro de charcos en el suelo de madera. Afuera, el diluvio caía con una fuerza ensordecedora, pero adentro el olor a pan horneado y la calidez de la chimenea nos envolvieron de inmediato.
—¡Por todos los dioses! —exclamó Zenith, apareciendo por el pasillo con una pila de toallas limpias en los brazos—. ¡Mírense nada más! Están empapados de pies a cabeza.
Se arrodilló rápidamente frente a nosotros, envolviendo primero a Sylphy, que temblaba como un pajarito mojado, y luego nos pasó toallas a Rudeus y a mí.
—Paul no está, pero Lilia ya está preparando el baño de agua caliente —dijo Zenith con voz firme pero maternal—. Tienen que entrar de inmediato y quitarse esa ropa mojada si no quieren pescar un resfriado severo. ¡Andando, al baño los tres!
—¡Entendido, mamá! —respondió Rudeus con entusiasmo.
Para un niño normal de cinco años, la perspectiva de un baño caliente después de una tormenta es reconfortante. Pero para Rudeus Greyrat... bueno, su mente de treintañero pervertido probablemente ya estaba calculando las “ventajas” de bañarse con su nuevo amigo “Sylph”.
Sin pizca de vergüenza o vacilación, Rudeus se deshizo de su toalla y comenzó a desabotonarse la camisa empapada allí mismo en el pasillo, arrojándola al suelo de madera con total desparpajo mientras caminaba hacia el baño.
—¡Ahhh, nada como un baño caliente! Vamos, Sylph, quítate eso de una vez, no seas tímido —dijo Rudeus con una sonrisa despreocupada, totalmente ajeno a la realidad.
Sylphy, que ya estaba roja como un tomate maduro, retrocedió un paso, apretando la toalla contra su pecho como si fuera un escudo medieval. Sus orejas puntiagudas estaban completamente encendidas y miraba al suelo con un pánico que rozaba el colapso mental.
Yo me llevé una mano a la cara, dejando escapar un largo suspiro de pura decepción existencial.
(Rango de vergüenza ajena en mi mente: [ SSS ]).
«En serio, Rudeus...», pensé, mirando al pequeño genio de la magia con una mezcla de lástima y reproche. «Eres un erudito de la magia, puedes conjurar sin hablar, pero socialmente tienes la percepción de una roca. Esto ya no es divertido, es simplemente patético».
—Oye, Rudeus, espera un segundo... —intenté intervenir, dando un paso al frente para interponerme.
Pero el pequeño sinvergüenza no me escuchó. Al ver que Sylphy no se movía y seguía temblando, Rudeus asumió que su “amigo” simplemente tenía demasiado frío o era demasiado reservado.
—¡Vamos, Sylph! Si te dejas la ropa húmeda te vas a enfermar de verdad —insistió Rudeus con ligereza.
Dando un paso rápido, estiró las manos y agarró el dobladillo de la camisa empapada de Sylphy, tirando de ella hacia arriba con fuerza para ayudarle a quitársela.
—¡Es-espera! ¡Rudy, no! —chilló Sylphy con la voz quebrada por la vergüenza, intentando resistirse mientras se encogía, pero la tela mojada y pegajosa cedió ante el tirón de Rudeus.
Me crucé de brazos, preparándome mentalmente para el inminente impacto del meteorito de realidad que estaba a punto de golpear la cabeza de Rudeus. La tormenta afuera no era nada comparada con la que se iba a desatar en este pasillo en los próximos tres segundos.
En cuanto la tela cedió, mi instinto de supervivencia friki (y mi sentido de la decencia) se activaron a la velocidad de la luz.
(Rango de reflejos para evitar el desastre: [ SSS ]).
Me di la vuelta en un giro perfecto de 180 grados, quedando de espaldas a ellos y mirando fijamente la pared de madera del pasillo con una intensidad digna de un examen de esgrima.
Un microsegundo después, el silencio de la casa de los Greyrat se rompió en mil pedazos.
—¡¡¡KYAAAAAAAAAAAAAA!!! —el grito de Sylphy, agudo, herido en su orgullo y cargado de un pánico monumental, resonó en cada rincón, haciendo que el polvo del techo casi cayera al suelo.
A mis espaldas, el tiempo pareció detenerse. Pude escuchar el sonido seco de la ropa húmeda cayendo al suelo y, luego, un silencio sepulcral que solo era interrumpido por los rápidos e indignados sollozos de Sylphy mientras se cubría frenéticamente con la toalla de Zenith.
—¿Eh...? —la voz de Rudeus salió en un hilo de voz, completamente desprovista de su habitual astucia. Era el sonido de un cerebro de treinta años sufriendo un pantallazo azul de Windows en el cuerpo de un niño de cinco—. ¿Qué... qué es...? Un momento... ¿no hay...? Pero...
El gran Rudeus Greyrat, el genio que podía manipular la termodinámica del agua sin abrir la boca, finalmente contemplaba la verdad física ante sus ojos. No había “amigo”. No había “compañero de travesuras masculinas”. Sylphy era, sin lugar a dudas, una niña.
Poco a poco, el silencio en el pasillo se volvió denso. Sentí la mirada de Rudeus clavarse en mi nuca. No era una mirada de confusión; era una mirada de pura realización criminal. El enano empezó a atar cabos a una velocidad alarmante: mi falta de sorpresa la primera vez que la vio limpia, mis sutiles sonrisas de complicidad bajo el roble, mis comentarios ambiguos sobre “los chicos apoyándose”...
Lentamente, me giré a medias, lo justo para mirarlo de reojo sobre mi hombro.
Rudeus estaba de pie, pálido como un fantasma, sosteniendo la camisa mojada de Sylphy en una mano mientras me apuntaba con el dedo índice de la otra. Sus ojos temblaban de indignación y traición.
—Tú... —susurró Rudeus, con una voz que venía desde lo más profundo del infierno de los malentendidos—. Tú ya lo sabías... ¿verdad?
Esbocé una sonrisa de lado, completamente libre de culpa, y me encogí de hombros con total naturalidad.
—Oye, enano, yo te dije que la honestidad con uno mismo es lo primero —le respondí en un tono burlón—. Eres un genio para la magia, pero tu “percepción de género” tiene un rango [ F- ] absoluto. ¿De verdad pensaste que una cara tan linda y esas reacciones eran de un chico? Te dejé disfrutar de tu fantasía un rato.
—¡¡TN, ERES UN MONSTRUO!! —bramó Rudeus, con la cara roja de la vergüenza y la traición, mientras Sylphy, ahora envuelta en tres toallas y escondida detrás de mí, le lanzaba una mirada que prometía una venganza silenciosa de proporciones bíblicas.
La tormenta finalmente había amansado, dejando tras de sí un aire fresco, un cielo cubierto de estrellas y el aroma a tierra húmeda flotando en la noche de la aldea Buena.
Caminaba junto a Sylphy por el sendero iluminado a medias por las lunas de este mundo, manteniendo mi espada de madera al hombro. Sylphy llevaba puesta una de las camisas secas que Zenith le había prestado —que le quedaba como un vestido gigante— y caminaba con la cabeza gacha, arrastrando un poco los pies.
Durante el resto de la tarde, después del “incidente del baño”, la tensión en la casa de los Greyrat se podía cortar con un hilo. Sylphy se había negado rotundamente a salir de detrás de mí o de Zenith, y cada vez que Rudeus intentaba acercarse para disculparse de rodillas —literalmente implorando clemencia—, ella se encogía y desviaba la mirada, completamente roja. Rudeus terminó el día en un rincón, deprimido y con un aura sombría de rango [ F ] en dignidad.
Miré de reojo a mi pequeña alumna. Aunque mantenía un tierno puchero en los labios, ya no temblaba de pánico.
—Oye, Sylphy —le dije en voz baja, rompiendo el silencio del camino—. ¿Sigues muy enojada? Lamento no haber evitado que el enano hiciera esa tontería. Debí haberle dicho la verdad antes de que se le ocurriera actuar como un salvaje.
Sylphy se detuvo un momento, jugando con el borde de la enorme manga de su camisa prestada. Sus orejas puntiagudas se crisparon sutilmente bajo la luz de la luna.
—No... no estoy enojada contigo, Tn —susurró, levantando la vista para mirarme con esos ojos esmeralda que ahora brillaban con timidez—. Sé que solo querías divertirte un poco a costa de Rudy. Además... tú te diste la vuelta enseguida para protegerme. Gracias por eso.
Solté una pequeña risa y le di un suave golpecito en la cabeza con los dedos.
—Es mi deber como tu maestro del “Style”, ¿no? Un caballero no mira donde no debe. Pero, ¿qué hay de Rudeus? El pobre mocoso parecía que se iba a momificar del remordimiento en la esquina de la sala.
Sylphy desvió la mirada, con sus mejillas tiñéndose de un rosa muy suave. Se quedó pensativa por unos segundos, observando sus propios pasos en la tierra húmeda.
—Rudy es... un tonto —admitió, con una pequeña sonrisa tímida que delataba que la ira se había evaporado—. Fue muy vergonzoso. Pero... él no lo hizo con mala intención. Ayer me ayudó con su magia y hoy fue muy paciente enseñándome...
Se abrazó a sí misma, suspirando con suavidad antes de volver a mirarme.
—Creo que... quizás el día de mañana iré a verlo. Para decirle que no se preocupe más. Después de todo, él prometió que me enseñaría más magia, y yo... yo quiero ser fuerte para poder seguir entrenando a tu lado, Tn.
(Rango de madurez emocional en mi mente: [ SSS ]).
No pude evitar sonreír con orgullo. Sylphy era demasiado buena para este mundo. A pesar del tremendo susto y de la vergüenza, su deseo de superarse y el lazo que empezaba a formar con Rudeus eran más fuertes que cualquier malentendido de la tarde.
—Me alegra escuchar eso, Sylphy —le dije, revolviéndole el cabello con cariño—. Mañana lo visitaremos juntos. Y te aseguro que, después de esto, el enano te tratará con el máximo respeto que una dama se merece. Si no, bueno... siempre puedo usarlo como blanco de práctica para mis estocadas a una mano.
Sylphy soltó una risita alegre y cristalina, olvidando por fin toda la vergüenza del día. Seguimos caminando bajo las estrellas hacia su casa, listos para ver qué clase de locuras nos depararía el entrenamiento del día siguiente.
El amanecer del día siguiente no trajo el sol brillante de las semanas anteriores, sino un cielo gris, espeso y plomizo que parecía presagiar la pesadez que se instalaría en mi pecho.
Tenía toda la intención de cumplir mi promesa, de ir a buscar a Sylphy para llevarla con Rudeus y dejar atrás los enojos del día anterior. Pero todos mis planes de entrenamiento y bromas de “Style” se congelaron en el instante en que entré a la habitación de mi madre.
Estaba postrada en la cama, tiritando bajo tres mantas gruesas, con la piel pálida y sudorosa, y una respiración tan débil y ruidosa que me heló la sangre.
No pude salir de casa. No había espacio en mi mente para espadas de madera, ni para magia de viento, ni para juegos de niños. Me quedé a su lado, cambiando paños de agua fría sobre su frente hirviendo y tratando de hacerla beber un poco de sopa de hierbas que apenas podía tragar.
En momentos como este, la cruda realidad de este mundo de fantasía te golpea en la cara sin piedad. No hay hospitales modernos, no hay antibióticos. Y para colmo, estábamos solos.
Mi padre se había marchado a la capital hacía meses, buscando un trabajo mejor pagado que nos permitiera salir de la pobreza rústica de la aldea. Al principio enviaba cartas y unas pocas monedas, pero desde hacía un tiempo largo... nada. Ni una línea. Ni una sola moneda de cobre. El silencio de su ausencia se sentía ahora como un vacío asfixiante en la pequeña cabaña.
Intenté recordar desesperadamente si en mis lecturas con Rudeus había algo sobre magia de curación. Pero yo solo era un chico de doce años que apenas entendía el flujo básico del maná corporal; no tenía la menor idea de cómo conjurar un hechizo de desintoxicación o curación avanzada como Zenith. La impotencia me carcomía por dentro.
Las horas pasaron con una lentitud tortuosa. El sol se ocultó y la oscuridad de la noche se tragó la cabaña, rota únicamente por el parpadeo débil de una vela de cera en la mesa de noche.
El silencio era absoluto, interrumpido solo por la respiración cada vez más lenta de mi madre. Me senté en el suelo, apoyando la cabeza contra el borde de su cama, sosteniendo su mano fría y desgastada por el trabajo del campo.
«Por favor...», rogué en mi mente, sintiendo que las lágrimas que tanto había intentado contener empezaban a resbalar por mis mejillas. «He sido reencarnado en este mundo. Se se supone que tengo que ser fuerte, que tengo que vivir una vida emocionante y llena de estilo... pero no puedo hacer nada por la persona que me dio esta segunda oportunidad».
En mi mente, el indicador de estilo, los rangos, las bromas de videojuego... todo se apagó por completo. La pantalla mental se quedó en negro. En la vida real, frente a la muerte, no existen los puntos de guardado ni las segundas oportunidades.
A mitad de la noche, su mano hizo una ligera presión sobre la mía, un último y casi imperceptible apretón de despedida. Su respiración se detuvo con un suspiro suave, y el pecho de mi madre dejó de moverse.
Ella se había ido.
Me quedé allí, en la penumbra de la habitación, con el frío de su mano congelando la mía. La tormenta afuera ya había pasado, pero dentro de la cabaña, el invierno más crudo acababa de comenzar.
El viento de la mañana soplaba frío, agitando la hierba del cementerio de la aldea. Frente a mí, una modesta cruz de madera clavada en la tierra recién removida marcaba el lugar donde ahora descansaba la mujer que me había criado en esta segunda vida.
Me quedé allí de pie, con los ojos fijos en la tierra, sintiendo un vacío inmenso. Miré al cielo, buscando alguna respuesta en las nubes grises, pero el firmamento se mantuvo en un silencio imperturbable.
Estaba solo. Mi madre se había ido, y de mi padre no había noticias desde hacía meses. En este mundo medieval, un huérfano de doce años no tenía muchas opciones de supervivencia si se quedaba de brazos cruzados esperando a que el destino decidiera por él.
«No puedo seguir así», me dije, apretando los puños con una determinación fría que nació del dolor. «No voy a marchitarme en esta cabaña vacía».
Una idea que llevaba tiempo rondando en mi cabeza cobró fuerza: la Academia de Magia de Ranoa. En las lecturas con Rudeus, habíamos visto mapas y descripciones de ese lugar. Si quería ser fuerte de verdad, comprender los misterios del maná, perfeccionar mi estilo y forjarme un futuro real en este mundo, ese era el destino ideal.
Pero la realidad me dio una bofetada inmediata. Viajar hasta el continente del norte y pagar la matrícula de una academia de ese calibre requería una cantidad absurda de dinero. Monedas de oro que yo, un campesino huérfano de la aldea Buena, no vería en toda mi vida si seguía cultivando la tierra o haciendo trabajos menores.
«¿Cómo consigo el dinero?», analicé, intentando que mi mente de adulto reencarnado tomara el control de la situación.
Pensar en mi padre era una pérdida de tiempo. La única persona en toda la aldea con los contactos, el conocimiento y el dinero suficiente para guiarme o prestarme ayuda era Paul Greyrat. Él había sido un aventurero de alto rango y pertenecía a la nobleza, aunque renegara de ella. Si alguien sabía cómo hacer dinero rápido o cómo conseguir un patrocinio para estudiar fuera, era él.
Miré la posición del sol a través de las nubes.
«Maldición... ya es casi la hora».
La culpa me dio un vuelco en el estómago. Con todo el caos y el dolor de las últimas veinticuatro horas, había olvidado por completo que hoy era el día en que Sylphy y Rudeus se reunirían bajo el gran roble. Sylphy estaría esperando ver a Rudeus para perdonarlo, y ambos estarían esperando que yo apareciera para iniciar el entrenamiento diario.
No quería preocuparlos, ni quería que me vieran en este estado de vulnerabilidad, pero tampoco podía simplemente desaparecer. Con paso lento pero decidido, me di la vuelta, dejando atrás la tumba de mi madre, y comencé a caminar hacia el prado. Tenía que darles la cara, y después de eso, tendría que hablar seriamente con Paul sobre mi futuro.
Caminé con paso lento hacia el gran roble. A medida que la silueta del árbol se hacía más grande, pude ver a las dos pequeñas figuras esperándome en el césped.
Rudeus y Sylphy estaban sentados uno al lado del otro. En cuanto me divisaron, se pusieron de pie de inmediato. No hubo reclamos de Sylphy por llegar tarde, ni comentarios burlones de mi parte. El ambiente que solía ser ruidoso y competitivo se sentía ahora extrañamente amortiguado por un respeto silencioso.
En un pueblo tan pequeño como la aldea Buena, la muerte de alguien no tardaba más de un par de horas en saberse. Todos en el vecindario ya se habían enterado del fallecimiento de mi madre.
Sylphy dio un par de pasos hacia mí. Sus orejas puntiagudas estaban ligeramente caídas y sus ojos esmeralda me miraban con una profunda y tierna compasión. No intentó abrazarme ni decir palabras cliché que no encajaban con el momento; en su lugar, simplemente se acercó y tiró con suavidad de la manga de mi camisa, un gesto que ya se había vuelto su forma silenciosa de decir: «Estoy aquí contigo».
Rudeus, por su parte, mantuvo una distancia respetuosa. Me miró con una seriedad que rara vez mostraba un niño de su edad, asintiendo lentamente con la cabeza en un gesto de mudo apoyo. Él, mejor que nadie, entendía el peso de la pérdida.
—Gracias por venir, chicos —les dije, forzando una pequeña sonrisa que no llegó a mis ojos—. Pero no piensen que por esto les voy a dar un día libre. A entrenar.
Intentamos mantener la mente ocupada. El ejercicio físico siempre ha sido mi mejor terapia. Durante la siguiente hora, me concentré en corregir las posturas de Sylphy y en pulir su tiempo de reacción ante los ataques simulados de Rudeus. Aunque mi cuerpo se movía con la precisión de siempre, mi mente se sentía a kilómetros de distancia, flotando en la incertidumbre de mi futuro.
Después de un rato de intensa actividad, decidí que era hora de un descanso. Nos sentamos bajo la sombra del gran roble, sintiendo la brisa fresca de la tarde.
Para romper la tensión y disipar la melancolía que flotaba en el aire, Sylphy comenzó a canalizar su maná de forma recreativa. Extendió sus pequeñas manos hacia el suelo y, con una concentración impecable y silenciosa, empezó a generar pequeños torbellinos de aire del tamaño de un plato.
¡Swoosh!
Las pequeñas corrientes de viento danzaban sobre el pasto, haciendo que las hojas secas caídas del roble se elevaran en espirales perfectas, girando como pequeños bailarines antes de dispersarse en el aire. Sylphy sonreía levemente mientras controlaba la dirección del viento con sus dedos, intentando hacernos reír o al menos distraernos del peso del día.
Me quedé observando las hojas dar vueltas, apoyando la espalda contra el tronco del árbol. El momento de decirlo había llegado. No podía ocultarles mis planes si pretendía actuar pronto.
—Se ven bastante bien esos torbellinos, Sylphy —comenté en voz baja, rompiendo el silencio—. Has mejorado mucho tu control en estas semanas.
Ella detuvo el viento y me miró, con las mejillas ligeramente rosadas por el esfuerzo y una sonrisa tímida.
—Gracias, Tn. Todo es gracias a tus consejos y a la ayuda de Rudy.
—Sí... —suspiré, desviando la mirada hacia el horizonte, donde el sol empezaba a teñir las nubes de un tono naranja apagado—. Por eso mismo sé que van a estar bien. Chicos... he estado pensando mucho en lo que voy a hacer a partir de ahora. Y tomé una decisión. Me voy a ir de la aldea.








